#Impeachment


El año pasado estuve unas semanas trabajando en San Pablo. Entre varias tareas fui a una escuela, junto al amigo Thiago Alves, en una de las favelas paulistas. En un paredón, casi en la puerta de la escuela, encontré este mural. Un mural al que cualquiera que haya pateado las calles latinoamericanas habrá encontrado una y otra vez. O un mural, o una cruz, o un rosario clavado. A mí me pasó de adolescente, como un tremendo cross a la mandíbula, cuando entré a un barrio cerca de mi primera casa, en el Churrasco, donde en cada esquina, casi en cada paredón, encontraba fotos, dibujos, murales, recuerdos de chicos que para ese entonces tenían mi edad; muertos, asesinados, desaparecidos.
La historia, en general, es la misma. Alguna madrugada la policía los mata y los tira como perros en una zanja o al costado de un camino. 
En la última década en América Latina hubo gobiernos que hicieron un poco (a veces, realmente, muy poco) para que en los barrios se esté un poco mejor. Pero no todos lo vivieron así. Para la revolución de los ricos en que estamos, estos gobiernos fueron demasiado lejos. Cruzaron una frontera. Algo que los decidió a poner sus caras, sus medios, sus fortunas, para comprometerse en el rumbo político continental. Una burguesía caníbal que mata y mata y mata y que ha decidido comenzar una guerra social. A establecer, sin ninguna mediación política ni balbuceo reformista, su condición de patrones. 
No seamos ingenuos: no vienen por un nombre, una insignia política, un cantito. Vienen por una clase. 
Y yo no quiero más, nunca más, murales con las caras de los nuestros.

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