Mi
vieja nació en un rancho de adobe en medio del campo. Su padre -mi
abuelo: Rogelio, o Totó, como le clavé de bebé balbuceando su
nombre- había sido puestero, domador, jinete de carreras cuadreras y
peón de lo que venga el asunto. Conversador del indio Huiquil,
siempre quedé atento a las charlas -que nunca escuché- con ese
viejo mapuche, con quien lindaba el rancho. Caminé los campos con
este criollazo que fue mi abuelo. Me enseñó pelajes, refranes y
hasta el Martín Fierro de memoria que había aprendido en los
fogones sin saber nunca leer ni escribir. Sabiendo solo de oídas
este mundo me sentí, naturalmente, criollo.
Mi
apellido, sin embargo, -mi línea paterna, digamos- es judío. Para
ser exactos, ruso judío. Poco sé del mundo transhumante en que se
criaron los viejos ancestros europeos. Es un mundo, claro, pretérito.
Y aunque he andado más bien por las huellas de ese rancho primero,
el mundo judío me ha quedado como una lectura -¡que otra manera de
pensar lo judío!- pendiente. Hace un tiempo, un familiar, preside
una institución judía: el Max Nordau. Buen momento para esa lectura
pendiente, dije. Y empecé a ordenar lecturas, fotos, libros, cartas
-¡se perdieron las cartas que mi abuela Fanny escribía con su
profesora de idish a sus abuelos lituanos!- y otras varias para armar
un taller de lo único que puedo, más o menos, hablar: literatura
-aunque qué más me gustaría mostrar mi prosapia de herraduras y
pelajes o barcos y fronteras-.
En
eso ando, para arrancar a fines de abril, un taller sobre cuatro
escritores argentinos de origen judío: Alberto
Gerchunoff, León Rozitchner, Germán Rozenmacher y Juan Gelman.
Buena excusa para hablar de la lengua materna de mis abuelos paternos
-el idish-, de literatura argentina, de identidad judía, del Estado
de Israel y varias más. Mucho para discutir, más vale. Encima lo
voy a dictar en la biblioteca del Max Nordau que es una de las
bibliotecas más grande -pienso- en idish: hay, entre otras joyas,
una traducción de El
capital.
Pero, esto va para después, que tiro más data y programa. La posta
es que encontré varias fotos de mi tatarabuelo: Jacobo. Rabino que
migró desde Ekatherinoslav para fundar una sinagoga en Villa Crespo.
Y otra foto que garpa: el tatarabuelo casando a mis abuelos según la
ley hebrea.
Y bueno, quedé en el medio de todo este lío: ni gaucho ni judío,
a ver si me arrimo como gaucho judío.


























No hay comentarios:
Publicar un comentario