
Caminaba un minerito
solitario por la plaza
consumido por el cáncer
que las carnes le mermaba,
cuando al andar vio una gringa,
rubia y capaz que alemana,
que acaso hoy ya no recuerde
que esto sucedió en Tilcara.
La cosa es que el hombrecito,
incapaz de perder nada,
como un borracho le dijo:
chupamelá, no seas mala.
Para sorpresa del hombre,
que ya sin mas se marchaba,
al rato esas manos blancas
el pantalón le bajaban.
Más cosas no contaré,
que son cuestiones privadas,
sólo que a esa mujer
en más la tengo por santa.





















No hay comentarios:
Publicar un comentario