SOBRE EL CIERRE DE LA VIDEOTECA AQUILEA


El macrismo me produjo, desde siempre, tristeza. Estos días la tristeza fue en aumento: se avanzó echando a gente capaz de los trabajos, recortando derechos, volviendo a rifar el país a la timba del FMI; descubrí el cinismo y la cobardía de las sonrisas impostadas de sus representantes. El macrismo, ante todo, lo siento como un estado de tristeza. Hoy, ahora, escribo esto porque esta tristeza, este mal, tocó a un lugar que quiero mucho. Me refiero Aquilea, la videoteca que funciona hace casi veinte años en el Centro Cultural Malvinas. Los entendidos dicen que es una de las mayores sino la mayor videoteca argentina. Comencé a ir hace unos catorce años. Pensaba que el cine debía ser aburrido, lento y básicamente antiguo y, aún mejor, en blanco y negro. Por eso me fumé con paciencia el expresionismo alemán y, desde ya, llegué a la nouvelle vague soportando el tedio y descubriendo, cada tanto, algún film emocionante. En ese momento atendía Caito quien con mucha dedicación y calidez me fue descubriendo los maestros del género. En algún momento de estos años, vaya a saber por qué azar de la vida, comenzó a trabajar un amigo mío, Juan.
Juan me previno de la impostura francesa y me avivó con los clásicos de Hollywood. Recuerdo varias tardes, tomando alguna cerveza, y juntando varias pelis recomendadas para llevar a mi casa. En ese tiempo el encargado del videoclub era Marco, un tipo brillante y comprometido, que ampliaba aún más el catálogo sin recibir ningún tipo de ayuda económica.

Hoy, hace un rato, me llamó Juan y me dijo que Garro desaloja la videoteca. No importa que funcione hace casi veinte años. No importa que sea el archivo de cine más importante de la ciudad. No importa que sea parte del acerbo cultural platense y, principalmente, parte de un espacio público que pertenece a todos los platenses. Somos muchos quienes pasamos por Aquilea como por una escuela: para aprender, reírnos y compartir un espacio. Algunas de mis mejores tardes las pasé ahí. Hoy el nuevo funcionario encargado del Centro Cultural Malvinas, un porteño de no más de treinta años, que aprendió dónde queda la ciudad porque Macri lo mandó para pegar un currito, que viene a levantar un par largas de lucas por venir una vez por semana al Malvinas, decidió con mucha ignorancia pero aún más con mucha mala leche y cinismo cerrar un espacio público que nos pertenecía.

El macrismo es una máquina de ñoquis que destruye con precisión ideológica nuestros mejores lugares.


Con tristeza pero con ganas de pelearla. Y con ganas de abrazar a los genios de Aquilea que tanta felicidad nos dieron estos años: Caito, Marco, Juan Augusto y Augusto.  

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