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Molfino


Un tal Molfino
Durante casi diez años Miguel Ángel Molfino (1949) escribió Monstruos perfectos. (México, Buenos Aires, Resistencia son algunos de los lugares donde pulió su mejor obra hasta que finalmente la publicó en 2010.) Yo me atrevería a decir, sin embargo, que Monstruos perfectos empezó a ser escrita mucho antes: mientras Miguel gastaba sus días en una cárcel de la ciudad de La Plata y su mundo cotidiano se estrechaba dentro y fuera de los barrotes. Pero me adelanto; por lo pronto me alcanza decir que Monstruos perfectos es uno de los policiales negros más cerrados del género.
Mempo Giardinelli señaló con justeza que Molfino es el escritor más norteamericano que tenemos. Agregaría: es, además, el más chaqueño de los escritores norteamericanos. Las uvas de la ira, Las palmeras salvajes y El largo adiós son tres de las tantas lecturas que uno comparte con Molfino mientras lo lee. No sólo posee las metáforas conceptistas del mejor Chandler, el desorden poético de Faulkner y la narración desesperada de los desesperados de Steinbeck; suma, también, el ritmo del Chaco. Uno lo huele; ese Chaco que va desde el Paraná hacia el impenetrable, con toda su violencia soterrada en las siestas de provincias, donde mal conviven gringos e indios y milicos acostumbrados a ser los patrones de los pueblos.
No es su primera obra: Versiones y per-versiones (1986), Nueve cuentos nuevos (1987), El mismo viejo ruido (1994), Prosas escogidas (2006), para nombrar algunas. Seguramente otros lo conozcan por sus artículos en Página/12 o Miradas al sur. No obstante, ya no hay mejor presentación para el autor que su última novela.

Un crimen en el Chaco
Monstruos perfectos comienza en un punto definido del Chaco: Puerto Barranqueras. El término, acaso, sea algo pretencioso: pocos sabrán de ese pequeño pueblo a la orilla del río Paraná. Pero pronto ese punto medianamente definible, perdido en el mapa provincial, se extiende en otro Chaco, que no se encuentra en las rutas y que sin embargo es una condensación de la llanura chaqueña, donde gringos, indios y criollos alargan sus días bajo el sol inmenso y el trabajo bruto de la tierra seca. En aquel mundo algodonero, hay un pueblo que se desarrolla como Macondo o Santa María: Estero del muerto.
El primer capítulo de la novela es (casi) un largo verso en prosa donde se presenta la parsimonia interminable del pueblo, sus siestas largas, el trabajo embrutecedor, las fiestas tristes de una buena cosecha. Todo, el espacio y el tiempo, parece prolongarse en la llanura chaqueña hasta que, finalmente, comienza la narración:

Hasta ese marzo fatídico, Estero del Muerto, para los ocasionales automovilistas o camioneros, no era más que un cartel rutero destartalado. Era un lugar de paso, vacío de historia alguna. Pero faltaban sólo horas para que eso terminara.

Monstruos perfectos es un policial negro: policías corruptos, violaciones, traidores de poca monta, armas, traficantes paraguayos, drogas… pero también es una novela de aprendizaje. Miroslavo Hordt, un hijo de gringos, un embrutecido por el trabajo, violentado por su padre y por su tierra, comienza un lento aprendizaje criminal.
Miroslavo se crió con la resignación de malas cosechas, los ranchos apartados, con la única amistad de un toba sordo; alguna vez le preguntó a su padre, cuando sólo tenía seis años, si la vida siempre era así y éste le contestó (mientras recién amanecía aunque el día ya había comenzado hace horas): la vida siempre es así. El mundo de Miroslavo había sido esa chacra pobre.
El pueblo hubiera seguido esa rutina interminable, un cartel rutero destartalado, sino se hubiera cometido un crimen. Ese crimen es el asesinato de los padres de Miroslavo; el joven deberá huir de Estero del muerto y la policía aprovechará su ausencia para culparlo e imponer el terror. Desde entonces, por la casualidad de hacer dedo en medio de una ruta, Miroslavo sigue a un viejo ladrón, Hansen, que le enseña los pormenores del oficio, y también, de la vida. Se compromete, tal como expresa la novela, en pulir en la malicia a su inexperto socio.
Un crimen no resuelto, policías enfermos de impunidad, Miroslavo huyendo, el mundo criminal, mostrarán un Chaco de monstruos perfectos, oxímoron que Molfino toma prestado de Truman Capote, no sólo para titular la novela sino también para su epígrafe:

 “He buscado uranio, rubíes, oro y, por el camino, he observado a otros que buscaban lo mismo. Y escúchame, Florie, ¡he encontrado monstruos perfectos!”

Una carta de Onetti
Estero del muerto. Tuve más de una vez la frustración de buscarlo en el mapa provincial. Recordar que en un viaje de Saenz Peña a Pampa del indio lo había cruzado, pero nada. Ese pueblo no existe, dije casi desilusionado. Sin embargo, es el Chaco y de cierta manera, empieza a crecer como cualquier pueblo chaqueño.
Antes dije que Monstruos perfectos empezó, acaso, en una cárcel de la ciudad de La Plata. Allí Molfino convivió con militantes y ladrones durante cinco años. Si alguien conoce su historia, sus declaraciones en los juicios a los militares genocidas, poco podré agregar: familiares muertos, compañeros perdidos, una vida trunca.  En 1979, su hermana es secuestrada y desaparecida.
Otro artículo merece la actitud militante de Molfino, hoy bien defendida en su Chaco, donde inclusive se puede encontrar su rostro estampado por un esténcil en alguna pared baldía de Resistencia. Pero quiero señalar otra cosa, aún temiendo pecar de atrevido (a veces las “hipótesis de lectura” son un resto de baba en una botella casi vacía): en el momento que Molfino perdía su mundo, su familia inscripta en su hermana, desde España llegaba una carta. Era una carta de Juan Carlos Onetti. También era 1979 y Onetti, para que la carta pueda ser leída por Molfino, la debió escribir como si fuese su hermano; en las cárceles sólo se aceptaban cartas de familiares. Creo que entonces, en Molfino, empezó a crecer ese otro Chaco, real y ficcional, ese Estero del muerto que condensaría al otro Chaco de Molfino, el que perdía finalmente en una cárcel de la ciudad de La Plata.

Molfino narrador
Hay pocos narradores como Molfino. Por eso, no voy a seguir usurpando su voz, y transcribo el primer párrafo de la novela:

Quien haya viajado alguna vez desde Puerto Barranqueras hasta Noguera pasó por Estero del Muerto, una zona solitaria de calurosas llanuras algodoneras. Bordada de árboles de ramas dramáticas, palmeras cobrizas y arbustos, Estero del Muerto, desde la ruta de macadam, muestra una extraña belleza quieta. Tiene una atmósfera simple y su aire apenas es cruzado por hombres y mujeres perseguidos por sombras nítidas y duras. La vista se extiende hasta muy lejos y crea una sensación de irreparable infinito. Todo parece dormir bajo el sol: el caserío, los campos, los animales, el rictus reseco de los arbustos y el aire que flota aletargado. En época de cosecha, los campos blancos se ven asaltados por esporádicas espaldas que avanzan curvadas entre el lento oleaje del algodón, como si fueran los caparazones de enormes insectos, una plaga incansable que lo devora. Ya en marzo, cuando la tierra y los tallos fueron removidos hasta parecer viejas heridas de carne oscura y mortificada, los cielos cambian, se tensan y reciben las primeras nubes coléricas del otoño. Los soles se debilitan y la luz cae como chorros de acero derretido. Así es el principio de la primera helada del año. La mayoría de los habitantes son gringos, europeos que llegaron a Estero del Muerto para hacer más fácil el camino del infortunio. Altaneros, secos y con las bocas infectadas de silencio, crearon el pueblo y las chacras.

La novela se puede leer de un tirón, sin preocuparse de las casi trescientas páginas que lo conforman. Cada párrafo se cifra con una reacción del lector: la risa suelta en el humor bruto de los hampones, la imagen clara en las descripciones chaqueñas, la ansiedad en las balaceras interminables. Alguna vez Josefina Ludmer afirmó que en Estados Unidos La ciudad de los locos de Juan José de Soiza Reilly sería un clásico. En Estados Unidos, es claro, hay un canon de lectores. En esa literatura que se preocupa más por el lector que por la crítica literaria está Miguel Ángel Molfino.
Siempre he admirado (es buen momento asumirlo) a mi abuela y tantas abuelas que sentadas (digamos: enterradas) en una silla se emocionan, gritan, lloran frente al televisor por las pasiones cruzadas de una telenovela. En esa admiración está el simple razonamiento de que la buena literatura deber ser parte del cuerpo de uno. Otra traducción sería falsa, una impostura: no se puede traducir con palabras lo que se siente con el cuerpo.
Por eso cada vez que asumí, mientras leía una novela, un sentimiento similar al de mi abuela frente al televisor me dije: acá está la literatura. Cuando uno lee Monstruos perfectos cada punto y coma parece preciso, cada cambio de registro parece natural; el lector suele olvidarse de que está leyendo literatura para poder enfadarse, amigarse o entristecerse con cotidiano desenfreno. No hay más razón por la cual, cuando cerré el libro, me dije: acá está la literatura.


"Monstruos perfectos: la educación criminal de Miroslavo Hordt" es un artículo publicado en la revista virtual "El toldo de Astier", la cual se puede leer en:

LA ULTIMA NAVIDAD

A continuación presento un cuento del escritor Miguel Ángel Molfino, quien recientemente publicó la novela Monstruos perfectos. (En el blog hay más cuentos: aparecen clickeando abajo sobre su caricatura.)


Cuando la policía ingresó a su hogar, el tipo se sintió definitivamente perdido. Lo habían bajado a los empellones del patrullero, lo traían oculto debajo de una enorme campera de jean. Una turba de periodistas, fotógrafos y cámaras de TV seguían los acontecimientos más allá de la barrera de cintas amarillas y negras (escena del crimen, decían); los vecinos no lo podían creer. A espaldas del tumulto, las luces de un alto pino de navidad se entremezclaban con las mareantes balizas de los patrulleros. Frente a la tienda de chocolates, un grupo de niños vestidos como monaguillos entonaba un villancico triste y desangelado.

Se llegaron hasta una PC y un miembro de la Policía Científica abrió una serie de páginas que mostraban fotos y videos de niños desnudos y orgías. En todas aparecía la figura inconfundible del detenido. Como hormigas voraces, los agentes requisaban el resto de la casa. De pronto, uno de los oficiales, al abrir la puerta de un cuarto, exclamó: Miren lo que guardaba aquí este hijo de puta.

La habitación se veía abarrotada de juguetes.

- Esta fue tu última navidad afuera, degenerado de mierda, dijo el jefe.

Santa Claus, esposado, lo miraba altanero. Su voz grave y potente se dirigió al policía.

- Cuiden de los renos. Al trineo se lo dejo de regalo a su hijito, inspector.

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CURIOSIDADES DE LA FISICA

El argentino cuántico. Isidoro Giampietro, centreforward del Club Alumni –el mítico de los hermanos Brown-, fue transferido al Bundeskraus de Berlín en 1898. El delantero, a su vez, era un curioso de la física y en cada partido, analizaba la aceleración de la pelota en juego y la materia inerme del balón parado. Esta inquietud lo distraía de los avatares del juego y de allí su escasa capacidad goleadora: 5 goles en 192 partidos. En sus ratos libres anotaba el fruto de sus observaciones, como ésta: “el balón disparado desde el corner suele describir una elipse en caída que mengua su velocidad y permite el cabezazo, instancia que hace variar la longitud de onda de las moléculas de cuero de la pelota”.

Ya en Berlín aprende el alemán mientras sorprende a la afición del Bundeskraus con sus aparentes lagunas mentales. A uno de los encuentros asiste el físico Max Plank y al cabo del primer tiempo comprende que ese jugador argentino juega escrutando las leyes de la velocidad de la materia. Pide ser presentado, lo llevan al vestuario al término del match y se duchan juntos mientras intercambian opiniones sobre el proceso aritmético del chanfle y la ley de radiación térmica en los tiros libres indirectos. A los días, Giampietro invita a un asado a Plank quien llega acompañado por Schrödinger, Bohr y Heinsenberg, integrantes del equipo que venía investigando lo que será, un año después, la mecánica cuántica. Los físicos no llevan vino al asado y se registra un altercado entre el argentino y Plank, el cual es aplacado por Bohr con la siguiente frase: “Si sustituímos la integral de frecuencia de vuestros gritos por una suma no contínua de moléculas divertidas, podríamos reemplazar el vino por cerveza o, de lo contrario, tenderemos al infinito”. El incidente es conocido como “Polémica Giampietro”. El delantero es invitado a integrar el equipo de científicos: se le encarga la etapa de precalentamiento y tácticas para charlas con teoría detenida.

En una de las reuniones, Plank enuncia la hipótesis de que la radiación electromagnética es absorbida y emitida por la materia en forma de cuantos (quantas) de luz o fotones de energía mediante una constante estadística. Esto le causa mucha risa a Giampietro y debe ser medicado para cortarle el ataque de hilaridad. Cuando sale del coma risueño, exclama: No entiendo una pepa pero suena genial. Luego de la primera formulación cuántica, dada a conocer en diciembre de 1900 en la Sociedad Física de la Academia de Ciencias de Berlín, Isidoro Giampietro, alentado por Heinsenberg, recopila y edita sus anotaciones relevadas en los campos de juego bajo el título de “Comportamiento ondulatorio e interferencia de la pelota”. El trabajo es muy comentado en círculos físicos y en triángulos académicos. Se retira del fútbol y monta el primer acelerador de partículas, dos años antes que el construido por Rutherford. El acelerador Giampietro es recordado “como muy primitivo e incapaz de acelerar un triciclo”, según una nota de Scientific World de 1943.

Cuando Plank formula su teoría subatómica e incorpora los conceptos de partículas elementales de la materia aplicados a los electrones, neutrones, átomos, entre otras, lo hace en casa de Giampetro durante una sesión de yoga. Giampietro recae en un ataque de risa incontrolable y sale del mismo gracias a una sesión de hipnosis realizada por un joven discípulo de Jean-Martin Charcot de nombre Sigmund Freud. Plank, angustiado por lo que supone una nueva crítica de Giampietro a sus teorías, intenta suicidarse con una sobredosis de protones. Luego de estos episodios se distancian para siempre. Isidoro Giampietro decide regresar a la Argentina con el propósito de aplicar la mecánica cuántica al fútbol pero el país todavía no estaba preparado para dar semejante paso. Su nombre cae en el olvido y recién será rescatado en 1973 por un longilíneo director técnico de Huracán, César Luis Menotti, quien logra un campeonato con variantes inspiradas en el pensamiento de Isidoro Giampietro.

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CURIOSIDADES CIENTIFICAS

EL DARWIN NEGRO. En las doradas planicies del este de Nairobi, nace en 1898 Samburu Kibaki, hijo de un guerrero Masai y de una antropóloga alemana, cuya notable inteligencia se dio a conocer a sólo 15 minutos de haber nacido. Según la leyenda, el recién nacido no lloró sino que recitó un extenso fragmento de “Tierra Baldía” de T. S. Eliot, en swahili, su idioma natal.

Su infancia fue recorrida por la tragedia. Durante la gran hambruna de 1909, su padre se comió a la antropóloga alemana no permitiendo que el pequeño Samburu probara un solo bocado de su madre. Este episodio lo marcó definitivamente y lo llevó a imaginar que el Hombre descendía de los Leones. Alejado de las prácticas guerreras masai, Samburu se dedicó a explorar el mundo de la biología al que llamó Okando que, en swahili, significa “cuánta cosa viva anda por aquí”.

Durante el protectorado británico, Samburu estudia las costumbres europeas, coligiendo que las mismas son Belenda Kumo (“¡Qué diferentes que son!”)y escribe su primer texto, 1.966 páginas de hoja de pelma, una especie de palmera salvaje o awenda soka. Titula el trabajo “Kasala oi Naburi waijli tengue duba duba da” (traducido al inglés como ¿What? y al español como ¿Qué?). La tesis central manifiesta que el Hombre no desciende de los Leones sino de las lianas y que un complejo proceso evolutivo acelerado por una gran tormenta eléctrica determinó la creación de los cordones umbilicales, primero, para dar paso luego a los bebés gracias a otra gran tormenta eléctrica. Fue expulsado de la tribu por el consejo de ancianos, aplicándosele la ley masai llamada “Obenda” (“Este está en pedo”, en swahili).

A los 23 años se casa con Kasima, una keniata de seis tetas, sólo con el fin de estudiar el fenómeno Bunga (“No le cuelga nada entre las piernas”). De estas observaciones, nace su más original y sorprendente trabajo teórico: “Enkere bagata, una aproximación al Enkere bagata”. Lejos de conocer las teorías darwinianas, su pensamiento padece justamente de éso: se aleja de las teorías darwinianas. Y postula que el Hombre desciende de muchas cosas y no atina a señalar ninguna en específico. Lo original de esta obra reside en su último capítulo, en el que Samburu describe un atardecer junto a una aguada y observa a un grupo de monos que chancean luego de haber bebido. Dice textualmente: “asmanda jomo gabiga é, saru moi okendo sha la la” (“Qué extraño, se mueven como Hombres”). A este destello lo retomará tres años después cuando escribe “Mogambo”, novela antropológica que luego fue llevada al cine, protagonizada por Clark Gable. Su búsqueda del Origen no cesa y hacia sus 40 años, vive ocho meses infiltrado en una manada de búfalos, experiencia que abandona por considerarla kumo (“nada que ver”). Sorpresivamente, un golpe de estado comandado por mercenarios sudafricanos lo lleva a la presidencia de Kenia y dicta numerosas leyes favorables a los monos: ya entrevee la punta del ovillo. Al año de gobernar, su gabinete está compuesto por seis keniatas, dos leones, un búfalo y siete monos. Empero, una calurosa noche del Hujami jutsi (“verano de mierda”) su tienda de campaña es asaltada por un golpe de estado liderado por leones y no sólo es depuesto sino devorado por una pandilla de monos drogados con osinya, un opiáceo que se extrae de la manteca en mal estado. Fue el final. Samburu Kibaki, quién lo puede negar, es, fue y será, el Darwin africano.

Molfino/2


CURIOSIDADES DE LA FILOSOFIA

Por Dios, qué batalla

Dieter J. Feuervivaldi (1811-1871) y Ludwig Andreas Feuerbach (1804-1872), desarrollaron una curiosa y larga discusión filosófica que se dio en denominar contrapunto filosófico, antecedente insoslayable de la dodecafonía hegeliana y el atonalismo marxista. Se conocieron en la adolescencia, cuando cursaban sus estudios en el Seminario de Leipzig. Ambos practicaban la religión católica, de lunes a viernes, y la luterana los fines de semana. La controversia nació, años después, cuando Dieter se convirtió al islamismo, culto al que empezó a dedicarle los días miércoles. A Ludwig Andreas no le parecía apropiado ese día –justo a la mitad de la semana laborable- para orar en dirección a La Meca. A la sazón, ambos rondaban la treintena. El intercambio epistolar registrado hacia esa época exhibe reflexiones teológicas revolucionarias para su tiempo, que fueron reunidas –post-mortem- en 17 tomos y en un opúsculo con 63 recetas para preparar chucrut.

Dieter produce su primera gran obra: Feuerbach se la come, ilustrada con dibujos obscenos realizados por el autor y referidos a los hábitos sexuales de Feuerbach y de Dios.

Ludwig Andreas responde con su ya célebre tratactus: A Feuervivaldi no se le para, glosado con sonetos groseros dedicados a su rival. Tras la publicación se retan a duelo, evento que tiene lugar en el campus de la Universidad de Gotinga. El duelo finaliza empatado y eluden la posibilidad de un alargue para definirlo por muerte súbita. Se dejan de ver por cinco años y de oir por diez años más. Solo se tocan, de vez en cuando.

Dieter publica entonces una sucesión de escritos teológicos que Feuerbach replica con marcada obstinación: a De quién es esa manito, Feuerbach responde con Tuyita, tuyita; Feuervivaldi edita Dios está en los tobillos que recibe como refutación por parte de Feuerbach la enfática Teología de los calcetines (obra escrita en voz alta ya que, para entonces, la hipoacusia de Feuervivaldi era severa). Durante diez años se asestan libros, ponencias, artículos, sustantivos, verbos y adjetivos. La aparición de Dios es ateo escrito por Feuervivaldi confunde a Feuerbach y lo sumerge en una larga depresión de la que saldrá cuando el joven Karl Marx comienza a refutarlo. En sus diarios, hacia esas fechas, Ludwig Andreas anota: ¿Es que acaso nací para ser un sparring de los filósofos?

Dieter J.Feuervivaldi, vacío de rivales, se vuelca a la bebida, al ateísmo y pone una mercería en Davoz Platz, Suiza. Allí pasará los últimos años de su vida, rodeado por los nietos que jamás tuvo.


MIGUEL ÁNGEL MOLFINO

(dibujo por el artista chaqueño Julián Matta)

En estos días iré subiendo al blog unos relatos que Miguel Ángel Molfino llamó curiosidades. La primera de ellas es una literaria y versa sobre un ignoto poeta del movimiento beatnik.

Molfino es un escritor chaqueño nacido en 1949; ha escrito diversos libros y vivó durante largos años en México. Su militancia revolucionaria le valió la cárcel y algunas de esas experiencias nutrieron la obra de Mempo Giardinelli, así es el caso de “Kilómetro 11” que está dedicado al mismo Molfino. Dejo algunos links de interés.

Una contratapa de página/12, http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2010-05-06.html.

Una entrevista del youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=OTDRVf4BqAQ


MIGUEL ÁNGEL MOLFINO/1

Curiosidades literarias: El primer poeta beatnik

Cuando en 1956 Allen Guinsberg publica su poema “Aullido”, el primer hito oficial de la cultura beatnik, nadie tenía noticias de que, ocho años antes, un ignoto poeta nacido en Phoenix de nombre Alien Guinnes había dado por iniciado el movimiento beatnik al escribir su poema “Antes de que grites”. Su obra y sus actos crecieron paralelos a la revolución encarnada por el mismo Guinsberg, Jack Kerouac, Neal Cassady y William Burroughs, entre otros, siempre a la sombra de estos gigantes, algo con lo que jamás pudo competir: medía 1,52 y su sombra no alcanzaba los 60 centímetros cuadrados.

Autodidacta, durante su vida trabajó en numerosos oficios: fue plomero, mecánico, porrista en los Vaqueros de Dallas, carpintero, vendedor de autos, maniquí en las Tiendas Macy’s (fue el Maniquí del Año en 1955), chofer en la Greyhound y patito en un tiro al blanco del parque de diversiones de Long Island. Su primer libro ,“In the market”, es una novela experimental cuyo protagonista es un carrito de supermercado. Cuenta con 19 años, ya entonces entreve el pop y luego lo pierde de vista. Vive un largo romance con un petirrojo, al que le dedica “Alpiste” (The crazy bird). El pajarillo lo abandona tras enamorarse de Hemingway. Viaja por el Medio Oeste, se deja crecer el pelo, las patillas y la mandíbula, expresando con ello su abierta rebeldía contra el Sistema. Alien quiere ser Alguien en New York, viaja hacia la Gran Manzana y se pierde en un callejón de Chicago. Sin dinero, decide pasar un tiempo allí (en el callejón) y designa a la ciudad como Chicago, el Gran Pomelo. Conoce a Bob Dylan: lo encuentra en el café de Manny (The Manny’s coffe) bebiendo una cerveza mientras él pasa en el ómnibus que va de la Estación Central al Surrey Stadium. Esta circunstancia lo impacta: despierta en el Guitry Hospital dentro de un pulmotor. En su delirio, cree que va a ser lanzado al espacio como miembro de una misión Apolo y es entonces cuando entrega al mundo el primer verso de “Antes de que grites”: No quiero dejar la tierra/sin desayunar huevos con tocino. Pide a los médicos que lo saquen del pulmotor pero no encuentran el abrelatas. Dicta entonces el primer poema beatnik a una enfermera negra, que termina por darle un ritmo de gospel. El extenso poema es publicado por Anthony Bisceglia, un editor ligado a la Familia Stamponatto. “Antes de que grites” es un éxito en la Cosa Nostra: es recitado en los bautismos, bodas y ajustes de cuentas.

Alien sabe que ha inventado el movimiento beatnik pero su mecenas, Frank Stamponatto, le exige que esa nueva cultura se llame Movimiento Carmelo, en honor a su primogénito.

Allen Guinsberg tiene noticias del Movimiento Carmelo e intenta tomar contacto con alguno de sus integrantes. Imagina que se trata de una secta dionisíaca que baila bajo los efectos del LSD el Calypso Bananero de Harry Belafonte pero su decepción es grande cuando descubre –luego de que una ráfaga de ametralladora barre el frente de su casa- que no es más que un grupo de mafiosos inclinados a la poesía contemporánea.

Alien Guinnes se marcha a México para experimentar con el peyote. Hace auto-stop y lo levanta un joven apuesto, triste y dicharachero. Es Jack Kerouac. Pero, el milagro no se produce: Jack no sabe quién es Alien ni Alien sabe quién es Jack, incluso Alien no está, en ese momento, muy seguro de quién es Alien. Se separan en la ciudad de México. Alien vive su primera experiencia alucinógena: come un taco con salsa picante y el ardor le provoca visiones extremas durante nueve días. Es en México donde se pierden los pasos de Alien Guinnes, convirtiéndose así en una de las leyendas más desconocidas de la Literatura Universal.