Negro de adentro

Cuando los primeros artistas retrataron a San Martín tuvieron el prurito de hacerlo blanco; olvidaron su cara oscura, de bastardo guaraní, de pólvora en los pulmones. Acaso ese error en Bernardino Rivadavia, en Domingo Faustino Sarmiento sería explicable. El señor Rivadavia, por ejemplo, el buen amigo de los ingleses, era conocido en las tabernas de Buenos Aires, entre mazorqueros y poetas gauchescos de poca monta, como el Señor Chocolate, por su cara de mulato. 
En mi barrio, una vecina, Helena, me contó la siguiente anécdota. Carla, otra vecina, anhelaba salir del lugar en que le tocó vivir. No sólo le molestaba la pobreza, sino los pobres: la música alta, el habla guaranga de los vecinos, su tío que se obstinaba en seguir hablando (luego de algunas chacareras y algún vino) el quichua montaraz que trajeron de Santiago del Estero. Sin embargo, ella sabía que se iría y olvidaría todo esto. Un día la historia se desencadena en el happy end que había estado elaborando íntimamente: encuentra a un hombre de plata, se muda de barrio, se casan, tienen un hijo. 
Si bien acá debería cerrar la historia, ésta continúa. El hijo, en vez de heredar los rasgos de su padre, o al menos los mestizos de su madre, hereda la negrura de su abuelo materno, vaya a saber uno qué indio de monte adentro. Pasó el tiempo y ese chico morocho (que en la familia paterna ya era como uno de los cuatro hijos indeseables de “La gallina degollada”) empezó la escolaridad en una institución como la Goethe School. Su negritud relucía entre veinte o treinta amiguitos rubios. El muchacho tenía esa piel como un pecado de algo que no entendía. 
El niño, a los seis o siete años de edad, comienza a bañarse furioso, a enjabonarse con rabia, lastimándose, una y otra vez para sacarse esa piel maldita, el pasado en la sangre. 
Acaso ese odio sea el de nuestros liberales, el odio a su país que llevan en su piel: Rivadavia, Sarmiento, Roca, Menem. Irónicamente algunos de los grandes liberales fueron negros, criollos, mestizos. Ya lo sabemos, el problema de ser negro, como bien nos advierte el refranero popular, es ser negro de adentro

En "De la gauchesca a la cumbia villera, de los piquetes a los malones", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

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