pero no te he perdido
ni un instante, mi bestia,
máquina del placer, mi pobre novia
reventada en el baile.
Me acostaba contigo,
mordía tus pezones furibundo,
me ahogaba en tu perfume cada noche,
y al alba te miraba
dormida en la marea de la alcoba,
dura como una roca en la tormenta.
Pasábamos por ti como las olas
todos los que te amábamos. Dormíamos
con tu cuerpo sagrado.
Salíamos de ti paridos nuevamente
por el placer, al mundo.
Perdí mi juventud en los burdeles,
pero daría mi alma
por besarte a la luz de los espejos
de aquel salón, sepulcro de la carne,
el cigarro y el vino.
Allí, bella entre todas,
reinabas para mí sobre las nubes
de la miseria.
A torrentes tus ojos despedían
rayos verdes y azules. A torrentes
tu corazón salía hasta tus labios,
latía largamente por tu cuerpo,
por tus piernas hermosas
y goteaba en el pozo de tu boca profunda.
Después de la taberna,
a tientas por la escala,
maldiciendo la luz del nuevo día,
demonio a los veinte años,
entré al salón esa mañana negra.
Y se me heló la sangre al verte muda,
rodeada por las otras,
mudos los instrumentos y las sillas,
y la alfombra de felpa, y los espejos
que copiaban en vano tu hermosura.
Un coro de rameras te velaba
de rodillas, oh hermosa
llama de mi placer, y hasta diez velas
honraban con su llanto el sacrificio,
y allí donde bailaste
desnuda para mí, todo era olor
a muerte.
No he podido saciarme nunca en nadie,
porque yo iba subiendo, devorado
por el deseo oscuro de tu cuerpo
cuando te hallé acostada boca arriba,
y me dejaste frío en lo caliente,
y te perdí, y no pude
nacer de ti otra vez, y ya no pude
sino bajar terriblemente solo
a buscar mi cabeza por el mundo.
Ernesto R. del Valle es un poeta y escritor cubano. En su provincia natal (Camaguey) fundó junto a otros escritores la Brigada Hnos Saíz de Escritores y Artistas. Ha escrito distintos poemarios y publicado en antologías y revistas. Actualmente reside en Estados Unidos, donde es editor de la Revista Literaria Guatiní. En los siguientes días publicaré otros poemas del autor. Ahora presento “noche negra”, “amanecer” y “árbol soy”.
La noche y su colmillo me espera dentro
de mis miedos. Me espera a mansalva para
conquistar mis sudores más elementales,
para escupirme su sombra en cada esquina
para emboscarme en sus polvos y misterios.
La noche muerde duro los pasos de mis rutas;
mis ojos se pierden en sus cuencas íntimas
entonces me mira con sus ojos de espanto,
me asusta su vientre de sombras, su piel
de suave almendra que satura los sentidos.
Pero amo la noche y amo sus zumos de gardenia
y me adentro a ella para conquistarle sus aromas,
para saborear su planetario espacio, su envoltura
de femeninas cumbres y amaneceres
que le nacen muy dentro de su furia ensangrentada
Amo la noche que me envuelve, que me arrastra
hacia su enorme caudal de versos
Amo la noche y me arraigo a sus hechizos
a sus velos frutales a sus enormes lanzas
que se clavan hondo en mi corazón humano.
Con François Villon (1431-¿?) nace la poesía arrabalera que confunde poetas y ladrones, baldíos y patria, vino y tradición. Nace la poesía irreverente del barrio. La Balada de la Gorda Margot pudo ser escritaayer, en cualquier tugurio rioplatense. Su vida se mejora con el mito. Fue estudiante y ladrón, asesinó de piedrazo a un clérigo (para que los simbolistas bufen) y sufrió la cárcel. Su poesía es esa travesía de noches, prostitutas y malas compañías.
Balada de la Gorda Margot
Si amo y sirvo a esta beldad gustosamente, ¿debéis tenerme por vil o por tonto? Ella tiene calidades para un fino deseo. Por su amor ceñiría escudo y daga; cuando viene gente, corro y agarro un jarro y vino les doy sin ruido ni apurarme; les ofrezco agua, queso, pan y fruta. Si pagan bien, les digo: «Bene stat; volved aquí, cuando estéis en camino, a este burdel que es nuestro lugar.»
Pero entonces aparece el mal humor cuando sin plata Margot viene a dormir; no puedo verla, a muerte mi corazón la odia; le tomo vestido, cínturón, enagua, jurándole que es en prenda de su pago. Entonces desesperada: «¡Es el Anticristo!» Grita, y jura por la muerte de Jesucristo que no lo hará. Entonces empuño una astilla y sobre la nariz algo le escribo en este burdel que es nuestro lugar.
Luego, la paz hecha, me rajo un buen pedo, más gordo que venenoso escarabajo. Riendo, me pone su puño sobre mi cima, ¡vamos! me dice, tanteándome la pierna. Ebrios los dos, dormimos como un sueco. Y, al despertar, cuando el vientre le murmura, monta sobre mí (¡que no dañe su fruto!) bajo ella gimo, me deja más chato que tabla, con tanta lujuria ella me destruye, en este burdel que es nuestro lugar.
Ventee, granice, hiele, tengo mi pan asegurado. Soy lujurioso, la lujuria me concierne. ¿Cuál es mejor? Cada uno se corresponde. El uno para el otro; a mal rata mal gato. La porquería nos gusta, la porquería tenemos. No esquivamos al honor, él nos esquiva, en este burdel que es nuestro lugar.
Sigo subiendo algunas cositas de este hombre y sus versos. (El siglo XX para muchos de los pueblos afrocriollos del contintinente fue un momento de encuentro estético y político con su origen: el "negrismo" de Nicolás Guillén y Luis Pales Matos en CentroAmérica, Malcom X y las Panteras Negras en Estados Unidos -recordemos el pintor Emory Douglas, por ejemplo- y demás de demases. Santa Cruz, además de ser un gran poeta, pudo ensanchar nuestra poesía con imágenes, palabras, ritmos, músicas de su pueblo. A continuación, “América Latina”, con su versión recitada también.
América Latina
Mi cuate
Mi socio
Mi hermano
Aparcero
Camarado
Compañero
Mi pata
M´hijito
Paisano…
He aquí mis vecinos.
He aquí mis hermanos.
Las mismas caras latinoamericanas
de cualquier punto de America Latina:
Indoblanquinegros
Blanquinegrindios
Y negrindoblancos
Rubias bembonas
Indios barbudos
Y negros lacios
Todos se quejan:
¡Ah, si en mi país
no hubiese tanta política…!
¡Ah, si en mi país
no hubiera gente paleolítica…!
¡Ah, si en mi país
no hubiese militarismo,
ni oligarquía
ni chauvinismo
ni burocracia
ni hipocresía
ni clerecía
ni antropofagia…!
¡Ah, si en mi país…!
Alguien pregunta de dónde soy
(Yo no respondo lo siguiente):
Nací cerca del Cuzco
admiro a Puebla
me inspira el ron de las Antillas
canto con voz argentina
creo en Santa Rosa de Lima
y en los orishás de Bahía.
Yo no coloreé mi Continente
ni pinté verde a Brasil
amarillo Perú
roja Bolivia.
Yo no tracé líneas territoriales
separando al hermano del hermano.
Poso la frente sobre Río Grande
me afirmo pétreo sobre el Cabo de Hornos
hundo mi brazo izquierdo en el Pacífico
y sumerjo mi diestra en el Atlántico.
Por las costas de oriente y occidente
doscientas millas entro a cada Océano
sumerjo mano y mano
y así me aferro a nuestro Continente
en un abrazo Latinoamericano.
Hay un mandato en esta tierra de escribir en nuestro ritmo. La escritura se siente una lengua extranjera y se busca, en cambio, hacerla propia, hogareña. Muchos escritores buscaron en sus lenguas nacionales su cifra. El Borges de Fervor de Buenos Aires, por ejemplo. Sabemos que nuestra tierra india, criolla, mestiza está hecha por la exasperación del nosotros. Alguna vez quise explicarla con yo somos el mismo, una subversión de la premisa je est un autre del poeta Rimbaud (que por otro lado, como todo gran poeta francés empezó traficando versos y finalizó traficando negros.)
Nicomedes Santa Cruz fue un escritor limeño. Como Nicolás Guillén agrandó la lengua española con el ritmo de la voz negra. Fue poeta, y también un estudioso de lo suyo: la cultura afrocriolla del Perú. Murió en 1992; tal fecha(4 de junio) se conmemora el día de la cultura afroperuana.
Dejo un poema “ritmos negros del Perú” recitado por él mismo, y “La pelona”. Luego subiré otros.
La pelona
Cómo has cambiado, pelona, cisco de carbonería. Te has vuelto una negra mona con tanta huachafería.
Te cambiaste las chancletas por zapatos taco aguja, y tu cabeza de bruja la amarraste con peinetas.
Por no engordar sigues dietas y estás flaca y hocicona. Imitando a tu patrona has aprendido a fumar. Hasta en el modo de andar cómo has cambiado, pelona.
Usas reloj de pulsera y no sabes ver la hora. Cuando un negro te enamora le tiras con la cartera. ¡Qué…! ¿También usas polvera? permite que me sonría ¿Qué polvos se pone usía?: ¿ocre? ¿rosado? ¿rachel? o le pones a tu piel cisco de carbonería.
Te pintaste hasta el meñique porque un blanco te miró «¡Francica, botá frifró que son comé venarique…!» Perdona que te critique, y si me río, perdona. Antes eras tan pintona con tu traje de percala y hoy, por dártela de mala te has vuelto una negra mona.
Deja ese estilo bellaco, vuelve a ser la misma de antes. Menos polvos, menos guantes, menos humo de tabaco. Vuelve con tu negro flaco que te adora todavía Y si no, la policía te va a llevar de la jeta por dártela de coqueta con tanta huachafería.
Ya que estamos en épocas de fastos, quisiera compartir una nota de mi primo Ricardo Dubín para el Diario El tribuno de Jujuy, sobre lo sucedido en su pueblo, Tilcara.
Cerca de las diez de la víspera, el valle tilcareño floreció hacia al sur en estruendos que dieron largos minutos de fuegos artificiales con ecos que repitió la piedra. Hacia medianoche, el Himno Nacional enmudeció los huaycos de la falda, y en la sugerencia del millar de estrellas sobre los recovecos que son playa y sendero, acaso pudiera responderse lo que es la pertenencia. La Quebrada de Humahuaca, que aportó la mayor cuota de sangre para la causa de la Independencia, y que recogió muy corto pago, saludaba así, desde Tilcara, al bicentenario de una patria que es sólo una parte de su historia milenaria.
En la mañana del 25, una gran cantidad de banderas de ceremonia cerraba el círculo en torno a los bustos del poeta, del guerrero y del pintor, próceres en los que queda la custodia de esta memoria. Su intendente, Félix Pérez, llamó a la inclusión de todo el país en la idea de la Patria que se festeja, y el diputado Pablo Baca agradeció el honor de haber sido invitado. Al fin, los docentes del área de música de los Talleres Libres de Artes y Artesanías ejecutaron un feliz cumpleaños con los instrumentos heredados de sus abuelos.
Entonces, el rostro quebradeño comenzó a desfilar su orgullo a lo largo de la calle Belgrano, bajando del cerro al valle. Los abuelos con la experiencia tallada en la piel, los niños con los pómulos brillantes de esperanza, desde las escuelas rurales que se yerguen en el horizonte vallisto hasta el club de fútbol, desde la antigua sangre gaucha hasta el moderno transporte del remis, cuerpos de kung fu y de tinku, con el pañuelo de la zamba y con el arma que el Estado le confía a sus soldados, con el uniforme de la enfermera y la arrogancia juvenil de la nueva promoción de la Escuela Normal.
Para quien vea estos rostros desde la distancia, sin duda dirá que es el otro rostro del bicentenario. Para Tilcara, para Humahuaca, para cada pueblo y cada caserío quebradeño, para los caminos de herradura de los valles, esa magia que heredó el color de los cerros, esos cabellos que tienen el brillo de la vertiente, ese mirar tan blanco como la nieve, dibujan el único rostro posible. Por eso será que el desfile estaba perfumado con el incienso del misachico, por eso las marchas de la banda tenían el son de los sikuris.
Otro artículo desde el Altiplano.
Bajando de La Quiaca, un gendarme le pide documentos a una señora que usa su pollera de colores vivos. Ella le dice que viene de los valles, no de Bolivia, pero que no lleva documentos. ¿Cómo puedo saberlo?, le pregunta el uniformado. ¿No ve mi pollera?, le dice la mujer. Creo que me reí, como tantos otros que viajaban en ese mismo ómnibus, y acaso lo hicimos porque no se trataba sólo de una situación cómica. Podría decirse de muchas maneras distintas. Esta es así: para el gendarme, la identidad estaba ligada a la legalidad de los documentos; para la mujer, como lo fue para nuestros abuelos y lo sigue siendo en muchos sitios de nuestra provincia, la identidad se posa en la vestimenta y también en la tonada. Para algunos, que lamentablemente no son pocos, está impresa en un tipo de rostro, en una forma del cabello, en un color de piel. La Argentina del bicentenario no es el todo homogéneo que imaginaron los hombres que nos gobernaron hacia fines del siglo XIX, aquellos que, de alguna manera, fundaron la república que hoy nos toca. 1810 es un hito anterior, casi más perteneciente a la mitología que a la historia. Allí, cuando el 25 de mayo originario, la cosa comenzó con algunos que pensaban que el indio era el buen salvaje de Rousseau, y que alcanzaba con nombrar al Inca y hablarles en quechua para que los siguieran en sus ideas que, al fin de cuentas, eran francesas.
Estaban ellos, digamos: la izquierda de la revolución de Mayo, los que alzaban ideas tan atrevidas que ni en Europa se pudieron llevar a cabo, y estaban los contrabandistas que querían legalizar su contrabando rompiendo con el monopolio que imponía la corona española. Como suele suceder, la izquierda fue rápidamente marginada y quedaron en el poder los otros, los que querían legalizar su contrabando de mercaderías inglesas. Quedaban en pie, no ya las ideas europeas, sino las realidades americanas y los intereses europeos: un puerto que reemplazó a la metrópoli del imperio español, y que como éste en su decadencia, estaba atado a los intereses ingleses, y una serie heterogénea de caudillos, más o menos sensibilizados con la situación del gaucho, que defendieron una economía y una organización no del todo acorde con el mundo como se dibujaba desde Londres. Que esta contradicción no fue menor, lo muestra la larga guerra civil que se sucedió desde la de la Independencia. Para nosotros, fue un derrame de sangre que no se detuvo desde los primeros combates del Ejército del Norte hasta prácticamente terminado el siglo XIX, y cuya desazón se expresa en las dos manifestaciones más populares de nuestra religiosidad: la Difunta Correa y la Virgen de Punta Corral, consuelos divinos, ambos, del mismo período de guerra civil. Luego, los fundadores de nuestra república, desde Mitre y Sarmiento hasta Avellaneda y Roca, optaron por ahorrar trámites y aniquilar a lo que llamaban "barbarie" para dejar en pie los cimientos de la "civilización". Sarmiento fue el menos hipócrita, y nos lega una obra donde explica cómo hay que terminar con lo español y con lo indígena que nos queda para que la cosa empiece a funcionar. Lo anterior, lo de 1810, es sólo un boceto de república. Lo que viene después, es la república de la gente "decente", sólo ensombrecida, para ellos, en dos períodos posteriores: cuando los gobiernos nacionales de Irigoyen y de Perón, que no casualmente encarnarían, en Jujuy, bajo el apellido del mismo caudillo: Miguel Tanco. Fuera de esos dos períodos, cuando lo americano intentó participar de la república, el resto fue querer imponer una legalidad por encima de la identidad. Fueron doscientos años durante los que se quiso aplicar recetas de gobernabilidad sobre la vida de los más, quienes guardaron un silencio expectante y adhirieron masivamente cuando hubo esos gobiernos en los que se vieron reflejados.
Recordar el bicentenario de esta etapa histórica, que viene después de la colonia que viene después de las naciones originarias, que son también, ambas, historia nuestra, es releer un período en el que nos fuimos formando, no sin contradicciones, no sin dolor. Tras ello, en el 2000, alcanzamos la peor de las alternativas que vislumbró Perón: no nos encontramos unidos sino dominados. Acaso hoy podamos decirlo de un modo que la experiencia nos enseñó a ver de forma más completa: el futuro nos encontrará dominados si es que no logramos unirnos sin renunciar a nuestras diferencias. Y acaso entonces el gendarme comprenda lo que le decía la mujer de la pollera colorida.
Presento brevemente a Ricardo Dubin. Escritor, radicado hace años en tierra jujeña y pienso uno de los mejores poetas y ensayistas para entender el Altiplano. Sus viajes constantes de pueblo en pueblo, su trabajo cotidiano con las comunidades, sus lecturas de nuestra lengua e historia pueden encontrarse en su página: www.intuiciones.com.ar/. Algunos de sus libros son: Teologemas (2007)y Villancicos (2010). Actualmente está por publicar un análisis de la poesía popular jujeña, producto de sus años de trabajo en talleres con distintas comunidades de La Quebrada y La Puna. En sus libros asoma una huella de crítica y poesía poco acorde a nuestros tiempos pop porteños: Alfonso Carrizo, Ricardo Rojas, Rodolfo Kusch, Atahualpa Yupanqui, Manuel Castilla. Alguna vez tuve la oportunidad de recorrer su tierra, entre libros, caminos que se precipitaban a precipios imposibles, algún vino y mucho tabaco. Recuerdo breves pero intensas charlas sobre Kusch, Jauretche, María Rosa, Hernandez Arregui; sobre poesía popular, el Siglo de Oro, la negritud y qué cosa será esto de ser argentino. Sobre rock, cumbia y huaynos. Algo de tierra adentro, en un pulso envidiable: "Romance de la Virgen Piedra y El Gauchito Gil" y "Cumbia Villancico".
ROMANCE DE LA VIRGEN PIEDRA Y EL GAUCHITO GIL.
… yo no fui mejor que nadie ni nadie es mejor que yo.
1.
Subo de Iturbe meta caminar entre huayco y cerro junto al quinchamal,
y vi aquellas cuentas sueltas, sin atar, coronar la blanca piedra virginal.
La raíz pequeña que un árbol será busca en sus enaguas agua de mamar,
y una lagartija, wawa para más, se esconde en su falda para carnaval.
Subía pensando que el río quizás la trajo del cerro rodando hasta acá,
que acaso la arena lo supo acunar sin saber palabra de su santidad.
Porque si los hombres con la gracia inmensa de un alma sensible no hallamos respuesta,
¿por qué en una piedra grabaste el sudario de la Madre nuestra para así salvarnos?
Pero nadie la alza, queda allí en la arena y acaso era el agua que calma la pena,
y nadie en novena se le hinca a rezar pasándole misa bajo de un altar.
No es más que una piedra si no hay una mano que la alce contenta creyendo el milagro,
se queda en la arena y no adoran suris ni le ofrecen cuartos ni soplan sikuris.
Nada es, Padre mío, sin el yo creado, por eso pusiste tu soplo en el barro,
no hay nada sin almas que quieran buscar tu imagen en cerros… y en el arenal.
2.
Y llegué a la ruta donde, como hojas, flamean banderas con sus alas rojas,
y en un altarcito dos velas alumbran la paz del gauchito como en una tumba.
Dicen: fue guerrero, gaucho y federal y no fue a la guerra con el Paraguay,
y dicen que era hombre de un caudillo, diestro en el caballo y con el cuchillo.
Dicen que la tropa que lo fue a buscar, acaso con orden de al gaucho matar,
llevaba las mismas bombachas rotosas e iguales remiendos en sus pobres ropas.
¿Por qué fue elegido para hablarle al cielo quien fue gaucho malo cuando lo siguieron?
¿Acaso los santos, al verlo en la cuna, pensaron en Cristo y su poca fortuna?
¿Por qué, si una piedra donde está María no recibe un rezo porque no fue vista,
al gaucho Mamerto, que acaso matara, se le prenden velas por las gracias dadas?
Tal vez porque el hombre, alcanzo en mi ciencia, por más rico es pobre, por más santo, peca,
tal vez porque el Padre nos quiere enseñar que hasta un gaucho bruto tiene santidad.
Veo este mensaje yo en el gaucho Gil: nunca piense un hombre que es mejor que mil,
por más que no entiendas la razón de un alma piensa que no hay una que no es necesaria. CUMBIA VILLANCICO
Al fin de la tarde la noche madura y la voz del viento descansos augura. Pisando las horas de cargas oscuras el fierro calzaba bajo la cintura.
Abrase la rueda, vuélvase a cerrar, que busca en el riesgo su paco y su pan.
Frente del negocio lo duda un instante porque luego el pulso no puede temblarle, baja la visera aunque no haya sol y da el primer paso de esta adoración.
Abrase la rueda, vuélvase a cerrar, que arriesga su vida cual juego de azar.
Lo miran dos ojos llenos de terror y busca en la caja la recaudación. En ese momento parece exitoso, burlando a la muerte se aferra al bufoso.
Abrase la rueda, vuélvase a cerrar, que en sólo un segundo tres tiros le dan.
El escaparate parece un pesebre con luces que brillan y el pecho le duele, pero no hay pastores ni el niño Jesús, sólo su cadáver en forma de cruz.
Poeta de la Gran Ciudad, anarco - peronista, en una exploración política y barroca que denominó: "como una turbulenta turba de negros". Administra el Blog:http://el-violin-del-diablo.blogspot.com/.
ALBA eres tan hermosa, como un helicóptero cayendo en llamas /con toda una tripulación /de marines estadounidenses como los derrumbes bursátiles o el repentino estallar de los monóculos en primavera.
como cuando de miedo se crispan las galeras y de un amarillo violento y profundo se tornan /los desesperados ojos de los acaudalados.
como cuando en mil pedazos volando -cual fugaces y etéreas islas- las histriónicas embajadas desaparecen.
como un magnicidio a las doce del hartazgo, o las catástrofes financieras, como una reforma agraria o, como cuando con su fugaz aleteo las calvas cabezas de los burócratas las mariposas fulminan.
¿Será porque tus labios me recuerdan a una ancha y carnosa fila de obreros arrimándose a las cálidas cercanías de una barricada?
¿o serán tus ojos ardientes como dos llantas encendidas en medio de /una avenida principal?
¿o será por la manera en que tu cabellera suele desplegarse con el viento como una inmensa bandera negra que reparte noches a su paso?
o tal vez simplemente sea porque te amo como aman las ráfagas de metralla la piel de los tiranos.