Diez años en Siberia


Algún día escribiré mis memorias: diez años en Siberia. 
Esta nominación carcelaria no involucra ni a mi apellido ruso ni a un gulag soviético. Es un módulo oscuro y olvidado de una vieja escuela donde trabajo. El nombre es perfecto: vidrios rotos, paredes sin revocar, agujeros en el techo, derrumbe constante de partes de las paredes, estufas que no andan, instalaciones de gas caseras, cables pelados en las paredes. Cada lluvia arma extensos charcos en las aulas. Durante años sólo ingresaban los preceptores más perdidos o duros para soportar estas condiciones extremas. Algunos de ellos fueron denominados por los alumnos como “los preceptores tumberos”. Cuando ingresé, inmediatamente, con pasión arrabalera, me sentí en el lugar indicado.
Esta precariedad material esconde grupos de alumnos brillantes. Acá aprendo el constante cruce y renovación del mundo criollo: cumbia, rap, esquina, guaraní, pararse de mano, parar la olla, historias de muertos y aparecidos, el barrio, el Altiplano.
Hace un mes que no daba clases por la sucesión de paros. Ayer, también, hubo paro. Pero decidí continuar la lucha desde otra trinchera: cara a cara.
La clase, como siempre, fue al ritmo de un campo minado. Como me gusta. De acá para allá. En algún momento comenté la postura de José Hernández en relación a la guerra de la Triple Alianza. Pregunté si había algún paraguayo. Pero no. Entonces comencé a explicar el origen de la palabra curepí que es “cure pira”... entonces, uno de atrás, me cortó y arrancó: hijo de correntinos, dijo, de Itatí. El otro fin de semana estuve. Me fui y a los dos días saltó lo de la droga. Alto quilombo. Curé es chancho profe, explicó. Al rato dicté algo sobre Borges y me preguntó si Borges era con V.
Hablamos de nuestra lengua. De cómo el español que hablamos está sedimentado por nuestro origen criollo. Lo ejemplificamos con tres palabras del MF: boludo, pelotudo, guascazo. En algún momento ese origen de cueros y de lenguas nos llevó a una pregunta que me gusta hacer porque siempre se responde de manera distinta. Pregunté si les parecía que nosotros teníamos más o menos sangre indígena –sí: la formulé así de errática-. Uno del fondo (que le habían dicho el “cuchillero”, "más bravo que Fierro este profe", pero él se desentendió de su fama y aseguró que “exageraban”), señalándose la jeta con los dedos (como si fueran dos fierros) chantó: mirá las caripelis. Otro, en tono más mesurado, casi de bibliotecario, explicó que nosotros los argentinos tenemos la mayoría origen indígena.
Siempre empiezo dando clases con el Martín Fierro. No hay mejor libro para hablar de la podredumbre de nuestras clases dominantes. Y no hay mejor tema hoy para explicar la situación precaria de todos nosotros. Pero, principalmente, explicar quién es Macri, quién es Bullrich, quién es Braun. Este poema no ha perdido nada de su actualidad política: cómo las familias del gobierno actual obtuvieron su capital cortando pelotas de indios, estaqueando gauchos, destruyendo el Paraguay, robando tierras. Matando y matando gente. En sus palabras, "mejorando la productividad". Todo esto sigue estando en el poema: la muerte de Luciano Arruga como Martín Fierro y el negocio de la comandancia de Miguel Braun.
Dando clases, también, cortamos la calle. Y cortando la calle, obviamente, damos clases.


p.d la foto ya tiene un par de años. Los docentes sabemos esta premisa totémica: el único que envejece en la escuela es uno; los alumnos siempre tienen la misma edad.

No hay comentarios: