Hace unos meses Juan Cinza sacó un disco de tangos villeros, donde entramaba las letras de cumbia villera en milongas y tangos. Tuve la suerte de meterle voz a dos poemas y algún que otro verso mío le metió guitarra y gola este troesma. Cuando estábamos grabando el disco, recuerdo varias tardes defendiendo ese vínculo íntimo y necesario, entre cumbia villera y tango. Ahora me entero que Ariel, cantante y poeta de los pibes chorros, le gustaron esas versiones en gotán e invitó a Cinza a cantar este sábado en "Pasión de sábado" a las 17. Esto es titularse en serio, no me jodan.
¿Qué son los tangos villeros?
1.
El tango es nuestra voz
mestiza. No se puede sentir este mundo sin sus palabras. No se pueden
caminar estas calles sin tropezarnos con su falsa escuadra. No hay
resaca de sudestada que no la traiga. No hay barra de bar que no la
recuerde... el acá estuvo;
se acaba de ir; volvé en un rato; lo que mata es la humedad; eh no
te hagas el gato que me debés guita; vuelvo al barrio; aguantá un
toque; me arrebaté; qué barrilete; dejen de bardearla...
no hay otra que respirar esta orilla en su melodía. No hay esquina
que no lleve al tango, ni otra manera de hablar con dios, que no sea
esta forma canyengue y pendenciera. En fin, no hay tango que por bien
no venga.
2.
El tango es sentimiento, no
partitura. No se aprende en una academia, en un documental, en un
trip de
gringos. Se vive. Está en la calle, en el rioba. Por eso no
chamuyemos: hay más tango en una letra de cumbia villera que en el
bandoneonista más virtuoso. No suena educado. El tango es arrabal.
No tiene un cuerno que hacer en los barrios transgénicos de
Recoleta, de Palermo. Si no hay sentimiento no hay tango. Sentimiento
villero. Es el perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón. Y
si no te cabe esta, de tango no junás una: gil.
3.
Entre indios, gringos y criollos los barrios crecieron en esquinas,
en almacenes, en bailes. El mapuche Epumer encordó la voz de
Magaldi y el negro Barbieri la de Gardel. La cultura gaucha se
prolongó en los Corrales Viejos, en los mataderos; a los
conventillos que pululaban por la Boca bajaron los gringos con sus
vientos. Se mezclaron argentinos con genoveses, gallegos y
franceses. Así inventamos una lengua propia. Un tipo de estafa que
le hicimos al hablar bien, a la academia de los lugares comunes: la
lunfa. El chamuyo que cante las cuarenta. Como bardeó Carlitos en
“Micifuz” (¡y eso que fue en ´27!): no seas gato y volvé al
barrio. No hay otra: que el tango vuelva al rioba.
4.
Y
como Gardel dudamos de nacer en Toulouse o en Tacuarembó: cosa e´
culo roto nacer en un solo lugar. Lo importante es la voz. El barrio
no aparece en ningún documento. Ya lo dijo un cordobés: no llevo
documento porque llevo el acento. Uno la patea por todas partes, que
siempre hay una esquina para hacer ranchada, para dedicarle unos
versos. No es cosa nuestra saber dónde nacer: ¡si mierda sabemos
dónde terminamos hoy! Ahora, cuesta abajo en mi rodada.
5.
La lunfa pudo encontrar en las interminables zozobras de conseguir el
mango que te haga morfar su poesía. Cuando la suerte que es grela,
el tango "Cambalache", se estrena un día antes que
Uriburu, en 1930, inaugure la primera década infame. Fueron los
poetas del tango los que pudieron interpretar la angustia del
laburante. Por eso Enrique Santos Discépolo se animó a encarar a
Dios (como sólo lo había hecho Almafuerte) para reprocharle este
destino mezquino: “¿Lo que aprendí de tu mano / no sirve para
vivir? / Yo siento que mi fe se tambalea, / que la gente mala, vive /
¡Dios! mejor que yo...” (“Tormenta”, 1939). O Celedonio Flores
que relata cómo un hombre termina preso por el irrisorio delito de
robar un pedazo de pan: “sus pibes no lloran por llorar, / ni piden
masitas, ni chiches, Señor; / sus pibes se mueren de frío / y
lloran hambrientos de pan…” ("Pan", 1932). Al fin de la
segunda década infame, el Menemato, otros lunfas, los letristas
villeros, son los continuadores de esta tradición poética. Así
escriben los Pibes Chorros: “Con tan solo 15 años y 5 de
alto ladrón / con una caja de vino de su casilla salió. / Fumando y
tomando vino intenta darse valor / para ganarse unos mangos con su
cartel de ladrón. / Pero una noche muy fría él tuvo un triste
final, / porque acabó con su vida una bala policial. / Y hoy en
aquella esquina donde su cuerpo cayó / hay una cruz de madera que
recuerda al pibito ladrón.” (“El pibito ladrón”, Sólo le
pido a Dios, 2002).

























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