Dejo una reseña publicada en Aluvión Popular sobre "Que lo recurden Brillando" de Cecilia Rayen Guerrero Dewey, una crónica sobre la vida de Jacinto Piedra.
Durante
las revoluciones, que lograron en el siglo XIX las independencias
políticas de los actuales países latinoamericanos, ciertos
escritores centraron la discusión de la emancipación en la tensión
entre nuestra identidad mestiza y la cultura occidental, europea,
colonial. Simón Rodríguez seguramente fue, entonces, el más lúcido
de nuestros pensadores; y en estas pampas el poeta (mulato,
artiguista, guerrillero) Bartolomé Hidalgo abrió la huella para
discutir sobre nuestra identidad en términos políticos en una
lengua que hoy conocemos como gauchesca: “que hasta el nombre de
paisano / parece de mal sabor, / y en su lugar yo no veo / sino un
eterno rencor / y una tropilla de pobres, / que metida en un rincón
/ canta al son de su miseria: / ¡no es la miseria mal son!”. Pudo
haber sido la culminación política de otras discusiones y otras
luchas, un combate que transitamos entre Bartolomé de las Casas y
Tupac Amaru. Sin embargo, pasaron doscientos años y esas discusiones
y esas luchas no están saldadas. Hoy, en este rincón del mundo, ser
o no se mestizo, es decir, ser o no ser criollo, negro, indio es la
cifra política de nuestra emancipación cultural.
No
es casual que Guerrero Dewey recupere en su primer libro la compleja
figura de Jacinto Piedra. Y acá, hay un primer problema a saldar
rápido, y discutir mucho: el folklore (esa masa heteróclita de
ritmos y tradiciones que juntamos cómodamente en un solo término)
sigue siendo la tradición viva, más contradictoria, masiva y
popular de la Argentina.
Y no es necesario arrimarnos a La Banda para comprobarlo con changuitos de cinco o seis años cantando en patios terrosos. ¿Dónde están las mejores bailantas chamameceras sino en las orillas de las grandes ciudades, o dónde podemos escuchar hablar quechua o guaraní sino entre albañiles en cualquier calle céntrica, mientras bajo los andamios viejas paquetas no oyen nada, o dónde escuchar los mejores huaynos sino en esa fiesta, desbordante de estrechas calles, a la Virgen de Copacabana -que es también un río de gran correntada- que copa la villa 1-11-14?
Y no es necesario arrimarnos a La Banda para comprobarlo con changuitos de cinco o seis años cantando en patios terrosos. ¿Dónde están las mejores bailantas chamameceras sino en las orillas de las grandes ciudades, o dónde podemos escuchar hablar quechua o guaraní sino entre albañiles en cualquier calle céntrica, mientras bajo los andamios viejas paquetas no oyen nada, o dónde escuchar los mejores huaynos sino en esa fiesta, desbordante de estrechas calles, a la Virgen de Copacabana -que es también un río de gran correntada- que copa la villa 1-11-14?
Pensar
que Guerrero Dewey se podría enfrentar con un elemento menor del
“clima de época” (y deberíamos preguntarnos cuál es el “clima
de época” en un país donde nunca se repite el mismo clima,
digamos, entre la selva misionera y Río Grande) o entender a este
libro como el análisis de una forma marginal de la cultura popular
es no dar cuenta del elemento central que Guerrero Dewey traza en Que
lo recuerden brillando:
cómo inscribirse (cómo recrearse) en las tradiciones que dan cuerpo
a nuestro mundo. No se puede leer esta biografía en la pretensión
periodística de buscarle un lugar en los anaqueles de los géneros
musicales: pop,
rock,
folk;
esta biografía no puede ser leída por fuera de las grandes
discusiones que se dieron en Santiago del Estero sobre la cultura
argentina: la identidad indoamericana, el quichua, el sujeto
revolucionario, etc. Entre otras cuestiones insoslayables está la
pregunta que se hizo Francisco
René Santucho sobre la identidad regional (que era una forma de
abrir el monte a lucha revolucionaria): “¿dónde está eso que
hace de lo indoamericano una parte, separable de lo universal, una
parte con su propia medida y con su propia especificidad? ¿Dónde
está lo básico del ser indoamericano” (La
Unidad Indoamericana).
Pregunta que recorre los pasos de Jacinto Piedra, entre Morón,
Santiago del Estero y las sombras de Tahuantinsuyo: “Senderos que
suben / dibujando formas / y en tus piedras grises / guarda un kolla
sus mañanas” (“El kolla, la piedra y el cielo”).
Alguna
vez, un Borges criollista y arrabalero, escribió: “Quiero el
tiempo hecho plaza, / no el día picaneado por los relojes yanquis /
sino el día que miden despacito los mates” (“Patrias”, Luna
de enfrente,
1925). Esta temporalidad, que no es el “clima de época”, recorre
Que
lo recuerden brillando.
La autora (y su Jacinto Piedra) van en busca de una temporalidad que
escape de los pintoresquismos con que los porteños suponen las
provincias (en imaginarios que se asemejan en sus fulgores de pobreza
absoluta y pureza completa a la visión que nos legó Cristóbal
Colón, en sus Diarios,
sobre los nativos americanos). El libro no replica la temporalidad
obvia de las biografías de ocasión; y es así, entonces, una
crónica en su profundo sentido temporal: ordena (o inventa) a las
varias temporalidades que hacen a una biografía, a un país, a una
cultura. Esta temporalidad es parte del viaje de la autora por
Santiago del Estero, al que llama la
llanura árida donde subyace lo ancestral.
Por eso Que
lo recuerden brillando
se construye en, al menos, dos viajes. El de Jacinto Piedra, el de su
descubrimiento como santiagueño, en su viaje indoamericano, y el de
Cecilia Guerrero Dewey por la tierra dispar que fue dejando el músico
en su trajinar. Y estos viajes tienen el aliento de varias historias
de amor soslayadas, frustradas o postreras; el amor, entre otros, de
la autora a Jacinto Piedra, al descubrimiento de su
tierra, donde las personas mueren y siguen vivas porque la música
queda, los carnavales se repiten, el sol, siempre, en la misma
altura. Es el aprendizaje de Guerrero Dewey a amar como amó Jacinto
Piedra: ”Ay, perfume de carnaval / Ya nunca la´y de olvidar / su
piel llevaba el aroma / de flor y tierra mojada” (“Perfume de
carnaval”).
Ricardo
Rojas, aquel maestro del quien Atahualpa Yupanqui dijo aprender los
tres misterios de nuestra tierra: la pampa, la selva y la montaña,
escribió un libro fundamental sobre nuestra identidad: Eurindia
(1924). El santiagueño Rojas señala algo esencial para entender el
arte nativo: la estética argentina se funda en tradiciones
colectivas. Qué lindo pensar nuestro arte dialogando con las plazas
y los patios, con lo criollo, el trabajo rural y la cultura de
nuestros ancestros. Qué lindo pensar nuestro arte por fuera de las
discusiones que nos picanean los relojes yanquis y más por lo que
discutimos en las plazas.
Jacinto
Piedra no creció como Elpidio Herrera, el creador de la
sachaguitarra, en Atamisqui; y no pudo decir como Sixto Palavecino
que se debía esconder de changuito en el monte profundo, cuidando
cabritos, para poder hablar su quichua sachero. Jacinto Piedra pasó
su adolescencia en Morón, en el conurbano bonaerense. Por eso, Que
lo recuerden brillando
es, también, las mutaciones, las necesidades de recrearse, de una
tradición violentada por la expulsión de miles y miles de personas
por un sistema que come y come: monte, peón y arte en un mismo
bocado. Jacinto Piedra hace sus viajes iniciáticos a la profundidad
de los Andes, a Bolivia; se junta, en su Morón arrabalero, con otros
santiagueños corridos de su provincia; busca el ligazón con un
mundo atávico o como diría Atahualpa Yupanqui: la
sangre tiene razones que hacen engordar las venas.
Que
lo recuerden brillando no
es, por suerte, un libro de época. Habla de lo mismo que venimos
hablando los habitantes de este continente por siglos: cómo hacer de
nuestra tradición colectiva un arma revolucionaria. Es un libro que
dialoga con la plaza y los patios; con Santiago del Estero, Morón y
Buenos Aires. Un libro que como una buena chacarera levanta polvo y
deja ese gusto a tierra y vino en la boca. Por suerte, en este,
nuestro mundo criollo, está todo por decirse: “Sólo los niños /
pan de la tierra, / son las semillas / para hacer nueva cosecha”
(“Te voy a contar un sueño”).
Que
me recuerden brillando, dijo alguna vez Jacinto Piedra. Y que no
queden dudas, Guerrero Dewey lo hizo, lo recordó brillando.






















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