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El tripa

El tripa está sentado donde construyen el barrio nuevo. Anoche llovió y los ladrillos brillan un opaco rojo. No dije aún que el tripa no quería hacerlo, y yo no voy a decir que no tenía conciencia. Porque, cuando como el tripa nacés en este barrio y desde que abriste los ojos sos el único que va a hacer de toda esta historia, tu historia, la conciencia es lo único que importa en tu vida. La jugada hubiera sido fácil; era una mujer sola en la casa. Entraban, ni siquiera la golpeaban y chau. La asustaban un poco y volvían con los bolsillos llenos y chau. Además, no podría hacer un panegírico a un delincuente, que es un pobre diablo que a los nueve años se lo culearon en un baldío y desde ahí, quien se le planta, le saca las tripas y por eso su ocurrente nombre. Al último le abrió la panza y se la agarraba, mientras se le caían las tripas y balbuceaba: tripa la concha de tu hermana. (Yo cuando lo veo, cruzo de cuadra y sé que por eso me hizo fama de maricón.)
Pero hoy con esta noche de mierda, empezó a llover otra vez, con la humedad del río enfermando los pulmones, me da lástima. Porque encima llora. Tiene quince años y alguno que escuche pensará que a esa edad se puede llorar, pero no: cuando como el tripa nacés en este barrio y ves que tu padre a los seis años se voló la cabeza una noche de verano, porque el vino y el desempleo lo fue confundiendo hasta odiar a sus propios hijos a quienes golpeaba salvajemente durante las borracheras; por eso no tuvo ni el estúpido consuelo de llorarlo. Ahora sí: el tripa, en cambio, llora.
El asunto era sencillo. Entraban, asustaban a la vieja y le copaban el dinero. Pan comido. Esa noche ni se iba a drogar. Iba a ir careta, para hacer del delito algo sencillo, algo rápido. Pan comido. Copaban la guita y se rajaban y chau barrio y chau noches en el baldío tomando esa mierda que quema las tripas.
El Tomatito tenía un año menos: catorce. Se ganó el respeto del tripa cuando le clavó un cuchillo a un viejo ladrón del lugar que se tiraba a su madre. El tipo caía en la casa de Tomatito y se acostaba con ella a cualquier hora, aún cuando su hermanita, Jaquelín, volvía del colegio y bebía mate cocido en la sala y tenía que subir el volumen del televisor para no escuchar el sexo bruto. Un día Tomatito se cansó y fue a buscar al viejo ladrón al baldío; también estaba el tripa armando un fasito y miró al Tomatito, lo miró fijo, porque vio en él algo de una vieja nobleza perdida. Le dijo: si te cogés una vez más a mi vieja te corto las pelotas, me escuchás, te las corto. El viejo chorro lo quiso avanzar pero cuando atinó a pararse en la pierna derecha, muy cerca de las pelotas, le clavó un cuchillo: la próxima me las llevo de regalo, forrito. El Tomatito tenía doce años, pero para el tripa era un héroe, ya era un héroe.
Por eso, hay que verlo hoy, con los ojos abiertos y escupiendo sangre, mientras su pecho se abre y se cierra, se abre y se cierra. Está muerto. Su cara toda embarrada, enchastrada con sangre, con mugre; en la sien, parte de su masa encefálica corriéndose por la tierra mojada, revuelta aún por el polvo del ladrillo; casi cayéndose al zanjón que separa el baldío del nuevo barrio.
El asunto era fácil, era rápido. Pero el Tomatito, sea por su madre, por su hermanita Jaqui, se apuró; fue solo. Lo sospechaba, sin estar convencido del desenlace. Por eso lo esperó en el barrio nuevo; porque sabía que ahí iba a revisar el billete antes de tomársela. Cuando Tomatito lo vio, abrió lo ojos y no dijo nada. No se defendió. Tampoco el tripa dijo algo; con un 38 largo que rescató, sin mirarlo, le voló los sesos.
Es raro. Nadie va a llorar al Tomatito como hoy lo llora el tripa.

Narrativa IV

El martes 21 de Diciembre, se presenta una antología donde hay un cuentito mío, "la otra orilla" (http://larazondemilima.blogspot.com/2010/11/la-otra-orilla.html).-

La otra orilla

El hombre dijo: la patria muere conmigo. O amanó ko che retarê, o no dijo nada y cayó, con su cara sucia a la vera del agua anegada. Pero así no comienza la historia. Primero hubo un río. Levanten sus vasos, mugrientos, porque este río podrido, olor de puta abierta, de petróleo refinado, de cloaca amiga, es nuestra posteridad. Entonces el Yarará ríe, dientes amargos, amarillos y levanta una copita de vino. Hubo una guerra, y por este río se fue llevando tropas, negros e indios deshilachados, criollos haraposos. Comían y bebían, con guitarras enmilongadas, en húmedos galpones, embroncándose con un vino la guerra que no gustaban, o no entendían. Allí las heridas, los muertos insepultos, el vino crispado, las raciones pútridas, escasas, el olor a cigarro fuerte, el mate, los catres o el simple suelo; allí la fiebre. Pero un poco antes, o un poco después, López, presidente del Paraguay, caía, con su cara de indio irresuelto, de barba embrujada, de payé amigo. El monte era olor a pólvora, a río quieto, a mierda, a carne abierta. Lopez era donde ya, como los indios, como los negros, como los gauchos, no estaba. Se está sonríe cínico donde no se es. La pútrida espera de una guerra que no gustaba, o no se entendía, las milongas envenenadas de somnolencias, de siestas breves; comenzó con la fiebre. En los pelotones, en las guardias de guerra que cruzaban el río, hacia el Paraguay; empezó con la fiebre.

Arrasó: las guitarras, el cigarro, los heridos, el vino. La fiebre se prolongó por el río, y la guerra que acababa en la cara embarrada de López, anegada de aguas donde los yacarés y los sapukái se mezclaban, empezó a bajar. Los soldados caían en húmedos galpones, agarraban sus cuellos con desesperación, con odio de lo que no gustaban o no entendían, y los llevaba a cavar más fosas que las que esa guerra prometió cavar. Y bajó, como subió la guerra; por el mismo río. Bajó, más violenta que la pena latente en las milongas, abierta, con rabia, también anegada. Y llegó a la ciudad donde el monte se escondía bajo las baldosas, y la brisa de la ribera y el olor al desierto, eran presentes e imposibles, y llegó el pánico, la tierra, la suciedad, la misma sangre que el río subió. Entonces, los mismos carniceros, los dueños de los saladeros, de las tierras, de las armas, temieron el pus en sus casas, y se mudaron, para que los negros se ahoguen en sus conventillos agrios. Y los saladeros fueron sacados de esa ciudad, también siempre presente e imposible, y llevados al sur. Por la ribera, cada vez más al sur, por la ribera partida, de monte, anegada, nuestra. Y es por eso, en la cara empantanada de López, muerto, en la fiebre que invadió a la Buenos Aires, a una guerra, a los negros huyendo, a los saladeros migrados, que nace esta ribera, antes monte y pajonal. Se cifró la sudestada, la inundación, los vinos de la orilla, el trabajo del monte por la vid. Llegamos nosotros: indios, gringos criollos, negros. Donde comienza la ribera, el río de la plata, ese mismo río donde subió una guerra, y bajó una fiebre, y con ella nosotros. Y con nosotros, amigos, nuestra orilla: chapa, madera, vino, arena. El Yarará derrama vino en el piso, pisa la tierra, y concluye: con su permiso, salud.


El cuento la otra orilla será publicado en la antología Narrativa IV de la editorial La Comuna.