Sobre el origen
Anda suelta la
lengua de la calle; anda suelta la historia de las esquinas, los
baldíos y los pasillos; la de los trenes, los almacenes y los
bailes; la de las fábricas, las tribunas y las cárceles. Circula la
palabra como el mate, el cigarrillo o el vino; en la puerta de los
ranchos se la cuenta piola, mateándose la última luz de la tarde.
En
nuestra tierra, entre coplas y diálogos de esquina, entre milongas y
chamamé, en charlas después de la bailanta, entre los vagos
volviendo al barrio, se cuenta. Cosas del pobrerío; de gauchos e
indios; de peones y obreros. La historia se hace bardo. No hay
lugares de encuentro, no hay señas. Todo parece justificar el
sentido forzoso de la paranoia porque prolifera todo de lo que no se
quiere hablar: los fortines, el hambre, los negros de mierda, los
malones, las entraderas, los estaqueados, los cueros curtidos por el
sol y el trabajo. El ruido a tripas. El miedo busca esconderse en
descripciones, en artículos, en ponencias, en estadísticas e
índices. Nacen los papers.
Y no hay descripción posible porque este mundo tiene la masa informe
del barro, su mutación constante, la transformación inevitable.
No
hay estados de la cuestión; todo es, básicamente, una cuestión de
estado. Un cuerpo, un olor, una forma de pudrirse en esta tierra,
pero además una forma de cantar las cuarenta donde como dijo el
Hernández,
que
no se hagan al lao de la huella ni aunque vengan degollando.
Un
origen. Se
podrían nombrar los Cielitos
de Hidalgo, el Martín
Fierro.
Se podrían recordar tangos y milongas; letras de cumbias o chamamé.
También, diálogos de esquina, recuerdos de noches largas. No
importa. Lo sustancial de los escritores villeros
es reponer la contradicción originaria de las naciones
latinoamericanas: ser
o no ser negro.
Es la oposición fundante. No porque las naciones sean epigramáticas,
sino porque es la contradicción que posibilita la revolución
política.
Ser negro es
el significante que prolifera de manera paranoica por todos los
estratos sociales: negro, negro de mierda, negro de alma, negro de
adentro, che negro, ¿todo
bien negro?
Las revoluciones
latinoamericanas del siglo diecinueve imponen el desafío de
encontrar en la escritura el símbolo de nuestra independencia: la
conciencia de ser nosotros. En Prodromo
(1828) Simón Rodríguez fue el primero quien con mayor claridad
comprendió que independencia política se escribe con una nueva
lengua: original y atávica. Escribe, en paralelo, la búsqueda de
una lengua propia y de un gobierno propio. Un siglo después, el
escritor paulista Oswald de Andrade sintetiza la cuestión americana
en su Manifiesto
Antropófago:
tupí
or not tupí that is the question.
La cumbia villera va
actualizar la oposición fundante: civilización y barbarie, blanco e
indio, gringo y criollo, cheto y villero. Los letristas de cumbia
villera centrarán su estética en la idea de la negritud.
Van a reescribir una ciudad, un origen, una lengua. La cumbia villera
es el último epifenómeno de la contradicción con que se funda la
patria y que desde los Cielitos
y Diálogos
Patrióticos
de Hidalgo recorre toda una forma de escribir en Argentina. De esta
manera se deben leer “Negro del plan” de Meta
guacha
o “Quieren bajarme” de Damas
Gratis.
Bartolomé
Hidalgo.
Ocasionalmente uruguayo, nació en 1788, en Montevideo. No pensó en
un mundo donde Argentina, Paraguay, Bolivia, Uruguay fueran naciones
distintas. Faltaba aún para que los ingleses nos convencieran de que
existen tales entes. Como Artigas pensó en una patria más grande
que la que la historia nos legó. Fue parte de la burocracia española
y participó, posteriormente, de los ejércitos patrios, donde en sus
tiempos libres componía sus cielitos.
Hacia 1818, en Buenos Aires, vendía sus escritos en papeles por la
calle. En 1822 muere en una pobreza inmunda en el caserío de Morón.
El mulatillo
Hidalgo es el primer poeta argentino porque es el primero que escribe
pensando en la oposición fundante de la patria: ser
o no ser negro.
Escribe más allá de los moldes europeos, más allá de la poesía
insípida de los Juan Cruz Varela y los neoclásicos.
Los cielitos se
cantaban entre el pobrerío en las pulperías, en las estancias, en
los fortines. Hidalgo explora la voz campera para hacer una poesía
original. Hidalgo los compuso para que circulen en los ejércitos
patrios como durante la Guerra Civil Española los escritores
republicanos hicieron coplas para que circulen en las trincheras.
Son los gauchos,
indios y negros quienes hacen posible la revolución. Ser
o no ser negro.
Las clases ociosas nunca serán la sustancia de nuestra revolución,
de nuestra independencia; ellas existen por la necesidad de un
discurso ajeno: instituciones liberales, cánones artísticos, leyes;
es decir, la división internacional del trabajo. Leemos en Un
gaucho en la Guardia del Monte
(1822):
Cielito,
cielo que sí,
guardensé
su chocolate,
aquí
somos puros indios
y
sólo tomamos mate.
Hidalgo
encuentra en la ley (la escritura) el problema de la revolución. La
ley es el conflicto por la propiedad de la voz: quién es el yo
de la nación. Por eso,
“hemos de ser libres cuando hable mi mancarrón”.
El
que la lay agravió
que
la desagravie al punto:
esto
es lo que manda Dios,
lo
que pide la justicia
y
que calma la razón;
sin
preguntar si es porteño
el
que la ley ofendió,
ni
si es salteño
o puntano,
ni
si tiene mal color;
ella
es igual contra el crimen
y
nunca hace distinción
de
arroyos ni de lagunas,
de
rico ni pobretón:
para
ella es lo mesmo el poncho
que
casaca y pantalón:
pero
es platicar de balde,
y
mientras no vea yo
que
se castiga el delito
sin
mirar la condición:
digo,
que hemos de ser libres
cuando
hable mi mancarrón.
La idea de justicia
grande que recorre sus versos, el paso de la independencia de España
a la revolución interna, su participación en los ejércitos
patrios, el papel del poeta en el conflicto político lo convierte en
precursor de una tradición duradera, la de los escritores
guerrilleros:
José Hernández, Arturo Jauretche, Atahualpa Yupanqui, Paco Urondo.
Todos ellos escribieron y lucharon en grandes levantamientos
populares; sus nombres se pueden trocar por sus batallas. En este
mismo poema, Diálogo
patriótico interesante
(1822),
escribe:
parece de mal
sabor,
y en su lugar yo no
veo
sino un eterno
rencor
y una tropilla de
pobres,
que metida en un
rincón
canta al son de su
miseria:
¡no es la miseria
mal son!
Sus versos más
perdurables (más actuales) hablan sobre la violencia clasista de la
oligarquía nativa1:
Roba un gaucho unas
espuelas,
o quitó algún
mancarrón,
o del peso de unos
medios
a algún paisano
alivió;
lo prienden, me lo
enchalecan,
y en cuanto se
descuidó
le limpiaron la
caracha,
y de malo y
saltiador
me lo tratan, y a
un presidio
lo mandan con
calzador;
aquí la lay
cumplió, es cierto,
y de esto me alegro
yo;
quien tal hizo que
tal pague.
Vamos pues a un
Señorón;
tiene una
casualidá...
ya se ve... se
remedió .. .
Un descuido que a
un cualquiera
le sucede, si
señor,
al principio mucha
bulla,
embargo, causa,
prisión,
van y vienen, van y
vienen,
secretos,
almiración,
¿qué declara? que
es mentira,
que él es un
hombre de honor,
¿Y la mosca? No se
sabe,
el Estao la perdió,
el preso sale a la
calle
y se acaba la
función.
¿Y esto se llama
igualdá?
¡La perra que me
parió!
Hidalgo nombra con una
lengua original un mundo distinto: el americano.
En cambio, la voz del poder (llámese neoclasicismo, noticiero, paper
universitario) es el discurso de la otredad,
del ellos;
se fundan en la aparente objetividad, en la escritura del orden;
ajena a la cultura americana, indómita y violenta.
Cuando Pablo Lescano y
sus Damas
Gratis
escriba pensando en una sociedad de clases, en un país de negros, en
una justicia de blancos; escribiendo con la voz de la villa, no hará
otra cosa que continuar la huella de la gauchesca.
“Quieren bajarme / y
no saben cómo hacer / porque este pibito no va a correr… / Por ser
un pibito bien cumbiambero
/ me subís a tu patrullero. / Porque si un negro corre dicen que se
robó / vamos a llevarlo preso que algo se afanó, / si un cheto lo
hace: ¡no,
no!
/ Ese pibe no robó…”
Negro
de adentro. Cuando
los primeros artistas retrataron a San Martín tuvieron el prurito de
hacerlo blanco; olvidaron su cara oscura, de bastardo guaraní, de
pólvora en los pulmones. Acaso ese error en Bernardino Rivadavia, en
Faustino Sarmiento no sería inevitable. Por ejemplo, el señor
Rivadavia, el buen amigo de los ingleses, era conocido en las
tabernas de Buenos Aires, entre los mazorqueros y los poetas
gauchescos de poca monta, como el Señor
Chocolate,
por su cara de mulato.
En mi barrio, una
vecina mía, Helena, me contó la siguiente historia de otra vecina.
Carla anhelaba salir del lugar que le tocó vivir. No sólo le
molestaba la pobreza, sino los pobres: la música alta, el habla
guaranga de los vecinos, su tío que se obstinaba en seguir hablando
(luego de algunas chacareras y algún vino) el quichua montaraz que
trajeron de Santiago del Estero. Sin embargo, ella sabía que iba a
irse y olvidar todo eso. Un día la historia se desencadena en el
final feliz que estuvo esperando: encuentra a un hombre de plata, se
muda de barrio, se casan, tienen un hijo.
La historia todavía
no cierra. El hijo, en vez de heredar los rasgos de su padre, o al
menos los mestizos de su madre, hereda la negrura
de su abuelo materno, vaya a saber uno qué indio de monte adentro.
Pasó el tiempo y ese chico morocho (que en la familia paterna ya era
como uno de los cuatro hijos indeseables de La
gallina degollada)
empezó su escolaridad en una institución tal como la Goethe
School.
El espejo de su negritud
reluciría fulgores entre veinte o treinta amiguitos rubios tipo
voluntarios de las SS. El muchacho, entonces, tenía esa piel como un
pecado de algo que no entendía.
El niño, a los seis o
siete años de edad, comienza a bañarse furioso, a enjabonarse con
rabia, lastimándose, una y otra vez para sacarse esa piel maldita,
el pasado
en la sangre.
Acaso ese odio sea el
de nuestros liberales, el odio a su país que llevan en su piel:
Rivadavia, Sarmiento, Roca, Menem. Irónicamente algunos de los
grandes liberales fueron negros, criollos, mestizos. Ya lo sabemos,
el problema de ser negro, como bien nos advierte el refranero
popular, es ser negro
de adentro.
Estos lo eran por fuera nomás.
América
profunda. Es
posible que la mejor novela de nuestro siglo diecinueve esté escrita
en inglés: The
Purple Land de
William Henry Hudson. Uson,
según los conocedores del arrabal ferroviario. Allí se relata el
recorrido de un europeo por el interior uruguayo. Ese viaje de
iniciación es el descubrimiento de nuestra tierra, que antes que una
colección de ideas es un olor, una suciedad, un barro2.
Posteriormente es la participación del protagonista, primero de
manera azarosa y finalmente consciente, por la revolución interna.
Es la manera de cómo un “blanco” se indianiza, se acriolla.
El
discurso oficial considera que nuestra historia empieza con la clase
media. Las civilizaciones originarias, la fundación de Buenos Aires,
la Colonia, la Revolución de Mayo, las revueltas federales son
historias lejanas, de manuales de libros. Ya lo sabemos: muchas
personas aún viven con fortines imaginarios que protegen el trazado
urbano de la indiada,
sea ésta de Ezpeleta, La Paz o Corrientes.
La
historia argentina comienza, entonces, cuando los gringos
bajan de los barcos; es el relato de la inmigración europea de fines
del siglo diecinueve, el origen de la clase media de origen europeo.
En las villas, en los barrios obreros, en los caseríos rurales hay
otra historia; imprecisa y extraña porque no se explica por los
barcos.
El
origen de un pueblo, de una ciudad, de una nación no son problemas
historiográficos son problemas políticos. No hay un origen; no
existe el documento que pueda verificar un solo pasado. A principios
de siglo veinte, las vanguardias artísticas de nuestro continente
buscaron obsesivamente un origen. En 1926, Jorge Luis Borges publica
en la revista Nosotros,
una revista dirigida por ítalo – argentinos, La
fundación mitológica de Buenos Aires.
Allí se discute la propiedad del pasado:
Cavaron
un zanjón. Dicen que fue en Barracas
Pero
son fantasías de los gringos de Boedo.
Lo
de los cuatro ranchos no es más que una guayaba.
Fue
una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
La discusión del
origen es la discusión de la propiedad. La nación iraní, por
ejemplo, durante el siglo veinte se exasperó entre quienes
privilegiaban en el país un origen persa o islámico. El Shah
(el rey según la tradición persa) promovía un origen milenario;
apoyado por los Estados Unidos y el Reino Unido su operación
historiográfica se explicaba por la deslegitimación del pueblo
musulmán y el entronizamiento propio. En 1979, sin embargo, el
pueblo iraní acomete su revolución interna que corresponde a su
visión islámica. El origen de un mismo lugar era completamente
disímil. Entre una y otra historia cambiaban siglos, reyes, libros,
protagonistas, religión3.
¿Dónde comienza la
Argentina? ¿Cuál es el sujeto, el tiempo, el espacio argentino?
Bartolomé Hidalgo pensó en un somos
indios
que complete la revolución; San Martín y Belgrano propusieron una
monarquía presidida por un Inca, es decir, la continuidad
originaria; Mariano Moreno en su Plan
de Operaciones
promovió una revolución grande, con estatización de las minas de
Potosí, con reforma agraria, con un país que incluyera Paraguay,
Bolivia, Uruguay, el sur de Brasil.
Cuando Evo Morales
asumió la presidencia de Bolivia, en el año 2006, realizó una
asunción simbólica en las ruinas de la antigua civilización de
Tiawanaku; estaba haciendo una operación histórica. Casi doscientos
años antes, Juan José Castelli, junto a su secretario Bernardo de
Monteagudo, habían realizado esa movimiento: nuestra revolución nos
liga otra vez a las civilizaciones originarias. Cuando Castelli
marchaba victorioso al mando del Ejército del Norte decidió
festejar el primer año de revolución en Tiawanaku; declaró la
libertad del indio porque como les comunicaba su “principal
objetivo es liberaros de su opresión”; los indios siempre habían
“sido mirados como esclavos y tratados con el mayor ultraje, sin
más derecho que la fuerza, ni más crimen que habitar en su propia
patria”.
La Revolución de
Mayo, Castelli y Monteagudo, el 17 de Octubre, las milongas, los
genocidios, Bartolomé Hidalgo y los letristas de cumbia villera son
una misma historia. Querer entenderlos en su inmediatez es como
sopesar el río a vasos de agua. Cuidémonos de los que hacen de las
historias de los pueblos problemas de sabios; de la pobreza un
recorrido turístico; y de la violencia números de un pizarrón.
El
país de la cumbia. Suele
ser cómodo confundir la historia de uno con la del mundo.
Posiblemente, si uno habla con un señor de clase media considerará
natural decir que la Argentina es un país poblado por italianos,
judíos, polacos y españoles. En cambio, los indios, los mestizos,
los gauchos le parecerán cosas de libros, de westerns
malogrados. Es posible que también repita, una y otra vez, cuando
vea gente pobre y de facciones oscuras y angulares, la frase “negros
de mierda”. Así la negritud
se transforma en la pesadilla fantasmagórica de la clase media; no
existen en cuanto a historia, pero existen en cuanto a peligro:
negros chorros, negros cabeza, negros vagos. Son el peligro
de malón,
el latente temor al atentado de la propiedad, al orden establecido.
Jorge Luis Borges
tiene dos momentos en su escritura, escindidas por este peligro
de malón.
Durante la década de 1920 se considera a sí mismo enciclopédico
y montonero,
explora la posibilidad de un criollismo de barrio, de una forma de
hablar en rioplatense. Como escribe en Patrias
(1925):
Quiero
el tiempo hecho plaza,
No
el día picaneado por los relojes yanquis
Sino
el día que miden despacito los mates.
Se contrapone al
criollismo de Leopoldo Lugones expresado en El
Payador,
donde el gaucho es un arquetipo para fundar una progenie
aristocrática y la cultura criolla es simplemente un ejemplo de
nuestra pureza occidental. Borges revisa la cultura criolla, explora
la posibilidad de una lengua rioplatense, encuentra la figura de
Evaristo Carriego, el liderazgo político de Yrigoyen. Son los ejes
con que Arturo Jauretche y Homero Manzi fundan F.O.R.J.A; son algunas
de las obsesiones teóricas del peronismo y del nacionalismo popular.
Exageremos un poco: Borges
es el primer peronista.
Sin embargo, en la
década de 1940, reniega de esa escritura
montonera.
¿Qué sucedió? Conoció a los verdaderos criollos, a los “cabecitas
negras”. Entre 1930 y 1945 cambia sustancialmente el trazado urbano
y social de Buenos Aires. Las provincias se despueblan y se crean la
mayoría de los barrios obreros del conurbano y las villas miseria de
Capital Federal. Borges comprendió que las palabras tienen su peso.
Poco antes del 17 de
Octubre de 1945, Borges discute con Estela Canto. Le dice que él
conocía el arrabal y ella lo increpa por los “cabecitas negras”.
“¿Quiénes?”, refuta, “yo no conozco a ninguno”. El 17 de
Octubre fue tan horroroso para Borges porque le dio cuerpo a su
literatura. En sus primeros libros el poeta recorre barrios del Sur,
vacíos y suyos. Son los barrios que ocuparán el pobrerío del
Interior: Borges
fue criollista hasta que conoció a los verdaderos criollos.
Como
el 17 de Octubre, que fue la irrupción de los cabecitas negras en la
ciudad blanca, la cumbia villera fue la irrupción estética de los
hijos y nietos de los migrantes en un momento donde el discurso del
poder postulaba un país occidental, burgués, blanco; en palabras de
la época: “del primer mundo”. Con sus letras irrumpió otro
país: el de los correntinos, bolivianos, paraguayos, chaqueños; el
de los obreros, peones, albañiles; el de los negros, los villeros,
los pobres. Son todos los fantasmas de la clase media, el cuerpo de
la revolución interna, la tensión que crea nuestra literatura.
Negro
del plan. Meta
Gucha,
una de las
bandas
que funda la cumbia villera, logra algunas de las mejores letras del
fin de siglo. “Negro del Plan” expresa el odio de clase, el
profundo resentimiento del hambre, de la exclusión. El “negro del
plan” es el pobre que recibe un plan social por su miseria; pero
también es el negro de un Plan Social: el plan del hambre que
inaugura el liberalismo económico.
“Tienes la piel mas
clara / paseas en auto por la ciudad. / Yo vivo en un barrio pobre /
donde se aguanta a mate y pan. / No sé quien te dio derecho / para
decirme negro del Plan: / ya sabés que a este negro / donde tu
quieras lo podés probar. / Soy de los que gastan el asfalto / cuando
caminan para Lujan / a veces sangran las rodillas / rogando frente a
la Catedral. / Aquel que llega con hambre / porque no tiene para
comprar / el que pide por tu mesa / y que tu llamas negro
del plan.”
No es una canción
desesperada. Laten las grandes puebladas de la década de 1990, el
Argentinazo del año 2001. El negro de la letra se envalentona: “ya
sabés que a este negro / donde tu quieras lo podés probar”. El
narrador, ese negro cualquiera que le cierran la puerta de una casa
donde pide un pedazo de pan, sabe que lo que él no puede comprar, lo
tiene alguien que se lo niega; alguien que no sólo niega su hambre
sino que lo niega a todo él: al
negro del plan.
Villas
y villeros. La
villa
es el eje que articula las revoluciones internas del siglo diecinueve
con el 17 de Octubre de 1945 y las luchas obreras del siglo veinte
con las puebladas que comienzan en la década de 1990. Las letras de
cumbia villera, voz y voces de la villa, son la negritud
en
un país que se postuló occidental, europeo, hijo de la inmigración
europea.
Las villas se han
transformando en un espacio inevitable de las grandes ciudades
argentinas. De un lugar de paso (como supuso ser) se transformó en
un lugar de permanencia y, de pertenencia. Su origen data de la
migración provinciana (principalmente, del noroeste y noreste) en
los años treinta, pero es un movimiento que se expande desde los
años cincuenta, cuando el campo sigue expulsando mano de obra que no
necesita y las provincias concluyen su fracaso económico producto de
un siglo de liberalismo porteño, que fundó una gran ciudad puerto y
eliminó todo desarrollo artesanal de las provincias.
Hay un libro clásico
sobre el tema: Villeros
y villas miseria
(1971) de Hugo Ratier.
La investigación hace
el recorrido inverso al de la villa, va de las provincias a buscar
las causas de la migración. Centra su análisis en Empedrado
(Corrientes) pero lo extiende a otras zonas del país. A Ratier le
interesan dos cuestiones. La primera es la continuidad de la cultura
rural en la villa. Explica la arquitectura de la villa, la
construcción del rancho, con técnicas rurales; la continuidad de
lenguas originarias, el guaraní, el quechua o el aymara; los géneros
musicales, como el chamamé o la chacarera; la religiosidad pagana de
origen mestizo e indígena. La segunda cuestión es la política:
Ratier cree que la villa es el lugar clave para la revolución;
porque allí están los pobres entre los pobres, porque allí está
la cultura criolla denigrada por el poder; porque allí está la
clase obrera.
Fue una marea de
millones de argentinos, provincianos, criollos, indígenas que se
asentaron en Buenos Aires, fundando las villas y barrios obreros de
Capital Federal y Gran Buenos Aires. Para Ratier la migración ha
sido producida por una población criolla o indígena. Esta es la
hipótesis: la
villa es el laboratorio de la nueva cultura indígena.
Allí se mezclan el aymara del altiplano, con el quichua santigueño,
el toba del Chaco con el guaraní de los Esteros.
Sentimiento
villero. Acaso
la letra “Sentimiento villero” de los Pibes
Chorros
pueda encontrar ese sentimiento confuso del migrante, de ser muchos
en un solo lugar. “Sentimiento villero” recurre a confundir el
amor a una mujer con la zona chaqueña y la pérdida de ella con la
de un mundo: el narrador está anclado
en la villa pero tiene el amor en otro:
“Solo y triste me
refugio en mi guarida, / con un vino estoy calmando mi dolor, / el
recuerdo de tu voz que me decía: / larga
el faso, las pastillas y el alcohol.
/ Sin embargo yo seguí dándole duro / sin pensar que por drogón te
iba a perder, / vos te fuiste con tu madre para el Chaco / y en la
villa sin tu amor yo me quedé. / Y hoy estoy atontado por el efecto
del alcohol sin tu amor / no le encuentro otra salida a este bajón,
/ porque hoy daría todo porque vuelvas conmigo / pero no, solo me
queda el recuerdo de tu amor.”
La villa es un lugar
anclado entre distintos tiempos y espacios; es un contrapunto de
distintas comunidades migrantes. Su origen
se prolonga en su propia arquitectura, distinguible en cualquier gran
ciudad: los ranchos, los pasillos, las gallinas sueltas, las calles
de tierra. Su entramado físico no sólo crispa el trazado urbano
(postulado como un orden
desde la Colonia) sino que imprime la génesis de la villa: la
reescritura de la cultura criolla e indígena. En tal sentido,
confronta con las otras fundaciones mitológicas de la ciudad:
patricias o inmigrantes.
El diseño del disco
Para
vos basura…de
Mala
Fama
sintetiza la disputa de origen. Allí se observa a un cartonero
revolviendo bolsas en un basural con un carro. Uno podría pensar que
el título señala esta basura,
pero no es así; por sobre la montaña de bolsas aparece la verdadera
basura: los rascacielos de la ciudad de Buenos Aires. Porque ahí
está el país que la cumbia villera irá caracterizando como el
otro: otra lengua, otra vestimenta, otra plata, otra ciudad. Dice
Mala Fama en Zarpado
de Argentino:
“No me cabe el conchetaje / I
am sorry /
tomátela”. La letra de Mala
Fama
asocia el conchetaje (las clases altas argentinas) con el idioma
inglés. Apunta como gran parte de las letras del género una
sociología popular: si el negro escucha cumbia y chamamé y su
abuelo habla guaraní; el blanco, el conchetaje,
habla en inglés: I
am sorry.
Cumbia
villera. La
cumbia villera está ligada a la música de las provincias: cumbia,
chamamé, huayno, chacarera. Estos géneros pretéritos son los que
fundan musicalmente a la villa y cartografían el paso de las zonas
andinas o litoraleñas a las grandes ciudades. Sobre ellos hará una
operación de ruptura, eminentemente urbana.
Los contenidos de la
música tradicional no podían expresar la experiencia de los jóvenes
villeros, hijos de la villa, y ya hijos o nietos de provincianos. Es
el momento en que Pablo Lescano, creador de Damas
Gratis,
considera que la estética de la cumbia debe desarrollar la
experiencia villera. Explicaba entonces Lescano: “pensaba que había
que hablar como los pibes de la calle. Y utilizar frases tumberas que
acá todos conocen: jilguero,
gato, bigote”.
Damas
Gratis,
Pibes
Chorros,
Flor
de Piedra,
Yerba
Brava,
Mala
Fama
y Meta
Guacha
son algunas de las mejores bandas que surgen a fines de la década de
1990 con una estética que se nombra villera.
Nace a través de dos desplazamientos: una ruptura espacial que
supone la experiencia urbana (ya no se es más provinciano) y una
ruptura de clase: ser villero
(pobre) frente a ser cheto
(rico).
Lingüística
y poética. La
cumbia villera interviene sus letras con el hablar de los barrios.
Artificio poético que recrea una lengua villera y problematiza la
naturalidad con que se piensa ser villero y escribir villero. Esa
“naturalidad” es un invento de la cumbia villera, que generaliza
una escritura y un decir villeros. La villa, que crea la cumbia,
ahora es recreada por ésta y ya no es posible pensar (ver) a la
villa sin el tamiz de la cumbia villera. Como tampoco ya no es
posible pensar la historia del gaucho sin la gauchesca.
Para lograr su
estética los letristas ingresaron una lengua (un hablar) que se
presenta como la natural
para el tratamiento del tema: ser
villero.
El efecto es el logrado por la gauchesca. Bartolomé Hidalgo descubre
una fórmula;
es que la voz sea el tema, que el narrador sea protagonista de lo que
cuenta. Ser
o no ser negros.
Las palabras no sólo
nombran a la realidad, además nos permiten verla nuevamente. Es el
valor mágico de la palabra, la posibilidad de crear mundos. Las
letras de cumbia villera nos permitieron nombrar de nuevo a la
Argentina; a todo el mundo que bullía a las sombras del
neoliberalismo, de la felicidad burguesa, de la seguridad de las
mansiones. En este sentido encontraron en el lenguaje carcelario, en
la ilegalidad social, como antes lo había hecho el tango, un
lenguaje eminentemente poético: un lenguaje que podía nombrar la
realidad otra vez.
Sin embargo, no se
puede limitar el lenguaje de la cumbia villera a la cárcel; no es un
discurso carcelario. Sin dudas, evoca ese mundo pero no finaliza allí
su búsqueda. La cumbia villera nombró un mundo que perdía sus
ilusiones liberales. Los artículos periodísticos, los papers
universitarios, las discusiones de café proliferaban al pulso de la
paranoia del poder que veía ocupada Buenos Aires, otra vez, por las
clases populares. Sin embargo, ese mundo sólo pudo ser nombrado por
los letristas villeros.
Epater
le bourgeois.
El discurso del poder no puede nombrar la negritud
sin descomponerse, sin destruirse; en la ideología del poder los
negros no existen en cuanto a historia. El poder opera sobre la
cultura popular haciéndola mercancía, igualándola, eliminándole
su violencia inherente. Operan, además, todos los componentes de su
discurso: diarios, revistas, artículos especializados, programas
televisivos y demás. Desde fines de la década de 1990 hasta el año
2002 la cumbia fue lo suficientemente violenta para que el poder no
pueda apropiarse de ella. Es entendible: la cultura popular no es un
ente abstracto; responde a la conciencia de un pueblo, a su lucha. La
cumbia villera era la violencia poética como los piquetes eran la
violencia social del pueblo.
Desde el año 2002 el
Estado y sus instituciones comenzaron a reconstruirse con un fuerte
despliegue represivo acompañado por un tratamiento recurrente sobre
la cultura popular. Cifraron lenguajes, aburrieron lectores,
explicaron propedéuticamente a la clase media la diferencia entre un
villero, un boliviano y un ladrón. La descripción igualaba: era lo
mismo el Gauchito Gil, los ladrones, la cumbia villera, la cultura
carcelaria. No sólo se convirtieron en recorridos turísticos de la
pequeña burguesía; intentaron borrar la violencia de la cultura
popular. Aclaremos: la violencia de las letras de cumbia villera no
son los ladrones de gallina que se enorgullecen de serlo; es la
violencia de clase, la violencia de un pueblo que se nombra a sí
mismo, que se reconoce, que encuentra en los distintos estamentos del
poder (justicia, política, policía) sólo podredumbre.
Dice Roland Barthes,
en su Lección
inaugural,
que
la literatura se logra haciendo trampas a la lengua, ya que esta es
eminentemente fascista; obliga con su gramática a hablar de una
manera y no de otra. El logro de la cumbia villera fue hacerle
trampas a la lengua de su época. Por un lado, extrañó el habla
popular porque reescribió la cultura criolla e indígena y, por
otro, violentó a la norma socialmente legítima a través de la
escritura de un hablar subalterno.
La violencia que logró
la cumbia villera sobre la cultura burguesa no pudo ser asimilada por
el poder rápidamente. Exigió medidas excepcionales, de dominación,
de represión. El Comité Federal de Radiodifusión (COMFER), el
organismo del Estado que regulaba los contenidos comunicativos
prohibió en el año 2002 que la cumbia villera se escuchara en radio
o televisión. No es azaroso el año. La pueblada que el año
anterior había derribado al gobierno nacional se había extendido en
asambleas barriales, comisiones fabriles; en las villas se
organizaron los movimientos sociales. Para los que andábamos en los
barrios era sentir la lucha en cada esquina, en cada charla de
almacén, en cada toma de fábrica. El poder comenzó su
recomposición como lo demuestra la represión desatada contra las
revueltas populares; fue entonces cuando se asesinó a los
desocupados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
El Estado se ocupaba
de la cumbia villera. El COMFER había publicado en julio de 2001
Pautas
de evaluación para los contenidos de la Cumbia Villera
donde expresa claramente que lo “perturbador” del género es
narrar hechos cotidianos tales como la delincuencia, el hambre o las
drogas. Entre los distintos méritos de la cumbia los censores
apuntan en los puntos 8 y 9 motivos para su prohibición:
8.
Si se manifestara una contraposición del mensaje vehiculizado por
los contenidos, con el sistema de valores consensuado y/o transmitido
por los agentes socializadores.
9.
Si existiera una vinculación entre los contenidos e ideas como el
delito y/o la transgresión a la norma; y si se presentara una
exaltación de esta circunstancia
La cumbia villera
logró lo que siempre anhelaron los poetas de poca monta, los
lectores estridentes o borrachos abúlicos de nuestra cultura: épater
le bourgeois.
La televisión explicaba cómo sus letras enfermaban a los jóvenes
con violencia, drogas y delincuencia; el Estado las prohibía; los
intelectuales las consideraban vulgares y dañinas. La cumbia villera
tampoco se preocupaba de esconder su mala
fama.
Dice una letra de los Pibes
Choros:
“Llegamos los pibes chorros / queremos las manos de todos arriba /
porque al primero que se haga el ortiba / por pancho y careta / le
vamos a dar”.
La
lengua de la cumbia. La
lengua de la cumbia no es sólo un nuevo repertorio léxico sino
además una forma
de hablar;
allí radica su logro poético. Asume el habla villera como
escritura. Es la búsqueda que comienza Bartolomé Hidalgo, poder
nombrar con una lengua propia un mundo distinto: el americano.
Asumir la negritud
en
el país de los blancos.
El escritor boliviano
Pablo
Subieta Dávalos es el primer crítico literario que trata el Martín
Fierro en
una serie de artículos de 1881; allí explica el contenido político
de la gauchesca: Al
leer nuestros libros de poesía, nadie creería que han sido escritos
en América. Ni siquiera sabemos si el pastor de nuestros valles y
montañas tiene alma: si ama, si piensa, si tiene su filosofía y su
estética originales. Tenemos el gaucho, el indio de la Pampa, de las
montañas, de los bosques, con costumbres, ideas, idiomas y hasta
instituciones propias, que no solo no cantamos, que ni estudiamos, ni
inquirimos.
Cuando
Subieta Dávalos escribe sobre José Hernández, éste ya no era el
montonero que luchaba junto a López Jordán por la patria grande, el
federalismo y contra la guerra del Paraguay; ya era senador, un
escritor del poder, ya había escrito su Instrucción
del estanciero.
No obstante, para las clases altas el Martín
Fierro
era aún molesto por su forma violenta, clasista, montonera. En esa
obra latían los genocidios, la represión, la violencia
revolucionaria, el papel militante del poeta. Por eso cuando
Bartolomé Mitre agradece por carta un Martín
Fierro firmado
por el autor no olvida recordarle su pasado político:
No
estoy del todo conforme con su filosofía social, que deja en el
fondo del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la
solidaridad social. Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor
y por la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los
odios, que tienen su causa, más que en las intenciones de los
hombres, en las imperfecciones de nuestro modo de ser social y
político.
La cumbia villera
pertenece a la tradición poética que funda la gauchesca; ambas
encuentran su logro poético, paradójicamente, en la diglosia, en la
discriminación de una lengua y una cultura sobre otra; crispando la
lengua del poder con la lengua del pueblo. Llamémosle ilegalidad
lingüística:
la capacidad de presentarse en los márgenes de la norma y a su vez
ser la voz de una clase social subalterna, perseguida social y
culturalmente. Los Pibes
Chorros actualizan
en sus letras la persecución del pobre (el ilegal social) por la
policía, tal como José Hernández había narrado la persecución al
gaucho pobre. Leamos “El Pibito Ladrón”:
“Con tan solo quince
años / y cinco de alto ladrón / con una caja de vino / de su
casilla salió. / Fumando y tomando vino / intenta darse valor / para
ganarse unos mangos / con su cartel de ladrón. / Pero una noche muy
fría / él tuvo un triste final / porque acabó con su vida / una
bala policial. / Y hoy en aquella esquina / donde su cuerpo cayó /
hay una cruz de madera / que recuerda al pibito ladron.”
Como
el Martín
Fierro,
la cumbia villera va a denunciar un sistema represivo. No obstante,
no es solo la denuncia de lo que recela el poder (la carta de
Bartolomé Mitre, por ejemplo) sino que son letras que anuncian que
los pobres no van a olvidar las muertes, la violencia del Estado.
Allí, en la esquina, hay una cruz que obliga a todo el mundo a
recordar que la policía mató a un pobre. Esa cruz son también la
gauchesca y la cumbia villera. Como dice el Martín
Fierro:
Males
que conocen todos
Pero
que naides contó.
Una
operación literaria.
La tramposa naturalidad que inventa la cumbia villera con su escribir
complejiza nuestras categorías de autor, narrador y lector. El
lector de la cumbia villera (un pibe en una bailanta, por ejemplo) se
presenta (se siente) como narrador de la letra, incorporándose a lo
narrado, ya que rememora alguna experiencia o sentimiento común,
facilitado por la recurrente primera persona de las letras. Por otro
lado, el narrador se confunde con el autor. Vale aclararlo: Ariel de
los Pibes
Chorros
no es chorro, pero el narrador de su letra se confunde
deliberadamente con él. Él nombra a su banda Pibes
Chorros
y canta canciones de pibes chorros en primera persona.
Por otro lado, en sus
entrevistas, cantando en festivales folklóricos, hace lo obvio:
demuestra que el autor no es el narrador. Sin embargo, el género le
exige esa operación estética: narrador y autor se confunden. Es
más, esto posibilitó que mucha gente lo piense en verdad como un
chorro. Se generó el rumor que su banda iba al interior a tocar en
bailantas, se emborrachaban con vino malo y, finalmente, cuando
concluían sus piezas, sacaban pistolas y robaban lo recaudado. Esta
anécdota apócrifa ilumina perfectamente lo dicho: la cumbia
actualiza un artificio verbal para confundir las categorías narrador
– autor – lector.
Es un artificio
poético -o mejor llamarlo “cuero poético”- que funda Bartolomé
Hidalgo; exige la fusión del narrador con el autor y lo que es más
importante: un lector que se haga cuerpo de la poesía. Es recurrente
el comienzo de las cumbias interpelando al público: levanten
las manos todos los negros.
Es un arte que no finaliza en la obra, sino que se prolonga
necesariamente en la intervención del público. No es el lector
clásico, de libro leído con pantuflas, o de rictus solemne durante
una ópera.
Cuando los hermanos
Podestá presentaban a fines del siglo diecinueve, por los caseríos,
Juan
Moreira,
la obra sobre un gaucho perseguido y asesinado, los criollos que la
veían, en el momento del asesinato, sacaban su facón y se metían
en la obra para salvar al gaucho que iba a morir. Era una lectura
correcta del género. Los críticos literarios no han entendido bien
el motivo del Fausto
de
Estanislao del Campo. Allí un gaucho va a ver el Fausto
de
Gounod y vuelve creído que todo lo que vio es verdadero. Ese gaucho
es un buen lector de la cultura popular, y observa el Fausto
en esa clave. Es hacer cuerpo de la letra. No es meramente un willing
suspensión of disbelief,
un necesario pacto de lectura con la narración. El gaucho del
Fausto
es un lector de gauchesca, de arte de fogón, de arte criollo: allí
se espera que el público intervenga, discuta, se indigne. Y si es
necesario, que salga el facón por donde corta.
Dos
movimientos. La
cultura popular argentina se construye por dos movimientos: la vuelta
y la ocupación. La vuelta suele ser una traición; porque la vuelta
es la espera, la confianza que inevitablemente no se cumple ya que
excede la fe impuesta. Las dos grandes traiciones son dos vueltas: la
del Martín
Fierro
y la de Juan Domingo Perón. Es decir, el fracaso de los dos grandes
movimientos de insurgencia popular: las revueltas federales y el 17
de Octubre.
El otro movimiento es
la ocupación. La ocupación funda la resistencia, de manera
prolongada y pocas veces lineal. La vuelta y la ocupación son de
manera inevitable, también, un único movimiento. La primera
ocupación nace con la fundación de la ciudad de Buenos Aires en
1536, cuando los indios de la Pampa destruyen la ciudad de Pedro de
Mendoza. Las sistemáticas ocupaciones que acometen las clases
populares sobre la ciudad crean, como luego desarrollaremos, la
paranoia del poder que es el tema privilegiado de la literatura
argentina.
Las ocupaciones se
desarrollan en todo el siglo diecinueve, cuando los caudillos
federales azotan Buenos Aires; es el triunfo de Pancho Ramírez y
Estanislao López sobre Buenos Aires en 1820; son los constantes
malones sobre Córdoba y Buenos Aires; son las sublevaciones de López
Jordán, de Juan Saá, de Felipe Varela, de Facundo Quiroga; es la
cultura nativa, criollos e indios, invadiendo la civilización
occidental.
El 17 de Octubre de
1945 sintetiza todas las sublevaciones del siglo diecinueve. Son los
migrantes correntinos, chaqueños, salteños, riojanos que abandonan
las fábricas y ocupan la ciudad blanca; la ciudad entramada por el
liberalismo, la inmigración europea, la tradición patricia, la
literatura francesa. En la calle Nueva York de la ciudad de Berisso,
centro de los grandes frigoríficos, comienza una marcha a pie hacia
Capital Federal. En la ciudad de La Plata, donde ya se habían sumado
obreros de otras fábricas, atacan con la precisión ideológica que
solo tiene el pueblo en su violencia revolucionaria a distintas
instituciones liberales: el diario burgués, la Facultad de Filosofía
y Letras, la asociación de la oligarquía ganadera.
La marcha continúa
hacia Buenos Aires. Se sumarán obreros de Lanús, Avellaneda, de
distintos centros obreros. Finalmente, destruirán todos los fortines
imaginarios de la clase media porteña; cuando el pueblo se subleva
se presenta que toda signo tiene su peso, cada palabra su sentido y
cada verdad su lugar.
Las puebladas de los
`90 inauguran la última ocupación del campo sobre la ciudad, de la
barbarie sobre la civilización, del negro sobre el blanco. Es un
proceso que no finalizó. Son las puebladas que surgen en el interior
del país por pueblos hambreados por las políticas neoliberales que
inaugura la última Dictadura Militar en 1976. Comienzan con la
destrucción de la casa de gobierno de Santiago del Estero en 1993 y
se prolongan a todas las provincias. Abrir el diario era saber
entonces qué pueblo, qué provincia, qué ciudad se había sublevado
con cierta rutina política: destrucción de instituciones
represivas, enfrentamiento con gendarmería, ocupación de espacios
públicos.
La
paranoia del poder. Hay
miedos (e imágenes) que se repiten. La literatura pudo encauzar, o
promover, muchos de ellos. Hay uno que recorre todo el siglo
diecinueve y veinte: el de las clases altas por la ocupación de las
clases populares del espacio urbano. El control de la calle es,
finalmente, el control del poder y ese miedo, por lo tanto, no es un
miedo más: es el de perder los privilegios con que se constituyó
una clase.
En el siglo diecinueve
ese miedo se desarrolló en los carnavales de los negros, en la
insolencia de gauchos e indios frente a las formas pautadas de la
civilización, en la ocupación de las ciudades por la barbarie
rural. Proliferó cierta literatura basada en la paranoia: Amalia,
Facundo,
El
matadero.
En todas ellas la paranoia del poder funda un tema: la invasión. En
el siglo veinte, el peronismo actualiza el miedo. Primero el 17 de
Octubre y después los actos oficiales del peronismo inauguran una
época: la ocupación de las ciudades por la clase obrera.
Del 17 de octubre
proliferaron muchas imágenes: la de la plaza llena, la de la clase
obrera abandonando las fábricas, la de la primera espera a Perón.
Hay una, acaso la más famosa, que me interesa: la de las gentes
remojándose sus patas en la fuente de Plaza de Mayo. Es el desdén
de los pobres a la “civilidad” burguesa, a la buena forma de
circular una ciudad; es el vivir de los barrios en el centro; una
fuente finalmente
es simplemente una provisión de agua, ¿qué más?. Ese hecho mínimo
atenta a las verdades con que una clase construyó la ciudad: atenta
políticamente porque ocupa un espacio céntrico que no le es
permitido y atenta simbólicamente porque profana un objeto y un
espacio que el liberalismo fetichizó:
la plaza y la fuente. La fuente es la cultura occidental y, por lo
tanto, para el poder no tiene más uso que el de significar una
pertenencia de clase. El desprecio (acaso ingenuo) de poner las
piernas a remojar en el agua es (potencialmente) la integridad de las
clases populares frente al poder. Es la política que se torna
identidad y una identidad que se torna política.
En las clases altas (y
medias) la invasión fue, también, sobre la identidad y actualizó
la literatura
de la paranoia que
en el siglo diecinueve Sarmiento canonizó con su Facundo.
Los blancos se escandalizaron de que los negros bailen (“Las
puertas del cielo” de Julio Cortázar) o de que los negros hagan
política (“La fiesta del monstruo” de Jorge Luis Borges y Adolfo
Bioy Casares) pero ese terror se sintió esencialmente como la
pérdida de un espacio, como una “casa tomada”.
En el cuento “Casa
tomada” el protagonista afirma que desde 1939 ya no llegan libros
desde Francia. En la frase se cifra la pérdida del control de la
ciudad por las clases altas. La cultura europea es la fórmula de
escapar a la ocupación de las clases populares. En el final de
Amalia
(1851)
de José Mármol, por ejemplo, los tres protagonistas antes de ser
atrapados por la barbarie hablan en francés ya que saben que es el
idioma secreto de su clase. Para el liberalismo la lengua francesa
(la cultura occidental) es la fórmula de inventar su clase. Ellos
son occidente, las instituciones, la civilización. Lo demás, como
lo describió Echeverría en La
Cautiva es
desierto, barbarie. Fuera de la civilización no hay nada: On
ne tue point les idées,
escribió Sarmiento en el desierto sanjuanino. La invasión es el
tema predilecto de la literatura argentina porque se intuye que en el
desierto, en la nada, está la desaparición de la civilización. Que
en “Casa tomada” no lleguen libros desde 1939 significa que el
protagonista (un señor bien que vive de rentas del campo) ha perdido
la fórmula con que convertía al mundo ajeno a la civilización en
la nada. La ocupación le da cuerpo al desierto; el temor latente es
la forma de nuestra literatura.
Negros
no hay. Para
la década de 1940 el discurso del poder se había reforzado con la
aparición de una clase media de origen inmigratorio. Desde entonces
se propagó otro origen de la Argentina: los argentinos bajaban de
los barcos. A su vez, se desplazó el origen patricio que argumentaba
que la historia del país era la de aquellos estancieros que databan
sus apellidos españoles de la Colonia. Sin embargo, con la aparición
de una clase obrera, mestiza, irrumpe otro origen.
Tanto el Partido
Comunista como el Partido Socialista habían promovido la política
liberal de repoblar la Argentina a través de la inmigración
europea. Si la oligarquía del siglo diecinueve promovió la
desaparición del nativo por motivos civilizatorios, los partidos de
izquierda la promovieron por el progreso
o la revolución.
Dos de los fundadores del Partido Socialista, José Ingenieros y Juan
B. Justo, explicitaron su racismo; ambos pensaron que era conveniente
reemplazar la población nativa por europeos.
Decía entonces
Ingenieros: la
nacionalidad argentina no está formada por indios, sino por
descendientes de europeos y la experiencia enseña que las únicas
regiones del país que merecen el nombre de civilizadas, cuentan en
su población un noventa por ciento de sangre europea.
Sin embargo, en el 17 de Octubre aparecen los mestizos de esas
regiones del país
que el pensador socialista consideraba que no merecían el nombre de
civilizadas. A esa masa de obreros mestizos la oligarquía nombró
“cabecitas negras”, “pelos duros”.
El diputado del
Partido Radical Ernesto Sanmartino bautizó a la migración como
“aluvión zoológico”. Los mestizos eran animales; eran las
pinturas fantasmagóricas de La
Cautiva
de Echeverría. El Partido Comunista desarrollaba un análisis
similar al de los radicales y conservadores: habitantes
de las provincias más atrasadas del país, que traían consigo la
rebelión instintiva de las capas más pobres del campo y que por
ello eran más propensas a la demagogia.
El diario comunista
Orientación
publicará el 21 de Octubre de 1945 un artículo sobre la “barbarie
peronista”. La describen como “[la violencia] contra
la población indefensa, contra el hogar, contra las casas de
comercio, contra el pudor y la honestidad, contra la decencia, contra
la cultura.
Plata
no hay. Un
género es un invento del crítico, del lector, del autor, de una
institución; es, por lo tanto, abierto, recorrido de distintas
maneras. Según cómo se lea la cumbia villera, según cómo se lea
la villa, se seleccionarán letras distintas y se ejecutará una
teoría distinta. Lejos está la idea de naturalizar
el siguiente análisis para que se confunda con el tema. No existe
tal. Hay varias historias: una de ellas, la nuestra, comienza con
Plata
no hay
de Meta Guacha.
“Hace frío en la
calle / y se siente muy solo / con sus años gastados, / años de
trabajo, / hoy se juega todo. / Con su angustia en la cara /
empuñando un papel / ve pasar en la cuadra / un auto lujoso. /
Observando que para, / sin preguntar quien era, / pide su billetera /
y con mucha vergüenza / le pide perdón / con el arma en la mano. /
Y entre forcejeos / cerrando los ojos / aprieta el gatillo. / Alertó
una patrulla / que estaba de ronda / por ese lugar / y queriendo
escapar / en gran cantidad / perforaron su cuerpo / y llegaron
canales / de las cuatro puntas / de esta cuidad. / Se dijeron mil
cosas / saliendo en la tapa / de todos los diarios / pero nunca se
supo / lo que halló el forense / en la morgue estatal. / Una simple
carta / que en su bolsillo guardaba / ese hombre / diciendo: /
"Papito estamos enfermos / y plata no hay/"
La cumbia villera
escribe lo que el poder en la década de 1990 decidió callar: el
hambre, la desocupación, la desigualdad. Plata
no hay
sintetiza la conciencia villera de su época; es un contrapunto de
dos conceptos antagónicos: la carencia y el exceso. Por un lado, el
villero está marcado por la carencia (frío, solo, gastado) y el
poder por el exceso (el lujo, la profusión de balas, todos los
diarios.) El poder se construye con sumas de excesos, de verso en
verso, se torna hiperbólico y evidencia que ese exceso es saña,
rabia, odio. Y esa saña hacia el otro va en un in
crescendo
que parte en la carencia del villero y suma los castigos del poder:
la policía, los medios y la morgue estatal.
El forcejeo por la
billetera de los primeros versos ficcionaliza
la lucha de clases y cuestiona el papel del Estado, que se define en
dos secuencias temporales. Una, pretérita, donde hubo años de
trabajo; otra, presente, donde ese pasado se convierte en un “jugarse
todo”. Sustancia una época, “hace frío en la calle”, pero
básicamente una nueva percepción: el sentirse solo. En tal sentido,
el Estado es una morgue; es donde finaliza el cuerpo muerto del
villero. El Estado ya no sólo es el silencio de las causas de un
sistema, sino además de las consecuencias de un sistema (se
encuentra el papel y se lo oculta.) El Estado no es neutro,
son los policías que lo persiguen y lo matan con rabia, son los
medios que dicen “mil cosas” pero no la verdad, es el
ocultamiento del papel. El poder es la profanación del cuerpo: se lo
perfora, se lo oculta, se lo olvida en una morgue.
El papel
es la razón del villero: el Estado lo oculta y la cumbia villera lo
“empuña”. Así Plata
no hay
constituye un primer
texto
del género. La cumbia villera encontró el papel, una escritura que
no es la de la ley. Explica, también, un cambio narrativo: se pasa
de la tercera persona (la no persona) a la primera persona (el
nosotros). Un cambio narrativo que indica una identidad: ser
villero es ser en primera persona.
El
otro. La
paranoia es el gran tema de la literatura argentina porque expresa la
imposibilidad de una civilización: la ficción
es el mejor lenguaje para lograr ese temor a lo no nombrado, a lo
ominoso, al otro. La imposibilidad de la civilización es también el
odio de las clases ociosas; el Estado se construye con muertes,
masacres, torturas. La civilización son los genocidios; los indios
ultrajados, a quienes se les corta las pelotas por diversión o las
orejas para contar los asesinados; el rencor de quienes matan a
Chacho
Peñaloza y clavan su cabeza en plaza pública, acusado de barbarie y
rebelión; los gauchos estaqueados, obligados a luchar en la guerra
contra el indio; el placer de quienes escribieron viva
el cáncer
cuando muere Eva Perón.
Sin embargo, el poder
necesita a quienes más odia; aunque no los nombre, los necesita; con
su trabajo construye su condición ociosa. La paranoia es la tensión
de no poder nombrar a quien más necesita y a quien más teme. En
cambio, el pueblo no necesita a una clase ociosa y una vez y otra
resurge en su lucha. Como dice una coplita que se anda escuchando por
La Rioja:
Peñaloza, diz que
ha muerto:
no hay duda que así
será.
Tengan cuidado,
magogos
no vaya a resucitar
El
mismo. El
3 de febrero de 1536, el adelantado Pedro de Mendoza funda Santa
María del Buen Ayre. Por
primera vez se funda Buenos Aires y se cifra la imposibilidad de
construir la civilización occidental en nuestro territorio; se la
intentó recrear en una orilla baja, barrosa, infestada de mosquitos
y epidemias. Quienes conquistaron la tierra americana, la
desconocían. Sus leyes la nombraban sin poseerla: conquistaron un
mundo con las palabras. Luego, lo dominaron con el trabajo ajeno a
través de leyes y ejércitos. Los indios, los criollos y los negros
fueron el cuerpo de América; Occidente fue un discurso, una
usurpación.
Hacia junio de 1536
los españoles intentaron avanzar hacia el río Luján para
esclavizar a los indios querandíes; sin embargo su expedición
fracasa. A diferencia de la Conquista del Perú donde la caballería
fue determinante, las boleadoras pampas pudieron detenerla. Los
querandíes, que hasta entonces les habían proveído de comida y
consejo, comienzan a hostigar la ciudad hasta lograr sitiarla.
Intramuros
el hambre se propaga. Los españoles se comen entre ellos,
enloquecidos. Se roban, se matan vilmente por una porción de pan.
Algunos intentaron comer cueros. Los animales salvajes infestan la
ciudad atraídos por el olor a carne pútrida. Las enfermedades
aplacan a los hombres más fuertes, les proveen de muertes lentas.
Escribió entonces el poeta español Luis de Miranda describiendo su
experiencia:
Pocos
fueron, o ninguno
que
no se viese citado,
sentenciado
y emplazado
de
la muerte.
Más
tullido, el que más fuerte;
el
más sabio, más perdido;
el
más valiente, caído
y
hambriento.
La destrucción de
Buenos Aires en 1541 cifra nuestra historia: la imposibilidad de la
civilización, la resistencia, la ocupación de la ciudad, la
paranoia de intramuros.
La nación argentina, nacida con una revolución, es parte del mismo
movimiento; su imposibilidad es la prolongación de su fracaso.
La
poesía argentina,
tal como la lega Bartolomé Hidalgo, existe porque no triunfó la
revolución. Ser
o no ser negro
es la síntesis de una escritura revulsiva, aquella que nombra en
primera persona todo lo que el poder calla: el hambre, la revolución,
los genocidios, la negrura, los fortines, los malones. Es la
literatura del yo,
de la América indómita y violenta, de la búsqueda de una estética
original. Es la literatura del barro.
Ser o no ser negro
repone la cuestión fundamental de nuestra nación: completar una
revolución. Es la posibilidad de que indios, criollos, mestizos,
pobres, peones, villeros sean el yo
de la escritura. Como dice el Hernández:
Y
dejo rodar la bola,
que
algún día se ha de parar
tiene
el gaucho que aguantar
hasta
que lo trague el hoyo,
o
hasta que venga algún criollo
en esta tierra a
mandar.
1
En
1833 Charles Darwin escribe en su Viaje
de un naturalista
durante su recorrido por el Río de La Plata: “nada menos eficaz
que la policía y la justicia. Si un hombre pobre comete un crimen y
puede ser detenido, se le mete en una prisión o quizá hasta se le
fusile; pero si es rico y tiene amigos, puede contar con que el
asunto no tendrá para él ninguna mala consecuencia”.
2
Es imborrable el momento de la lectura de la novela. Pasaba la noche
en lo de mi compañera, una casa de pensión dividida en distintos
apartamentos. Adelante, funcionaba un cabaret de travestis
dominicanos. Escuchaban cumbia a todo volumen y se peleaban con los
vaguitos de la esquina porque acusaban de malograrles los clientes.
Yo sentado a lado de una estufa alivianaba el frío e iba
descubriendo América junto al protagonista. El capítulo XXI,
“Libertad y mugre”, es la conversación con un escocés que hace
veinticinco años vive en nuestro continente. El escocés explica
cómo el nuevo mundo se conoce a través del cuerpo, a diferencia
del viejo mundo donde todo se “limita a los libros, la limpieza y
la ropa”.
3
Pensemos
en un caso similar. El estado israelí en su constitución del `48
se enfrenta al problema de la lengua nacional: yidddish o hebreo. El
yidddish era la lengua hablada popularmente por el pueblo judío en
Europa y el hebreo moderno era una actualización estatal del hebreo
antiguo. Mi bisabuela Sonia, una lituashne,
siempre había quedado con la impresión de que Israel era un
monstruo. Cuando fue a visitar familiares encontró otro pueblo
judío. Nunca olvidaría que la gente no le contestaba cuando
hablaba su lengua. El estado de Israel estaba reconstruyendo el
origen del pueblo judío, afín a la expulsión de los palestinos y
la justificación de ser un pueblo del desierto, ya no eran judíos
perseguidos hablantes de un dialecto alemán.
/LECTURAS/
Barthes, Roland.
El
placer del texto, seguido por Lección inaugural,
Buenos Aires, Siglo XXI, 2003. //
Borges, Jorge Luis. Textos
recobrados (1919-1929),
Buenos Aires, Emecé, 2007.
// Borges, Jorge Luis / Bioy Casares, Adolfo.
“La fiesta del monstruo” en Nuevos
cuentos de Bustos Domecq,
Buenos Aires, Ediciones Librería La Ciudad, 1977. //
Bourdieu, Pierre.
¿Qué
significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos,
Madrid, Ediciones Akal, 1985. // Busaniche, José Luis. Historia
Argentina,
Buenos Aires, Solar – Hachette, 1969. //
Busaniche,
José Luis.
San
Martín vivo,
Buenos Aires, Nuevo Siglo, 1995. //
Chavez, Fermín.
La
vuelta de José Hernández,
Buenos Aires, Ediciones Theoria, 1973.
// Chavez, Fermín.
El
revisionismo y las montoneras,
Buenos
Aires, Editora Nuestro Tiempo, 1984. //
Chavez, Fermín.
La
cultura en la época de Rosas,
Buenos Aires, Ediciones Nuestro Tiempo, 1991. //
Cortazar, Julio.
Bestiario,
Buenos Aires, Alfaguara, 1995. //
Echeverría, Esteban. Obras
Escogidas,
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1991.
// Fernández Latour, Olga.
“Copla de Peñaloza” en Cantares
históricos de la tradición argentina,
Buenos Aires, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas,
1960. //
Galasso, Norberto.
“El 17 de Octubre de 19545” en Cuadernos
para otra historia,
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3 comentarios:
Hola me gusta mucho tu pagina, espero que sigas posteando.
Interesante. Opino que jamás hay que dejar de lado la influencia de los medios en la construcción de la identidad, en este caso la identidad del cumbiero villero. Como usted dice, en una villa no hablan así, por lo tanto, el lenguaje villero (Borges decía algo parecido del lunfardo)es un invento de las discográficas. Por otro lado, no sé si escandalizar a través de cierta apologías es válido para contar una realidad trágica, porque si usted se fija (sacando algunas canciones que nombra en este trabajo) la mayoría de grupos de este tipo (no sé si debería llamarse género a la cumbia villera) buscan escandalizar al que escucha. Yo siempre pensé que era una movida mediática más, sin trascendencia. Y me parece que el olvido en el que la van dejando otras movidas musicales como el reggaetón lo confirman. Adiós.
Que bello texto, aglutina espacios, tiempos, lenguajes....cuánto me sirve para pensar
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