No
importa bien cómo. La situación es la siguiente: yo me siento en el
bar. Están los mismos de siempre, es decir, ciertos borrachos que
bien podrían ser otros pero que en sus caras se figuran algunos
gestos o rasgos conocidos. Yo estoy huyendo. Ahora no importa de qué
o de quién; al final del relato, posiblemente, se comprenda el
motivo pero continúe sin merecer importancia. Bebo mucho,
violentamente. Aníbal, cada vez que se acerca, me pregunta si ya
está. No, le digo, otro.
Cuando
estuve en Potosí, en una chichería, descubrí (esos días fueron
confusos pero los recuerdo con precisión) un cuarto cerrado. Intenté
abrir. Posiblemente buscaba el baño. Me detuvo alguien. Un indio.
Estábamos los dos borrachos pero me dijo (palabras más, palabras
menos) que dentro estaba su amigo bebiendo hasta morir, que no
moleste. Se había encerrado en un cuarto oscuro, sin ventanas, con
un tacho lleno de alcohol etílico. Bebería hasta morir, acaso,
durante días. Nadie reclamaría su muerte. Eso es todo. Un cuarto
clausurado donde un hombre se había encerrado a morir bebiendo.
Entre
las caras conocidas hay una que desconozco. En algún momento está
bebiendo conmigo y reímos. Nos hemos conocido antes, asume al
hablar, pero yo no lo recuerdo y siento vergüenza de preguntar, con
el diálogo avanzado, quién es. Me dice que él también huye, que
nos podríamos ayudar. No encuentro el cómo. Él dice que sí, que
lo piense, que es obvio. Tomaremos unos tragos más, es temprano, la
noche nos acompañará. Beberemos. Al final, a la primera luz, cuando
todas sus historias finalicen, intercambiaremos nuestras vidas. Río.
Le digo que claro, que también es obvio para mí. Pero, de alguna
manera sucede. No pregunten cómo, pero sucede.
La
noche pasa, viene Aníbal, una y otra vez, con el whisky. En un
momento nos deja uno de litro, uno barato, sobre la mesa. La noche,
es decir su transcurso, es su relato: todas las historias que cuenta
para que al terminar el criadores
nos despidamos (seamos otra vez dos desconocidos) y cada uno vaya en
el camino ajeno. Antes de irme, ya en la puerta, noto que el bar está
casi vacío y Aníbal dormita en la barra, mientras el sol comienza a
robar las sombras de los últimos borrachos, sus cigarrillos mal
apagados, sus cenizas, los vasos derramados.
-
¿Tenés fuego? -le pregunto.
Pero
no contesta. Se guarda en la campera y huye. Tal vez, asustado.
Hasta acá es un
cuento. No habría por qué inquietarse, ni agregarle nada. Listo,
pude haber dicho. Sin embargo, ya no vuelvo a mi casa. Ahora, de
hecho, no tengo esposa ni casa. Alquilo un cuartito de mala muerte a
tres cuadras del bar. La borrachera continúa y por eso me río, con
cierto desmadre, de estar volviendo a un lugar que es “mi casa”,
tal como me lo asigna el derrotero del relato. A todo esto he omitido
un dato clave, en su momento prescindible, pero ahora necesario para
entender las siguientes acciones: mientras bebemos, con el
desconocido, llueve; la calle se anega y entra agua por la ventana.
En todo caso suele haber charcos en el bar. Seguramente, algún caño
roto. Además, sin justificar mi omisión, el alcohol acompaña
acompasado la conversación y la lluvia es así un fondo ajeno. Ahora
no. Ahora la narración acumula demasiados acontecimientos: la calle
está inundada, sólo he podido caminar cincuenta metros desde la
puerta del bar, el agua alcanza mis hombros, mi madre ha muerto hace
tres semanas (en realidad, aclaro, todo desborda por lo impostado:
desde el principio sé que esta historia es la del desconocido y no
la mía). Además: autos flotando, personas arriba de los techos de
sus casas, lanchas intentando ayudar o escapar.
Camino, ahora, con el
agua al cuello. Pienso que todo es un relato (me alegra y me
entristece la certeza) y empiezo a nadar, ¿por qué no? Siempre me
gustó nadar borracho. Recuerdo haberlo hecho en Arroyo Pareja cuando
bebíamos con amigos luego de tardes tristes en un pueblo de
provincia. Pero, ahora, mientras nado, no sé bien si es un recuerdo
mío o del desconocido. Acá podría terminar el relato.
Llego al departamento.
Parece que todo es cierto: la inundación, mi divorcio, la muerte de
mi madre. Lo siguiente es querer entrar al departamento y no poder.
Lo siguiente excede al relato previo (al menos a mis precauciones
biográficas) porque no intuyo, en principio, márgenes épicos. En
el departamento de al lado una señora grita. Su puerta ha quedado
cancelada por el agua. Yo sigo borracho, es lo único que puedo
asegurar. No es excusa. La verdad es que no puedo ayudar mucho. El
agua me llega a la pera. La puerta no abre. Tal vez la mujer muere, y
yo lloro por ella. Pero no sucede. Baja un hombre. Un tal
Artiguenave que, ahora, al verlo, lo recuerdo.
Artiguenave
es uno de esos vascos que es, en realidad, bisnieto o tataranieto de
vascos. Sin embargo, se siente uno de su pueblo (Euskal
Herria,
la patria de mis abuelos,
me ha dicho varias veces a mí o al desconocido en tardes tristes de
gran ciudad) y suele repetir que los vascos han vencido a cada
imperio que busca conquistarlo; siempre los han vencido, a todos,
tarde o temprano, y cuando no pueden hacerlo, suben a las montañas,
a los montes, y se esconden para esperar mejor momento; desde el
Imperio Romano a Franco. Siempre.
Artiguenave
es campeón, como lo han sido su padre, su abuelo, su bisabuelo y
toda su prosapia de montañeses, de un deporte rural que consiste en
partir troncos con un hacha. Por eso, no me es raro en este preciso
momento verlo (con
sus dos metros de altura, flaco y desgarbado, dos bigotitos como
anchoas) bajando las escaleras desde el primer piso con un hacha.
Podemos (el plural es excesivo) forzar la puerta, ayudar a la mujer,
quien se haya guarecida sobre la mesada, y salir nadando del
departamento.
Mientras subimos las
escaleras ella llora. Es una mujer mayor. Acaso llegue a los setenta
años. Sus lágrimas logran que el asunto sea realmente patético.
Artiguenave no llora porque los vascos, en estos casos, suben a las
montañas. Su primer piso, asumo, sería su montaña. Intento no
hablarle porque no soporto el lugar de héroe atávico que él mismo
se impuso. Por el contrario le hago café a la mujer y con esta
actividad justifico mi silencio. Artiguenave espera ansioso, presumo,
a que le pregunte sobre sus ancestros. No lo haré. Intento, mejor
calmar a la señora que llora, y tiembla. Le pregunto por su familia
pero no responde. Sin embargo, bebe el café y entiendo que es una
manera de decir que está bien, que podrá continuar.
Le pido el hacha a
Artiguenave para abrir mi departamento. La madera ha engordado y hace
imposible que abra la puerta manualmente. Lo cree poco prudente.
Podría lastimarme. Entonces baja conmigo. El agua nos vuelve a
llegar a la pera. Artiguenave abre con un certero golpe. No veo su
rostro pero, de hecho, imagino su cara, de leñador feliz. Adentro
flotan libros, cubiertos, un cuadro de Perón (me alegra descubrir
esta afinidad ideológica con el desconocido), una cama, dos o tres
sillas.
- Mejor subamos otra
vez -dice.
Entiendo que quiere
decir que así han vencido a los romanos y a todo pueblo que ha
buscado, infructuosamente, conquistarlos. Entonces ya estamos arriba.
Para qué hacerse mala sangre, me dice en algún momento, o le digo
yo a la señora. El vasco toma mate. Yo tomo mate. Le cuento que, en
realidad, yo no soy yo. Que yo era otra persona hasta hace pocas
horas. Que estaba casado, tenía un hogar.
- ¿Hijos? -pregunta.
Muevo la cabeza,
negativamente.
- Entonces no hay
pasado -dice-. Podés subir a la montaña, al monte, cuando quieras.
Entiendo que
Artiguenave está completamente loco. Por fuera, por la ventana del
primer piso, veo techos llenos de personas. Más abajo flotan maderas
y chapas. Se ven autos dados vuelta. El día se cierra en nubes
oscuras. Pero acaso lo estoy inventando y es la ventana mugrosa del
montañés.
- ¿Te vas al monte?
-pregunta.
No es momento para
hablar con un loco que cree que sigue viviendo en un país milenario
y agreste:
- Estás loco chabón,
estás loco de remate.
Dije que al final del
relato se comprendería el motivo, pero que carecería de
importancia. En realidad, mentí. Fue una cita literaria, estúpida.
La necesitaba para escribir. Pero pienso, ahora, mientras camino al
bar, por qué mentí.
Al salir del
departamento no miro atrás. Ese departamento perdido, los libros
mojados, el cuadro de Perón, la cama, los cubiertos eran la vida que
yo había usurpado a un desconocido. Si él me había arrebatado mi
vida, es cierto, también, que yo lo había hecho con la suya. Sin
considerar las intenciones, los dos éramos partícipes de mi
destino. Ahora yo me iba y dejaba la puerta abierta, sin incluir a
ningún tercero en la historia.
Cuando llego al bar
aún pienso en preguntar por el extraño. Tal vez recuperar mi vida.
Pero reconozco que estoy en una situación inédita: he perdido dos
mundos en pocas horas, estoy sin dinero, sin lugar para dormir, sin
que nadie espere un llamado. Le mangueo un café a Aníbal.
- No sabés la gente
que murió anoche, de novela -me dice Aníbal, después de decirme
que no me fiaba más.
- Ni me lo digas -le
respondo, pero, en realidad, no estoy pensando en esta conversación,
ni en Aníbal, ni en el bar, ni mucho menos en el extraño y todo lo
que sucedió porque en este momento yo, ya estoy pensando que acá,
en este presente absoluto, puede comenzar algo.
Publicado en Agua en la cabeza (2014), Pixel Editora / Club Hem.






















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