Por Nicolás Alonso
Mariano Dubín, con sus poemas, se tira de cabeza en el barro del bardo que significa andar lo popular para desde allí unir el universo de la gauchesca y la pluralidad de la cultura contemporánea: de la Revolución de Mayo a la cumbia villera.
Bardo (Pixel Editora, 2011)
es el tercer y último libro de la trilogía poética que Mariano Dubín denominó
“Bardos”. Los dos primeros son Con los pasos de la mala vida (2006),
y La razón de mi lima (2009), ambos publicados bajo el mismo
sello editorial. Es curioso que la palabra “bardo” aluda no sólo a lo popular
del lunfardo rioplatense, sino también a la tradición de la narrativa oral
europea y, a través de ella, a la poesía, a la ficción y fundamentalmente a la
historia. Y es importante señalar esto ya que en Bardo, la historia, la
narración e incluso la crónica se funden a través de la poesía en un rescate de
“lo popular” que recupera muchas de las tradiciones más valiosas de la
literatura, pero también de la política latinoamericana.
En este poemario, Dubín genera una
operación hermenéutica por la cual establece una relación de continuidad entre
el universo de la poesía gauchesca y la pluralidad de la cultura popular
contemporánea. La lengua propia de la villa, del barrio, de la indiada, de los
negros, del interior, emerge en la pluma de Dubín. En su ensayo De la
gauchesca a la cumbia villeradirá el autor: “La Revolución de Mayo,
Castelli y Monteagudo, el 17 de Octubre, las milongas, los genocidios,
Bartolomé Hidalgo y los letristas de cumbia villera son una misma historia”.
En su poesía sobrevuela el espíritu
de cambalache, en donde las palabras pasan a conformar un universo unificado
más bien a través de relaciones de proximidad, que por medio de una sintaxis
fina y ordenada. Cada palabra se contamina de las demás. Los “blancos” y los
cortes de versos acentúan esta suerte de mestizaje literario en que se
superponen atmósferas tan distintas y tan próximas a la vez como las del
escritor y el poeta con las peleas, el barro, la villa, el chaperío, el Gral.
San Martín, los federales, el comunismo, el conurbano, el baile, las caras
chocolateadas de sangre, el conchetaje, etc. “Yo me enamoré del barrio/ y escribí
versos/ para los bravos amigos/ que me enseñaron/ a plantarme en la esquina/ a
pelear a la macho/ cara a cara/ golpe a golpe/ sentir la sangre/
bailándome entre los dientes”.
Y aquí Dubín escapa a la obligación
de la coherencia, ofreciendo pinceladas más parecidas a aquello que pretende
capturar, más acordes al abigarramiento de este sujeto marginal argentino y
latinoamericano. Además de la temática en sí, la misma estructura de sus versos
llevan el paisaje de las barriadas populares de ayer y de hoy. “San Martín/
escribió en el paredón/ declaró la guerra a todo el imperio/ era otra vez/
correntino y villero”.
Entre los elementos valiosos que se
pueden rescatar está sin lugar a dudas la fuerte politicidad que enlaza estos
poemas. No solamente por su compromiso, sino por una cuestión central que está
en el fondo de estos versos y que no suele ser tan ponderada en estos tiempos:
lo que atraviesa este libro es la persistencia del crudo dilema entre
civilización y barbarie.
Desde la poesía, Dubín viene a
señalar la plena vigencia de esa construcción del Otro que supo expresar el
Facundo de Sarmiento. Bardo señala la perseverancia de ese dilema casi
ontológico del sujeto latinoamericano que se rearticula en el discurso
cotidiano de las clases altas y medias argentinas a cerca de la negrada de las
villas, y su miedo hacia ese Otro que amenaza (al modo de los malones indios, o
la violenta gauchada) su -nuestro- civilizado modo de vida. Así como también el
discurso contrahegemónico del “chetaje”, el “careta”, el “rescatado” y toda la
retórica que se expresa, por ejemplo, en la Cumbia Villera. “Caminaba por/
Santa Fé esquina Cerrito, pero/ un criollo de los del campo de mi/ barrio de la
fábrica un indio guaraní/ me agarró el brazo él también agarrado a un/ niño de
pocos años a un bebé a un nenito/ y me dijo: “por favor, necesito una moneda,
para/ comer una sola algo para/ me sentí enojado/ casi lo empujo casi/ qué
hacés criollo/ llorando entre estos gringos, entre/ tanta mierda, sé
macho.”
De allí el guiño estilístico y
rítmico a la poesía gauchesca, que transforma este compendio de poemas en un
interesante aporte para repensar, a través de la poesía, el sentido de los
axiomas sobre los cuales se construyeron cultural y políticamente las naciones
sudamericanas. Y el modo en que esos trazados reemergen en las sociedades
contemporáneas.
Las ilustraciones corresponden a las obras de Daniel Santoro "Malón y concepto espacial", "Anantomía comparada con análisis lombrosiano de peronistas y antiperonistas" y "Victoria Ocampo observa la vuelta del malón".
























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