Los dueños de la tierra o por qué Macri en La Rural


Los Braun juntaron cada uno de sus billetes con las pelotas de los indios tehuelches a las que le pusieron precio y por las que lograron ser patrones de estancia; como un genocidio no les fue suficiente fueron los principales responsables de los fusilamientos durante la llamada "Patagonia Rebelde" y participaron en meganegociados con la última dictadura. Cuando David Viñas, en su novela "Los dueños de la tierra", le puso voz al primero de la progenie caníbal lo primero que dijo para definir a los Braun fue: “Matar era fácil”. Hoy son los patrones del comercio exterior en Argentina. Los Bullrich lograron sus campos financiando la matanza de indios. Hoy son los patrones de la educación y la seguridad en Argentina. La larga e infame familia Pinedo, nos dio un Federico ministro en los gobiernos conservadores cuando la Argentina festejaba ser una provincia británica y endeudaba el país regalando sus recursos y se creaba, a dicho de Jauretche, el estatuto legal del coloniaje. Hoy son los patrones de la rosca política para lo que saben hacer: pleitesía a la Corona. Los Prat-Gay crecieron a la fuerza del trabajo esclavo de la industria azucarera y de la financiación a Bussi que les facilitó el trabajo empresarial con la desaparición de cinco obreros que sudaban grasa militante. Hoy son los patrones de la economía en Argentina. Un breve repaso por las vidas y los apellidos del actual gobierno, un mix modernizador de las viejas oligarquías y de burguesías parasitarias que nacieron hacia la década de 1950 y lograron establecerse en la última dictadura cívico militar, muestra familias que lograron sus fortunas cortando pelotas, torturando y matando, haciendo que el Estado (digamos: los laburantes) pague las deudas que ellos nunca pagaron. Pero podemos seguir: un Frigerio colocó a Magnetto en Clarín, Marcos Peña es Braun y Macri es Macri. Estos apellidos lograron sus espacios políticos y económicos con las manos llenas de sangre, de corrupción, de violencia clasista. Descreídos de las mediaciones políticas y las zozobras democráticas, vienen a hacer lo que saben hacer. Poner orden cansados de la chusma. Y como en un cuento gótico, estos monstruos cada vez que no se los destruye vuelven fortalecidos de sadismo, osadía y odio.

El párrafo anterior lo escribí al comienzo del gobierno de Mauricio Macri; no sabía aún que Macri era Blanco Villegas. Descendiente de Conrado Villegas, uno de los militares más decididos y sanguinarios en el exterminio que decidió la clase dominante resolver el “problema interno”: saqueo y destrucción de los territorios indígenas, violencia clasista contra las revueltas federales, destrucción del Paraguay. Macri Villegas no olvida su estirpe sanguinaria; cuando hablan de la ignorancia histórica del presidente, yo recuerdo que siempre afirma: Sarmiento pensó el país, Roca lo llevó a cabo. Si la constitución del Estado moderno fortalece los residuos coloniales en la estructura etnia / clase y cualquier observador poco atento reconocerá que el color de la piel en Argentina es una yerra de clase, la “Conquista del Desierto” estructura, además, a nuestras clases dominantes. Todos ellos tienen su capital originario en un saqueo primigenio al territorio indígena; las tierras de Tandil, las llama el presidente.

No hubo, no hay, no habrá trabajo en los Macri Villegas, en los Braun, en los Bullrich. Ellos armaron un Estado hace más de un siglo cortando pelotas de indios, fusilando gauchos. Armaron un Estado con la nación marcada.



José de San Martín

Lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de dominación española; una tal felonía ni el sepulcro puede hacer desaparecer.




José de San Martín, carta a Juan Manuel de Rosas, 10 de julio de 1839. En la versión pictórica, mi preferida, de Gil de Castro, 1820.

Chau Lopérfido!

Hoy renunció un tipo abominable. Responsable de casi cuarenta muertos durante la represión del 20 de diciembre del 2001. Además un negacionista del genocidio. Debería, sin duda, estar preso. Cadena perpetua junto a varios de los responsables de esas muertes. Este gobierno tiene a varios señores bien con las manos llenas de sangre. No olvidamos ni perdonamos. Braun, Lopérfido, Bullrich...

Martín Miguel de Güemes o tesis mestizas para una política revolucionaria

Los compañeros del periódico Cambio me invitaron a escribir sobre Güemes. Lejos de cualquier virtuosismo histórico (que, desde ya, carezco) intenté insistir con la idea de que la tarea de todo partido revolucionario es sistematizar y hacer programa de lo que el pueblo guarda de manera oral, diseminada, poética en su historia. El espacio me traicionó para hablar del proyecto de Güemes, San Martín y Belgrano de instituir una Monarquía Incaica precedida por un Tupac Amaru. Creo que demuestra que si no vamos más allá -o más acá- de las fórmulas que nos provee el iluminismo europeo, no hay revolución posible. Porque una revolución no es una actualización bibliográfica ni un problema documental sino hacer cuerpo de algo que todavía no está escrito.
En estos días leí desde el miedo de La Nación de reivindicar a un héroe del caudillaje barbárico hasta la izquierda que lo despachaba, sin más, como caudillo de la oligarquía, es decir, las fórmulas europeas para explicar el mundo indoamericano. Apuesto, sin embargo, a ese héroe que escuché en copleros, peones, criollos e indios. Insisto: las fórmulas del futuro están en los ríos profundos de nuestra sangre, nuestros héroes, nuestros muertos. Por eso escribí Martín Miguel de Güemes o tesis mestizas para una política revolucionaria.

El compadre de Jorge Luis Borges



Hombre de las orillas: perdurable.
Estaba en el principio y será el último.
Estará donde un trágico boliche,
Sin revocar, humilde y colorado,
Ante el vértigo inmóvil de los huecos
Aventura su caña y su baraja;
Estará donde un hombre de voz áspera,
Al compás de seis cuerdas trabajosas,
Frangolle con desdén una milonga
Más trivial y modesta que el silencio,
Pero que hable de vida, tiempo y muerte;
Estará donde el último retrato 
De Yrigoyen presida austeramente
El vano comité que clausuraron
Con rigor las virtuosas dictaduras,
Negando al pobre el ínfimo derecho
De vender la libreta del sufragio; 
Estará donde esté el despedazado
Suburbio, los calientes reñideros
Donde giran los crueles remolinos
De acero y aletazo, grito y sangre.


Mientras haya un clavel para la oreja
Del cuarteador; mientras perdure un tango
Que sea feliz y pendenciero y límpido;
Mientras, desde la altura del pescante,
El carrero gobierne taciturno
El lento río de los tres caballos,
Y mientras el coraje o la venganza
Prefieran al revólver tumultuoso
El tácito puñal, estará el hombre.

Oscuro y lateral, vivió sus días.
Se llamó Isidro, Nicanor, Amalio.
Admitió sin asombro los rigores,
El goce, la traición (ajena o propia).
Intuyó que a la larga son iguales
La precaria costumbre de la dicha
Y la costumbre que se llama Infierno.
En los días pretéritos fue el hombre
de Soler, de Dorrego, de Balcarce,
De Rosas y de Alem; fue siempre el hombre
Que se juega por otros hombres, nunca
Por una causa abstracta; fue el anónimo
Que se desangra en el barrial, vaciado
El vientre a puñaladas, como un perro.
(Murió en el Paraguay; murió en los atrios;
Murió la numerada muerte pública
Del hospital; murió en los pendencieros
Burdeles de Junín; murió en la cárcel;
Murió al margen del turbio Maldonado;
Murió en los carnavales de Barracas;
Murió en los carnavales, con careta).

Cesan los versos. La epopeya sigue
En Gerli, en el Rosario, en Ciudadela.
Los prontuarios registran el retrato
De un enlutado de mirada aviesa.
La sangre silenciosa del indígena
Perdura en él. Prefiere la ironía
Al insulto, el rencor a la esperanza.
Las noches de la dársena y del hueco,
Las albas que desolan y denigran,
Lo verán acechar, sexo y cuchillo.



Escrito en 1943 fue publicado en la antología El compadrito. Su destino, sus barrios, su música (selección del mismo Borges junto a Sylvina Bullrich) de 1945. Publicado bajo el apodo de Manuel Pinedo.

La sarna de los justos de Lautaro Rivara

Empuñé un arma porque busco la palabra justa es la cifra con que Paco Urondo descubre, al mismo tiempo, revolución y escritura. Una larga tradición de la literatura argentina puede sintetizarse en esta frase: Bartolomé Hidalgo, José Hernández, Arturo Jauretche, Rodolfo Walsh y Roberto Santoro para nombrar sólo unos pocos.
Lautaro Rivara con su propia violencia, ritmo y originalidad ingresa en este mundo. Sin embargo, no escribe en el éxtasis del optimismo revolucionario sino en la sarna de los justos. Recuerda, tal vez, a Tierra sin nada. Tierra de profetas o El hombre que está solo y espera de Scalabrini Ortiz en la búsqueda del barro donde se está formando la épica. No es el tiempo donde esa épica ya es política sino el instante anterior donde la tormenta sólo deja ver el horizonte al loco, al profeta y al revolucionario. 
Hasta acá las cuentas de Rivara con su tradición poética. Pero hay más: una escritura original que renueva los modos de la literatura política. Frente al aburrimiento y la comodidad del mundillo literario contemporáneo, la voz de Rivara es la de un viejo payador que con su tranco sencillo hace las preguntas necesarias: ¿De verdad han muerto las montoneras y las tacuaras, las boleadoras y los malones?

El crimen de la cumbia


Un paralelismo que no pude desarrollar en el ensayo y quiero señalar brevemente es cómo tanto en el tango como en la cumbia villera la primera documentación que se produce sobre el género es a partir de discursos criminalísticos. Sólo un tiempo después (cuando el sistema pudo desajustar sus elementos más disruptivos) nace sus interpretaciones inclusivas. Este desajuste en el caso de la cumbia villera tiene dos intervenciones: una estatal que lo censura y otra comercial donde las discográficas hacen proliferar bandas que promueven los sentidos más obvios del género. En el tango también se puede rastrear este doble juego censor estado / mercado.
En ambos géneros, los discursos hegemónicos centraron su censura al lenguaje como si descubrieran ahí el nudo político al cual atacar. El informe de palabras que aparecen en “El dialecto de los ladrones” (1878) puede ser leído en paralelo al documento de julio de 2001 del COMFER que promueve la prohibición de la cumbia villera. En este documento hay un listado que resalta las palabras por las cuales la cumbia villera sería sensible a ser censurada. Cito in extenso porque es un documento que en su ridícula pretensión censora bordea el logro literario:

Glosario:
• Bajar: matar.
• Bajón: mal momento, síndrome de abstinencia.
• Bicho: pastilla de éxtasis.
• Birra: cerveza.
• Cannabis: marihuana, porro, yerba, caño, María, María Juana, Mary Jane, falopa, ama,
Ramón, boom, pot.
• Caño: arma de fuego, cigarrillo de marihuana.
• Careta: el que se abstiene de consumir.
• Cocaína: merluza, merca, lady, dama, polvo blanco, piedra, Blanca Nieves.
• Champú: champán.
• Descontrol: sinónimo de un situación de diversión exacerbada por el consumo de alcohol o
drogas que en algunos casos se presenta con fiesta de fondo.
• Descartar: deshacerse de un arma.
• Duro: calificativo que designa el efecto de rigidez muscular producido por el consumo de cocaína.
• Éxtasis: bicho, pasta.
• Faso/alto faso: cigarrillo de marihuana.
• Flashar/flashear: efecto que produce la droga.
• Fernando: trago que surge de la mezcla de fernet y una gaseosa cola.
• Fierro: arma de fuego.
• Fija: situación "ideal" para cometer un delito.
• Guardado: preso.
• Jalar: aspirar.
• Lancha: patrullero.
• La yuta: la policía.
• Limado/quemado/volado/fumado: acepciones ligadas al empleo de estupefacientes.
• Línea: modalidad empleada para distribuir el polvo de cocaína para su posterior inhalación.
• Merluza/merca: cocaína.
• Pasta: hipnótico, barbitúrico, sedante, pastilla de éxtasis.
• Pila/de la cabeza: estar drogado.
• Ran: abreviatura de "Poxi-ran", pegamento que se inhala y tiene un efecto alucinógeno.
• Rati /Yuta: policía.
• Ratón: injusto, egoísta.
• Rescatar: salir del síndrome de abstinencia.
• Salir de caño: portación de armas con fines delictivos.
• Trapo: bandera.
• Tirar humo: fumar un cigarrillo de marihuana.
• Vitamina: cocaína.

El informe pareciera querer convertirse en su propia parodia en el uso estereotípico de las rotulaciones negativas sobre el mundo popular y el lugar del censor estatal. Pero el cierre logra el hipérbole barroco cuando, tal como a fines del siglo XIX el mundo popular era pensado en categorías puramente patológicas, el documento censor es firmado por “Grupo de Investigación: Sustancias Tóxicas” coordinado por Andrea Wolff, Verónica Salerno y Paola Ramírez Barahona.

En "Las patas en las fuentes: un ensayo meta-bibliográfico", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Estética y política

Nuestra América (1891) de José Martí o El porvenir de América Latina (1910) de Manuel Ugarte, son algunos de los textos fundantes, luego del triunfo de las repúblicas liberales por sobre los proyectos emancipatorios, que recuperaron nuestro origen indígena en su potencialidad revolucionaria; estos cueros nuestros son la posibilidad, para decirlo en términos de Ugarte, de ser “plenamente americanos”. 
En nuestros cueros están surcadas las huellas de los cambios futuros. No como un orden ya establecido e inevitable. Por el contrario, la proliferación de una política revolucionaria se conjuga con la imprudencia poética que da cuerpo -sólo por un preciso y fugaz momento histórico- a una identidad popular. 
Los movimientos revolucionarios de los años sesenta y setenta, por ejemplo, encontraron en su estética mestiza parte de su potencialidad política. Tomemos el caso de aunar los retratos de San Martín y el Che Guevara en un mismo salón como realizó el Ejército Revolucionario del Pueblo. Hoy es hasta obligatorio unir las dos figuras pero entonces fue una lectura salvaje juntar al héroe de la historiografía oficial con el héroe popular. Los hermanos santiagueños Santucho, tiempo antes, en el Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP) publicaban sus proclamas en quichua y español. El pasado indígena nunca es un pretérito arqueológico sino un pretérito que vive diseminado (y creciendo) en la cultura popular. 
Los ejemplos para esta época abundan: Montoneros insertó en el lenguaje político la iconografía federal del siglo XIX; la resistencia peronista robó el sable corvo de San Martín para sacarlo de las vitrinas militares y devolverlo a su legítimo dueño: el pueblo argentino; la lucha revolucionaria nicaragüense actualizada en la propuesta de Carlos Fonseca de recuperar a Augusto César Sandino como continuidad histórica de una misma y prolongada lucha antiimperialista; todo el desarrollo de una estética afroamericana y la ocupación de la calle con su africanismo urbano (recuerden la proliferación de murales callejeros) de las Panteras Negras en Estados Unidos.
No me interesa homologar proyectos políticos contradictorios en un tono redentor homogeneizante, sino señalar que la originalidad poética y política de los movimientos revolucionarios es una de las claves de toda organización de masas. De manera ejemplar, el marxista peruano José Carlos Mariátegui, al hacerse cargo de la premisa de que “el proletariado indígena espera a su Lenin” -de Luis E. Valacárcel en Tempestad en los Andes- analizó cómo el socialismo indígena aún operaba en las organizaciones comunales y por tanto toda formulación política revolucionaria no podía sino partir de “la supervivencia de la comunidad y de elementos de socialismo práctico en la agricultura y la vida indígenas” .
En la actualidad, el kirchnerismo ha tenido algunos de esos chispazos pero, asimismo, a diferencia del peronismo clásico que centró sus políticas en las movilización permanente del pueblo, el actual gobierno confió poco en la movilización de masas (lo contrario, también, a otros procesos latinoamericanos) lo que se terminó materializando (más allá de cualquier discusión de coyunturas, correlaciones de fuerza y condiciones históricas) en un proyecto más del orden desarrollista inclusivo que emancipador. Se explica de esta manera el fanatismo de cierta intelectualidad progresista que adhirió con fervor al kirchnerismo a partir de su histórico anhelo de un peronismo sin negros, un peronismo sin Perón o un peronismo pulcro.
En el siglo XIX, por ejemplo, la lucha de clases se expresó en la lucha entre unitarios y federales que en gran parte se jugó en aspectos esenciales y cotidianos como la vestimenta. En las pesadillas escritas por unitarios la mezcla de razas es, también, el uso de la vestimenta indígena. José Mármol aúna en esta pieza perfecta su miedo a la corporalidad indígena (los cuerpos tendidos, el poncho) con el poder popular (la posesión de las armas) para describir la casa de Juan Manuel de Rosas:

En el zaguán de esa casa, completamente oscuro, había, tendidos en el suelo, y envueltos en su poncho, dos gauchos y ocho indios de la Pampa, armados de tercerola y sable, como otros tantos perros de presa que estuviesen velando la mal cerrada puerta de la calle .

Más allá de las diversidades de proyectos que se inscribieron en el federalismo (desde proyectos revolucionarios a programas del orden terrateniente) todos poseyeron, a diferencia del unitarismo, un fuerte componente plebeyo que conformó un sentido común popular como centro de significaciones. Tan es así que la vestimenta criolla (de origen indio) como el chiripá o el poncho junto al uso de bigote eran relacionadas al federalismo mientras llevar levita y patillas, como acostumbraban las elites, expresaba una simpatía al unitarismo. Por eso cuando Sarmiento dice que no hay república con chiripá no está proponiendo un recambio estilístico sino lo que esas ropas arrastraban como maneras criollas e indígenas de entender el mundo. Los cueros, la lengua, la ropa están en el origen de una perspectiva nativa que no puede aprenderse en los libros. 
La formulación de Sarmiento es simple: mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos. En sus palabras: “En San Luis, hace diez años que sólo hay un sacerdote, y que no hay escuela ni una persona que lleve frac” . Por eso el chiripá, el facón, el poncho son la marca originaria que distinguen a Facundo Quiroga quien “era el comandante de campaña, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil, del hombre educado, del sabio, del frac, de la ciudad, en una palabra”.

En "El último día sin Colón",  Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

El mismo

El 3 de febrero de 1536, el adelantado Pedro de Mendoza funda Santa María del Buen Ayre. Por primera vez se funda Buenos Aires y se cifra la imposibilidad de construir la civilización occidental en nuestro territorio; se la intentó recrear en una orilla baja, barrosa, infestada de mosquitos y epidemias. Quienes conquistaron la tierra americana, la desconocían. Sus leyes la nombraban sin poseerla: conquistaron un mundo con las palabras. Luego, lo dominaron con el trabajo ajeno a través de leyes y ejércitos. Los indios, los criollos y los negros fueron el cuerpo de América; Occidente fue un discurso, una usurpación.
Hacia junio de 1536 los españoles intentaron avanzar hacia el río Luján para esclavizar a los indios querandíes; sin embargo su expedición fracasa. A diferencia de la Conquista del Perú donde la caballería fue determinante, las boleadoras pampas pudieron detenerla. Los querandíes, que hasta entonces les habían proveído de comida y consejo, comienzan a hostigar la ciudad hasta lograr sitiarla. 
Intramuros, el hambre se propaga. Los españoles se comen entre ellos, enloquecidos. Se roban, se matan vilmente por una porción de pan. Algunos intentaron comer cueros. Los animales salvajes infestan la ciudad atraídos por el olor a carne pútrida. Las enfermedades aplacan a los hombres más fuertes, les proveen de muertes lentas. Escribió entonces el poeta español Luis de Miranda el “Romance Elegíaco” (1837) describiendo su experiencia:

Pocos fueron, o ninguno
que no se viese citado,
sentenciado y emplazado
de la muerte.
Más tullido, el que más fuerte;
el más sabio, más perdido;
el más valiente, caído
y hambriento.

La destrucción de Buenos Aires en 1541 cifra nuestra historia: la imposibilidad de la civilización, la resistencia, la ocupación de la ciudad, la paranoia de intramuros. La nación argentina, nacida con una revolución, es parte del mismo movimiento; su imposibilidad es la prolongación de su fracaso.
La poesía argentina, tal como la comienza Bartolomé Hidalgo, existe porque no triunfó la revolución. Ser o no ser negro es la síntesis de una escritura revulsiva, aquella que nombra en primera persona todo lo que el poder calla: el hambre, la revolución, los genocidios, la negrura, los fortines, los malones. Es la literatura del yo, de la América indómita y violenta, de la búsqueda de una estética original. Es la literatura del barro. Ser o no ser negro repone la cuestión fundamental de nuestra nación: completar una revolución. Es la posibilidad de que indios, criollos, mestizos, pobres, peones, villeros sean el yo de la escritura. Como dice el Martín Fierro:

Y dejo rodar la bola,
que algún día se ha de parar
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar.

En "De la gauchesca a la cumbia villera, de los piquetes a los malones", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán

Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla es publicado en 1870 en el diario La Tribuna. Ocho años antes del inicio de la “Conquista del Desierto”. Catorce años antes de la derrota definitiva de Saihueque y los últimos caciques rebeldes. Mansilla siempre recorrió el borde de las civilizaciones: Oriente, los siete platos de arroz con leche, los negros, la vida cortesana, las tolderías. Leemos: “no hay peor mal que la civilización sin clemencia” . Uno lo lee sabiendo que los cazadores de indios ofrecerían sus trabajos en las estancias, para cobrar, por cada muerto, una libra esterlina. Uno lee la palabra clemencia y la lee sabiendo que los estancieros les advertirían a los cazadores que no se conformarían con las orejas de los indios (han sabido de algún cazador indulgente que sólo se las cortó, dejándolos vivos) y por eso dirán: si quieren la libra esterlina, queremos sus pelotas. 
Mansilla escribe: “Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización a que llegará cada raza; y si hay alguna teoría calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica” . Lo leemos sabiendo que Julio Argentino Roca arengaría al ejército a que se mate hasta el último indio, que se le saque hasta el último pedazo de tierra, hasta el último símbolo de su cultura. Porque como asegura Roca no hay que dejar nada de esa “raza abyecta”.
Una excursión a los indios ranqueles finaliza con el regreso de Mansilla, en 1868, de tierras ranqueles a Córdoba. Finaliza el viaje y entendemos que se está escribiendo no sobre el fin de una jornada sino sobre el fin de una civilización. La excursión termina. El viaje diplomático termina. Se acerca a Mariano Rosas. Le dice: “Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido y harán en adelante cuanto puedan, por los indios”. Rosas, líder máximo de la Confederación Ranquel, responde: “Hermano, cuando los cristianos han podido, nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán”.

En "Hasta sacarle Carhué al huinca",  Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Guerra al indio extranjero

En 1979, el gobierno militar conmemora los cien años del triunfo sobre el indio. Albano Harguindeguy, Ministro del Interior, expresa los ideales nacionales: “La ‘Conquista del Desierto’ logró expulsar al indio extranjero que invadía nuestras pampas” . La dictadura se autodenominó Proceso de Reorganización Nacional. Es un regreso al proyecto liberal que se había iniciado con la Organización Nacional durante la presidencia de Bartolomé Mitre. La reorganización supondría una vuelta a ese estado que otras montoneras volvieron a poner en crisis. Malones, peronistas, indios, cabecitas negras, montoneros, montoneras. 
Harguindeguy organiza un congreso, en 1979, para festejar la épica occidental. Junta a docentes, catedráticos, militares. Explica el mensaje postrero de la “Conquista del Desierto”: “tiene que servir de inagotable inspiración a nuestra civilización”. 
David Viñas comienza a escribir sobre la larga historia de este festejo: su Indios, ejército y frontera (1982). Afirma que el discurso del roquismo, en los alrededores de 1879, es un epílogo al Facundo de 1845 y ambos son parte de un gigantesco corpus que se abre con el Diario de Colón. Pone en juego el paralelismo propuesto por el propio videlismo: 

La homogeneidad ideológica promovida por la liquidación de lo que se consideraba el “enemigo prioritario” y la subversión entraba en rápida disolución después de la victoria sobre el Desierto. Y la violencia ejercida contra los indios y sus tierras se invertía hasta impregnar con su irracionalidad los fundamentos de la república oligárquica . 

Al día siguiente al asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, en una nota titulada “Crónica de una violencia anunciada”, el diario La Nación nos previno que el odio de la oligarquía es lo más perdurable de nuestro devenir histórico: “Que un grupo de personas (...) se arrogue la facultad de privar a otras personas de un derecho que la Constitución les reconoce expresamente, como la libertad de trabajar y de circular por el territorio nacional, resulta un atropello que puede desatar consecuencias imprevisibles”; “el movimiento piquetero es una manifestación fronteriza -y por cierto violenta e inaceptable- de la política”; “el corte de rutas implica actos de insubordinación civil” . Nociones como fronterizo, insubordinación y territorio nacional son parte del monstruoso entramado discursivo que David Viñas descubre enlazando 1879 y 1979.

En "Hasta sacarle Carhué al huinca",  Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Malones nocturnos

El origen de un pueblo, de una ciudad, de una nación no exige especialistas ni señas ni lenguajes de iniciados. De hecho, no hay un origen; no existe el documento que pueda atraparlo. La historia galopa en nuestra sangre; no podemos cifrar un tiempo en la maestría de un calígrafo: el pasado cruza las fronteras cotidianas en malones nocturnos. Mariano Rosas, Calfucurá, Saihueque galopan en nuestro cansancio entre fortines, rebeliones, fusilamientos. 
El no trate de economizar sangre de gauchos de Domingo Faustino Sarmiento -héroe de tilingas, de didactas, de editores de libros escolares- se hace carne en cada cacería que la bonaerense lleva a cabo contra los pibes del barrio que están marcados: ¿o la historia de Martín Fierro, obligado a trabajar la hacienda de la Comandancia no es la historia de Luciano Arruga obligado por la policía a salir a robar para ellos? Que Fierro termine como desertor y Arruga tirado en un baldío muestra dónde pesa la ley: Para él son los calabozos, / para él las duras prisiones / en su boca no hay razones / aunque la razón le sobre. / Que son campanas de palo / las razones de los pobres.
La frontera siempre retorna. Otro malón cruza los límites y lo que parece remoto se hace cuerpo. La lucha piquetera, en el año 2001, estalla el país y esos mismos meses el pueblo ranquel recupera los restos de su líder histórico, Mariano Rosas, que perduraban como trofeo de guerra en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata. 
La frontera siempre retorna. La guerra está al orden del día. Estar estaqueado, comerciando en la pulpería, galopando tierra adentro son momentos en esta larga jornada. Las huellas criollas nos surcan la jeta. Eso es memoria. Desde la esquina, desde el rancho abierto en una picada, desde el monte, el salitral. Desde la villa. El barrio, el cruce, el rancherío. La orilla. El pasado cruza las fronteras cotidianas en malones nocturnos. No existe el documento. 
Escribimos partes de guerra. 

En "Hasta sacarle Carhué al huinca",  Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Negros no hay

Para la década de 1940 el discurso del poder se había reforzado con la aparición de una clase media de origen inmigratorio. Desde entonces se propagó otro origen de la Argentina: los argentinos bajaban de los barcos. A su vez, se desplazó el origen patricio que argumentaba que la historia del país era la de aquellos estancieros que databan sus apellidos españoles de la Colonia. Sin embargo, con la aparición de una clase obrera, mestiza, irrumpe otro origen.
Tanto el Partido Comunista como el Partido Socialista habían promovido la política liberal de repoblar la Argentina a través de la inmigración europea. Si la oligarquía del siglo diecinueve promovió la desaparición del nativo por motivos civilizatorios, los partidos de izquierda la promovieron por el progreso o la revolución. Dos de los fundadores del Partido Socialista, José Ingenieros y Juan B. Justo, no escondieron su racismo; ambos pensaron que era conveniente reemplazar la población nativa por europeos. Decía Ingenieros: 

"La nacionalidad argentina no está formada por indios, sino por descendientes de europeos y la experiencia enseña que las únicas regiones del país que merecen el nombre de civilizadas, cuentan en su población un noventa por ciento de sangre europea" .

Sin embargo, en el 17 de Octubre aparecen los mestizos de esas regiones del país que el pensador socialista consideraba no merecedoras de llamarse civilizadas. A esa masa de obreros mestizos la oligarquía nombró “cabecitas negras”, “pelos duros”.
El diputado del Partido Radical Ernesto Sanmartino bautizó a la migración como “aluvión zoológico”. Los mestizos eran animales; eran las pinturas fantasmagóricas de La Cautiva de Echeverría. El Partido Comunista desarrollaba un análisis similar al de los radicales y conservadores (y elaborando, como Ingenieros, una cartografía particular de un Buenos Aires civilizado y un interior salvaje): 

"habitantes de las provincias más atrasadas del país, que traían consigo la rebelión instintiva de las capas más pobres del campo y que por ello eran más propensas a la demagogia" . 

El diario comunista Orientación publicará el 21 de Octubre de 1945 un artículo sobre la “barbarie peronista”. La describen como:

[la violencia] contra la población indefensa, contra el hogar, contra las casas de comercio, contra el pudor y la honestidad, contra la decencia, contra la cultura.

En "De la gauchesca a la cumbia villera, de los piquetes a los malones", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Negro de adentro

Cuando los primeros artistas retrataron a San Martín tuvieron el prurito de hacerlo blanco; olvidaron su cara oscura, de bastardo guaraní, de pólvora en los pulmones. Acaso ese error en Bernardino Rivadavia, en Domingo Faustino Sarmiento sería explicable. El señor Rivadavia, por ejemplo, el buen amigo de los ingleses, era conocido en las tabernas de Buenos Aires, entre mazorqueros y poetas gauchescos de poca monta, como el Señor Chocolate, por su cara de mulato. 
En mi barrio, una vecina, Helena, me contó la siguiente anécdota. Carla, otra vecina, anhelaba salir del lugar en que le tocó vivir. No sólo le molestaba la pobreza, sino los pobres: la música alta, el habla guaranga de los vecinos, su tío que se obstinaba en seguir hablando (luego de algunas chacareras y algún vino) el quichua montaraz que trajeron de Santiago del Estero. Sin embargo, ella sabía que se iría y olvidaría todo esto. Un día la historia se desencadena en el happy end que había estado elaborando íntimamente: encuentra a un hombre de plata, se muda de barrio, se casan, tienen un hijo. 
Si bien acá debería cerrar la historia, ésta continúa. El hijo, en vez de heredar los rasgos de su padre, o al menos los mestizos de su madre, hereda la negrura de su abuelo materno, vaya a saber uno qué indio de monte adentro. Pasó el tiempo y ese chico morocho (que en la familia paterna ya era como uno de los cuatro hijos indeseables de “La gallina degollada”) empezó la escolaridad en una institución como la Goethe School. Su negritud relucía entre veinte o treinta amiguitos rubios. El muchacho tenía esa piel como un pecado de algo que no entendía. 
El niño, a los seis o siete años de edad, comienza a bañarse furioso, a enjabonarse con rabia, lastimándose, una y otra vez para sacarse esa piel maldita, el pasado en la sangre. 
Acaso ese odio sea el de nuestros liberales, el odio a su país que llevan en su piel: Rivadavia, Sarmiento, Roca, Menem. Irónicamente algunos de los grandes liberales fueron negros, criollos, mestizos. Ya lo sabemos, el problema de ser negro, como bien nos advierte el refranero popular, es ser negro de adentro

En "De la gauchesca a la cumbia villera, de los piquetes a los malones", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

Sobre Los impuntuales


Publicado en la Trinchera 7.

#Impeachment


El año pasado estuve unas semanas trabajando en San Pablo. Entre varias tareas fui a una escuela, junto al amigo Thiago Alves, en una de las favelas paulistas. En un paredón, casi en la puerta de la escuela, encontré este mural. Un mural al que cualquiera que haya pateado las calles latinoamericanas habrá encontrado una y otra vez. O un mural, o una cruz, o un rosario clavado. A mí me pasó de adolescente, como un tremendo cross a la mandíbula, cuando entré a un barrio cerca de mi primera casa, en el Churrasco, donde en cada esquina, casi en cada paredón, encontraba fotos, dibujos, murales, recuerdos de chicos que para ese entonces tenían mi edad; muertos, asesinados, desaparecidos.
La historia, en general, es la misma. Alguna madrugada la policía los mata y los tira como perros en una zanja o al costado de un camino. 
En la última década en América Latina hubo gobiernos que hicieron un poco (a veces, realmente, muy poco) para que en los barrios se esté un poco mejor. Pero no todos lo vivieron así. Para la revolución de los ricos en que estamos, estos gobiernos fueron demasiado lejos. Cruzaron una frontera. Algo que los decidió a poner sus caras, sus medios, sus fortunas, para comprometerse en el rumbo político continental. Una burguesía caníbal que mata y mata y mata y que ha decidido comenzar una guerra social. A establecer, sin ninguna mediación política ni balbuceo reformista, su condición de patrones. 
No seamos ingenuos: no vienen por un nombre, una insignia política, un cantito. Vienen por una clase. 
Y yo no quiero más, nunca más, murales con las caras de los nuestros.

El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado



We've opened the economy significantly…
Miguel Braun en Washington (Reuters, 24/2/2016)

I

La familia Braun hizo su capital
cortando pelotas de indios y abriendo librerías; 
no podemos
culpar a quienes creyeron en el progreso. Es sólo
una contingencia que seamos
los muertos.

Expliquemos:

La poesía no es una fe.
La poesía no es propaganda política.
La poesía no es un eslogan.


Pero.

Expliquemos:

Esto es fe.
Esto es propaganda política.
Esto es un eslogan:

sonriamos sonriamos sonriamos.

Pero. Olvidé cómo
encabalgué mi poema
con
otra vez el principio:

esto es un eslogan.

Reseña bien del palo

Dejo una reseña sobre Parte de Guerra de Lautaro Domínguez. Acá está para leer.

En la Playboy, qué Contursi?

Parece que salimos con el amigo Carlos Ríos en el fondo de la Playboy, me tira Agustín Arzac la data que le tiró Arance. En alto quilombo nos metimos. Hasta estar en Intratables no paramos. Claro, va a haber varios amigos que van a pedirme que muestre la tapa. Comprenla no sean pajas.


Entrevista!

Dejo la entrevista que me hicieron en Marcha de Gigantes. Acá está!