EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS (8 DE MAYO DE 1945)
Taller de lectura de poesía: de Marcial a Pablito Lescano
Para transpirar la camiseta
1. Poesía arrabalera. Marcial; F. Villon; Carlos de la Púa; E. S. Discépolo, C. Flores, E. Cadícamo, etc.; Pibes Chorros, Damas Gratis y otros cumbiamberos.
2. El poeta como antropólogo. A. Yupanqui; F. G. Lorca.
3. La poesía en los movimientos revolucionarios. R. Dalton; J. Gelman; P. Urondo; E.Cardenal; los poetas en la guerra civil española.
4. El peronismo según Leónidas Lamborghini.
Cuestiones de formas
5. El Soneto. Petrarca; Shakespeare; Quevedo; Lope de Vega; Sor Juana.
6. Modernismo, escribir después de Rubén Darío.
Las pieles curtidas o por qué indoamérica
7. Lo criollo. B. Hidalgo; J. Hernández; lo indígena. C. Vallejo; lo negro. Palés Matos; N. Guillén; N. Santa Cruz
8. 4 poetas claves o qué es la Argentina. Juan L. Ortiz; Manuel J. Castilla; Leonidas Escudero; Juan Carlos Bustriazo Ortiz.
El taller se dicta los lunes, cada quince días, en el pasillo de las artes (6 62/63). Coordinado por Mariano Dubin y Hernán Castilla. Comienzo: último lunes de agosto. Consultas e inscripción: marianodubin@hotmail.com
Lunfa nuestra (o cómo cantar las cuarenta en rioplatense)
Narraciones Migrantes (ó cómo ser criollo en la ciudad)
Los pasillos de la villa
La villa es el espacio ominoso del buen circular burgués. Allí se interrumpe el trazado urbano que desde la Colonia es la Ley hecha ciudad: la tranquilidad de saber que un plano explica una urbe. Los pasillos, las calles de tierra, la proliferación de perros y gallinas: todo parece atentar a cómo se debe pensar una ciudad. La villa, de hecho, es la otra historia nacional, la que explica que el discurso liberal es una quimera.
No sólo se interrumpe la ciudad burguesa, se interrumpe su historia. (El puerto se interrumpe.) La villa tiene otro relato que comienza con el fracaso del federalismo en el siglo XIX. Cuando Saa, López Jordán y Varela son derrotados termina una historia: la posibilidad de hacer un país federal. La muerte de Solano López y la destrucción del Paraguay acelera el proceso de inserción de capitales británicos en la Argentina, la dependencia económica, la construcción del Estado liberal y la desaparición del pensamiento nacional (que se explicita entre la Ida de “Martín Fierro”, el héroe criollo que se une a la indiada porque la civilización está podrida y la Vuelta, donde el héroe vuelve a avalar la civilización frente a la barbarie.)
Las provincias del Norte que alguna vez supieron ser el centro del país se fueron convirtiendo en satélites económicos de la ciudad puerto. Hacia 1930 se concentró la migración interna del país: las provincias fueron prácticamente despobladas de jóvenes. Correntinos, riojanos, salteños; desde las provincias más pobres del noroeste y noreste se migraba. La economía del interior, que alguna vez supo ser próspera, estaba vaciada. La tierra se concentraba en pocas manos y no existía ningún tipo de producción independiente. Entonces las villas se hicieron un laboratorio de la nueva cultura popular, nacional e indígena migrada en la boca del puerto. Se mezcló el kolla del altiplano con el quichua santigueño, el toba del Chaco con el guaraní de los Esteros. La cultura criolla renació en la capital gringa: en el Palermo Palace, en medio de la ciudad de hijos europeos, se bailaba chamamé y milonga.
El mestizaje del interior se desparramó en una lugar que se sintió otra vez ocupado, como un siglo antes cuando Sarmiento advertía el peligro de la barbarie rural invadiendo la ciudad occidental. Apuntaba Cortázar sobre los “negros” (“Las puertas del cielo”, 1951): Asoman con las once de la noche, bajan de regiones vagas de la ciudad, pausados y seguros de uno o de a dos, las mujeres casi enanas y achinadas, los tipos como javaneses o mocovíes, apretados en trajes a cuadros o negros, el pelo duro peinado con fatiga, brillantina en gotitas contra los reflejos azules y rosa, las mujeres con enormes peinados altos que las hacen más enanas, peinados duros y difíciles de los que queda el cansancio y el orgullo. A ellos les da ahora por el pelo suelto y alto en el medio, jopos enormes y amaricados sin nada que ver con la cara brutal más bajo, el gesto de agresión disponible y esperando su hora, los torsos eficaces sobre finas cinturas.
Para entonces, la barbarie tuvo otro líder y otra revolución. No es casual que haya sido Perón, en 1954, quien devolviese al Paraguay los trofeos de guerra saqueados durante la guerra fraticida. Hoy, la historia del mestizo, del guaraní, de las milongas y el chamamé, de la cultura de las provincias, de la cultura villera es la gran deuda de la cultura nacional. Sin conocer nuestra historia, sin reivindicar nuestro origen mestizo, nuestra cultura indígena y criolla, se desdibuja cualquiera apelación a la cultura popular.
Las villas, los barrios obreros, los asentamientos son nuestra épica del siglo XX: la migración, la ocupación de tierras fiscales, el enfrentamiento con la policía, la propia voluntad de levantar los ranchos, abrir las zanjas, lograr el alumbrado público. Fueron la conciencia del 17 de Octubre, la resistencia del peronismo exiliado; allí donde la Dictadura fue más violenta. En los `90, cuando la clase media alta vendió al país por sus cuotas personales, en las villas nacieron las grandes resistencias al liberalismo. La letra “El fortín” de Yerba Brava (“100% villero”, 2001) lo relata: “Me quieren correr, nos quieren barrer / me tiran el rancho y el tuyo también / dicen que mi barrio esta lleno de hampones / que solo es un fuerte de droga y ladrones. / En sólo una hora se llenó de botones / para tirarlo abajo y levantar mansiones/ (…) Y ahora tirado estoy / debajo de un puente voy / porque somos marginados / en pelotas nos dejaron. / Y ahora tirado estoy / donde vamos a parar / quemen gomas en la calle / que mi fuerte hay que salvar.”
Mariano Dubin
Este texto es una continuación del ya publicado en el blog como “La negritud como estética. Política y poesía en la cumbia villera” y pertenece al libro Pensar el Bicentenario
Nuestra épica
Hay señores muy respetados que chantan que “la experiencia terminó” o que “no hay nada para contar”. Para ellos la historia finalizó cuando Quijano suspiró su fin y ya no hay otra que tomar pastillas para no angustiarse y escribir engorrosos libros que nadie lee sobre la angustia del mundo; pocos los conocen, pero vaya a saber qué favor editorial o afinidad de bolsillo o parentesco cruzado con los académicos, pero cuestión que estos giles tienen cartel en todos lados. Entonces nuestros burócratas y punteros del buen decir vienen con los grandes fines: “en Argentina no hay gauchos” “en Argentina no hay relato” “en Argentina no hay historias”. (Es posible que esta gente sea un experimento de la Bayer para saber cómo funcionan las pastillas en la producción de escritura, como no tienen más judíos para experimentar vienen a las Universidades Argentinas que están llenas de giles, que se comen la última novedad porque de hecho no tenían nada para hacer antes que eso.) Yo no sólo voy a decir que en nuestro país hay relato sino también, sin ninguna exageración, que en América vivimos aún una etapa homérica y donde los dioses y los humanos compartimos el mismo mate.
Hubo un momento que no hubo más geografía que el arroyo del Gato: allí fume mis primeros fasos, con la vagancia, con Santi (que Dios me lo guarde: ya nos encontraremos en otra jugada). En el arroyo del Gato se extiende una villa que es la extensión del campo en la ciudad. De grande, pude abrir allí un taller literario con los pibes de la villa. Ahí aprendí toda la literatura que no había aprendido en seis años de la Universidad; aprendí que la literatura es antes que nada un cuerpo. Una vez en la calle 2 y 515 estaba Marcos, un chico que cartoneaba en su yegua y que era para mí un criollo viejo con sus nueve años; me avisó: ayer anduvo el Lobisón, y se llevo una gallina de Marta, y a otra muertita le dejó los dientes clavados.
Me podría haber reído de eso, pero yo también anduve en el monte. Una vez, ya estaba muy metido en la selva paranaense; cada vez me metía más y sentía que necesitaba perderme ahí para encontrarme. Volví agusanado de una pierna, en ellas bailaban las larvas que una amiga paraguaya me ayudó a sacar con una aguja, una por una. Pero esto no tiene nada que ver con los gusanos que hacen crecer a América por dentro. En la selva hay un pájaro único: es un pavo de un tamaño importante que salta por las copas de los árboles. Verlo es hermoso y yo estaba de esteta en la selva. (Por otro lado, ya me había perdido dos veces antes en el monte: una en Amaicha y otra en la selva cuzqueña, pero ya me había olvidado.)
La cuestión que el pavo ese me creció la maldad y quería verlo bien, nada de verlo desde las copas y quería que baje; oscurecía y me agarré varias piedras a la orilla del Urugaí. Y lo fui molestando mientras él saltaba por las copas y yo lo perseguía a los piedrazos. Me metía en esa huella que se cruzaba en otras huellas que hacen los cazadores del monte para ir a cazar. En un momento perdí el pavo, pero vi una claro y a unos seis metros una huella que se abría perfecta, oscura. Y entonces se escuchó un silbido redondo, humano, pero con ese tono de hornero inconfundible del Pomberito. Me santigüé varias cruces, porque en esa huella estaba ese señorcito dueño del monte.
Varias veces recorriendo mi patria, me encontré con estas cruces; con lugares donde los muertos molestaban a los vivos, por cuentas pendientes. Donde las madres les pedían a sus hijos que abandonen el pueblo por el azote de ánimas en pena. Conocí gente poseída, vi a un cura villero en Villa Fiorito curando a un paraguayito poseído.
El ateísmo, las pastillas para no perder el pulso del corazón, el progresismo son las drogas duras de la clase media. Es un racionalismo de poca monta, porque ni siquiera esperan como alguna vez intentó el racionalismo entender el mundo. Este es un racionalismo que caga papers porque la palabra ya no tiene ningún valor mágico, litúrgico, político o poético. Allí la palabra tiene el gusto de un cigarrillo con café a las siete de la mañana para ir a un congreso.
Hay una Argentina donde los dioses y la muerte andan corretenado los pasillos de la villa, los cerros; donde la palabra puede traer pestes y puede contener grandes lluvias. Aburrirse en ese país, es de pecho frío. Desde miles de años el pueblo guaraní migra para llegar a la tierra sin mal: hoy la gran tarea de la revolución que nace con nuestro origen villero y guaraní, nuestro reordenamiento cosmogónico del acá y el ahora, se acerca.
Cuando se termine la guerra de Afghanistán, cuando los yankees sean humillados y derrotados en los desiertos, van a venir acá. Entonces, se verá cómo nuestros dioses se consagran con una nueva guerra; acá habrá bardos y dioses. El racionalismo de poca monta será pisado por ese racionalismo de misiles teledirigidos y nuestro pueblo volverá a poner en su lugar el relato, los dioses y la historia.
Cumbia villera
Suele ser cómodo confundir la historia de uno con la del mundo. Posiblemente, si uno habla con un señor de clase media considere natural decir que
La identidad argentina en el discurso del poder son los barcos, la inmigración europea, la historia de la clase media que se construyó a si misma por fuerza de trabajo. En cambio la historia de los mestizos, de los criollos y de los indios no existe. Sin conocer el origen de las villas miseria no se podrá entender el logro estético de la cumbia villera. Hacia la década del `30, migrantes las provincias pueblan los alrededores de Buenos Aires; se crean así gran parte de las villas y barrios obreros que lograrán el triunfo político del 17 de Octubre.
Pensemos ahora la década del `90. La década donde las ilusiones liberales nos prometían entrar (vía naves espaciales y estratósfera, según el presidente) en el país del primer mundo; donde se inundaba el mercado con mercancías extranjeras; donde la clase media mandaba a sus hijos a estudiar inglés; donde la pobreza y la marginación bullía por detrás de las quimeras liberales.
Apareció, entonces, entre las postrimerías del Menemato y los primeros años del siglo XXI, un género musical que colocó en la primera persona de sus letras (tal como ya lo había hecho la gauchesca con Hidalgo y Hernández) la voz y la justicia de los que por sus razones sonaban como campanas de palo. Decía una letra de Mala Fama: “Que Microsoft que pininglish / I am sorry tomatela / yo soy de acá y acá me quedo / (…) siempre seré zarpado de argentino”. Las letras de cumbia villera retomaron su negritud provinciana para hacer una trinchera estética y política frente a las clases sociales “blancas” y “extranjerizantes”. Decía Meta Guacha: “Tienes la piel mas clara / paseas en auto por la ciudad. / Yo vivo en un barrio pobre / donde se aguanta a mate y pan. / No sé quién te dio derecho / para decirme negro del Plan: / ya sabés que a este negro / donde vos quieras lo podés probar.”
La cumbia villera no sólo incomodó al buen gusto de los universitarios, poetas y otros punteros del buen decir. El Estado y los medios monopólicos de información lo encontraron peligroso. Habían logrado lo que todo poeta de poca monta desea: espantar al burgués. El Estado tomó nota de un género que molestaba con sus canciones sobre la pobreza, las injustitas sociales, la negritud. El COMFER, en el 2001, publica un documento donde se promueve su censura por motivos tales como contraponerse al “sistema de valores consensuado”.
Mientras parte de la clase media se volvía en sus barcos a España e Italia y completaba una parábola del discurso liberal, los villeros elaboraban por primera vez una conciencia de su origen a través de una estética original. En el 2002 no se pudo escuchar por radio y televisión al género; había obtenido un logro estético alcanzado antes por el tango y el lunfardo: la proscripción estatal.
Este es un artículo que escribí para el nuevo número de la revista Oveja Negra con el título “La negritud como estética: política y poesía en la cumbia villera”.
Artículo
Cuando el miedo se hace oligarcaLas clases dominantes conjuran a través de la literatura gran parte de sus miedos frente a la irrupción del Pueblo en la historia. No hay cuestión más aterradora que la barbarie que amenaza sus privilegios.
Hay miedos que se repiten. La literatura pudo encauzar o promover muchos de ellos. Hay uno que recorre todo el siglo XIX y XX: el de las clases altas por la ocupación de las clases populares del espacio urbano. El control de la calle es finalmente el control del poder y ese miedo por lo tanto no es un miedo más: es el de perder los privilegios con que se constituyó una clase. En el siglo XIX el miedo se propagó a través de los carnavales de los negros, en la insolencia de gauchos e indios frente a las formas pautadas de la civilización, en la ocupación de las ciudades por la “barbarie rural”. Proliferó cierta literatura basada en la paranoia: Amalia, Facundo, El matadero. En todas ellas la paranoia del poder funda un tema: la invasión. En el siglo XX, el peronismo actualiza el miedo. Primero el 17 de Octubre y después los actos oficiales del peronismo inauguran una época: la ocupación de las ciudades por la clase obrera. Del 17 de octubre proliferaron muchas imágenes: la de la plaza llena, la de la clase obrera abandonando las fábricas, la de la primera espera a Perón. Hay una, acaso la más famosa, que nos interesa: la de las gentes remojándose sus patas en la fuente de Plaza de Mayo. Es el desdén de los pobres a la “civilidad” burguesa, a la buena forma de circular una ciudad; es el vivir de los barrios en el centro; una fuente finalmente es simplemente una provisión de agua. Ese acto mínimo atenta a las verdades con que una clase construyó una ciudad: atenta políticamente porque ocupa un espacio céntrico que no le es permitido; atenta culturalmente porque profana un objeto y un espacio que el liberalismo fetichizó: la plaza y la fuente. La fuente es la cultura occidental y para el poder no tiene más uso que el de significar una pertenencia de clase: “somos Europa”, es decir, “no somos Latinoamérica”. El desprecio acaso ingenuo de poner las piernas a remojar en el agua es potencialmente la integridad de las clases populares frente al poder. Es la política que se torna identidad y una identidad que se torna política: es la apropiación popular de los objetos del poder. En las clases altas y medias, la invasión fue también sobre la identidad y actualizó la literatura de la paranoia que Sarmiento canonizó con su Facundo. Los blancos se escandalizaron de que los negros bailen (“Las puertas del cielo” de Cortázar) o de que los negros hagan política (“La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy Casares) pero ese terror se sintió esencialmente como la pérdida de un espacio, como una “casa tomada”. En el cuento de Cortázar el protagonista afirma que desde 1939 ya no llegan libros desde Francia. En la frase se cifra la pérdida del control de la ciudad por las clases altas; la cultura europea es la fórmula de escapar del miedo. En el final de Amalia (1851) de José Mármol, por ejemplo, los personajes Eduardo y Daniel, unitarios provenientes de las clases ociosas, antes de ser atrapados por la barbarie hablan en francés ya que suponen el idioma secreto de su clase los podrá liberar. Para el liberalismo la lengua francesa (la cultura occidental) era la fórmula de inventar su clase. Ellos son occidente, las instituciones, la civilización. Lo demás, como lo describió Echeverría en
publicado en Revista Oveja Negra, número 6.-
El viernes 19 hs se presenta "Pensar el Bicentenario 1810 1910 2010" en la sala Presidencia del Pasaje Dardo Rocha junto al intendente de la ciudad que limita con Berisso, el señor Bruera, el ministro de cultura, y alguno de los escritores del broli (acá se incluye el vago que escribe.)
Tan invitados. El libro se conseguirá gratuitamente en el mismo Dardo Rocha en
No los aburro más, pero les dejo los apartados "America Profunda", "El país de la cumbia" y "Negro del plan" del ensayo. El que lo quiere completo se lo mando por mail o se acerca a buscar el libro a la editorial (que es completamente gratuito) y de paso se lleva el libro póstumo de Gabriel Bañez que es una joyita.
América Profunda
Es posible que la mejor novela de nuestro siglo diecinueve esté escrita en inglés: The Purple Land de William Henry Hudson. Uson, según los conocedores del arrabal ferroviario. Allí se relata el recorrido de un europeo por el interior uruguayo. Ese viaje de iniciación es el descubrimiento de nuestra tierra, que antes que una colección de ideas es un olor, una suciedad, un barro[1]. Posteriormente es la participación del protagonista, primero de manera azarosa y finalmente conciente, por la revolución interna. Es la manera de cómo un “blanco” se indianiza, se acriolla.
El discurso oficial considera que nuestra historia empieza con la clase media. Las civilizaciones originarias, la fundación de Buenos Aires,
La historia argentina comienza, entonces, cuando los gringos bajan de los barcos; es el relato de la inmigración europea de fines del siglo diecinueve, el origen de la clase media de origen europeo. En las villas, en los barrios obreros, en los caseríos rurales hay otra historia; imprecisa y extraña porque no se explica por los barcos.
El origen de un pueblo, de una ciudad, de una nación no son problemas historiográficos son problemas políticos. No hay un origen; no existe el documento que pueda verificar un solo pasado. A principios de siglo veinte, las vanguardias artísticas de nuestro continente buscaron obsesivamente un origen. En 1926, Jorge Luis Borges publica en la revista Nosotros, una revista dirigida por ítalo – argentinos, La fundación mitológica de Buenos Aires. Allí se discute la propiedad del pasado:
Cavaron un zanjón. Dicen que fue en Barracas
Pero son fantasías de los gringos de Boedo.
Lo de los cuatro ranchos no es más que una guayaba.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.
La discusión del origen es la discusión de la propiedad. La nación iraní, por ejemplo, durante el siglo veinte se exasperó entre quienes privilegiaban en el país un origen persa o islámico. El Shah (el rey según la tradición persa) promovía un origen milenario; apoyado por los Estados Unidos y el Reino Unido su operación historiográfica se explicaba por la deslegitimación del pueblo musulmán y el entronizamiento propio. En 1979, sin embargo, el pueblo iraní acomete su revolución interna que corresponde a su visión islámica. El origen de Irán, de un mismo lugar, en esos discursos era completamente disímil. Entre una y otra historia cambiaban siglos, reyes, libros, protagonistas, religión[2].
¿Dónde comienza
Cuando Evo Morales asumió la presidencia de Bolivia en el año 2006, realizó una asunción simbólica en las ruinas de la antigua civilización de Tiawanaku; estaba haciendo una operación historiográfica y política. Sin embargo, casi doscientos años antes, Juan José Castelli, junto a su secretario Bernardo de Monteagudo, habían precisado esa operación en 1811: nuestra revolución nos liga otra vez a las civilizaciones originarias. Cuando Castelli marchaba victorioso al mando del Ejército del Norte decidió festejar el primer año de revolución en Tiawanaku; declaró la libertad del indio porque como les comunicaba su “principal objetivo es liberaros de su opresión”; los indios siempre habían “sido mirados como esclavos y tratados con el mayor ultraje, sin más derecho que la fuerza, ni más crimen que habitar en su propia patria”.
El país de
Suele ser cómodo confundir la historia de uno con la del mundo. Posiblemente, si uno habla con un señor de clase media considerará natural decir que
Jorge Luis Borges tiene dos momentos en su escritura, escindidas por el peligro de malón. Durante la década de 1920 se considera a sí mismo enciclopédico y montonero, explora la posibilidad de un criollismo de barrio, de una forma de hablar en rioplatense. Como escribe en Patrias (1925):
Quiero el tiempo hecho plaza,
No el día picaneado por los relojes yanquis
Sino el día que miden despacito los mates.
Se contrapone al criollismo de Leopoldo Lugones expresado en El Payador, donde el gaucho es un arquetipo para fundar una progenie aristocrática y la cultura criolla es simplemente un ejemplo de nuestra pureza occidental. Borges revisa la cultura criolla, explora la posibilidad de una lengua rioplatense, encuentra la figura de Evaristo Carriego, el liderazgo político de Yrigoyen. Son los ejes con que Arturo Jauretche y Homero Manzi fundan F.O.R.J.A; son algunas de las obsesiones teóricas del peronismo y del nacionalismo popular. Exageremos un poco: Borges es el primer peronista.
Sin embargo, en la década de 1940 reniega de esa escritura montonera. ¿Qué sucedió? Conoció a los verdaderos criollos, a los “cabecitas negras”. Entre 1930 y 1945 cambia sustancialmente el trazado urbano y social de Buenos Aires. Las provincias se despueblan y se crean la mayoría de los barrios obreros del conurbano y las villas miseria de Capital Federal. Borges comprendió que las palabras tienen su peso.
Poco antes del 17 de Octubre de 1945, Borges discute con Estela Canto. Le dice que él conocía el arrabal y ella lo increpa por los “cabecitas negras”. “¿Quiénes?”, refuta, “yo no conozco a ninguno”. El 17 de Octubre fue tan horroroso para Borges porque le dio cuerpo a su literatura. En sus primeros libros el poeta recorre barrios del Sur, vacíos y suyos. Son los barrios que ocuparán el pobrerío del Interior: Borges fue criollista hasta que conoció a los verdaderos criollos.
Como el 17 de Octubre, que fue la irrupción de los cabecitas negras en la ciudad blanca, la cumbia villera fue la irrupción estética de los hijos y nietos de los migrantes en un momento donde el discurso del poder postulaba un país occidental, burgués, blanco; en palabras de la época: “del primer mundo”. Con sus letras irrumpió otro país: el de los correntinos, bolivianos, paraguayos, chaqueños; el de los obreros, peones, albañiles; el de los negros, los villeros, los pobres. Son todos los fantasmas de la clase media, el cuerpo de la revolución interna, la tensión que crea nuestra literatura.
Negro del Plan
Meta Gucha, una de las bandas que funda la cumbia villera, logra algunas de las mejores letras del fin de siglo. Pocas letras tuvieron la conciencia de la negritud, de la sociedad de clases, del discurso del poder como “Negro del Plan”. Meta Guacha expresa el odio de clase, el profundo resentimiento del hambre, de la exclusión. El “negro del plan” es el pobre que recibe un plan social por su miseria; pero también es el negro de un Plan Social: el plan del hambre que inaugura el liberalismo económico.
“Tienes la piel mas clara / paseas en auto por la ciudad. / Yo vivo en un barrio pobre / donde se aguanta a mate y pan. / No sé quien te dio derecho / para decirme negro del Plan: / ya sabés que a este negro / donde tu quieras lo podés probar. / Soy de los que gastan el asfalto / cuando caminan para Lujan / a veces sangran las rodillas / rogando frente a
No es una canción desesperada. Allí se expresan las grandes puebladas de la década de 1990, allí se vislumbra el Argentinazo del año 2001, la pueblada que derribará al gobierno liberal de Fernando de

[1] Es imborrable el momento de la lectura de la novela. Pasaba la noche en lo de mi novia, una casa de pensión dividida en distintos apartamentos. Adelante, funcionaba un cabaret de travestis dominicanos. Escuchaban cumbia a todo volumen y se peleaban con los vaguitos de la esquina porque acusaban de malograrles los clientes. Yo sentado a lado de una estufa alivianaba el frío e iba descubriendo América junto al protagonista. El capítulo XXI, “Libertad y mugre”, es la conversación con un escocés que hace veinticinco años vive en nuestro continente. El escocés explica cómo el nuevo mundo se conoce a través del cuerpo, a diferencia del viejo mundo donde todo se “limita a los libros, la limpieza y la ropa.”
[2] Pensemos en un caso similar. El estado israelí en su constitución del `48 se enfrenta al problema de la lengua nacional: yidddish o hebreo. El yidddish era la lengua hablada popularmente por el pueblo judío y el hebreo moderno era una actualización estatal del hebreo antiguo. Mi bisabuela Sonia, una lituashne, siempre había quedado con la impresión de que Israel era un monstruo. Cuando fue a visitar familiares encontró otro pueblo judío. Nunca olvidaría que la gente no le contestaba cuando hablaba su lengua. El estado de Israel estaba reconstruyendo el origen del pueblo judío, afín a su expulsión de los palestinos y la justificación de ser un pueblo del desierto, ya no eran unos judíos perseguidos habladores de un dialecto alemán, tal como era el yidddish.
TURBULENTA TURBA DE NEGROS
Junto a Juan Cinza y Dano Cooke hemos improvisado el Bondi Cultural Como una turbulenta turba de negros. A continuación presento el primer escrito; para ver otras cosas se puede pispear el blog: http://www.comounaturbulentaturbadenegros.blogspot.com/Los poetas no nos tropezamos del Olimpo, no nos olvidamos nuestros mejores versos en la luna o en la cama de una puta dormida; no necesitamos hastiarnos de café y cigarrillos para encontrar que nuestra vida ahora no vale nada; tampoco hemos llorado los micros que perdimos o las mujeres que nos olvidaron. No haremos odas a pederastas, a abúlicos geniales, a generosos eunucos. No nos importa el vuelto que nos deben. Nos desagradan los amantes de acaramelados terciopelos, las poetisas constipadas, los policías de la lengua.
No nos preocupa contar las palabras, auscultar a los muertos. Festejar cualquier moda a la que le sobre unos pesos. Acostumbrados al mate, no necesitamos escuchar a universitarios para cagar tranquilos.
Nuestra poesía no se esconde en ningún zaguán, en ningún desierto.
Nuestra poesía son nuestros barrios.
Villa Fiorito,
Vamos a cantar las cuarenta las veces que sea necesario. No nos importa caerles simpático a los punteros de la literatura, ni manguearles un trago, ni preguntarles una calle.
Cantamos el barro acumulado en las botas de los albañiles; el barro que la historia acumula en las suelas del mundo. Cantamos a la vagancia de la esquina; al olor a guiso que llevan nuestros versos y nuestras abuelas. Al olor a zanja abierta de nuestras rimas.
Aprendimos a pararnos de mano. Aprendimos de las veces que el barro del barrio creció como un selva dentro nuestro; de las veces que nos peleamos a las tres o cuatro de la mañana por motivos que ya olvidamos. Aprendimos de la primera vez que cortamos una ruta; de la primera piedra que tiramos.
No somos videntes, aunque algún croto nos haya convencido que todo el universo entraba en su cartón de vino. Escuchamos atentos su lengua trenzada en historias anteriores a la villa, cuando había un país donde todos comían y todos tenían mate y tortas fritas. No somos videntes, pero sabemos que hubo un país donde todos teníamos mate y tortas fritas.
Hemos jugado a los burros, apostado por gallinas que luego de la riña no servían ni para puchero. Hemos cantado milongas en iglesias de chapa, en subtes. Hemos regateado besos a las seis de la mañana y hemos aprendido que la política como la poesía es ante todo un olor.
Nosotros llevamos ese olor.
El barro, los guisos, los comedores, el hambre, las bailantas, el chamamé, la negrura son nuestro olor.
El olor es política y es poesía.
Creemos en la revolución como creemos en nuestra negrura; como creemos en nuestra poesía.
Creemos en la revolución por ningún motivo etéreo, por ningún libro revelador, por ninguna chance de acostarse rápido con alguna piba. Creemos en la revolución porque es nuestro olor.
Hemos encontrado escritores que, como dijo Atahualpa Yupanqui, son “flores de invernadero”. América está en guerra, como ya lo estuvo hace doscientos años. No necesitamos escritores, necesitamos escritores que sean soldados. Como Bartolomé Hidalgo, como José Hernández ponemos la poesía al servicio de la guerra.
Ponemos nuestro cuerpo, es decir, nuestra poesía para zanjar una trinchera.
No dudamos de la poesía.
No dudamos de la revolución.
sobre Posted by: Corte y confección de antología de Gabriel Báñez.
En “Originales de peso en Finca Figía” los museólogos cubanos descubren bajo distintas capas de pintura inéditos de Hemingway. En un congreso de pompa oficial presentan la revelación. Imposible no recordar cualquier Universidad: la tortuosa e imposible traducción de autores clásicos; el descubrimiento filológico de un manuscrito de un autor consagrado que tranquilamente lo hubiera podido escribir mi vecino de seis años; soporíferos críticos que ahuyentan al más inflexible de los lectores de la buena literatura. Sin embargo, Bañez no necesita denunciar ningún tipo de snobismo académico o burgués. Prescinde de tal denuncia. Simplemente explica qué son los inéditos de Hemingway: anotaciones marginales en el baño del escritor sobre su masa corporal entre los años 1942 a 1953.
En “John Fante y Karl Krauss” entendemos la irreverencia de Bañez con el canon literario (una de las tantas veces que nos recordará a Arlt.) Allí presenta a Fante a través de una edición de Selecciones del Reader´s Digest. No es una fácil reivindicación a las malas traducciones, sino una apología a la narrativa. Como en Arlt la literatura es siempre traducible. Las traducciones siempre esperan “fallas virtuosas”. Quién no recuerda, otra vez, a Robertito leyendo malas traducciones españolas… este gesto deliberado es un hipérbole de sus lecturas (para nada complacientes con algún requisito a la moda): Fante, Lynch, Mrozec, Ma Jian, Styron. Muchos de los cuales nunca he leído y (sin Internet a mano) podría sospechar invenciones de Báñez.
Los temas se presentan azarosos. Sin embargo, Bañez aprovecha el reciclado cultural de nuestros días para explicitar la impostura, la farsa: en “porno duro” nos enteramos que un crítico reveló la asidua compra de Kafka a pornografía, en “Genitivo” Mark Twain nos explica al Presidente Obama. Si el libro me encontró varias veces en mi cama riendo como un tarado, no puedo dejar de nombrar: “No hay que ser prejuicioso” donde los cuernos maritales se mezclan con los ovnis o “Bilocación” donde un albañil se asume en dos lugares al mismo tiempo.
Esta joyita, además, se puede conseguir gratarola en la editorial de La Comuna en el Dardo Rocha.

























