En la última revista Estrcutura Mental a las Estrellas, publicación dirigida por Verónica S. Luna y Agustín Arzac, escribí un artículo que recorta lo que alguna vez publiqué en De la gauchesca a la cumbia villera (La Comuna Ediciones 2010). Algo sobre nuestra negritud, Kusch, el peronismo, la cumbia villera, Jorge Luis Borges y otras cuitas criollas. La revista se consigue en varias librerías de La Plata y Capital Federal. También se puede pedir a su facebook. Ahí va el artículo:
Anda
suelta la lengua de la calle; anda suelta la historia de las
esquinas, los baldíos y los pasillos; la de los trenes, las
fábricas, las tribunas. Circula la palabra como el mate, el
cigarrillo o el vino; en la puerta de los ranchos se la cuenta piola,
mateándose la última luz de la tarde. Podría comenzar con los
Cielitos
de Hidalgo, el Martín
Fierro. Se
recordarían tangos y milongas; letras de chamamé. También diálogos
de esquina, recuerdos de noches largas. No importa. Lo sustancial es
reponer la discusión: ser
o no ser negros…
Un
orígen.
Es el significante que prolifera de manera paranoica por todos los
estratos sociales: negro, negro de mierda, negro de alma, negro de
adentro, che negro, ¿todo
bien negro?
Sin embargo, no se podría precisar en qué consiste ser negro; si es
una cuestión de piel, de olor o de plata. La contradicción
originaria de las naciones latinoamericanas: ser
o no ser negro.
No porque las naciones sean epigramáticas, sino porque es la
oposición que se posibilita con la revolución política. Las
revoluciones latinoamericanas del siglo diecinueve imponen el desafío
de encontrar en la escritura el símbolo de nuestra independencia: la
conciencia de ser nosotros. En Prodromo
(1828) Simón Rodríguez fue quien con mayor perspicacia comprendió
que nuestra independencia política se completa con nuestra
independencia estética. Allí escribió en paralelo nuestra búsqueda
de una lengua propia y de un gobierno propio. Un siglo después el
escritor paulista Oswald de Andrade sintetizaría la cuestión
americana en su “tupí or not tupí that is the question”
(“Manifiesto Antropófago”).
La
cumbia villera va a actualizar esta oposición fundante: civilización
y barbarie, blanco e indio, gringo y criollo, cheto y villero; los
escritores villeros centrarán su estética en la idea de la negritud
que se ensancha en ser negro, ser pobre, ser villero. Van a fundar
nuevamente en la escritura una ciudad, un origen, una lengua. La
cumbia es el último epifenómeno de la oposición estética con que
se funda la patria y que desde los Cielitos
y Diálogos
Patrióticos
de Bartolomé Hidalgo recorre toda una forma de escribir en
Argentina. De esta manera y no de otra se deben leer “Negro del
plan” de Meta
guacha
o “Quieren bajarme” de Damas
Gratis.
Bartolomé
Hidalgo.
El
mulato Hidalgo es el primer poeta argentino porque es el primero que
escribe pensando en la oposición fundante de la patria: ser
o no ser negro.
Escribe más allá de los moldes europeos, más allá de la poesía
insípida de los Juan Cruz Varela y el neoclasicismo. Los cielitos
se
cantaban entre el pobrerío en las pulperías, en las estancias, en
los fortines. Hidalgo explora la voz de la campiña para hacer una
poesía original. Son los gauchos, indios y negros quienes hacen
posible la revolución. Ser
o no ser negro.
Las clases ociosas nunca serán la sustancia de nuestra revolución,
de nuestra independencia; ellas existen por la necesidad de un
discurso ajeno: instituciones liberales, cánones artísticos, leyes;
es decir, la división internacional del trabajo. El mulatillo
Hidalgo
encuentra en la ley (la escritura) el problema de la revolución. La
ley es el conflicto por la propiedad de la voz: quién es el yo
de la nación. Por eso,
“hemos de ser libres cuando hable mi mancarrón”. Sus versos más
perdurables se encuentran en Diálogo
patriótico interesante
(1822): “Roba
un gaucho unas espuelas, / o quitó algún mancarrón, / o del peso
de unos medios / a algún paisano alivió; / lo prienden, me lo
enchalecan, / y en cuanto se descuidó / le limpiaron la caracha, / y
de malo y saltiador / me lo tratan, y a un presidio / lo mandan con
calzador; / aquí la lay cumplió, es cierto, / y de esto me alegro
yo; / quien tal hizo que tal pague. / Vamos pues a un Señorón; /
tiene una casualidá... / ya se ve... se remedió … / Un descuido
que a un cualquiera / le sucede, sí señor, / al principio mucha
bulla, / embargo, causa, prisión, / van y vienen, van y vienen, /
secretos, almiración, / ¿qué declara? que es mentira, / que él es
un hombre de honor, / ¿Y la mosca? No se sabe, / el Estao la perdió,
/ el preso sale a la calle / y se acaba la función. / ¿Y esto se
llama igualdá? / ¡La perra que me parió!”.
América
Profunda.
Es posible que la mejor novela de nuestro siglo diecinueve esté
escrita en inglés: The
Purple Land de
William Henry Hudson. Uson,
según los conocedores del arrabal ferroviario. Allí se relata el
recorrido de un europeo por el interior uruguayo. Ese viaje de
iniciación es el descubrimiento de nuestra tierra, que antes que una
colección de ideas es un olor, una suciedad, un barro.
Posteriormente es la participación del protagonista, primero de
manera azarosa y finalmente consciente en la revolución nacional. Es
la manera de cómo un “blanco” se indianiza, se acriolla. Dentro
de ese viaje que prefigura cualquier viaje iniciático a nuestro
continente (el de che
Guevara, por ejemplo) se encuentra un escocés que prefiere vivir en
la barbarie americana y no en la pulcritud europea, y se explica
porque allá todo se “limita a los libros, la limpieza y la ropa”.
Otra
vez, el origen.
La discusión del origen es la discusión de la propiedad1.
La nación iraní, por ejemplo, durante el siglo veinte se exasperó
entre quienes privilegiaban en el país un origen persa o islámico.
El Shah
(el rey según la tradición persa) promovía un origen milenario;
apoyado por los Estados Unidos y el Reino Unido su operación
historiográfica se explicaba por la deslegitimación del pueblo
musulmán y el entronizamiento propio. El origen de Irán, de un
mismo lugar, en esos discursos era completamente disímil. Entre una
y otra historia cambiaban siglos, reyes, libros, protagonistas,
religión. Por eso, ¿dónde comienza Argentina?
Posiblemente,
si uno habla con un señor de clase media considere natural decir que
Argentina es un país poblado por italianos, judíos, polacos y
españoles. En cambio, los indios, los mestizos, los gauchos le
parecerán cosas de libros, de westerns
malogrados. Es posible que también repita una y otra vez, cuando vea
gente pobre y de facciones oscuras y angulares, la frase “negros de
mierda”. Así la negritud
se transforma en la pesadilla fantasmagórica de la clase media; no
existen en cuanto a historia, pero existen en cuanto a peligro:
negros chorros, negros cabeza, negros vagos. Son el peligro
de malón,
el latente temor al atentado de la propiedad, al orden establecido.
Por eso, la migración interna que posibilita la textura criollo
indígena del peronismo es la contracara del discurso liberal donde
la Argentina comienza cuando unos cuantos gringos bajaron de unos
barcos a fundarnos la clase media.
Jorge
Luis Borges.
Borges tiene dos momentos en su escritura, escindidas por el peligro
de malón.
Durante la década de 1920 se considera a sí mismo enciclopédico
y montonero
(palabras borradas, claro, en su edición de Obras
Completas
de 1973, donde había otras implicancias al término montonero),
explora la posibilidad de un criollismo de barrio, de una forma de
hablar en rioplatense. Como escribe en Patrias
(1925): “Quiero el tiempo hecho plaza, / No el día picaneado por
los relojes yanquis / Sino el día que miden despacito los mates”.
Borges es el primer peronista y el primer antiperonista. Él vio
mejor que nadie a la barbarie por dentro, en su escritura, y tuvo el
mismo pánico que tuvieron los (huarpe) Sarmiento, los (afro)
Rivadavia, que llevaban en su sangre la barbarie, ¿cómo limpiarla?
(Cortázar, Borges, Lugones escriben desde ese miedo. Sus mejores
relatos son ese miedo.)
La
cumbia villera.
Los censores estatales que en el año 2002 prohíben la difusión por
radio y televisión del género apuntaron algunos motivos por los
cuales se podría prohibir: Si
se manifestara una contraposición del mensaje vehiculizado por los
contenidos, con el sistema de valores consensuado y/o transmitido por
los agentes socializadores. // Si existiera una vinculación entre
los contenidos e ideas como el delito y/o la transgresión a la
norma;y si se presentara una exaltación de esta circunstancia.
Cuánto
poeta de poca monta, conferenciante estridente, universitario abúlico
habrá soñado con lo que los escritores villeros lograron: épater
le bourgeois.
Un recordatorio para los que creen que la escritura no asusta a
nadie, que ya sólo es un malabarismo entre amigos. Antes, los
letristas de tango fueron prohibidos por un mensaje que promovía el
descontento social. Mucho antes, Bartolomé
Mitre había señalado el peligro que implica un tipo de escritura
cuando agradece por carta, fechada en 1879, un Martín
Fierro firmado
por el autor. No olvida entonces remarcar que una reconversión
política como la de José Hernández (quien había abandonado el
proyecto federal) no borra la barbarie de la escritura; leemos:
No
estoy del todo conforme con su filosofía social, que deja en el
fondo del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la
solidaridad social. Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor
y por la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los
odios, que tienen su causa, más que en las intenciones de los
hombres, en las imperfecciones de nuestro modo de ser social y
político.
Sí, la escritura puede ser un oficio violento.



























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