Nuestra épica

Hay señores muy respetados que chantan que “la experiencia terminó” o que “no hay nada para contar”. Para ellos la historia finalizó cuando Quijano suspiró su fin y ya no hay otra que tomar pastillas para no angustiarse y escribir engorrosos libros que nadie lee sobre la angustia del mundo; pocos los conocen, pero vaya a saber qué favor editorial o afinidad de bolsillo o parentesco cruzado con los académicos, pero cuestión que estos giles tienen cartel en todos lados. Entonces nuestros burócratas y punteros del buen decir vienen con los grandes fines: “en Argentina no hay gauchos” “en Argentina no hay relato” “en Argentina no hay historias”. (Es posible que esta gente sea un experimento de la Bayer para saber cómo funcionan las pastillas en la producción de escritura, como no tienen más judíos para experimentar vienen a las Universidades Argentinas que están llenas de giles, que se comen la última novedad porque de hecho no tenían nada para hacer antes que eso.)

Yo no sólo voy a decir que en nuestro país hay relato sino también, sin ninguna exageración, que en América vivimos aún una etapa homérica y donde los dioses y los humanos compartimos el mismo mate.

Hubo un momento que no hubo más geografía que el arroyo del Gato: allí fume mis primeros fasos, con la vagancia, con Santi (que Dios me lo guarde: ya nos encontraremos en otra jugada). En el arroyo del Gato se extiende una villa que es la extensión del campo en la ciudad. De grande, pude abrir allí un taller literario con los pibes de la villa. Ahí aprendí toda la literatura que no había aprendido en seis años de la Universidad; aprendí que la literatura es antes que nada un cuerpo. Una vez en la calle 2 y 515 estaba Marcos, un chico que cartoneaba en su yegua y que era para mí un criollo viejo con sus nueve años; me avisó: ayer anduvo el Lobisón, y se llevo una gallina de Marta, y a otra muertita le dejó los dientes clavados.

Me podría haber reído de eso, pero yo también anduve en el monte. Una vez, ya estaba muy metido en la selva paranaense; cada vez me metía más y sentía que necesitaba perderme ahí para encontrarme. Volví agusanado de una pierna, en ellas bailaban las larvas que una amiga paraguaya me ayudó a sacar con una aguja, una por una. Pero esto no tiene nada que ver con los gusanos que hacen crecer a América por dentro. En la selva hay un pájaro único: es un pavo de un tamaño importante que salta por las copas de los árboles. Verlo es hermoso y yo estaba de esteta en la selva. (Por otro lado, ya me había perdido dos veces antes en el monte: una en Amaicha y otra en la selva cuzqueña, pero ya me había olvidado.)

La cuestión que el pavo ese me creció la maldad y quería verlo bien, nada de verlo desde las copas y quería que baje; oscurecía y me agarré varias piedras a la orilla del Urugaí. Y lo fui molestando mientras él saltaba por las copas y yo lo perseguía a los piedrazos. Me metía en esa huella que se cruzaba en otras huellas que hacen los cazadores del monte para ir a cazar. En un momento perdí el pavo, pero vi una claro y a unos seis metros una huella que se abría perfecta, oscura. Y entonces se escuchó un silbido redondo, humano, pero con ese tono de hornero inconfundible del Pomberito. Me santigüé varias cruces, porque en esa huella estaba ese señorcito dueño del monte.

Varias veces recorriendo mi patria, me encontré con estas cruces; con lugares donde los muertos molestaban a los vivos, por cuentas pendientes. Donde las madres les pedían a sus hijos que abandonen el pueblo por el azote de ánimas en pena. Conocí gente poseída, vi a un cura villero en Villa Fiorito curando a un paraguayito poseído.

El ateísmo, las pastillas para no perder el pulso del corazón, el progresismo son las drogas duras de la clase media. Es un racionalismo de poca monta, porque ni siquiera esperan como alguna vez intentó el racionalismo entender el mundo. Este es un racionalismo que caga papers porque la palabra ya no tiene ningún valor mágico, litúrgico, político o poético. Allí la palabra tiene el gusto de un cigarrillo con café a las siete de la mañana para ir a un congreso.

Hay una Argentina donde los dioses y la muerte andan corretenado los pasillos de la villa, los cerros; donde la palabra puede traer pestes y puede contener grandes lluvias. Aburrirse en ese país, es de pecho frío. Desde miles de años el pueblo guaraní migra para llegar a la tierra sin mal: hoy la gran tarea de la revolución que nace con nuestro origen villero y guaraní, nuestro reordenamiento cosmogónico del acá y el ahora, se acerca.

Cuando se termine la guerra de Afghanistán, cuando los yankees sean humillados y derrotados en los desiertos, van a venir acá. Entonces, se verá cómo nuestros dioses se consagran con una nueva guerra; acá habrá bardos y dioses. El racionalismo de poca monta será pisado por ese racionalismo de misiles teledirigidos y nuestro pueblo volverá a poner en su lugar el relato, los dioses y la historia.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Son muy cómicas las mitologias universitarias, al café progre con cigarrillos y los papers le podemos agregar el último engendro top que ya he visto por algunas cursadas: El Power Point, -¿chicos leyeron el power?,jaj
Un abrazo cumpa
Emiliano

Mariano Dubin dijo...

TOTALMENTE! PERO BUENO NO HAY QUE PEDIRLE PERAS AL OLMO; A LA UNIVERSIDAD, LO DEL 17/OCTUBRE: APEDRIARLA!

JAJAJAJA