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% negro cumbiero. ¿Cómo darle forma a esta tierra indómita?,
¿cómo contar un pasado común?, ¿cómo encontrar una cifra que nos
una?, han sido preguntas clave, desde la ocupación colonial, de
nuestros pueblos. No hubo revoluciones ni levantamientos ni guerras
nacionales que no se hayan cruzado con estas preguntas. La clave
política en América Latina ha sido por qué ser independientes. Hay
un tipo de formulación, una exploración sobre quiénes somos, que
organiza la búsqueda revolucionaria: seamos libres, lo demás no
importa nada. Una manera de encontrar la huella atávica pero
contemporánea y popular -nuestra cultura mestiza- que nos permita
salir de la pobreza geográfica y cultural que nos coloca el
colonialismo.
Algo
de eso hubo en las repúblicas de indios que pensó Eugenio
Espejo durante la revolución de Tupac Amaru, el proyecto de
monarquía incaica de Belgrano y San Martín, Nuestra América de
Martí, el comunismo incaico de Mariategui, la Patria Grande de
Ugarte... pero, ¿qué nos une a los pueblos del sur del Río Bravo?
¿El idioma? ¿Pero qué idioma en un continente que se habla
español, quechua, aymara, francés, maya, inglés? ¿La geografía?
¿Un pasado común? ¿Cuál? ¿Qué nos une?
Tal
vez, como se ha señalado con insistencia, un origen indígena que ha
texturado nuestras caras y nuestras pasiones junto al mundo
occidental y africano pero que ha dado, sobre todo, una originalidad
que es deuda, también, de su violencia. Ese no somos ni indios ni
españoles de Bolívar o, mejor, somos indios y negros y occidentales
y zambos y criollos y mulatos.
La
cumbia de alguna manera pudo cifrar estos mundos indoamericanos.
Estas mezclas indígenas, africanas y europeas. Cumbia, sin duda, es
indoamérica. Hay cumbia mexicana. Hay cumbia colombiana. Hay cumbia
argentina. Hay cumbia chicana, también, en tierra gringa.
La
cumbia es nuestra trinchera.
Pero
para los que piensan que la cumbia es sólo de trasnoche los fines de
semana, como ha dicho Lescano, vale aclarar, son unos caretas.
Unos
caretas que les gusta jugar a ser negritos un rato, de manera
aséptica e irónica. Que ese mundo indoamericano lo toque sólo de
resbalón; que no queden marcas. No vaya a ser que no se pueda salir.
Que uno también ya sea un negro; que se le haya escapado el indio
pero para siempre.
La
cumbia es todo el día: mateando a la mañana, trabajando en la obra,
haciendo esquina. En un piquete. Y, también, en la bailanta. La
cumbia es nuestra piel mestiza. En ella se enlazan nuestras tristezas
y nuestras alegrías. Y a quien le parezca exagerado -o menor, grasa,
insustancial- que no lea esta nota.
La
cumbia no es para caretas.
Y
esta nota sobre los mejores discos de cumbia argentina -y,
principalmente, sobre cumbia villera- espera estar, un poco, a la
altura del ritmo y la sustancia de los Pibes Chorros, de Gilda, de La
Nueva Luna, de Damas Gratis.
Es
decir, repito, no está escrita para caretas.
Enganchados.
Seguramente no sea el disco la
unidad de la cumbia. Las fronteras del arte burgués se rompen en la
mezcla de estilos y bandas que se entremezclan en una bailanta. El
cuerpo es el encuentro. Por eso, más importante que el disco de una
banda es el enganchado.
La suma de bandas y estilos que, también, se mezclan en el baile. El
cuerpo es la unidad. La totalidad de la obra no es el músico, o el
disco, sino la bailanta, la esquina, la obra. No hay cumbia sin un
espacio compartido. Ahí se arman sus sentidos. No hay una
obra que uno
descifre. Hay encuentro. No hay público: hay gente que baila, que
escavia, que milita; que mete cumbia para reventar el rancho, para
reventar la bailanta, para reventarse una tarde con amigos.
La
cumbia no está nunca en el escenario, en el disco, en el artista. O,
al menos, no solamente. Siempre se desborda la cumbia. Por eso, y
haciendo esta salvedad, voy a hablar de algunos de los mejores discos
de cumbia. Pero no lo dudés. Ni loco: a cada uno de los discos, anda
abriendo el youtube,
o buscando los discos, o lo que sea, pero anda mandándole play.
Si no se escucha la cumbia, a lo que da, la nota se cae. Metele
cumbia.
Gilda,
la única. En 1994 sale el
segundo disco de la más grande de todas. Se llama, claro, La
única. (Toda su obra
solista, aclaremos, se reduce a tres años de trabajo interrumpidos
por su muerte en 1996). En el disco está toda la belleza de su
cumbia: su picardía en el amor, la tristeza por los amores perdidos,
la inmensidad de la felicidad y el sufrimiento que sólo conoce Dios,
las guiños al público: “Para mis hermanos del Norte”, “Y para
tí Miguelito Ríos que estás en el Perú”, “¿Cómo bailan
Yasmín y Dani...?”, “Para tí Gino, para que aprendas”.
Su
voz logra cada sentimiento. Y si uno está borracho o triste -o peor,
ambas- escucharla puede ser una condena que se va yendo lentamente,
entre paso y paso, con toda altivez: Quedate
con tu desprecio /
con tu desamor /
que otra se
acueste en el lecho
/ de tu perdición
(…) nunca
encontrarás otro amor
/ como el que yo
te di una vez (“Ya
te olvidé”).
Si no viviéramos en un país tan tilingo, Gilda sería nuestra
Piaff, nuestra Fitzgerald o nuestra Elis Regina. Abundarían sus
biografías, documentales y estudios críticos. Nada de eso existe
pero existe el amor (que sólo Dios sabe cuán inmenso) de nuestro
pueblo. Gilda es la voz de nuestros arrabales como lo fueron, en su
momento, Rosita Quiroga y Tita Merello. Comparten ellas, claro, una
mezcla de altanería y ternura que sólo las pibas de barrio tienen.
Hay
otros discos de Gilda, y otros discos de la cumbia de los ´90 que
podría nombrar. Entre ellos, La Nueva Luna, con su acordeón
chamamecero que despierta al más borracho y al más dormido. Pero
este disco, La única,
es muy especial, al menos para mí, y vale una historia.
Había
llegado, en un viaje largo, a un pueblo de las sierras peruanas. No
las había andado tanto, claro, como el padre y el hijo de Los
ríos profundos de
Arguedas, pero, aseguro, haberlas andado largo tiempo. Un día, entro
a un baño público, en una terminal de micros. Hace días que no me
bañaba que me puse a hacer un baño austero en una pileta. Al lado
una jovencita escuchaba Gilda a todo lo que da. Tenía una mesita
donde en una caja uno le dejaba las monedas: mínimo, baño sin
papel; precio medio, baño con papel higiénico; supongo que lo que
yo estaba haciendo doblaba el segundo precio.
Mientras me lavaba, le digo, qué bueno que te guste la cumbia
argentina. Primero sólo sonrió. Pero, inmediatamente, se fue
poniendo roja. Cada vez más roja. Parecía que no iba a poder
superar su timidez, pero, parece, había dicho algo demasiado,
inclusive para su recato andino.
-
¿Qué? ¿Argentina? Gilda
es peruana.
Gilda,
peruana. En ese momento me habré callado para no comenzar una
discusión poco acorde a mi situación precaria. (Recuerden que
estaba improvisando un baño en una pequeña bacha). Pero, luego,
volviendo a escuchar los discos de Gilda pensé que la chica tenía
razón. La cumbia de Gilda tiene una huella andina. No sólo por los
huaynos que canta sino porque la misma cumbia está en diálogo con
el mundo andino: con sus vientos, con su tradición lírica. Por eso,
si hoy tuviera que decir un tema de Gilda, nombraría la versión de
El aguajal,
de el disco La
única,
donde en esos agudos que recuerda a las cantantes quechuas dice: “Si
se marchó sin un adiós / que se vaya / que se vaya / amores hay /
cariños hay / todititos traicioneros”.
Hay quien pregunta de dónde salió la cumbia. Sucede que hay
historias -épicas, digamos- que no están en los diarios, en los
manuales, en la televisión. Hace décadas que las sierras, los
Andes, vienen bajando a las grandes ciudades. Gilda arrastra este
mundo que suena en las radios, en las obras en construcción, en los
bailes.
Sentimiento
villero. Arriba las manos
comienza con un un doble maullido. Así de una, bien atrevido,
agitando a los gatos. Clasista, villero, chorro, bardero llegaba el
primer disco de los Pibes
Chorros.
La clase media conservadora los puso en el centro de la apología del
crimen, la pobreza y las drogas. Todos los noticieros mostraban
escenas de crímenes, de narcos, de secuestros con su música; sus
letras parecían condensar los miedos burgueses a ser tragados por la
barbarie. La clase media progresista veía en su música la
degradación ideológica de las clases populares, el sexismo villero
y el miserabilismo paquero que nos dejó el liberalismo.
El
año 2001 -año en que comienza a circular Arriba
las manos,
primer disco de la banda- marca
una actitud política de las clases populares -que había tomado
forma, sin duda, a fines del Menemato con luchas que fueron desde el
interior del país al Conurbano- que recupera la mejor tradición
política de la década del ´60 y el ´70: la ocupación del espacio
urbano. Las clases populares descreen de toda representación
liberal.
Toda
pueblada responde al esquema del primer levantamiento popular de la
década: el Santiagueñazo.
El pueblo quema los símbolos del poder burgués. En Santiago del
Estero, a fines de 1993, se establece un plan
de operaciones de la
resistencia popular que se va a ir repitiendo con sus variaciones. El
pueblo ocupa la Casa de Gobierno, Tribunales, la Legislatura. Saqueos
a grandes comercios. Esto se puede sumar, en otras ocasiones, a tomas
de comisarías.
Quien
no analiza el 2001 con la imagen de la Casa de Gobierno de Santiago
del Estero en llamas no entiende el sentido profundamente popular de
las puebladas contra el gobierno de De la Rúa ni, tampoco, claro, a
los
Pibes Chorros.
Y cuando digo popular digo la aparición de lógicas políticas y
culturales que desplazan los modos hegemónicos de entender el país.
Por eso a clases medias progresistas y conservadoras les salió a
flor de piel, tan espontáneamente, su rechazo inmediato a la cumbia
villera: fue un rechazo de clase.
Las
puebladas expresaban un
salto en la lucha popular que ponía en tensión la clave del poder
del imperialismo: la organización territorial de los países
dominados.
En ese avance popular, la cumbia villera irrumpió con la voz que la
Argentina liberal había querido dar fin: los negros.
A partir de la cumbia villera, los negros no se dejan nombrar por
otros discursos (la televisión, el paper
universitario, las órdenes judiciales): el yo de la cumbia villera
siempre es el villero; la tercera persona son las clases medias y
altas. En un país sobredeterminado por las voces de los blancos,
esto fue toda una irrupción violenta que confundió a la opinión
pública introduciendo
el decir villero donde sólo se escuchaban las veleidades liberales.
El hambre no era la de otros. Era la nuestra. Como en esos versos
lunfardescos -geniales, además- donde dice en dos líneas toda una
época: “Muchacho de la villa de escracho y licor / fumándote la
vida con odio y rencor” (“Muchacho de la villa”). Pero, el tema
“Botellero” es, en este sentido, el mejor:
Con un
carro y sin dinero
voy
gritando botellero
voy
buscando algún morlaco
juntando
fierro botella y trapo.
Revolviendo
en los baldíos
cinco
perros van conmigo
en mi
carro voy contento
escabiando
vino suelto
Botellero
botellero
me
gusta el faso me gusta el vino
botellero
botellero
tomo
del blanco tomo del tinto
yo me
paso los días tomándome la vida.
Y en
los estribillos, una voz apagada, neutra, como un eco, dispara un hay
hambre que se repite una y otra vez martillando y martillando.
Hay hambre y que escuche el que quiera escuchar.
Arriba
las manos (2001), primer
disco de los Pibes
Chorros, irrumpía con
la fuerza de los barrios. La canción “Sentimiento
villero” con
toda crudeza, en su cifra tanguera que recuerda el inicio del tango
canción con “Mi noche triste”
(1916),
cuenta el fin del amor cruzado por los excesos y la pobreza. Pero, al
mismo tiempo, muestra un espacio que circula por otras huellas que
las porteñas: la villa está más cerca del Chaco que de los barrios
céntricos de Buenos Aires.
Pero
no sólo se pone foco en un espacio marginal. La cumbia villera,
además, ubica ese espacio como el verdadero.
Ubica al cheto
como contrario a todo valor villero (acá se centra el clasismo de su
poesía: no hay mayor orgullo que pertenecer a los valores del barrio
y por eso, la imagen del policía y del transa es la del traidor: es
quien abandona el barrio por dinero).
Ya
Bertolt Brecht había sentenciado que es más ladrón quien funda un
banco que quien lo roba. Las letras de los Pibes
Chorros
van un paso más: sólo es ladrón quien les roba los pobres:
Somos cinco amigos, chorros de profesión,
no robamos a los pobres porque no somos ratones
buscamos la fija y entramos a un banco
pelamos los fierros y todos abajo.
Los
Pibes Chorros
irrumpieron con esa prepotencia de las clases populares cuando dicen
hasta acá llegamos: “Porque tenemos aguante / si pintan los
guantes / mejor que corrás”.
En
Arriba las manos
se encuentran ya varios clásicos de la música popular
contemporánea: “Duraznito”, “El pibe moco” o “Sentimiento
villero”. Por eso, dejémosla de chamuyar y pongamos al palo el
disco y que se escuche, a pleno, Arriba
las manos:
“Porque tenemos aguante / si pintan los guantes / mejor que
corrás”.
1No
hubo quien mejor comprendió esto que el palestino -¡quién sino un
palestino!- Edward Said (Orientalismo
y Cultura e
imperialismo).
Retomando a Antonio Gramsci analiza cómo la hegemonía burguesa se
construye una forma de organizar lo geográfico; no sólo en una
organización material – económica sino, también, simbólica.
Por eso, no hay lucha revolucionaria que no parta de un movimiento
periferia-centro y que se presente como una ocupación violenta del
centro. Por el contrario, el progresismo burgués es siempre lo
contrario: un movimiento centro-periferia; un movimiento
civilizatorio.
Publicado en la Trinchera 7. Primera parte de una nota sobre cumbia.






















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