Trazado
perfecto.
La Plata es un invento del roquismo a fines del siglo XIX, el elogio
arquitectónico y cultural al genocidio de la Campaña del Desierto.
Por tomar un caso, Joaquín V. González, fundador de la Universidad
Nacional de La Plata, dijo: Felizmente,
las razas inferiores han sido excluidas de nuestro conjunto orgánico;
por una razón o por otra, nosotros no tenemos indios en una cantidad
apreciable, ni están incorporados a la vida social argentina
(“Intervención del 23 de agosto de 1913 en el Cámara de
Senadores”).
Esa es La Plata de la supremacía racial de los Perito Moreno. Es el
Museo de Ciencias Naturales que toma como botines de guerra a los
huesos de los líderes indígenas. Desentierran el cuerpo de Mariano
Rosas, muerto en 1877. También, el cuerpo de Calfucurá, muerto en
1872. El Museo los exhibe como trofeos de guerra. No sólo ellos:
Inacayal es exhibido vivo y se lo humilla entre huesos de animales.
La Plata inaugura como práctica estatal la profanación de los
cuerpos, de los ritos de la muerte. Es la violencia del canibalismo
oligárquico. La inundación del 2 de Abril es sólo un apéndice de
esa historia.
Elogio
de los eunucos. Roberto
Arlt ya lo había escrito: en la ciudad de La Plata no hay
atorrantes.
La Plata ha elaborado una imagen aristocrática de poetas abúlicos,
plazas vacías y vida universitaria. (El rock
chetito que exportamos a Puerto Madero es parte de esa historia). Hay otra ciudad, la que fue una vez llamada Eva Perón; en la
que un 17 de Octubre de 1945 se dio una de las puebladas más
importantes de la historia latinoamericana; donde los obreros
atacaron el diario de la oligarquía, El
Día (el
cual, valga el contrapunto, hace un año cumplió la cínica tarea de
defender a su intendente Pablo Bruera de las responsabilidades por la
inundación) y los obreros apedrearon, entonces, distintos símbolos
del poder: el Jockey Club, la Universidad Nacional de La Plata, entre
otros; la de la resistencia peronista; la de militancia obrera y estudiantil en los ´60 y ' 70. ¿Hubo, en estos años, desmadre popular?
El
agua no bajó.
Hay una cifra mínima de todo pueblo que es poder enterrar sus
muertos. No se puede ultrajar al muerto. Es la historia de Aquiles y
Héctor. Es el origen de toda cultura: darle un rito a la muerte. Escribió Néstor
Perlongher: "Bajo las matas / En los pajonales / Sobre los
puentes / En los canales / Hay Cadáveres. // En la trilla de un tren
que nunca se detiene / En la estela de un barco que naufraga / En una
olilla, que se desvanece / En los muelles los apeaderos los
trampolines los malecones / Hay Cadáveres".
Que
no queden dudas: hay cadáveres. ¿Cuántos muertos hay?, nos
preguntamos. Por eso, otra vez, Perlongher: "En la provincia
donde no se dice la verdad / En los locales donde no se cuenta una
mentira / —Esto no sale de acá— / En los meaderos de borrachos
donde aparece una pústula roja en la bragueta del que orina —esto
no va a parar aquí—, contra los azulejos, en el vano, de la 14 o
de la 15, Corrientes y Esmeraldas, / Hay Cadáveres”.
Lo
que trae la resaca. Hay
historias inverosímiles, pero que no nos atrevemos a negar: niños
no contabilizados que flotan, muertos, en arroyos, alcantarillas,
zanjas. Hemos escuchado esa historia a días de la inundación: en
una alcantarilla de Altos de San Lorenzo siete u ocho cuerpos de
niños fueron encontrados y se los escondió. Se repite la historia,
con otros números, con otros niños, con otras señas, con otras
orillas. Ahora bien, esa historia en su veracidad documental,
inexacta o imposible, es la cifra de los que después de diez años
siguen apareciendo flotando en los arroyos, en las alcantarillas, en
las zanjas. Llueva o no llueva. Por eso, que el apellido Bruera,
después de los cadáveres, después de su infamia de mentir ayuda
mientras veraneaba en una playa brasileña, de sus matones
persiguiendo a quienes buscaban verdad y justicia, termine
encabezando la lista del Frente para la Victoria, ¿nos permite
esperar que un 17 de Octubre nazca de este rosqueo interminable?
La
comunión. En
los ritos mortuorios no es la tristeza, el enojo, la incomprensión
lo que prima; es el amor. Es una de las primeras prácticas del homo
sapiens: enterrar a sus muertos, protegerlos de la rapiña, de la
evidencia de la decrepitud física, darles un rito mortuorio. Hace
siglos que el capitalismo estrecha la muerte en los hospitales. No es
casual que la civilización occidental se prive cada vez más de
velorios, de recordar a los muertos. En los barrios, en las
ranchadas, en las orillas, por el contrario, proliferan cruces,
santos, supersticiones. Son actos políticos (de resistencia) en
relación con la asepsia de los discursos hegemónicos: en estos la
muerte pasa, y no nos toca, o nos toca poco, como si fuera el
decorado que se cambia entre escena y escena.
Cuando
los pueblos pueden tributar a sus muertos se hacen carne de su
historia, de su memoria. Los funerales son netamente políticos, es
decir, son maneras en que organizamos nuestras formas de
relacionarnos (de establecer órdenes) con nuestros contemporáneos,
con nuestro pasado, con nuestro futuro.
En
la inundación, otra vez, se temió el desmadre popular, la comunión,
el encuentro, el velorio, el diálogo. Las preocupaciones principales
fueron traer Gendermería a la ciudad, sitiar la gobernación, pagar
un plus
a periodistas amigos para que descuenten los muertos. Que ese señor,
hoy, sea el virtual candidato a presidente para el Frente para la
Victoria, ¿nos
permite pensar que una gesta popular se puede construir en este
rosqueo infame?
El
desmadre.
El peronismo clásico nos legó
varias fotos del pueblo, como nunca antes y nunca después,
movilizado en la calle. Los trabajadores siempre excedieron el
discurso gubernamental que los incluyó: el 17 de octubre, el acto de
la C.G.T por la candidatura de Eva Perón, la resistencia, entre
otros, fueron actos de desmadre popular. La potencialidad política,
cultural y económica del peronismo, en sus contradicciones, en sus
limitaciones, en sus equivocaciones, fue la centralidad del mundo
obrero. El kirchnerismo, en sus mejores momentos, apeló al desmadre
popular: un acto casual de Néstor Kirchner en La Matanza con
piqueteros opositores, la negación de firmar un nuevo estatuto legal
del coloniaje en Mar del Plata, la resistencia al lock-out
patronal de los dueños de la soja. En sus momentos débiles fue
audaz. Y ´no siguió los pasos convenidos en las tablas periódicas de los agoreros de lo
posible, de la burocracia de las correlaciones de fuerza, de los
obsecuentes doctorados. Se avanzó, en cada uno de esos momentos, con
políticas correctas que defendieron la soberanía política, la
independencia económica y la justicia social. Entonces, hubo
posibilidades de ir más allá pero, pronto, siempre, se apostó a la
convivencia partidaria, al pick
nick
militante, al monólogo de los intelectuales amigos. Que no se rompa
el trazado con que la oligarquía pensó una ciudad, dijeron los
pitagóricos de las correlaciones de fuerza (esos que aseguran que el
poder es una sustancia y no un ejercicio político) y dijeron (o
dicen) que la lucha es solapada, lenta, laberíntica. Digamos: lenta
para el pueblo, no para que ellos ocupen lugares claves en el Estado.
Pero la historia del peronismo, incluso la historia del kirchnerismo,
muestra que a veces hay que salir del trazado, esperar esa fórmula
de los arrabales, de las fábricas, de los rancheríos, que suele
cambiar la correlación de fuerzas más rápido que una contratapa en
el Página/12.
Pero,
entonces, apostando a los Scioli, a los Bruera, a los Insaurralde,
¿habrá una política nacional que se piense por fuera del trazado
de una ciudad que nos fundaron un par de estancieros y milicos?
¿habrá que esperar que un compañero bien ubicado en la estructura
estatal cambie con papers
o
solicitadas la correlación de fuerza? ¿habrá, finalmente, una
gesta popular que nos salve de tanto rosqueo interminable?
Publicado en Las patas en la fuente #2.

























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