El mismo

El 3 de febrero de 1536, el adelantado Pedro de Mendoza funda Santa María del Buen Ayre. Por primera vez se funda Buenos Aires y se cifra la imposibilidad de construir la civilización occidental en nuestro territorio; se la intentó recrear en una orilla baja, barrosa, infestada de mosquitos y epidemias. Quienes conquistaron la tierra americana, la desconocían. Sus leyes la nombraban sin poseerla: conquistaron un mundo con las palabras. Luego, lo dominaron con el trabajo ajeno a través de leyes y ejércitos. Los indios, los criollos y los negros fueron el cuerpo de América; Occidente fue un discurso, una usurpación.
Hacia junio de 1536 los españoles intentaron avanzar hacia el río Luján para esclavizar a los indios querandíes; sin embargo su expedición fracasa. A diferencia de la Conquista del Perú donde la caballería fue determinante, las boleadoras pampas pudieron detenerla. Los querandíes, que hasta entonces les habían proveído de comida y consejo, comienzan a hostigar la ciudad hasta lograr sitiarla. 
Intramuros, el hambre se propaga. Los españoles se comen entre ellos, enloquecidos. Se roban, se matan vilmente por una porción de pan. Algunos intentaron comer cueros. Los animales salvajes infestan la ciudad atraídos por el olor a carne pútrida. Las enfermedades aplacan a los hombres más fuertes, les proveen de muertes lentas. Escribió entonces el poeta español Luis de Miranda el “Romance Elegíaco” (1837) describiendo su experiencia:

Pocos fueron, o ninguno
que no se viese citado,
sentenciado y emplazado
de la muerte.
Más tullido, el que más fuerte;
el más sabio, más perdido;
el más valiente, caído
y hambriento.

La destrucción de Buenos Aires en 1541 cifra nuestra historia: la imposibilidad de la civilización, la resistencia, la ocupación de la ciudad, la paranoia de intramuros. La nación argentina, nacida con una revolución, es parte del mismo movimiento; su imposibilidad es la prolongación de su fracaso.
La poesía argentina, tal como la comienza Bartolomé Hidalgo, existe porque no triunfó la revolución. Ser o no ser negro es la síntesis de una escritura revulsiva, aquella que nombra en primera persona todo lo que el poder calla: el hambre, la revolución, los genocidios, la negrura, los fortines, los malones. Es la literatura del yo, de la América indómita y violenta, de la búsqueda de una estética original. Es la literatura del barro. Ser o no ser negro repone la cuestión fundamental de nuestra nación: completar una revolución. Es la posibilidad de que indios, criollos, mestizos, pobres, peones, villeros sean el yo de la escritura. Como dice el Martín Fierro:

Y dejo rodar la bola,
que algún día se ha de parar
tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar.

En "De la gauchesca a la cumbia villera, de los piquetes a los malones", Parte de guerra. Indios, gauchos y villeros: ficciones del origen [Eme, 2016]

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