El origen de un pueblo, de una ciudad, de una nación es un problema político. No exige especialistas ni señas ni lenguajes de iniciados. Porque, de hecho, no hay un origen; no existe el documento que pueda verificar un pasado. No nos interesa recuperar del Oeste un documento. Vamos al pasado en un malón: a recuperar a nuestros héroes. A Mariano Rosas, a Calfucurá, a Saihueque.
El
Oeste corre por nuestra historia, por nuestra sangre. Galopa en
nuestra memoria entre fortines, rebeliones mapuches, gauchos
matreros; en un tal Juan Perón, hijo de india tehuelche; en un
billete que lleva la cara de un genocida; en el “no trate de
economizar sangre de gauchos” de otro asesino canónico, Domingo
Faustino Sarmiento, héroe de tilingas, de didactas, de editores de
libros escolares; en los territorios mapuches liberados, en las tomas
de tierra, en las banderas nuestras. El Oeste continúa. La frontera
siempre retorna. La “Conquista del Desierto” no es la batalla
final. No dudemos: otro malón corre la frontera. Porque en el Oeste
está el agite: la lucha piquetera estalla el país en el año 2001 y
esos mismos meses el pueblo ranquel recupera los restos de su líder,
Mariano Rosas, que perduraban como trofeo de guerra en el Museo de
Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata.
Que
la frontera se aleje de la Casa Rosada le habrán chiflado al
historiador oficial Pacho O´Donnell. Ese año no se ahorró. Se
derramó sangre nuestra: indios y criollos fueron asesinados por
sicarios, por policías, para asegurar que la tierra sea de los que
deba ser y que la soja pese más que los muertos a los costados de la
ruta. Pacho O´Donnell dijo: Julio Argentino Roca cumplió con su
deber. Alguien debía recuperar esas tierras. Éramos nosotros o los
chilenos. Mejor nosotros. Que seamos nosotros quienes derramemos
sangre. Que violemos. Que seamos nosotros quienes vendamos en un
mercado público a un indiecito para limpiar casas. Que seamos
nosotros. Y lo que no dijo, o tuvo vergüenza de decir, fue que el
diario de la oligarquía, el diario fundado por Bartolomé Mitre,
coincidió con él. Porque si para alejar la frontera es necesario
sangre que haya sangre. Un columnista de La
Nación se pregunta,
también, si no era necesario, un poco, mejorar nuestra estirpe
abriendo cuellos de mapuches, de tehuelches, de shelknam, de
ranqueles, de yámanas. A no ahorrar sangre, se dijo. Porque eran los
chilenos o nosotros. Y mejor, nosotros.
Pero
el Oeste retorna. Ahora, otra vez, arriba de los caballos. Al malón.
Por Mariano Rosas. Por nuestros héroes. Desde el Oeste. La tierra de
nuestros héroes: criollos, tehuelches, mapuches. Vamos al malón.
Desde la esquina del rioba, desde un rancho perdido entre Pergamino y
Junín, desde la Pampa donde late la Confederación Ranquel. Porque
el Oeste es inconquistable. Ya lo supieron los Mitre, los Sarmiento,
los Roca. Por eso quieren dormir nuestra memoria. Enterrar
históricamente a los indios, a los gauchos, a los federales. El
fundador de la historiografía oficial, el biógrafo de San Martín y
Belgrano, escribió: enterrar históricamente a los héroes del
pobrerío, que la Historia entierre a los bárbaros
desorganizadores,
que nadie sepa que existieron.
Como
escribió la poeta sureña Liliana Ancalao: “Los huesos del lonko
habían permanecido / desvelados demasiado tiempo / en la vitrina de
un museo” (“Volvió Inakayal”). Necesitamos leer el pasado como
en un malón. Desde la esquina, desde el rancho abierto en una
picada, desde el monte, el salitral. Desde la villa. Desde el Oeste,
vamos por Mariano Rosas, por Saihueque, por Inacayal, por Calfucurá.
“Y si mañana puden matarnos a todos, nos matarán”
Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla es
publicado en 1870 en el diario La Tribuna. Ocho años antes
del inicio del genocidio, y catorce antes de la derrota de Saihueque.
En todo caso es un libro que se escribe después de “La Conquista
del Desierto”: se lee con toda la tristeza de un mundo a punto de
morir, con todo el salvajismo de la civilización occidental.
Mansilla conoce el fin. Su vida siempre recorrió el borde de las
civilizaciones: Oriente, los siete platos de arroz con leche, los
negros, la vida cortesana, las tolderías. No era ingenuo. Su libro
no es ingenuo: “no hay peor mal que la civilización sin clemencia”
(199). Eso escribe pero uno sabe que está escribiendo a los
“cazadores de indios” cortándoles las pelotas a los tehuelches
para cobrar, por cada muerto, una libra esterlina. Está
escribiendo a los estancieros que habían aclarado: queremos las
pelotas de los indios, porque hemos pagado por sus orejas y algún
clemente sólo se las cortó, dejándolos vivos. Si quieren la libra
esterlina, queremos sus pelotas.
Mansilla
escribe: “Si hay algo imposible de determinar, es el grado de
civilización a que llegará cada raza; y si hay alguna teoría
calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la
fatalidad histórica”. Pero uno sabe que Mansilla escribe a Julio
Argentino Roca arengando a que se mate al último indio, que se le
saque el último pedazo de tierra, el último símbolo de su cultura.
Porque como asegura el General no hay que dejar nada de esa “raza
abyecta”.
El
viaje que realiza Mansilla, en 1868, desde Córdoba a tierras
ranqueles se acaba; finaliza el viaje y entendemos que se está
escribiendo sobre el fin de una civilización. Mansilla debe jugar su
papel, su impostada ingenuidad, su explícita ruindad ciudadana. Esta
excursión se termina; el viaje diplomático, militar, se termina. Se
acerca a Mariano Rosas. Le dice: “Hermano, los cristianos han hecho
hasta ahora lo que han podido y harán en adelante cuanto puedan, por
los indios”. Rosas, líder máximo de la Confederación Ranquel,
responde: “Hermano, cuando los cristianos han podido, nos han
muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán”.
Guerra al indio extranjero (1879-1979)
El gobiero militar festeja cien años después el triunfo sobre el
indio. Albano Harguindeguy, Ministro del Interior, expresa los
ideales nacionales: “La ‘Conquista del Desierto’ logró
expulsar al indio extranjero que invadía nuestras pampas”.
La dictadura se autodenomina Proceso de Reorganización Nacional.
Es un regreso al proyecto liberal que se había iniciado con la
Organización Nacional durante la presidencia de Bartolomé
Mitre. La reorganización supondría una vuelta a ese estado que
otras montoneras volvieron a poner en crisis. Malones, peronistas,
indios, cabecitas negras, montoneros, montoneras.
Harguindeguy
organiza un congreso, en 1979, para festejar la épica occidental.
Junta a docentes, catedráticos, militares. Explica el mensaje
postrero de la “Conquista del Desierto”: “tiene que servir de
inagotable inspiración a nuestra civilización”. David Viñas
responde. Comienza a escribir su Indios, ejército y frontera
(1982). Considera que el discurso del roquismo, en los
alrededores de 1879, es un epílogo al Facundo de 1845 y ambos
son parte de un gigantesco corpus que se abre con el Diario
de Colón (1982:54). Escribe sobre la “Conquista del desierto”,
el roquismo, su textualidad positivista; analiza la patria
oligárquica de 1879; recupera, básicamente, el paralelismo
propuesto por el propio videlismo: “Después de la represión sólo
quedaba la corruptela. La homogeneidad ideológica promovida por la
liquidación de lo que se consideraba el “enemigo prioritario” y
la subversión entraba en rápida disolución después de la
victoria sobre el Desierto. Y la violencia ejercida contra los indios
y sus tierras se invertía hasta impregnar con su irracionalidad los
fundamentos de la república oligárquica” (114).
Enterrarlos históricamente
Los bombardeos a Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955, el golpe de
estado, el asesinato y persecución de militantes y obreros, se
completa con el decreto 4161 que prohíbe hacer todo tipo de
referencia a Juan Perón, a Eva Perón y a todo lo que pueda remitir
a su movimiento.
En
1863 la cabeza de “Chacho” Peñaloza se clava en la plaza
principal de Olta, en La Rioja. Lo explica Sarmiento: que sepan qué
les espera a los que no apoyan al gobierno (“Carta a Bartolomé
Mitre”, 18 de Noviembre de 1863).
La
oligarquía es sistemática: oculta a nuestros héroes, profana sus
cuerpos. La cabeza de Peñaloza desangrándose en plaza pública, el
cuerpo de Eva Perón vejado por militares. El poder es sistemático.
El mismo modelo en su “guerra al indio”. No sólo matan. No sólo
venden a niños y mujeres como esclavos. No solo queman tolderías.
Hay que enterrarlos históricamente; tal como había enseñado
Bartolomé Mitre a escribir la historia oficial sin caudillos,
sin indios, sin barbarie (“Carta a Vicente Fidel López”). Que no
queden registros, documentos. Que se pierda la memoria. Llegan las
tropas. Arrasan las tolderías. Pero más: los cementerios.
Desentierran el cuerpo de Mariano Rosas, muerto dos años antes.
Desentierran a Calfulcurá, quien había muerto en 1873. Que
sus restos no descansen en sus tierras. Desentierran a los muertos.
Perito Moreno los muestra en vitrinas en el Museo de Ciencias
Naturales de la ciudad de La Plata. Trasladan vivo a Inacayal. Es lo
mismo: que lo expongan vivo. Al lado de los huesos de indios, y de
monos, y de elefantes, y de perros. Los restos de los caciques son
trofeos de guerra. El Museo de Ciencias Naturales es un museo de la
memoria invertido: se celebra el genocidio. Se exponen indios
muertos, indios vivos. Que se los entierre a todos, históricamente.
Lincoln: buscando el Oeste
Arturo Jauretche denunció el cipayismo intelectual en Los
profetas del odio y la yapa (1957) y Manual de zonceras
argentinas (1968). Explica que existe una pedagogía
colonialista que busca hacernos olvidar nuestra historia a través
de zonceras que nos impidan pensar las cosas del país. Hay zonceras
de todo tipo: políticas, históricas, geográficas, económicas,
culturales. Lo que se ha llamado civilizar es, en realidad,
destruir lo que nos haría libre, la posibilidad de pensar el país
desde nosotros mismos.
El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta años
antes territorio ranquelino. La escuela a la que concurrí ignoraba
oficialmente a los ranqueles. Debo a Buffalo Bill y a los primeros
westerns mi primera noticia de los indios americanos. ¡Esos eran
indios!, y no esos ranqueles indignos de la enseñanza normalista.
Salíamos de la escuela y a la sombra de los viejos paraísos
plantados por los primeros pobladores, un anciano de barba, tío
abuelo mío a quien llamábamos “El Cautivo”, por haberlo sido en
su niñez, durante 11 años, nos refería historias de tolderías y
malones que escuchábamos absortos. Su padre, mi bisabuelo materno,
había sido muerto allí, en la frontera, nuestro Far West, en el
último malón. Pero eso hubiera sido una profanación en la escuela
de los principios pestalozzianos. Es así como el hijo del Oeste
ignora el Oeste...” (1997: 106-107).
Que
no quede ni un cuerpo bajo la tierra, que no haya escuela donde se
nombre nuestro pasado indígena. Una pregunta que no hizo Arturo
Jauretche, pero que nosotros podríamos hacer siguiendo su huella es
por qué uno conoce cualquier presidente o reyezuelo europeo y no, en
cambio, las vicisitudes políticas y culturales de Calfucurá que
gobernó cuarenta años una zona mayor a cualquier país de ese
continente muerto.
“La Conquista del Desierto”: la solución final
Hay muchas maneras de explicar qué fue “La Conquista del
Desierto”. Muchos documentos, datos, testimonios. Pero en caso que
quisiéramos definirlo en pocas palabras, diríamos: 8.548.817
hectáreas para 391 personas. Todos los que combatieron en la guerra
perdieron; sólo ganaron 391 familias de la oligarquía. No sólo los
indios fueron víctimas de la guerra. Criollos y negros, e inclusive
los mismos indios, fueron obligados a prestar servicio militar en los
fortines. El gaucho Martín Fierro (1872), en un José
Hernández todavía federal y montonero, deja escuchar las campanas
de palo del pobrerío. La guerra es un negocio de pocos: “¡Y qué
indios, ni qué servicio / si allí no había ni cuartel! / Nos
mandaba el Coronel / A trabajar en sus chacras, / Y dejábamos las
vacas / que las llevara el infiel”. Como periodista lo había
expresado claramente: “Nosotros no tenemos el derecho de expulsar a
los indios del territorio y menos de exterminarlos”. En cuanto al
negocio de la guerra aclaró: “La sociedad no hace de los gobiernos
agentes de comercio, ni los faculta para labrar colosales riquezas,
lanzándolos en las especulaciones atrevidas del crédito” (Río
del Plata, 19 de Agosto de 1869). No por nada José Hernández
hace huir a Martín Fierro y al Sargento Cruz a territorio indígena:
“Yo sé que allá los caciques / Amparan a los cristianos, / Y que
los tratan de “hermanos” / Cuando se van por su gusto / ¿A qué
andar pasando sustos? / Alcemos el poncho y vamos”.
La
oligarquía, desde la invención de la deuda externa en 1824, con
Bernardino Rivadavia, había comenzado a crear un país dependiente
al imperialismo inglés. Todo lo que no ingresara a ese sistema sería
destruido: exilio de San Martín, traición a Artigas, caída de
Rosas, asesinato del “Chacho” Peñaloza, destrucción del
Paraguay. Uno de los últimos límites para convertir a la Argentina
en el granero de Inglaterra, luego del genocidio paraguayo, era la
Pampa y la Patagonia.
Para
1878, los caciques Pincén, Catriel y Epumer habían sido vencidos.
Ahora, la solución final. Julio Argentino Roca, que era
ministro desde diciembre de 1977, tras la muerte de Adolfo Alsina,
inicia en abril de 1879 su “Conquista del Desierto”. Tres días
antes, en Carhué, explica el plan de operaciones a las tropas. Dice
que se deben extinguir los nidos de indios, los enjambres
de salvajes, persiguiéndolos aunque se oculten en los valles más
profundos de los Andes o se refugien en los confines de la Patagonia
(“Orden del día”, 26 de Abril de 1879). El Ejército puede
informar a las pocas semanas el avance del plan programado: 5
caciques principales prisioneros, 1 cacique principal muerto
(Baigorrita), 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de
lanza muertos, 10.513 indios de chusma prisioneros, 1.049 indios
reducidos.
En
1881, comienza la segunda etapa del exterminio a los pueblos
pampeanos y patagónicos. Durará hasta 1885 y arrasará pueblo que
encuentre hasta Tierra del Fuego. Saihueque y Reuque-Curá desde la
retaguardia resisten. En 1882 hacen circular entre los peñis
su proclama: preferimos morir peleando que vivir esclavos.
Después,
8.548.817 hectáreas para 391 personas1.
Entrega de indios: un acto de beneficencia
La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres
sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los
alaridos, las súplicas que hincadas y con los brazo al cielo dirigen
las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara,
otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno
al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender
a su familia (El Nacional, 2 de Enero de 1879).
La derrota es absoluta. Los sobrevivientes deben caminar cientos o
miles de kilómetros. Se los esclaviza. Se repiten los antiguos
métodos coloniales. Si los indios quilmes debieron caminar, hacia
1666, desde los valles calchaquíes a la actual ciudad de Quilmes,
ahora, los sobrevivientes deben hacerlo a los puertos de Bahía
Blanca y Carmen de Patagones; desde allí en barco a Buenos Aires.
Algunos serán llevados a la Isla Martín García como prisioneros de
guerra, donde se montará un campo de concentración; otros se
repartirán como esclavos entre las familias bien; enviados al norte
para trabajar en los ingenios azucareros; conchabados como peones
rurales.
No
acaba el horror. No hay punto sin muerte, sin tortura, sin deliberada
morbosidad. ¿Cómo explicar la perversidad de quienes envenenaron
una ballena para que mueran quinientos indios fueguinos? ¿Cómo
explicar que los estancieros contrataran “cazadores de indios”?
¿Cómo explicar el horror de nueve onas llevados a Francia para ser
expuestos en una jaula durante la Exposición Universal de París
con un letrero que advertía indios caníbales? ¿Cómo dar
nombre al canibalismo de una oligarquía que aún hoy gobierna
nuestro país?2
El
diario El Nacional (31/12/1878) publicita la Entrega de
indios. Se lee: “Los miércoles y los viernes se efectuará la
entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio
de la Sociedad de Beneficiencia”3.
Entre esas familias beneficiadas por el botín de guerra se
encuentran los Justo. Liborio Bernal, jefe de la 3ª Brigada de la
campaña de 1881, bajo el mando del general Conrado Villegas, arrasó
tierras indígenas hasta el lago Nahuel Huapi. En esa campaña robó
una niña india que regaló a su yerno, Agustín P. Justo, quien
fuera luego presidente de la nación durante la Década infame.
Representante de los intereses ingleses con quienes sellaría una de
las mayores entregas de nuestra tierra a la Colonia Británica con el
llamado Pacto Roca-Runciman, realizado, justamente, por el
hijo del genocida Roca; pacto que Arturo Jauretche consideró un
Estatuto legal del coloniaje.
El
hijo de Agustín P. Justo será criado, entonces, por una india
mapuche. Así en el seno de la oligarquía se criaba uno de sus
mayores detractores; una india le contará otra historia, la de los
vencidos. Así se forja Liborio Justo, un raro de nuestra
escritura. Su derrotero, de 101 años, fue quijotesco: militó en el
Partido Comunista de Estados Unidos durante la crisis del ´29; vivió
refugiado en las islas del Paraná; se introdujo en el Congreso de la
Nación Argentina, en 1936, durante la visita del presidente
norteamericano Franklin Roosevelt y lo interrumpió al grito de abajo
el imperialismo yanqui, noticia que llegó a la revista Times
que tituló “The handsome son of President Justo heckled
President Roosevelt”; renegó del stalinismo para hacerse
troskista; renegó del troskismo por pensarlo colaborador del
imperialismo norteamericano. Su vida es interminable: fotógrafo en
Estados Unidos, marinero en un ballenero noruego, peón en un obraje
paraguayo.
En su
oreja se guardaban las historias de quien lo crió. A los líderes
mapuches y tehuelches les dedicó algunos de sus momentos más
lúcidos, entre ellos Pampas y lanzas (1962). Juzgó al indio
araucano como el verdadero héroe de la lucha popular decimonónica
contra el avance del imperialismo.
Encontró
en el ingenio, coraje y fuerza araucana la manera de sobreponerse a
la supremacía numérica con que contó siempre el ejército
argentino. El indio fue inasimilable a la civilización occidental
que proponía la oligarquía criolla:
El indio, fuera de casos aislados, como consecuencia,
principalmente, de rivalidades y luchas entre las distintas tribus,
fue rebelde a todo sometimiento, luchando hasta el fin para defender
su libertad y su suelo, en la desproporción abrumadora de uno contra
cien, desproporción acentuada por todas las armas modernas y todos
los recursos de la civilización de que disponía el cristiano. Y aún
así, no se batía de igual a igual, sino con ventaja. Por eso
mereció tantos dicterios por parte de los propietarios de la tierras
y de las vacas. Y de sus amigos y servidores.
El
Oeste: una escritura
Felizmente,
las razas inferiores han sido excluidas
de
nuestro conjunto orgánico; por una razón o por otra,
nosotros
no tenemos indios en una cantidad apreciable,
ni
están incorporados a la vida social argentina
Joaquín
V. González (1913), fundador
de la
Universidad Nacional de La Plata.
Para muchos el Oeste será un tópico literario más. Leer a Aira, a
Mansilla, a José Hernández. Glosar un recurso estilístico.
Archivar unas actas de congreso. Organizar un simposio. No verán que
unos pasos más allá de su biblioteca el Oeste existe en todo su
salvajismo. La literatura, si es, es parte de ese salvajismo. Una
excursión a los indios ranqueles lo es. El Facundo lo es.
Martín Fierro lo es. Escribir es parte de ese salvajismo. No
existe una literatura aséptica: una crítica literaria o cultural
que pueda decir sólo hacemos un estado de la cuestión; finalizo el
paper y duermo en casa; nos relajamos todos porque el congreso
terminó; ahora vamos a brindar. Decir: la literatura terminó...
Acá
no terminó nada. No se puede escribir sin estar en la frontera. No
se puede escribir sin sentir que la cabeza de uno puede ser abierta
por unas boleadoras. Que hablar de más nos hará terminar
estaqueados. Si la escritura sobre el Oeste no es eso, entonces es
una escritura intramuros, una escritura que se ganó con las
comodidades que posibilitó el genocidio del siglo XIX. Será una
escritura que no moleste a nadie porque estará cercenada por lo que
el Estado convirtió a los intelectuales: escribas de un estado de la
cuestión, agrimensores de una tierra arrasada, hedonistas de
lenguajes crípticos4.
No. Acá no. Se escribe desde la frontera. Desde su violencia, desde
su salvajismo. Hoy mismo, mientras escriba esto, otras familias
mapuches serán desalojadas. La frontera agrícola desmontará otros
bosques. Alguna machi comenzará en una cárcel de Chile una huelga
de hambre. Acá no terminó nada. Se sigue escribiendo desde la
frontera, desde su salvajismo, desde su violencia.
Calfucurá: un malón al país oligarca
...saldré
a marcar con baba y veneno un pedazo de tierra
que
haré mío y en instante crudo del miedo al polvo
le
pediré un río de sangre salvaje en las venas
o
hacerme fuego bajo las alas de Calfucurá: ”No entregar
Carhué
al huinca”, repitió en su agonía para después morir.
“Ultima
Carta”, Martín Raninqueo
Para la oligarquía es importante que Calfucurá no exista.
Calfucurá, Cacique General de las Pampas, Jefe Supremo del Gobierno
de las Salinas Grandes. Calfucurá, que dijo “no dejemos Carhué al
huinca”. Calfucurá que logró gobernar 40 años una zona mayor a
cualquier país del continente muerto; que unificó a los pueblos
pampeamos y patagónicos para soportar el avance de la oligarquía
criolla; que logró un experimento único de vida comunal
anti capitalista mientras Inglaterra extendía su imperio a los
últimos confines del mundo. Calfucurá llamado Atila de la Pampa
o Aníbal del desierto. Sin dudas, Calfucurá fue la última
resistencia al imperialismo. Los ingleses exiliaron a San Martín,
colgaron la cabeza de “Chacho” Peñaloza, mataron a Solano López.
Después, destruyeron el legado político de Calfucurá.
Aún
hoy no quieren que su cuerpo descanse en las tierras ancestrales. El
Museo de Ciencias Naturales de La Plata prolonga la restitución de
los restos. No dudemos: la oligarquía quiere que permanezca
encerrado. No sólo como trofeo de guerra. Calfucurá representa un
territorio cercano al millón de kilómetros cuadrados (España,
tomemos el caso, es la mitad de ese territorio) que fue robado por
391 familias, entre ellas, los Martínez de Hoz, los Menéndez, los
Anchorena, los Pereyra Iraola. El Estado no dice o no puede decir
nada porque hoy 391 familias, otros nombres, misma historia, roban
ese territorio. El poder protege a los terratenientes de la
Patagonia. Julio Argentino Roca tiene monumentos, ciudad,
bibliotecas, una tumba... Calfulcurá está encerrado como botín de
guerra de la oligarquía que masacró a su pueblo; encerrado por el
legado político que guardan sus restos.
Fronteras: portación de rostros
Tienes
la piel más blanca
paseas
en auto por la ciudad
no sé
quién te dio derecho
para
decirme negro del plan
Meta
Guacha, “Negro del plan”.
Hoy el poder no asume la frontera; la existencia de los fortines; la
persecución a los nidos de indios. Es una guerra secreta, que
se juega por fuera de las noticias, las discusiones académicas, las
modas teóricas o mediáticas. Dijo Nicolás Avellaneda: “La
cuestión frontera es la primera cuestión para todos, y hablamos de
ella aunque no la nombremos. Es el principio y es el fin, el alfa y
el omega” (“Carta a Alvaro Barros”, 1875). Todos tenemos la
frontera quemándonos la espalda. Cada uno sacará sus cuentas con
esa historia.
Mi
abuelo Rogelio, un criollo del sur de la provincia de Buenos Aires,
se crió con peones mapuches que le ensañaron su ciencia rural.
Siempre respetuoso de esos paisanos que “saben más que uno”.
Entre ellos, hoy, un recuerdo al indio Huiquil. No voy a hacer de
esto una historia familiar, lejana, atávica de linajes pobres.
Quiero hablar de mi arrabal. De mi educación sentimental,
espiritual, en la Plaza del Carmen, en Tolosa. Allí se juntaba la
vagancia de los barrios cercanos: el Churrasco, la Favela; hasta
gente del Arroyo del Gato. Todos, o casi todos, hijos y nietos de
indios del norte, del sur, de acá y allá. Qom, mapuches, huarpes,
diaguitas. Nadie exaltaba ese pasado, nadie lo recordaba más que
como una charla doméstica: “mi abuela nació...”, “mi viejo
habla...”. Mucho más metódicos eran, sin embargo, los policías.
Cuando salíamos a tomar algo al centro, no era raro terminar contra
una pared siendo requisados: documentos, dónde vivís, qué hacés
por acá. No se puede tener cara de indio en Argentina y circular por
el centro de las ciudades. A menos que uno hurgue la basura; eso lo
permite aún la beneficencia blanca. La guerra al indio no terminó.
Los héroes del malón: la rebelión del 2001
Mariano Rosas fue Paghitruz Guor. Más conocido como un personaje de
Una excursión a los indios ranqueles que como uno de nuestros
héroes populares. Lucio V. Mansilla aseguraba: “nadie bolea, ni
piala, ni sujeta un potro del cabestro como él” (212). De joven
Paghitruz Guor fue raptado por los cristianos. En un periplo de
esclavitud llegó a Juan Manuel de Rosas, quien lo apadrinó, le dio
su apellido y lo conchabó en una de sus estancias, donde trabajó
duro y aprendió la ciencia rural hasta que, finalmente, una noche
escapó. No guardó rencor a Juan Manuel de Rosas:
conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino;
hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo
debe a él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que
por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se
cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto
y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a
enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho (214).
Mariano
Rosas había nacido en 1819, en el actual territorio de La Pampa. Era
hijo del Cacique Painé. En 1858 asumió el liderazgo de la
Confederación Ranquel en la laguna de Leuvucó, donde fue luego
enterrado, en 1877, muerto de viruela, junto a sus mejores caballos.
Dos años después, el coronel Eduardo Racedo entra a territorio
ranquel. Llega a la laguna y ordena desenterrarlo. Por más de cien
años sería botín de guerra en el Museo de Ciencias Naturales de La
Plata.
A
mediados de la década del ´90 distintas puebladas sublevan,
nuevamente, al subsuelo de la patria: Santiago del Estero,
Cultral-Co, Corrientes, Tartagal. La criollada inventa un nuevo
método de lucha: el piquete. En el corazón de La Pampa la comunidad
ranquel comienza su lucha. En San Luis recuperan tierras ancestrales.
Se vuelven a elegir lonkos. Pero falta Paghitruz Guor. La decisión
del Museo de Ciencias Naturales de La Plata de no devolver sus restos
responde a no revisar el problema de la propiedad de la tierra en
Argentina. Sin embargo, los ranqueles no aflojan. Es Agosto del año
2001, a meses del Argentinazo, el pueblo ranquel triunfa: Paghitruz
Guor vuelve a Leuvucó. Se reencuentra con sus peñis.
Toda
lucha popular supone discutir los sujetos de la Historia, las
referencias temporales, espaciales, geográficas. Recuperar las
huellas de la memoria que el poder quiso diseminar, destruyendo todas
nuestras referencias posibles. Toda lucha supone recuperar a los
héroes que la oligarquía enterró históricamente. Mariano Rosas,
otra vez Paghitruz Guor, descansa a orillas de su laguna sagrada. En
una tierra donde late el legado de una patria distinta. La voz del
líder ranquel lega una manera de pensar un tipo de comunidad
posible. Que nadie calle su voz nunca más:
En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.
Allí manda el que manda y todos obedecen. Aquí hay que arreglarse
primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres
antiguos. Todos son libres y
todos son iguales.
(248)
“No abandonar Carhué al huinca”
Qué hubiera sucedido si San Martín en vez de morir exiliado hubiera
logrado su propósito de unificar lo que había sido el Virreinato
del Río de la Plata con un gobierno presidido por un rey inca,
teniendo la capital de Argentina en Cuzco y no en Buenos Aires; qué
hubiera sucedido si Artigas en vez de morir exiliado hubiera visto un
sólo país, sin fronteras, entre Uruguay y Argentina; qué hubiera
sucedido si el “Chacho” Peñaloza no era asesinado o si la
“Proclama a los pueblos americanos” de Felipe Varela no se
hubiera leído con el genocidio al pueblo paraguayo consumado... qué
hubiera sucedido si no triunfaban los Mitre, los Sarmiento, los Roca;
el abonar con sangre de indios, negros y gauchos nuestra tierra.
Calfucurá
había ideado un proyecto político-económico que triangulaba
Carhué, Salinas Grandes y Choele Choel. Había nacido a fines del
siglo XVIII en la
Araucanía chilena. Vivió en el país sin fronteras que soñaron
Artigas, San Martín y Bolívar. Hacia
1830 llegó a la zona pampeana donde organizó una
Confederación de pueblos indígenas que pudo resistir cuarenta años
el avance del ejército. Casi sin derrotas recuperó las tierras
robadas por los huincas y retrotrajo la frontera a términos de la
década de 1830. La oligarquía no olvida el insulto a su
civilización que representó su liderazgo. Calfucurá nunca se
rebajó frente al poder terrateniente; no claudicó en los ideales de
libertad de las naciones que representó.
Al
morir, en Chiloé, cerca de Salinas Grandes, hacia 1873, nos dejó su
legado político: no abandonar Carhué al huinca. Por eso, es
oportuno obviar todo subjuntivo. La lucha de Calfucurá no terminó.
Su ideario político está intacto. Es decir: hasta sacarle Carhué
al huinca. Recuperar los millones de hectáreas usurpadas.
Recuperar el millón de hectáreas robadas por Benetton, recuperar
las tierras robadas por los Martinez de Hoz, por todos los
estancieros beneficiados por ciento treinta años de saqueos. Los
verdaderos dueños de la tierra tienen un manifiesto político: No
abandonar Carhué al huinca. Ese testamento es indestructible
porque no está escrito en ningún lado y en la memoria de todos.
Hasta
sacarle Carhué al huinca. Porque preferimos morir peleando que
vivir esclavos. Para que en esta patria todos seamos libres y todos
seamos iguales.
Lecturas
que dieron una mano // Badenes, Daniel. “Trofeos de guerra.
Restos humanos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata” en
revista La Pulseada, año 5, n°43, Septiembre 2006 //
Bayer, Osvlado. “Los indios extranjeros del general
Harguindeguy” en Página 12 14/08/06 // Hernández, José.
Martín Fierro, Buenos Aires, Estrada, 1971 //
Ingenieros, José. “Los servicios de la asistencia pública”
en La locura en argentina, Buenos Aires, Cooperativa editorial
limitada, 1920, versión web en Proyecto Biblioteca Digital
Argentina, Fundación Noble. Ver:
http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/index.html
// Jauretche, Arturo. Los
profetas del odio y la yapa, Buenos
Aires, Corregidor, 1997 // Jauretche, Arturo. Manual
de zonceras argentinas, Buenos Aires, Corregidor, 2008 //
Justo, Liborio. Pampas y lanzas, Buenos Aires, Capital
Intelectual, 2011. // Justo, Liborio. “Prólogo” en
Barros, Alvaro. La mulita del Teniente (escenas de un fortín).
1975, La Plata, El Aljibe, 1983. // Mansilla, Lucio V. Una
excursión a los indios ranqueles, Buenos Aires, Centro Editor de
América Latina, 1980. // Martínez Sarasola, Carlos. Nuestros
paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 2005 // Perón,
Eva. La razón de mi vida, Buenos Aires, Peuser, 1951 //
Pigna, Felipe. “Mejor un Mayo francés que un Julio
Argentino. La llamada Conquista del Desierto” en Los mitos de la
historia argentina, tomo 2, Buenos Aires, Planeta, 2005 //
Viñas, David. Indios, ejército y frontera, Buenos Aires,
Santiago Arcos editor, 2003. // Walther, Juan Carlos. La
conquista del desierto: Síntesis histórica de los principales
sucesos ocurridos y operaciones militares realizadas en La Pampa y
Patagonia, contra los indios (años 1527-1885), Buenos Aires,
Eudeba, 1970 // Yunque, Álvaro. Calfucurá. La conquista
de las pampas, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2008
Yupanqui, Atahualpa. El payador perseguido, Buenos Aires,
Fabril Editora, 1972.
APARTADO/1
Cartografías
del Oeste: tres momentos
1/
El Oeste es la sangre que tiene razones que hacen engordar las
venas, para decirlo como otro hijo del Oeste, Athualpa Yupanqui,
quien nació en un paraje cercano a Pergamino, un rancho pobre,
perdido donde no nacen los escritores que estudia la teoría
literaria argentina. Es el poeta de nuestro mestizaje: “Eso lo
llevo en la sangre / dende mi tatarabuelo. / Gente de pata en el
suelo / fueron mis antepasaos; / criollos de cuatro provincias / y
con indios misturaos” (El payador perseguido). Hay quien
estudia el criollismo en bibliotecas europeas; Atahualpa, con un poco
más de sentido común, recorrió cada una de nuestras provincias, a
caballo, trabajando codo a codo con los peones, aprendiendo nuestro
repertorio antiguo, nuestras coplas, nuestros estilos musicales,
nuestras tradiciones poéticas. Dice el proverbio: “no se aprende
el mundo en los libros”. Lucio V. Mansilla escribió: “Yo he
aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez
años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas,
revistas y libros especiales” (193).
En un
país donde la oligarquía y sus intelectuales inventaron una
Argentina blanca, poblada por inmigrantes europeos, Atahualpa trajo
la voz del mestizo, del gaucho, del indio: “América es un largo
camino de los indios” (“Los indios”). Desligó al criollismo de
las apelaciones aristocráticas y lo ubicó nuevamente en la huella
de Bartolomé Hidalgo, de José Hernández. A El payador (1916)
de Leopoldo Lugones le respondió con El payador perseguido
(1965). El criollismo quiso cerrarse en una discusión
universitaria, en un pintorequismo provinciano, en una nostalgia
arqueológica. Atahualpa recupera el criollismo de tierra adentro.
Reescribe la gauchesca, retomando la sextina hernandiana, para poner
en el centro de la escritura, otra vez, a los campana de palos:
“Pero si uno, como Fierro, / por ahí se larga opinando, / el pobre
se va acercando / con las orejas alertas, / y el rico vicha la puerta
/ y se aleja reculando. // Debe trazar bien su melga / quien se tenga
por cantor, / porque sólo el impostor / se acomoda en toda huella. /
Que elija una sola estrella / quien quiera ser sembrador...” (El
payador perseguido).
2/
El Oeste no para de escribirse, porque la violencia que nace con
el canibalismo oligarca está en la memoria de todos. Cuando los
Podestá hacían su obra Juan Moreira por el campo bonaerense,
no faltaba en la última escena un gaucho del público que quiera
entrar al escenario a defender al actor que dramatizaba la muerte de
Moreira. Los gauchos, los indios, los mestizos guardan en su memoria
la edad de oro que robó la oligarquía: “Yo he conocido esta
tierra / en que el paisano vivía / y su ranchito tenía / y sus
hijos y mujer… / era una delicia el ver / como pasaba sus días”
(…) “Estaba el gaucho en su pago / con toda siguridá, / pero
aura… ¡barbaridá!, / La cosa anda tan fruncida, / que gasta el
pobre la vida / en juir de la autoridá” (El gaucho Martín
Fierro, II). Como toda Edad de Oro no remite
necesariamente a un pasado preciso. En todo caso opera como crítica
del presente: la Organización Nacional que inicia Bartolomé Mitre y
finaliza Julio Argentino Roca se construye con el asesinato
sistemáticos de indios y criollos. Pero la historia no termina, y
hasta un gaucho ignorante y matrero avisa: “Y dejo rodar la bola /
que algún día se ha'e parar; / tiene el gaucho que aguantar / hasta
que lo trague el hoyo / o hasta que venga algún criollo / en esta
tierra a mandar”.
3/
Años después, un hijo de india tehuelche, un tal Juan Perón, otro
hijo del Oeste, de Lobos, casado con otra hija del Oeste, de tierras
del indio Coliqueo, Los Toldos, pararon la bola. Los cabecitas negras
llenaron la Plaza de Mayo. La ciudad gringa vio la cara de los
indios y criollos que debieron haber muerto en el canibalismo
oligarquico. No murieron. Regresaron. Y toda su cultura occidental
materializada en la fuente de Plaza de Mayo se las pasan por las
patas. El Oeste no termina. Sigue escribiéndose.
4/
Fue hija del Oeste la lucha piquetera. Otra vez, los negros no
quisieron aceptar las reglas de la civilización. El día siguiente a
la muerte de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en una nota
titulada “Crónica de una violencia anunciada”, el diario La
Nación nos previno que el odio de la oligarquía es lo más
perdurable de nuestro devenir histórico: “Que un grupo de personas
(...) se arrogue la facultad de privar a otras personas de un derecho
que la Constitución les reconoce expresamente, como la libertad de
trabajar y de circular por el territorio nacional, resulta un
atropello que puede desatar consecuencias imprevisibles”; “el
movimiento piquetero es una manifestación fronteriza -y por
cierto violenta e inaceptable- de la política”; “el corte de
rutas implica actos de insubordinación civil” (La
Nación, 27 de Junio de 2002).
APARTADO/2
Los
historiadores oficiales
Resta
aclarar, una vez más, que la conquista del desierto no fue una
acción indiscriminada ni despiadada contra el indio aborigen de
nuestras pampas, como más de un autor o tipo de literatura
tendenciosa buscó presentar este proceso. A la inversa, la conquista
del desierto se efectuó contra el indio rebelde, reacio a los
reiterados y generosos ofrecimientos de las autoridades, deseosas de
incorporarlo a la vida civilizada para que como tal conviviera junto
a los demás pobladores, pacíficamente, y así dejara de una vez ser
bárbaro y salvaje, asimilándose a los usos y costumbres de los
demás argentinos (…) sus hábitos de salvajes mal podían
trocarlos por un nuevo sistema de vida que los obligara a trabajar y
vivir decentemente, prefiriendo vivir tal como eran.
Juan
Carlos Walther, La conquista del desierto (11-12)
En
1947 el coronel Juan Carlos Walther, docente del Colegio Militar,
publica La conquista del desierto, donde analiza el avance de
la civilización en nuestro territorio desde 1527, con la
fundación del primer asentamiento europeo, hasta 1885, con la
disolución de las comunidades originarias libres de la Patagonia y
del Chaco. Lo considera el triunfo de Occidente frente al salvajismo
indígena. El indio es ante todo el rebelde que no quiere aceptar las
condiciones de la civilización y por lo tanto sólo le espera la
desaparición. Texto obligatorio de la educación militar
durante décadas exige un obvio paralelismo entre roquismo y
videlismo que sintetiza David Viñas con una de las preguntas que
abre su Indios, ejército y frontera (1982): “los indios,
¿fueron los desaparecidos de 1879?” (18).
En el
año 2011 el Gobierno Nacional creó el Instituto Nacional de
Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego”
para reivindicar una historia nacional y popular. Para la tarea se
convocó a Pacho O´ Donnell. Su biografía, por cierto, era poco
nacional y popular y entre sus proezas federales se encontraba haber
prologado las memorias del ex presidente Carlos Saúl Menem,
Universos de mi tiempo (1999), donde considera al riojano
“gran transformador”, “visionario”, de “elevada cultura”.
El encargado por el Estado Nacional de revisar nuestra historia había
escrito uno de los panegíricos más ridículos del menemismo, donde
aseguraba que algunas de las pocas críticas que se le podrían hacer
al ex mandatario respondían a problemas de “todos los países del
mundo”, tal como el hambre y la exclusión.
Bueno,
esto podría ser hasta una broma de mal gusto. Pero no. El libro está
publicado. El Gobierno podría haber elegido a Norberto Galasso para
presidir el Instituto, alguien a quien nadie le discutiría su huella
nacional y popular. Pero no, se eligió un menemista. Sin embargo, es
algo más compleja la decisión de que sea O´Donnell quien encabece
este revisionismo oligárquico. Su primera apelación pública
fue entonces reivindicar a Julio Argentino Roca. No es importante
discutir sus argumentos, recortes de ideas racistas y reaccionarias
ya desarrolladas por el liberalismo, porque exigirían remitir a sus
palabras que consisten en una mediocridad medular. Diría un
conocido: “de una pelotudez premeditada ya que nadie alcanza esos
grados de ignorancia sin esfuerzo”. Lo esencial, por el contrario,
es entender a qué responde su decisión de reivindicar la figura de
Julio Argentino Roca a fines del año 2011.
Desde
el 23 de noviembre del 2010, con la represión a la comunidad Qom de
“La Primavera” en Formosa, hasta su denominación en el cargo
público hubo distintos asesinatos por conflictos de tierra. La
mayoría de ellos, indios o mestizos. En Santiago del Estero,
Tucumán, Neuquén, Jujuy. También, en Buenos Aires, en un simbólico
Indoamericano. Todos los asesinatos, cometidos por policías o
sicarios, respondieron a proteger la propiedad privada y a
recordarnos que el gran tema de la dependencia de nuestro país sigue
intacto: en uno de los países más extensos del mundo no hay tierra
para criollos e indios.
Al
prologuista de Menem reivindicar la figura de Roca, el genocida del
pueblo mapuche, tehuelche, ona, yámana, ranquel, de los pueblos
pampeanos y patagónicos, no le dio ni un poco de vergüenza porque
era su función pública. Mientras decía o escribía eso, sicarios y
policías mataban campesinos y villeros por lo mismo que mató Roca:
la tierra. En este país pesa más la soja o la especulación
inmobiliaria que juntar muertos a los costados de la ruta. Esto poco
le importa al historiador oficial porque posiblemente repita que son
situaciones que responden a problemas de “todos los países del
mundo”.
Tan
federal resultó ser el O´Donnell que el diario de la oligarquía
criolla, fundado por el unitario Bartolomé Mitre, no dudó en
coincidir en su cruzada encomiástica. Uno de los fachos más new
age de la Argentina, Rolando Hanglin, en su “Carta abierta a
"Pacho" O'Donnell” (Diario La Nación, 20 de
Diciembre de 2011) le propone argumentos para reivindicar a Roca. Se
hace algunas preguntas para organizar el texto: “¿cómo eran los
indios?”, “¿fue un genocidio o una limpieza étnica?”, “estos
indios, ¿eran pueblos originarios?”. Con esas preguntas uno podría
sólo decir: a confesión de partes, relevo de pruebas.
APARTADO/3
El
fatalismo histórico
Jamás
el corazón del pampa se ha ablandado con el agua del bautismo,
que
constantemente ha rechazado lejos de sí (…) El argumento acerado
de la
espada tiene más fuerza para ellos, y éste se ha de emplear
al
fin para exterminarlos o arrinconarlos en el desierto.
Bartolomé
Mitre
Nada
ha de ser comparable con las ventajas de la extinción
de
las tribus salvajes, o conservarlas tan debilitadas que
dejen
de ser un peligro social.
Domingo
Faustino Sarmiento
En el
Sud de la República no existen ya dentro de su territorio fronteras
humillantes impuestas a la civilización por las chuzas del salvaje.
Ha concluido para siempre en esta parte, la guerra secular que contra
el indio tuvo su principio en las inmediaciones de esa Capital el año
de 1535
General
Vintter (“Nota al jefe del Estado Mayor del Ejército”, 20 de
Febrero de 1885)
Los que excusan a Sarmiento por ser un ideólogo del exterminio
sistemático de indios, negros y gauchos arguyen que en su época
no se podía pensar distinto. Sólo se podría afirmar eso con
malicia o profunda ignorancia. Los Mitre, los Roca, los Sarmiento son
parte de un proyecto político-económico de la oligarquía y el
imperialismo inglés que consideró el genocidio como práctica
necesaria y que se inicia con Bernardino Rivadavia,
enemigo de Mariano Moreno y José de San Martín. Si el mestizo
Sarmiento (sangre huarpe tenía el Gran Sanjuanino) pidió que se
mate hasta el último argentino con sangre nativa, su opositor
federal, el “Chacho” Peñaloza, tenía como lugarteniente a
Santos Guayama, líder huarpe de las lagunas de Guanacache.
En
su época (antes, durante y después) se pudo pensar distinto.
No sólo lo explicita El plan de operaciones (1810) de Mariano
Moreno, lo comprueba la práctica revolucionaria de Juan José
Castelli y Bernardo de Monteagudo que festejaron el 25 de Mayo de
1811 en Tiahuanacu, haciendo una operación política–historiográfica
de unir estado moderno y pasado precolombino, que repetiría
doscientos años después Evo Morales. Es decir, 70 años antes del
genocidio pampeano y patagónico, el Estado había establecido otras
consideraciones sobre los pueblos originarios. Un contrapunto
necesario se construye entre el 25 de Mayo de 1811 que el gobierno
revolucionario celebra en Tiahuanacu, decretando la emancipación de
los pueblos originarios, y el 25 de Mayo de 1879, en Choele Choel,
donde Roca festeja la muerte de “razas abyectas”.
Cuando
las comunidades originarias le pidieron al Museo de Ciencias
Naturales de La Plata que restituyan los restos de los muertos
durante el genocidio indígena, Héctor Pucciarelli, jefe de la
división de Antropología Biológica, se excusó: “Sería un
perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento masivo de estos
cuerpos. A través de ellos podemos comprobar cómo eran las
costumbres y modos de vida de otras culturas. Además, la principal
función del museo es educar a través de la observación” (La
Pulseada, Septiembre de 2006). Un museo de la memoria invertido,
tal como dijimos, donde se celebra el genocidio.
Pero
siempre se puede elegir. Hasta el último día. La derrota de los
líderes mapuches y tehuelches es casi absoluta. Es 1879. El Estado
decide humillar aún más a los vencidos. Elige hombres, mujeres y
niños para exhibirlos en Buenos Aires. Los harán caminar con
cadenas por las calles céntricas. La clase alta, sus antropólogos,
sus museólogos, sus literatos, se apresuran a participar. Pero
siempre se puede elegir. Los días antes se estuvieron organizando.
Obreros, anarquistas, no van a permitir la infamia. Logran alcanzar
el desfile con gritos de apoyo a los vencidos. El festejo no se
puede realizar. Siempre se puede elegir. Siempre. Y en los oídos de
los oligarcas están las puteadas de los obreros fabriles.
Mariano
Dubin
1La
ocupación final del territorio pampeano y patagónico, con la
“Conquista del Desierto” concluida, significó 34.006.421 de
hectáreas usurpadas, donde veinticuatro personas recibieron
parcelas que oscilaban entre las 200 y las 650 mil hectáreas
(Martínez Sarasola:266)
2Cuando
se dice que la oligarquía gobierna no se asume que sea el partido
gobernante. No son homologables poder, estado y gobierno.
3La
sociedad de beneficencia fue fundada por Bernardino Rivadavia. En
1838 Juan Manuel de Rosas vacía de recursos a la Sociedad de
Beneficencia y la hace desaparecer. Tres años luego, escandaliza a
las señoras bien de Buenos Aires (organizadoras de dicha Sociedad)
declarando a Juan Calfucurá coronel del ejército de la
Confederación Argentina. La Sociedad resurge luego de la caída de
Rosas y hacia la década de 1880 está en su apogeo. En 1946 el
peronismo interviene tan funesta institución. Posteriormente, Eva
Perón en La razón de mi vida (1951) fulmina la filantropía
aristocrática: “Porque la limosna para mí fue siempre un placer
de los ricos: el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres
in dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuese
aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así
añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse
alegremente con el pretexto del hambre de los pobres” (182).
4La
crítica literaria y cultural debería poder sortear las premisas
impuestas por la revista Punto de vista en las currículas
universitarias, en los grupos literarios, en las discusiones
editoriales. El triunfo de la visión occidental de esta revista,
que surge en 1978, es posible porque el proyecto nacional fracasa,
desde el bombardeo a plaza de Mayo a la última Dictadura Militar.
Hacen ingresar una serie de autores (que les permite presentar una
fórmula de modernización teórica que mezcla revisionismo marxista
y sociología francesa) para negar la posibilidad de un proyecto
emancipador, de la revolución, del lugar de la clase obrera en la
historia. (En las corrientes historiográficas, con Tulio Halperín
Donghi, sucede, previamente, un proceso similar: desaparece López
Jordán, Felipe Varela, Solano López). Asimismo le asignan al
intelectual básicamente un trabajo de bibliotecario y en los casos
de que ese intelectual sea inquieto, de bibliotecario hermenéutico:
lo dejan divertirse un poco con su regodeo postestructuralista. En
todo caso, disocian práctica de lectura, procesos políticos de
escritura. Hernández Arregui hubiera dicho que son un engranaje
burocrático del imperialismo. No creo que sean tan importantes.





















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