Cumbia villera


Suele ser cómodo confundir la historia de uno con la del mundo. Posiblemente, si uno habla con un señor de clase media considere natural decir que la Argentina es un país poblado por descendientes de italianos, judíos, polacos y españoles. En cambio los indios, los mestizos, los gauchos le parecerán cosas de libros, de westerns malogrados. Sin embargo, es posible que también repita una y otra vez, cuando vea gente pobre y de facciones oscuras y angulares, la frase “negros de mierda”. Así la negritud se transforma en la pesadilla fantasmagórica de la clase media; no existen en cuanto a historia, pero existen en cuanto a peligro: negros chorros, negros cabeza, negros vagos. Son el peligro de malón, el latente temor de la burguesía al atentado de la propiedad, al orden establecido.

La identidad argentina en el discurso del poder son los barcos, la inmigración europea, la historia de la clase media que se construyó a si misma por fuerza de trabajo. En cambio la historia de los mestizos, de los criollos y de los indios no existe. Sin conocer el origen de las villas miseria no se podrá entender el logro estético de la cumbia villera. Hacia la década del `30, migrantes las provincias pueblan los alrededores de Buenos Aires; se crean así gran parte de las villas y barrios obreros que lograrán el triunfo político del 17 de Octubre.

Pensemos ahora la década del `90. La década donde las ilusiones liberales nos prometían entrar (vía naves espaciales y estratósfera, según el presidente) en el país del primer mundo; donde se inundaba el mercado con mercancías extranjeras; donde la clase media mandaba a sus hijos a estudiar inglés; donde la pobreza y la marginación bullía por detrás de las quimeras liberales.

Apareció, entonces, entre las postrimerías del Menemato y los primeros años del siglo XXI, un género musical que colocó en la primera persona de sus letras (tal como ya lo había hecho la gauchesca con Hidalgo y Hernández) la voz y la justicia de los que por sus razones sonaban como campanas de palo. Decía una letra de Mala Fama: “Que Microsoft que pininglish / I am sorry tomatela / yo soy de acá y acá me quedo / (…) siempre seré zarpado de argentino”. Las letras de cumbia villera retomaron su negritud provinciana para hacer una trinchera estética y política frente a las clases sociales “blancas” y “extranjerizantes”. Decía Meta Guacha: “Tienes la piel mas clara / paseas en auto por la ciudad. / Yo vivo en un barrio pobre / donde se aguanta a mate y pan. / No sé quién te dio derecho / para decirme negro del Plan: / ya sabés que a este negro / donde vos quieras lo podés probar.”

La cumbia villera no sólo incomodó al buen gusto de los universitarios, poetas y otros punteros del buen decir. El Estado y los medios monopólicos de información lo encontraron peligroso. Habían logrado lo que todo poeta de poca monta desea: espantar al burgués. El Estado tomó nota de un género que molestaba con sus canciones sobre la pobreza, las injustitas sociales, la negritud. El COMFER, en el 2001, publica un documento donde se promueve su censura por motivos tales como contraponerse al “sistema de valores consensuado”.

Mientras parte de la clase media se volvía en sus barcos a España e Italia y completaba una parábola del discurso liberal, los villeros elaboraban por primera vez una conciencia de su origen a través de una estética original. En el 2002 no se pudo escuchar por radio y televisión al género; había obtenido un logro estético alcanzado antes por el tango y el lunfardo: la proscripción estatal.



Este es un artículo que escribí para el nuevo número de la revista Oveja Negra con el título “La negritud como estética: política y poesía en la cumbia villera”.




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