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Presento el texto La plegaria por mis santos del escritor jujeño Ricardo Dubin, de paso cañazo otro gaucho judío como yo, y además primo y amigo. En el blog, más abajo aparece una foto de él, que si la clickeas aparecen varios escritos. Sin embargo recomiendo su página web que es una exploración de la cultura quebradeña: http://www.intuiciones.com.ar/

La Santa por Ricardo Dubin


Caminaba un minerito

solitario por la plaza

consumido por el cáncer

que las carnes le mermaba,


cuando al andar vio una gringa,

rubia y capaz que alemana,

que acaso hoy ya no recuerde

que esto sucedió en Tilcara.


La cosa es que el hombrecito,

incapaz de perder nada,

como un borracho le dijo:

chupamelá, no seas mala.


Para sorpresa del hombre,

que ya sin mas se marchaba,

al rato esas manos blancas

el pantalón le bajaban.


Más cosas no contaré,

que son cuestiones privadas,

sólo que a esa mujer

en más la tengo por santa.


Bicentenario en Tilcara

Ya que estamos en épocas de fastos, quisiera compartir una nota de mi primo Ricardo Dubín para el Diario El tribuno de Jujuy, sobre lo sucedido en su pueblo, Tilcara.

Cerca de las diez de la víspera, el valle tilcareño floreció hacia al sur en estruendos que dieron largos minutos de fuegos artificiales con ecos que repitió la piedra. Hacia medianoche, el Himno Nacional enmudeció los huaycos de la falda, y en la sugerencia del millar de estrellas sobre los recovecos que son playa y sendero, acaso pudiera responderse lo que es la pertenencia. La Quebrada de Humahuaca, que aportó la mayor cuota de sangre para la causa de la Independencia, y que recogió muy corto pago, saludaba así, desde Tilcara, al bicentenario de una patria que es sólo una parte de su historia milenaria.


En la mañana del 25, una gran cantidad de banderas de ceremonia cerraba el círculo en torno a los bustos del poeta, del guerrero y del pintor, próceres en los que queda la custodia de esta memoria. Su intendente, Félix Pérez, llamó a la inclusión de todo el país en la idea de la Patria que se festeja, y el diputado Pablo Baca agradeció el honor de haber sido invitado. Al fin, los docentes del área de música de los Talleres Libres de Artes y Artesanías ejecutaron un feliz cumpleaños con los instrumentos heredados de sus abuelos.

Entonces, el rostro quebradeño comenzó a desfilar su orgullo a lo largo de la calle Belgrano, bajando del cerro al valle. Los abuelos con la experiencia tallada en la piel, los niños con los pómulos brillantes de esperanza, desde las escuelas rurales que se yerguen en el horizonte vallisto hasta el club de fútbol, desde la antigua sangre gaucha hasta el moderno transporte del remis, cuerpos de kung fu y de tinku, con el pañuelo de la zamba y con el arma que el Estado le confía a sus soldados, con el uniforme de la enfermera y la arrogancia juvenil de la nueva promoción de la Escuela Normal.


Para quien vea estos rostros desde la distancia, sin duda dirá que es el otro rostro del bicentenario. Para Tilcara, para Humahuaca, para cada pueblo y cada caserío quebradeño, para los caminos de herradura de los valles, esa magia que heredó el color de los cerros, esos cabellos que tienen el brillo de la vertiente, ese mirar tan blanco como la nieve, dibujan el único rostro posible. Por eso será que el desfile estaba perfumado con el incienso del misachico, por eso las marchas de la banda tenían el son de los sikuris.


Otro artículo desde el Altiplano.

Bajando de La Quiaca, un gendarme le pide documentos a una señora que usa su pollera de colores vivos. Ella le dice que viene de los valles, no de Bolivia, pero que no lleva documentos. ¿Cómo puedo saberlo?, le pregunta el uniformado. ¿No ve mi pollera?, le dice la mujer. Creo que me reí, como tantos otros que viajaban en ese mismo ómnibus, y acaso lo hicimos porque no se trataba sólo de una situación cómica. Podría decirse de muchas maneras distintas. Esta es así: para el gendarme, la identidad estaba ligada a la legalidad de los documentos; para la mujer, como lo fue para nuestros abuelos y lo sigue siendo en muchos sitios de nuestra provincia, la identidad se posa en la vestimenta y también en la tonada. Para algunos, que lamentablemente no son pocos, está impresa en un tipo de rostro, en una forma del cabello, en un color de piel. La Argentina del bicentenario no es el todo homogéneo que imaginaron los hombres que nos gobernaron hacia fines del siglo XIX, aquellos que, de alguna manera, fundaron la república que hoy nos toca. 1810 es un hito anterior, casi más perteneciente a la mitología que a la historia. Allí, cuando el 25 de mayo originario, la cosa comenzó con algunos que pensaban que el indio era el buen salvaje de Rousseau, y que alcanzaba con nombrar al Inca y hablarles en quechua para que los siguieran en sus ideas que, al fin de cuentas, eran francesas.


Estaban ellos, digamos: la izquierda de la revolución de Mayo, los que alzaban ideas tan atrevidas que ni en Europa se pudieron llevar a cabo, y estaban los contrabandistas que querían legalizar su contrabando rompiendo con el monopolio que imponía la corona española. Como suele suceder, la izquierda fue rápidamente marginada y quedaron en el poder los otros, los que querían legalizar su contrabando de mercaderías inglesas. Quedaban en pie, no ya las ideas europeas, sino las realidades americanas y los intereses europeos: un puerto que reemplazó a la metrópoli del imperio español, y que como éste en su decadencia, estaba atado a los intereses ingleses, y una serie heterogénea de caudillos, más o menos sensibilizados con la situación del gaucho, que defendieron una economía y una organización no del todo acorde con el mundo como se dibujaba desde Londres. Que esta contradicción no fue menor, lo muestra la larga guerra civil que se sucedió desde la de la Independencia. Para nosotros, fue un derrame de sangre que no se detuvo desde los primeros combates del Ejército del Norte hasta prácticamente terminado el siglo XIX, y cuya desazón se expresa en las dos manifestaciones más populares de nuestra religiosidad: la Difunta Correa y la Virgen de Punta Corral, consuelos divinos, ambos, del mismo período de guerra civil. Luego, los fundadores de nuestra república, desde Mitre y Sarmiento hasta Avellaneda y Roca, optaron por ahorrar trámites y aniquilar a lo que llamaban "barbarie" para dejar en pie los cimientos de la "civilización". Sarmiento fue el menos hipócrita, y nos lega una obra donde explica cómo hay que terminar con lo español y con lo indígena que nos queda para que la cosa empiece a funcionar. Lo anterior, lo de 1810, es sólo un boceto de república. Lo que viene después, es la república de la gente "decente", sólo ensombrecida, para ellos, en dos períodos posteriores: cuando los gobiernos nacionales de Irigoyen y de Perón, que no casualmente encarnarían, en Jujuy, bajo el apellido del mismo caudillo: Miguel Tanco. Fuera de esos dos períodos, cuando lo americano intentó participar de la república, el resto fue querer imponer una legalidad por encima de la identidad. Fueron doscientos años durante los que se quiso aplicar recetas de gobernabilidad sobre la vida de los más, quienes guardaron un silencio expectante y adhirieron masivamente cuando hubo esos gobiernos en los que se vieron reflejados.


Recordar el bicentenario de esta etapa histórica, que viene después de la colonia que viene después de las naciones originarias, que son también, ambas, historia nuestra, es releer un período en el que nos fuimos formando, no sin contradicciones, no sin dolor. Tras ello, en el 2000, alcanzamos la peor de las alternativas que vislumbró Perón: no nos encontramos unidos sino dominados. Acaso hoy podamos decirlo de un modo que la experiencia nos enseñó a ver de forma más completa: el futuro nos encontrará dominados si es que no logramos unirnos sin renunciar a nuestras diferencias. Y acaso entonces el gendarme comprenda lo que le decía la mujer de la pollera colorida.

RICARDO DUBIN

Presento brevemente a Ricardo Dubin. Escritor, radicado hace años en tierra jujeña y pienso uno de los mejores poetas y ensayistas para entender el Altiplano. Sus viajes constantes de pueblo en pueblo, su trabajo cotidiano con las comunidades, sus lecturas de nuestra lengua e historia pueden encontrarse en su página: www.intuiciones.com.ar/. Algunos de sus libros son: Teologemas (2007) y Villancicos (2010). Actualmente está por publicar un análisis de la poesía popular jujeña, producto de sus años de trabajo en talleres con distintas comunidades de La Quebrada y La Puna. En sus libros asoma una huella de crítica y poesía poco acorde a nuestros tiempos pop porteños: Alfonso Carrizo, Ricardo Rojas, Rodolfo Kusch, Atahualpa Yupanqui, Manuel Castilla. Alguna vez tuve la oportunidad de recorrer su tierra, entre libros, caminos que se precipitaban a precipios imposibles, algún vino y mucho tabaco. Recuerdo breves pero intensas charlas sobre Kusch, Jauretche, María Rosa, Hernandez Arregui; sobre poesía popular, el Siglo de Oro, la negritud y qué cosa será esto de ser argentino. Sobre rock, cumbia y huaynos. Algo de tierra adentro, en un pulso envidiable: "Romance de la Virgen Piedra y El Gauchito Gil" y "Cumbia Villancico".


ROMANCE DE LA VIRGEN PIEDRA Y EL GAUCHITO GIL.

… yo no fui mejor que nadie
ni nadie es mejor que yo.

1.

Subo de Iturbe
meta caminar
entre huayco y cerro
junto al quinchamal,

y vi aquellas cuentas
sueltas, sin atar,
coronar la blanca
piedra virginal.

La raíz pequeña
que un árbol será
busca en sus enaguas
agua de mamar,

y una lagartija,
wawa para más,
se esconde en su falda
para carnaval.

Subía pensando
que el río quizás
la trajo del cerro
rodando hasta acá,

que acaso la arena
lo supo acunar
sin saber palabra
de su santidad.

Porque si los hombres
con la gracia inmensa
de un alma sensible
no hallamos respuesta,

¿por qué en una piedra
grabaste el sudario
de la Madre nuestra
para así salvarnos?

Pero nadie la alza,
queda allí en la arena
y acaso era el agua
que calma la pena,

y nadie en novena
se le hinca a rezar
pasándole misa
bajo de un altar.

No es más que una piedra
si no hay una mano
que la alce contenta
creyendo el milagro,

se queda en la arena
y no adoran suris
ni le ofrecen cuartos
ni soplan sikuris.

Nada es, Padre mío,
sin el yo creado,
por eso pusiste
tu soplo en el barro,

no hay nada sin almas
que quieran buscar
tu imagen en cerros…
y en el arenal.

2.

Y llegué a la ruta
donde, como hojas,
flamean banderas
con sus alas rojas,

y en un altarcito
dos velas alumbran
la paz del gauchito
como en una tumba.

Dicen: fue guerrero,
gaucho y federal
y no fue a la guerra
con el Paraguay,

y dicen que era
hombre de un caudillo,
diestro en el caballo
y con el cuchillo.

Dicen que la tropa
que lo fue a buscar,
acaso con orden
de al gaucho matar,

llevaba las mismas
bombachas rotosas
e iguales remiendos
en sus pobres ropas.

¿Por qué fue elegido
para hablarle al cielo
quien fue gaucho malo
cuando lo siguieron?

¿Acaso los santos,
al verlo en la cuna,
pensaron en Cristo
y su poca fortuna?

¿Por qué, si una piedra
donde está María
no recibe un rezo
porque no fue vista,

al gaucho Mamerto,
que acaso matara,
se le prenden velas
por las gracias dadas?

Tal vez porque el hombre,
alcanzo en mi ciencia,
por más rico es pobre,
por más santo, peca,

tal vez porque el Padre
nos quiere enseñar
que hasta un gaucho bruto
tiene santidad.

Veo este mensaje
yo en el gaucho Gil:
nunca piense un hombre
que es mejor que mil,

por más que no entiendas
la razón de un alma
piensa que no hay una
que no es necesaria.

CUMBIA VILLANCICO


Al fin de la tarde
la noche madura
y la voz del viento
descansos augura.
Pisando las horas
de cargas oscuras
el fierro calzaba
bajo la cintura.

Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que busca en el riesgo
su paco y su pan.

Frente del negocio
lo duda un instante
porque luego el pulso
no puede temblarle,
baja la visera
aunque no haya sol
y da el primer paso
de esta adoración.

Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que arriesga su vida
cual juego de azar.

Lo miran dos ojos
llenos de terror
y busca en la caja
la recaudación.
En ese momento
parece exitoso,
burlando a la muerte
se aferra al bufoso.

Abrase la rueda,
vuélvase a cerrar,
que en sólo un segundo
tres tiros le dan.

El escaparate
parece un pesebre
con luces que brillan
y el pecho le duele,
pero no hay pastores
ni el niño Jesús,
sólo su cadáver
en forma de cruz.