No
hay pregunta que encuentre más infértil que aquella que busca definir qué es
poesía y qué no. Décadas atrás, Raymond Williams, descubría lo mismo en
relación al marxismo: no hay pregunta menos revolucionaria que preguntarse qué
es y qué no es marxismo. Como si una noción académica nos asegurara un
recorrido más o menos seguro de las derivas contemporáneas y las contingencias
históricas. Siempre correremos el riesgo de extraviarnos, pifiarla, cagarla. Lo
digo, hoy, aun defendiendo –creyendo- en la poesía y el marxismo. Pero como
dijo otro marxista, los verdaderos ortodoxos somos los heterodoxos, acaso,
porque más que defender una doctrina o unos ritos vacíos, defendemos una idea
que, necesariamente, se transforma. O como aseguró Viktor Shklovski, el crítico
ruso, la tradición es un movimiento que va de tío a sobrino, más que de padre a
hijo. Entonces, ya nos metimos en varios quilombos epistemológicos, antes de
decir absolutamente nada y sumemos otro: ¿qué es la tradición en este país
sedimentado por culturas atávicas e hipermodernas, temporalidades superpuestas,
y jetas de indios puros y de alemanes del Volga conviviendo en cualquier
esquina?, ¿cómo no asumir, en estos ríos de tradiciones múltiples, que lo que
pensamos como “la poesía” no es más que el encadenamiento de nuestros
prejuicios y nuestras prácticas más que una zona de confort de nuestras
asunciones?
Hace unos días murió Leonard Cohen y volvimos
a descubrir la pregunta que se hizo con el laureado Bob Dylan: ¿es o no es
poeta? Vuelvo a afirmar que esa pregunta es estéril. Algo menos estéril, creo,
es preguntarse por qué consideramos en un momento dado algo como poesía. Las
razones ideológicas, estéticas, de piel y de humor, que nos llevan a tales
decisiones. Esa pregunta nos llevaría a discutir por qué en las carreras de literatura
se leen poetas insulsos y oscuros –esas malas escrituras que se esconden en
juegos de palabras que sólo festejan los amigos más cercanos y sus editores- y
no a dos de los grandes poetas: Enrique Santos Discépolo y Atahualpa Yupanqui. Podríamos
extender la lista: Violeta Parra, José Larralde, Alfredo Zitarrosa.
Las supersticiones, en realidad,
son varias. Resumamos: en el caso de Atahualpa son de orden de un sesgo proveniente
de una crítica que piensa que la Argentina es un país blanco y europeo. Con ese
espíritu analizan la poesía de vanguardia de la década de 1920 y 1930. La cara
de indio de Yupanqui confunde esto. Más aún cuando el poeta se afirma –con una
autenticidad difícil de discutir- como gauchesco
en un siglo que la teoría literaria asume al criollismo como simulacro y
anacronismo. Mayor confusión trae que escriba en sextinas hernandianas, sus
lecturas del Inca Garcilaso, sus apelaciones a un mundo indio en tiempos de una
“modernidad periférica”. Como no se puede leer a Atahualpa Yupanqui y nadie se
atrevería a decir que Yupanqui no es poesía, se prefiere no leerlo. Nada más
cómodo que no discutir nuestros prejuicios. Con Discépolo, se repiten otros motivos.
Uno muy evidente: es letrista de tangos. Se piensa que los letristas son una
casta menor de la gran tradición literaria. La poesía, sin embargo, en todas
las culturas, nació como parte de ritos muy precisos y fue, básicamente,
música. Aún hoy, en la mayoría de las tradiciones estéticas nacionales la
poesía es, mayormente, acompañada por música.
Hay quienes piensan que la poesía
se define por alguna propiedad extraordinaria, por algunos efectos de lectura o
–los más entusiastas- por alguna magia ritual. No tengo la capacidad de
discutir tales afirmaciones y, probablemente, en parte sean todas ciertas. Algo
más prosaico, creo, la poesía es un sentido construido de manera diversa y
diferenciada por grupos, instituciones, sujetos que “hacen poesía” en el marco
de ciertas regulaciones contemporáneas. Vuelvo a afirmar que la pregunta
sustancialista es estéril. Mucho más su respuesta libresca: creer que poesía es
lo que se prestigia en la constitución de un campo literario más o menos
autónomo. Muchísimo más estéril es pensar que existe, realmente, algo así; la
poesía, lejos de su silencio libresco, siempre estuvo acompañada por el acto: su
modulación, su presentación social, su lectura ritual. En una huella más
duradera de la poesía, ésta nunca se disocio de la música, del rito, de la
palabra compartida, del encuentro físico. En ese mundo de los poetas curtidos,
Leonard Cohen, nos deja decenas de poemas ejemplares. Y uso la palabra ejemplo,
a propósito, como parte de esta deriva anacrónica, para citar uno de sus poemas
que siento más cercanos y poderosos:
Like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be
free.
Like a worm on a hook,
like a knight from some old
fashioned book
I have saved all my ribbons for
thee.
If I, if I have been unkind,
I hope that you can just let it
go by.
If I, if I have been untrue
I hope you know it was never to
you.
Like a baby, stillborn,
like a beast with his horn
I have torn everyone who reached
out for me.
But I swear by this song
and by all that I have done wrong
I will make it all up to thee.
I saw a beggar leaning on his
wooden crutch,
he said to me, "You must not
ask for so much."
And a pretty woman leaning in her
darkened door,
she cried to me, "Hey, why
not ask for more?"
Oh like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir
I have tried in my way to be
free.





















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