Tesis urgentes para tiempos de guerra

Identificar al enemigo, vencer al enemigo. Necesitamos conocer los apellidos, las fortunas, las escuelas, las universidades, el capital, las alianzas de nuestro enemigo.  Debemos definirlo: qué sectores de las clases dominantes consideramos enemigos inmediatos. Necesitamos, urgente, como hizo FORJA en la década del ´30, establecer una pedagogía popular del enemigo: denunciar con lenguaje nuevo las condiciones neocoloniales que vivimos en nuestro cotidiano. Significa, además, señalar los hechos más allá de nuestros intereses particulares: nombrar constantemente a Magnetto puede ser una forma de ocultar que el avión presidencial fue usado durante muchos de los doce años kirchneristas por Gustavo Grobocopatel o Franco Macri. No se puede entender la política sin entender cómo nuestro país ha sido una zona en disputa geopolítica por las potencias mundiales. La extranjerización y la concentración, el monocultivo, el saqueo de recursos no es un tema de periodismo comprometido ni de papers universitarios sino de entender el funcionamiento de los imperialismos en sus periferias neocoloniales para poder hacer política de masas. Ahí duele la pobreza, la corrupción, la injusticia. Un revolucionario tiene que hablar a la gente donde el cuerpo tiene marca. No hablar de cosas etéreas que interesan a sectores marginales de las clases medias sino escuchar en la calle el odio popular al enemigo. Sistematizar ese odio. Hacerlo política. Hacer del enemigo una palabra que todos sepamos.

No subestimar al enemigo. El macrismo es el ejercicio estatal directo de un sector de las clases dominantes. Sus apellidos nos permiten armar las biografías de estos “señores bien” que han matado –como deporte nacional- todos los indios y criollos que necesitaron. Nada nos puede hacer suponer que no lo vuelvan a hacer si lo consideran necesario (exigencia: preparase para una etapa de nuevo orden). No obstante, no son sólo eso. Su agilidad y audacia para imponer agenda pública exige dejar de pensarlos como ignorantes o brutos. Criticamos a partir de nuestras moderadas ilustraciones académicas a actores políticos que ejecutan planes desde paradigmas que no requieren ninguna tradición humanista. Su maestría es sintetizar en políticas públicas el momento tecnocrático del capitalismo actual. Son hábiles, audaces, salvajes. Ejercen total control en el manejo del Estado. Controlan todas las fuerzas represivas, la justicia, el periodismo y otras instituciones basadas en el proxenetismo de los apellidos ilustres. Estudiar al enemigo. Prepararse para su violencia.

La debilidad democratizante. Los sectores del kirchnerismo que quieren volver a un grado cero de su política republicana no descubren que la situación ya es otra y el enemigo ha tomado un camino que imposibilita los pasos ya dados. Mucho menos se podrá enfrentar a un enemigo con una construcción mediática. El “vamos a volver” apuesta a resolver la conflictividad social en términos de rosca superestructural. El sedimento histórico de guerras, sublevaciones, huelgas, guerrillas, genocidios se lo busca reducir a la intervención coyuntural de lo electoral negando la multiplicidad de actores concretos y, lo que es trágico, subestimando al enemigo. No es casual que luego de una derrota contundente como significó el triunfo electoral de Macri, el kirchnerismo duro se haya replegado, en una primera instancia, en hacer resistencia en plazas de la ciudad de Buenos Aires, en zonas más bien burguesas, donde Macri recibió hasta el 76% de los votos. Sus reflejos progresistas lo alejaron de las concentraciones obreras y populares para organizar esos actos.

Dirigir mayorías. La máxima de que “el izquierdismo es ver más enemigos que los necesarios y el oportunismo encontrar más amigos que lo conveniente” es válida para estos tiempos. Pensar al pueblo como presa inconsciente de fuerzas mediáticas que desconoce (y, desde ahí, por tanto, explicar su voto parcial al macrismo) es sumarse a la ilustración de cabotaje tan cara a la izquierda argentina. Un proyecto superador no es sólo el que pueda vencer al macrismo sino, además, el que pueda vencer las causas de la última derrota electoral. Lejos de la rosca superestructural pero, también, del agite izquierdista, enfrentar al enemigo real nos pone alerta en una situación de peligro. Es evidente que el kirchnerismo está limitado por su propia construcción a un piso electoral mediano; su mayor debilidad es que no ha sido una herramienta política de las mayorías populares sino una representación progresista (y, muchas veces, ni siquiera eso) de sus intereses. Cristina Kirchner no es una líder de masas como Hugo Chávez o Juan Domingo Perón. Hay cierto pensamiento mágico que supone que el desgaste de la figura de Macri será proporcional al crecimiento de la imagen de Cristina Kirchner olvidando una advertencia de John William Cooke que podríamos aprender de memoria: “un gobierno no cae porque sea malo simplemente, sino porque hay condiciones que se dan y fuerza organizada para aprovecharlas”. Hoy debiéramos revisar las condiciones materiales del mundo actual que no son las que posibilitaron el ciclo de gobiernos latinoamericanos de corte nacionalista, reformista o progresista desde el triunfo electoral de Hugo Chávez. No obstante, el campo político, inevitablemente, es “autoritario”: exige a los actores operar en campos definidos de participación y acción. Estar fuera de estos procesos es, muchas veces, estar en el otro campo. Los discursos, no importa su complejidad, sus matices, rápidamente se traducen en acciones de un campo político. Y, en ese sentido, el kirchnerismo representa un piso de derechos sociales que el macrismo viene a liquidar. Un escenario complejo que exige lucidez: no se puede decir el infantilismo del “son todos lo mismo”, tampoco el oportunismo de replicar (en versiones cada vez más sectarias) un modelo limitado.

Construir unidad en las calles, construir un programa popular. Resistir y acumular. Construir organización. En lo político electoral no ser sectarios: el kirchnerismo representa un piso social que defendemos y que ningún maximalismo verbal va a superar a fuerza de narcisismo. Si Macri gana la elección, en cada represión escucharemos: “la gente nos votó para hacer esto”. Su derrota electoral, en octubre, es clave. Desde lo programático: interpretar los límites del progresismo (no en libros, sino, principalmente, en la voz del laburante) y construir, en la calle (y en la rosca, claro), un programa de mayorías. Casi medio siglo de derrotas ideológicas nos han hecho precavidos y previsibles. Debemos exigirnos más: debemos, podemos, queremos vencer.




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