Hasta sacarle Carhué al huinca: un malón al país oligarca

Nota publicada en la última Estructura Mental a las Estrellas.


El origen de un pueblo, de una ciudad, de una nación es un problema político. No exige especialistas ni señas ni lenguajes de iniciados. Porque, de hecho, no hay un origen; no existe el documento que pueda verificar un pasado. No nos interesa recuperar del Oeste un documento. Vamos al pasado en un malón: a recuperar a nuestros héroes. A Mariano Rosas, a Calfucurá, a Saihueque.
El Oeste corre por nuestra historia, por nuestra sangre. Galopa en nuestra memoria entre fortines, rebeliones mapuches, gauchos matreros; en un tal Juan Perón, hijo de india tehuelche; en un billete que lleva la cara de un genocida; en el “no trate de economizar sangre de gauchos” de otro asesino canónico, Domingo Faustino Sarmiento, héroe de tilingas, de didactas, de editores de libros escolares; en los territorios mapuches liberados, en las tomas de tierra, en las banderas nuestras. El Oeste continúa. La frontera siempre retorna. La “Conquista del Desierto” no es la batalla final. No dudemos: otro malón corre la frontera. Porque en el Oeste está el agite: la lucha piquetera estalla el país en el año 2001 y esos mismos meses el pueblo ranquel recupera los restos de su líder, Mariano Rosas, que perduraban como trofeo de guerra en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata.
Que la frontera se aleje de la Casa Rosada le habrán chiflado al historiador oficial Pacho O´Donnell. Ese año no se ahorró. Se derramó sangre nuestra: indios y criollos fueron asesinados por sicarios, por policías, para asegurar que la tierra sea de los que deba ser y que la soja pese más que los muertos a los costados de la ruta. Pacho O´Donnell dijo: Julio Argentino Roca cumplió con su deber. Alguien debía recuperar esas tierras. Éramos nosotros o los chilenos. Mejor nosotros. Que seamos nosotros quienes derramemos sangre. Que violemos. Que seamos nosotros quienes vendamos en un mercado público a un indiecito para limpiar casas. Que seamos nosotros. Y lo que no dijo, o tuvo vergüenza de decir, fue que el diario de la oligarquía, el diario fundado por Bartolomé Mitre, coincidió con él. Porque si para alejar la frontera es necesario sangre que haya sangre. Un columnista de La Nación se pregunta, también, si no era necesario, un poco, mejorar nuestra estirpe abriendo cuellos de mapuches, de tehuelches, de shelknam, de ranqueles, de yámanas. A no ahorrar sangre, se dijo. Porque eran los chilenos o nosotros. Y mejor, nosotros.
Pero el Oeste retorna. Ahora, otra vez, arriba de los caballos. Al malón. Por Mariano Rosas. Por nuestros héroes. Desde el Oeste. La tierra de nuestros héroes: criollos, tehuelches, mapuches. Vamos al malón. Desde la esquina del rioba, desde un rancho perdido entre Pergamino y Junín, desde la Pampa donde late la Confederación Ranquel. Porque el Oeste es inconquistable. Ya lo supieron los Mitre, los Sarmiento, los Roca. Por eso quieren dormir nuestra memoria. Enterrar históricamente a los indios, a los gauchos, a los federales. El fundador de la historiografía oficial, el biógrafo de San Martín y Belgrano, escribió: enterrar históricamente a los héroes del pobrerío, que la Historia entierre a los bárbaros desorganizadores, que nadie sepa que existieron.
Como escribió la poeta sureña Liliana Ancalao: “Los huesos del lonko habían permanecido / desvelados demasiado tiempo / en la vitrina de un museo” (“Volvió Inakayal”). Necesitamos leer el pasado como en un malón. Desde la esquina, desde el rancho abierto en una picada, desde el monte, el salitral. Desde la villa. Desde el Oeste, vamos por Mariano Rosas, por Saihueque, por Inacayal, por Calfucurá.



Y si mañana puden matarnos a todos, nos matarán”
Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla es publicado en 1870 en el diario La Tribuna. Ocho años antes del inicio del genocidio, y catorce antes de la derrota de Saihueque. En todo caso es un libro que se escribe después de “La Conquista del Desierto”: se lee con toda la tristeza de un mundo a punto de morir, con todo el salvajismo de la civilización occidental. Mansilla conoce el fin. Su vida siempre recorrió el borde de las civilizaciones: Oriente, los siete platos de arroz con leche, los negros, la vida cortesana, las tolderías. No era ingenuo. Su libro no es ingenuo: “no hay peor mal que la civilización sin clemencia” (199). Eso escribe pero uno sabe que está escribiendo a los “cazadores de indios” cortándoles las pelotas a los tehuelches para cobrar, por cada muerto, una libra esterlina. Está escribiendo a los estancieros que habían aclarado: queremos las pelotas de los indios, porque hemos pagado por sus orejas y algún clemente sólo se las cortó, dejándolos vivos. Si quieren la libra esterlina, queremos sus pelotas.
Mansilla escribe: “Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización a que llegará cada raza; y si hay alguna teoría calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica”. Pero uno sabe que Mansilla escribe a Julio Argentino Roca arengando a que se mate al último indio, que se le saque el último pedazo de tierra, el último símbolo de su cultura. Porque como asegura el General no hay que dejar nada de esa “raza abyecta”.
El viaje que realiza Mansilla, en 1868, desde Córdoba a tierras ranqueles se acaba; finaliza el viaje y entendemos que se está escribiendo sobre el fin de una civilización. Mansilla debe jugar su papel, su impostada ingenuidad, su explícita ruindad ciudadana. Esta excursión se termina; el viaje diplomático, militar, se termina. Se acerca a Mariano Rosas. Le dice: “Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido y harán en adelante cuanto puedan, por los indios”. Rosas, líder máximo de la Confederación Ranquel, responde: “Hermano, cuando los cristianos han podido, nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán”.

Guerra al indio extranjero (1879-1979)
El gobiero militar festeja cien años después el triunfo sobre el indio. Albano Harguindeguy, Ministro del Interior, expresa los ideales nacionales: “La ‘Conquista del Desierto’ logró expulsar al indio extranjero que invadía nuestras pampas”. La dictadura se autodenomina Proceso de Reorganización Nacional. Es un regreso al proyecto liberal que se había iniciado con la Organización Nacional durante la presidencia de Bartolomé Mitre. La reorganización supondría una vuelta a ese estado que otras montoneras volvieron a poner en crisis. Malones, peronistas, indios, cabecitas negras, montoneros, montoneras.
Harguindeguy organiza un congreso, en 1979, para festejar la épica occidental. Junta a docentes, catedráticos, militares. Explica el mensaje postrero de la “Conquista del Desierto”: “tiene que servir de inagotable inspiración a nuestra civilización”. David Viñas responde. Comienza a escribir su Indios, ejército y frontera (1982). Considera que el discurso del roquismo, en los alrededores de 1879, es un epílogo al Facundo de 1845 y ambos son parte de un gigantesco corpus que se abre con el Diario de Colón (1982:54). Escribe sobre la “Conquista del desierto”, el roquismo, su textualidad positivista; analiza la patria oligárquica de 1879; recupera, básicamente, el paralelismo propuesto por el propio videlismo: “Después de la represión sólo quedaba la corruptela. La homogeneidad ideológica promovida por la liquidación de lo que se consideraba el “enemigo prioritario” y la subversión entraba en rápida disolución después de la victoria sobre el Desierto. Y la violencia ejercida contra los indios y sus tierras se invertía hasta impregnar con su irracionalidad los fundamentos de la república oligárquica” (114).

Enterrarlos históricamente
Los bombardeos a Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955, el golpe de estado, el asesinato y persecución de militantes y obreros, se completa con el decreto 4161 que prohíbe hacer todo tipo de referencia a Juan Perón, a Eva Perón y a todo lo que pueda remitir a su movimiento.
En 1863 la cabeza de “Chacho” Peñaloza se clava en la plaza principal de Olta, en La Rioja. Lo explica Sarmiento: que sepan qué les espera a los que no apoyan al gobierno (“Carta a Bartolomé Mitre”, 18 de Noviembre de 1863).
La oligarquía es sistemática: oculta a nuestros héroes, profana sus cuerpos. La cabeza de Peñaloza desangrándose en plaza pública, el cuerpo de Eva Perón vejado por militares. El poder es sistemático. El mismo modelo en su “guerra al indio”. No sólo matan. No sólo venden a niños y mujeres como esclavos. No solo queman tolderías. Hay que enterrarlos históricamente; tal como había enseñado Bartolomé Mitre a escribir la historia oficial sin caudillos, sin indios, sin barbarie (“Carta a Vicente Fidel López”). Que no queden registros, documentos. Que se pierda la memoria. Llegan las tropas. Arrasan las tolderías. Pero más: los cementerios. Desentierran el cuerpo de Mariano Rosas, muerto dos años antes. Desentierran a Calfulcurá, quien había muerto en 1873. Que sus restos no descansen en sus tierras. Desentierran a los muertos. Perito Moreno los muestra en vitrinas en el Museo de Ciencias Naturales de la ciudad de La Plata. Trasladan vivo a Inacayal. Es lo mismo: que lo expongan vivo. Al lado de los huesos de indios, y de monos, y de elefantes, y de perros. Los restos de los caciques son trofeos de guerra. El Museo de Ciencias Naturales es un museo de la memoria invertido: se celebra el genocidio. Se exponen indios muertos, indios vivos. Que se los entierre a todos, históricamente.

Lincoln: buscando el Oeste
Arturo Jauretche denunció el cipayismo intelectual en Los profetas del odio y la yapa (1957) y Manual de zonceras argentinas (1968). Explica que existe una pedagogía colonialista que busca hacernos olvidar nuestra historia a través de zonceras que nos impidan pensar las cosas del país. Hay zonceras de todo tipo: políticas, históricas, geográficas, económicas, culturales. Lo que se ha llamado civilizar es, en realidad, destruir lo que nos haría libre, la posibilidad de pensar el país desde nosotros mismos.

El pueblo en que nací, en el oeste de Buenos Aires, era treinta años antes territorio ranquelino. La escuela a la que concurrí ignoraba oficialmente a los ranqueles. Debo a Buffalo Bill y a los primeros westerns mi primera noticia de los indios americanos. ¡Esos eran indios!, y no esos ranqueles indignos de la enseñanza normalista. Salíamos de la escuela y a la sombra de los viejos paraísos plantados por los primeros pobladores, un anciano de barba, tío abuelo mío a quien llamábamos “El Cautivo”, por haberlo sido en su niñez, durante 11 años, nos refería historias de tolderías y malones que escuchábamos absortos. Su padre, mi bisabuelo materno, había sido muerto allí, en la frontera, nuestro Far West, en el último malón. Pero eso hubiera sido una profanación en la escuela de los principios pestalozzianos. Es así como el hijo del Oeste ignora el Oeste...” (1997: 106-107).

Que no quede ni un cuerpo bajo la tierra, que no haya escuela donde se nombre nuestro pasado indígena. Una pregunta que no hizo Arturo Jauretche, pero que nosotros podríamos hacer siguiendo su huella es por qué uno conoce cualquier presidente o reyezuelo europeo y no, en cambio, las vicisitudes políticas y culturales de Calfucurá que gobernó cuarenta años una zona mayor a cualquier país de ese continente muerto.

La Conquista del Desierto”: la solución final
Hay muchas maneras de explicar qué fue “La Conquista del Desierto”. Muchos documentos, datos, testimonios. Pero en caso que quisiéramos definirlo en pocas palabras, diríamos: 8.548.817 hectáreas para 391 personas. Todos los que combatieron en la guerra perdieron; sólo ganaron 391 familias de la oligarquía. No sólo los indios fueron víctimas de la guerra. Criollos y negros, e inclusive los mismos indios, fueron obligados a prestar servicio militar en los fortines. El gaucho Martín Fierro (1872), en un José Hernández todavía federal y montonero, deja escuchar las campanas de palo del pobrerío. La guerra es un negocio de pocos: “¡Y qué indios, ni qué servicio / si allí no había ni cuartel! / Nos mandaba el Coronel / A trabajar en sus chacras, / Y dejábamos las vacas / que las llevara el infiel”. Como periodista lo había expresado claramente: “Nosotros no tenemos el derecho de expulsar a los indios del territorio y menos de exterminarlos”. En cuanto al negocio de la guerra aclaró: “La sociedad no hace de los gobiernos agentes de comercio, ni los faculta para labrar colosales riquezas, lanzándolos en las especulaciones atrevidas del crédito” (Río del Plata, 19 de Agosto de 1869). No por nada José Hernández hace huir a Martín Fierro y al Sargento Cruz a territorio indígena: “Yo sé que allá los caciques / Amparan a los cristianos, / Y que los tratan de “hermanos” / Cuando se van por su gusto / ¿A qué andar pasando sustos? / Alcemos el poncho y vamos”.
La oligarquía, desde la invención de la deuda externa en 1824, con Bernardino Rivadavia, había comenzado a crear un país dependiente al imperialismo inglés. Todo lo que no ingresara a ese sistema sería destruido: exilio de San Martín, traición a Artigas, caída de Rosas, asesinato del “Chacho” Peñaloza, destrucción del Paraguay. Uno de los últimos límites para convertir a la Argentina en el granero de Inglaterra, luego del genocidio paraguayo, era la Pampa y la Patagonia.
Para 1878, los caciques Pincén, Catriel y Epumer habían sido vencidos. Ahora, la solución final. Julio Argentino Roca, que era ministro desde diciembre de 1977, tras la muerte de Adolfo Alsina, inicia en abril de 1879 su “Conquista del Desierto”. Tres días antes, en Carhué, explica el plan de operaciones a las tropas. Dice que se deben extinguir los nidos de indios, los enjambres de salvajes, persiguiéndolos aunque se oculten en los valles más profundos de los Andes o se refugien en los confines de la Patagonia (“Orden del día”, 26 de Abril de 1879). El Ejército puede informar a las pocas semanas el avance del plan programado: 5 caciques principales prisioneros, 1 cacique principal muerto (Baigorrita), 1.271 indios de lanza prisioneros, 1.313 indios de lanza muertos, 10.513 indios de chusma prisioneros, 1.049 indios reducidos.
En 1881, comienza la segunda etapa del exterminio a los pueblos pampeanos y patagónicos. Durará hasta 1885 y arrasará pueblo que encuentre hasta Tierra del Fuego. Saihueque y Reuque-Curá desde la retaguardia resisten. En 1882 hacen circular entre los peñis su proclama: preferimos morir peleando que vivir esclavos.
Después, 8.548.817 hectáreas para 391 personas1.


Entrega de indios: un acto de beneficencia
La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos, las súplicas que hincadas y con los brazo al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia (El Nacional, 2 de Enero de 1879).

La derrota es absoluta. Los sobrevivientes deben caminar cientos o miles de kilómetros. Se los esclaviza. Se repiten los antiguos métodos coloniales. Si los indios quilmes debieron caminar, hacia 1666, desde los valles calchaquíes a la actual ciudad de Quilmes, ahora, los sobrevivientes deben hacerlo a los puertos de Bahía Blanca y Carmen de Patagones; desde allí en barco a Buenos Aires. Algunos serán llevados a la Isla Martín García como prisioneros de guerra, donde se montará un campo de concentración; otros se repartirán como esclavos entre las familias bien; enviados al norte para trabajar en los ingenios azucareros; conchabados como peones rurales.
No acaba el horror. No hay punto sin muerte, sin tortura, sin deliberada morbosidad. ¿Cómo explicar la perversidad de quienes envenenaron una ballena para que mueran quinientos indios fueguinos? ¿Cómo explicar que los estancieros contrataran “cazadores de indios”? ¿Cómo explicar el horror de nueve onas llevados a Francia para ser expuestos en una jaula durante la Exposición Universal de París con un letrero que advertía indios caníbales? ¿Cómo dar nombre al canibalismo de una oligarquía que aún hoy gobierna nuestro país?2
El diario El Nacional (31/12/1878) publicita la Entrega de indios. Se lee: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficiencia”3.
Entre esas familias beneficiadas por el botín de guerra se encuentran los Justo. Liborio Bernal, jefe de la 3ª Brigada de la campaña de 1881, bajo el mando del general Conrado Villegas, arrasó tierras indígenas hasta el lago Nahuel Huapi. En esa campaña robó una niña india que regaló a su yerno, Agustín P. Justo, quien fuera luego presidente de la nación durante la Década infame. Representante de los intereses ingleses con quienes sellaría una de las mayores entregas de nuestra tierra a la Colonia Británica con el llamado Pacto Roca-Runciman, realizado, justamente, por el hijo del genocida Roca; pacto que Arturo Jauretche consideró un Estatuto legal del coloniaje.
El hijo de Agustín P. Justo será criado, entonces, por una india mapuche. Así en el seno de la oligarquía se criaba uno de sus mayores detractores; una india le contará otra historia, la de los vencidos. Así se forja Liborio Justo, un raro de nuestra escritura. Su derrotero, de 101 años, fue quijotesco: militó en el Partido Comunista de Estados Unidos durante la crisis del ´29; vivió refugiado en las islas del Paraná; se introdujo en el Congreso de la Nación Argentina, en 1936, durante la visita del presidente norteamericano Franklin Roosevelt y lo interrumpió al grito de abajo el imperialismo yanqui, noticia que llegó a la revista Times que tituló “The handsome son of President Justo heckled President Roosevelt”; renegó del stalinismo para hacerse troskista; renegó del troskismo por pensarlo colaborador del imperialismo norteamericano. Su vida es interminable: fotógrafo en Estados Unidos, marinero en un ballenero noruego, peón en un obraje paraguayo.
En su oreja se guardaban las historias de quien lo crió. A los líderes mapuches y tehuelches les dedicó algunos de sus momentos más lúcidos, entre ellos Pampas y lanzas (1962). Juzgó al indio araucano como el verdadero héroe de la lucha popular decimonónica contra el avance del imperialismo.
Encontró en el ingenio, coraje y fuerza araucana la manera de sobreponerse a la supremacía numérica con que contó siempre el ejército argentino. El indio fue inasimilable a la civilización occidental que proponía la oligarquía criolla:

El indio, fuera de casos aislados, como consecuencia, principalmente, de rivalidades y luchas entre las distintas tribus, fue rebelde a todo sometimiento, luchando hasta el fin para defender su libertad y su suelo, en la desproporción abrumadora de uno contra cien, desproporción acentuada por todas las armas modernas y todos los recursos de la civilización de que disponía el cristiano. Y aún así, no se batía de igual a igual, sino con ventaja. Por eso mereció tantos dicterios por parte de los propietarios de la tierras y de las vacas. Y de sus amigos y servidores.

El Oeste: una escritura
Felizmente, las razas inferiores han sido excluidas
de nuestro conjunto orgánico; por una razón o por otra,
nosotros no tenemos indios en una cantidad apreciable,
ni están incorporados a la vida social argentina
Joaquín V. González (1913), fundador
de la Universidad Nacional de La Plata.

Para muchos el Oeste será un tópico literario más. Leer a Aira, a Mansilla, a José Hernández. Glosar un recurso estilístico. Archivar unas actas de congreso. Organizar un simposio. No verán que unos pasos más allá de su biblioteca el Oeste existe en todo su salvajismo. La literatura, si es, es parte de ese salvajismo. Una excursión a los indios ranqueles lo es. El Facundo lo es. Martín Fierro lo es. Escribir es parte de ese salvajismo. No existe una literatura aséptica: una crítica literaria o cultural que pueda decir sólo hacemos un estado de la cuestión; finalizo el paper y duermo en casa; nos relajamos todos porque el congreso terminó; ahora vamos a brindar. Decir: la literatura terminó...
Acá no terminó nada. No se puede escribir sin estar en la frontera. No se puede escribir sin sentir que la cabeza de uno puede ser abierta por unas boleadoras. Que hablar de más nos hará terminar estaqueados. Si la escritura sobre el Oeste no es eso, entonces es una escritura intramuros, una escritura que se ganó con las comodidades que posibilitó el genocidio del siglo XIX. Será una escritura que no moleste a nadie porque estará cercenada por lo que el Estado convirtió a los intelectuales: escribas de un estado de la cuestión, agrimensores de una tierra arrasada, hedonistas de lenguajes crípticos4. No. Acá no. Se escribe desde la frontera. Desde su violencia, desde su salvajismo. Hoy mismo, mientras escriba esto, otras familias mapuches serán desalojadas. La frontera agrícola desmontará otros bosques. Alguna machi comenzará en una cárcel de Chile una huelga de hambre. Acá no terminó nada. Se sigue escribiendo desde la frontera, desde su salvajismo, desde su violencia.

Calfucurá: un malón al país oligarca
...saldré a marcar con baba y veneno un pedazo de tierra
que haré mío y en instante crudo del miedo al polvo
le pediré un río de sangre salvaje en las venas
o hacerme fuego bajo las alas de Calfucurá: ”No entregar
Carhué al huinca”, repitió en su agonía para después morir.
“Ultima Carta”, Martín Raninqueo

Para la oligarquía es importante que Calfucurá no exista. Calfucurá, Cacique General de las Pampas, Jefe Supremo del Gobierno de las Salinas Grandes. Calfucurá, que dijo “no dejemos Carhué al huinca”. Calfucurá que logró gobernar 40 años una zona mayor a cualquier país del continente muerto; que unificó a los pueblos pampeamos y patagónicos para soportar el avance de la oligarquía criolla; que logró un experimento único de vida comunal anti capitalista mientras Inglaterra extendía su imperio a los últimos confines del mundo. Calfucurá llamado Atila de la Pampa o Aníbal del desierto. Sin dudas, Calfucurá fue la última resistencia al imperialismo. Los ingleses exiliaron a San Martín, colgaron la cabeza de “Chacho” Peñaloza, mataron a Solano López. Después, destruyeron el legado político de Calfucurá.
Aún hoy no quieren que su cuerpo descanse en las tierras ancestrales. El Museo de Ciencias Naturales de La Plata prolonga la restitución de los restos. No dudemos: la oligarquía quiere que permanezca encerrado. No sólo como trofeo de guerra. Calfucurá representa un territorio cercano al millón de kilómetros cuadrados (España, tomemos el caso, es la mitad de ese territorio) que fue robado por 391 familias, entre ellas, los Martínez de Hoz, los Menéndez, los Anchorena, los Pereyra Iraola. El Estado no dice o no puede decir nada porque hoy 391 familias, otros nombres, misma historia, roban ese territorio. El poder protege a los terratenientes de la Patagonia. Julio Argentino Roca tiene monumentos, ciudad, bibliotecas, una tumba... Calfulcurá está encerrado como botín de guerra de la oligarquía que masacró a su pueblo; encerrado por el legado político que guardan sus restos.

Fronteras: portación de rostros
Tienes la piel más blanca
paseas en auto por la ciudad
no sé quién te dio derecho
para decirme negro del plan
Meta Guacha, “Negro del plan”.

Hoy el poder no asume la frontera; la existencia de los fortines; la persecución a los nidos de indios. Es una guerra secreta, que se juega por fuera de las noticias, las discusiones académicas, las modas teóricas o mediáticas. Dijo Nicolás Avellaneda: “La cuestión frontera es la primera cuestión para todos, y hablamos de ella aunque no la nombremos. Es el principio y es el fin, el alfa y el omega” (“Carta a Alvaro Barros”, 1875). Todos tenemos la frontera quemándonos la espalda. Cada uno sacará sus cuentas con esa historia.
Mi abuelo Rogelio, un criollo del sur de la provincia de Buenos Aires, se crió con peones mapuches que le ensañaron su ciencia rural. Siempre respetuoso de esos paisanos que “saben más que uno”. Entre ellos, hoy, un recuerdo al indio Huiquil. No voy a hacer de esto una historia familiar, lejana, atávica de linajes pobres. Quiero hablar de mi arrabal. De mi educación sentimental, espiritual, en la Plaza del Carmen, en Tolosa. Allí se juntaba la vagancia de los barrios cercanos: el Churrasco, la Favela; hasta gente del Arroyo del Gato. Todos, o casi todos, hijos y nietos de indios del norte, del sur, de acá y allá. Qom, mapuches, huarpes, diaguitas. Nadie exaltaba ese pasado, nadie lo recordaba más que como una charla doméstica: “mi abuela nació...”, “mi viejo habla...”. Mucho más metódicos eran, sin embargo, los policías. Cuando salíamos a tomar algo al centro, no era raro terminar contra una pared siendo requisados: documentos, dónde vivís, qué hacés por acá. No se puede tener cara de indio en Argentina y circular por el centro de las ciudades. A menos que uno hurgue la basura; eso lo permite aún la beneficencia blanca. La guerra al indio no terminó.

Los héroes del malón: la rebelión del 2001
Mariano Rosas fue Paghitruz Guor. Más conocido como un personaje de Una excursión a los indios ranqueles que como uno de nuestros héroes populares. Lucio V. Mansilla aseguraba: “nadie bolea, ni piala, ni sujeta un potro del cabestro como él” (212). De joven Paghitruz Guor fue raptado por los cristianos. En un periplo de esclavitud llegó a Juan Manuel de Rosas, quien lo apadrinó, le dio su apellido y lo conchabó en una de sus estancias, donde trabajó duro y aprendió la ciencia rural hasta que, finalmente, una noche escapó. No guardó rencor a Juan Manuel de Rosas:

conserva el más grato recuerdo de veneración por su padrino; hablaba de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe se lo debe a él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor; que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó a enlazar, a pialar y a bolear a lo gaucho (214).

Mariano Rosas había nacido en 1819, en el actual territorio de La Pampa. Era hijo del Cacique Painé. En 1858 asumió el liderazgo de la Confederación Ranquel en la laguna de Leuvucó, donde fue luego enterrado, en 1877, muerto de viruela, junto a sus mejores caballos. Dos años después, el coronel Eduardo Racedo entra a territorio ranquel. Llega a la laguna y ordena desenterrarlo. Por más de cien años sería botín de guerra en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
A mediados de la década del ´90 distintas puebladas sublevan, nuevamente, al subsuelo de la patria: Santiago del Estero, Cultral-Co, Corrientes, Tartagal. La criollada inventa un nuevo método de lucha: el piquete. En el corazón de La Pampa la comunidad ranquel comienza su lucha. En San Luis recuperan tierras ancestrales. Se vuelven a elegir lonkos. Pero falta Paghitruz Guor. La decisión del Museo de Ciencias Naturales de La Plata de no devolver sus restos responde a no revisar el problema de la propiedad de la tierra en Argentina. Sin embargo, los ranqueles no aflojan. Es Agosto del año 2001, a meses del Argentinazo, el pueblo ranquel triunfa: Paghitruz Guor vuelve a Leuvucó. Se reencuentra con sus peñis.
Toda lucha popular supone discutir los sujetos de la Historia, las referencias temporales, espaciales, geográficas. Recuperar las huellas de la memoria que el poder quiso diseminar, destruyendo todas nuestras referencias posibles. Toda lucha supone recuperar a los héroes que la oligarquía enterró históricamente. Mariano Rosas, otra vez Paghitruz Guor, descansa a orillas de su laguna sagrada. En una tierra donde late el legado de una patria distinta. La voz del líder ranquel lega una manera de pensar un tipo de comunidad posible. Que nadie calle su voz nunca más:

En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos. Allí manda el que manda y todos obedecen. Aquí hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son iguales. (248)

No abandonar Carhué al huinca”
Qué hubiera sucedido si San Martín en vez de morir exiliado hubiera logrado su propósito de unificar lo que había sido el Virreinato del Río de la Plata con un gobierno presidido por un rey inca, teniendo la capital de Argentina en Cuzco y no en Buenos Aires; qué hubiera sucedido si Artigas en vez de morir exiliado hubiera visto un sólo país, sin fronteras, entre Uruguay y Argentina; qué hubiera sucedido si el “Chacho” Peñaloza no era asesinado o si la “Proclama a los pueblos americanos” de Felipe Varela no se hubiera leído con el genocidio al pueblo paraguayo consumado... qué hubiera sucedido si no triunfaban los Mitre, los Sarmiento, los Roca; el abonar con sangre de indios, negros y gauchos nuestra tierra.
Calfucurá había ideado un proyecto político-económico que triangulaba Carhué, Salinas Grandes y Choele Choel. Había nacido a fines del siglo XVIII en la Araucanía chilena. Vivió en el país sin fronteras que soñaron Artigas, San Martín y Bolívar. Hacia 1830 llegó a la zona pampeana donde organizó una Confederación de pueblos indígenas que pudo resistir cuarenta años el avance del ejército. Casi sin derrotas recuperó las tierras robadas por los huincas y retrotrajo la frontera a términos de la década de 1830. La oligarquía no olvida el insulto a su civilización que representó su liderazgo. Calfucurá nunca se rebajó frente al poder terrateniente; no claudicó en los ideales de libertad de las naciones que representó.
Al morir, en Chiloé, cerca de Salinas Grandes, hacia 1873, nos dejó su legado político: no abandonar Carhué al huinca. Por eso, es oportuno obviar todo subjuntivo. La lucha de Calfucurá no terminó. Su ideario político está intacto. Es decir: hasta sacarle Carhué al huinca. Recuperar los millones de hectáreas usurpadas. Recuperar el millón de hectáreas robadas por Benetton, recuperar las tierras robadas por los Martinez de Hoz, por todos los estancieros beneficiados por ciento treinta años de saqueos. Los verdaderos dueños de la tierra tienen un manifiesto político: No abandonar Carhué al huinca. Ese testamento es indestructible porque no está escrito en ningún lado y en la memoria de todos.
Hasta sacarle Carhué al huinca. Porque preferimos morir peleando que vivir esclavos. Para que en esta patria todos seamos libres y todos seamos iguales.
Lecturas que dieron una mano // Badenes, Daniel. “Trofeos de guerra. Restos humanos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata” en revista La Pulseada, año 5, n°43, Septiembre 2006 // Bayer, Osvlado. “Los indios extranjeros del general Harguindeguy” en Página 12 14/08/06 // Hernández, José. Martín Fierro, Buenos Aires, Estrada, 1971 // Ingenieros, José. “Los servicios de la asistencia pública” en La locura en argentina, Buenos Aires, Cooperativa editorial limitada, 1920, versión web en Proyecto Biblioteca Digital Argentina, Fundación Noble. Ver: http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/index.html // Jauretche, Arturo. Los profetas del odio y la yapa, Buenos Aires, Corregidor, 1997 // Jauretche, Arturo. Manual de zonceras argentinas, Buenos Aires, Corregidor, 2008 // Justo, Liborio. Pampas y lanzas, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2011. // Justo, Liborio. “Prólogo” en Barros, Alvaro. La mulita del Teniente (escenas de un fortín). 1975, La Plata, El Aljibe, 1983. // Mansilla, Lucio V. Una excursión a los indios ranqueles, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1980. // Martínez Sarasola, Carlos. Nuestros paisanos los indios, Buenos Aires, Emecé, 2005 // Perón, Eva. La razón de mi vida, Buenos Aires, Peuser, 1951 // Pigna, Felipe. “Mejor un Mayo francés que un Julio Argentino. La llamada Conquista del Desierto” en Los mitos de la historia argentina, tomo 2, Buenos Aires, Planeta, 2005 // Viñas, David. Indios, ejército y frontera, Buenos Aires, Santiago Arcos editor, 2003. // Walther, Juan Carlos. La conquista del desierto: Síntesis histórica de los principales sucesos ocurridos y operaciones militares realizadas en La Pampa y Patagonia, contra los indios (años 1527-1885), Buenos Aires, Eudeba, 1970 // Yunque, Álvaro. Calfucurá. La conquista de las pampas, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2008 Yupanqui, Atahualpa. El payador perseguido, Buenos Aires, Fabril Editora, 1972.

APARTADO/1
Cartografías del Oeste: tres momentos
1/ El Oeste es la sangre que tiene razones que hacen engordar las venas, para decirlo como otro hijo del Oeste, Athualpa Yupanqui, quien nació en un paraje cercano a Pergamino, un rancho pobre, perdido donde no nacen los escritores que estudia la teoría literaria argentina. Es el poeta de nuestro mestizaje: “Eso lo llevo en la sangre / dende mi tatarabuelo. / Gente de pata en el suelo / fueron mis antepasaos; / criollos de cuatro provincias / y con indios misturaos” (El payador perseguido). Hay quien estudia el criollismo en bibliotecas europeas; Atahualpa, con un poco más de sentido común, recorrió cada una de nuestras provincias, a caballo, trabajando codo a codo con los peones, aprendiendo nuestro repertorio antiguo, nuestras coplas, nuestros estilos musicales, nuestras tradiciones poéticas. Dice el proverbio: “no se aprende el mundo en los libros”. Lucio V. Mansilla escribió: “Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales” (193).
En un país donde la oligarquía y sus intelectuales inventaron una Argentina blanca, poblada por inmigrantes europeos, Atahualpa trajo la voz del mestizo, del gaucho, del indio: “América es un largo camino de los indios” (“Los indios”). Desligó al criollismo de las apelaciones aristocráticas y lo ubicó nuevamente en la huella de Bartolomé Hidalgo, de José Hernández. A El payador (1916) de Leopoldo Lugones le respondió con El payador perseguido (1965). El criollismo quiso cerrarse en una discusión universitaria, en un pintorequismo provinciano, en una nostalgia arqueológica. Atahualpa recupera el criollismo de tierra adentro. Reescribe la gauchesca, retomando la sextina hernandiana, para poner en el centro de la escritura, otra vez, a los campana de palos: “Pero si uno, como Fierro, / por ahí se larga opinando, / el pobre se va acercando / con las orejas alertas, / y el rico vicha la puerta / y se aleja reculando. // Debe trazar bien su melga / quien se tenga por cantor, / porque sólo el impostor / se acomoda en toda huella. / Que elija una sola estrella / quien quiera ser sembrador...” (El payador perseguido).
2/ El Oeste no para de escribirse, porque la violencia que nace con el canibalismo oligarca está en la memoria de todos. Cuando los Podestá hacían su obra Juan Moreira por el campo bonaerense, no faltaba en la última escena un gaucho del público que quiera entrar al escenario a defender al actor que dramatizaba la muerte de Moreira. Los gauchos, los indios, los mestizos guardan en su memoria la edad de oro que robó la oligarquía: “Yo he conocido esta tierra / en que el paisano vivía / y su ranchito tenía / y sus hijos y mujer… / era una delicia el ver / como pasaba sus días” (…) “Estaba el gaucho en su pago / con toda siguridá, / pero aura… ¡barbaridá!, / La cosa anda tan fruncida, / que gasta el pobre la vida / en juir de la autoridá” (El gaucho Martín Fierro, II). Como toda Edad de Oro no remite necesariamente a un pasado preciso. En todo caso opera como crítica del presente: la Organización Nacional que inicia Bartolomé Mitre y finaliza Julio Argentino Roca se construye con el asesinato sistemáticos de indios y criollos. Pero la historia no termina, y hasta un gaucho ignorante y matrero avisa: “Y dejo rodar la bola / que algún día se ha'e parar; / tiene el gaucho que aguantar / hasta que lo trague el hoyo / o hasta que venga algún criollo / en esta tierra a mandar”.
3/ Años después, un hijo de india tehuelche, un tal Juan Perón, otro hijo del Oeste, de Lobos, casado con otra hija del Oeste, de tierras del indio Coliqueo, Los Toldos, pararon la bola. Los cabecitas negras llenaron la Plaza de Mayo. La ciudad gringa vio la cara de los indios y criollos que debieron haber muerto en el canibalismo oligarquico. No murieron. Regresaron. Y toda su cultura occidental materializada en la fuente de Plaza de Mayo se las pasan por las patas. El Oeste no termina. Sigue escribiéndose.
4/ Fue hija del Oeste la lucha piquetera. Otra vez, los negros no quisieron aceptar las reglas de la civilización. El día siguiente a la muerte de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en una nota titulada “Crónica de una violencia anunciada”, el diario La Nación nos previno que el odio de la oligarquía es lo más perdurable de nuestro devenir histórico: “Que un grupo de personas (...) se arrogue la facultad de privar a otras personas de un derecho que la Constitución les reconoce expresamente, como la libertad de trabajar y de circular por el territorio nacional, resulta un atropello que puede desatar consecuencias imprevisibles”; “el movimiento piquetero es una manifestación fronteriza -y por cierto violenta e inaceptable- de la política”; “el corte de rutas implica actos de insubordinación civil” (La Nación, 27 de Junio de 2002).

APARTADO/2
Los historiadores oficiales

Resta aclarar, una vez más, que la conquista del desierto no fue una acción indiscriminada ni despiadada contra el indio aborigen de nuestras pampas, como más de un autor o tipo de literatura tendenciosa buscó presentar este proceso. A la inversa, la conquista del desierto se efectuó contra el indio rebelde, reacio a los reiterados y generosos ofrecimientos de las autoridades, deseosas de incorporarlo a la vida civilizada para que como tal conviviera junto a los demás pobladores, pacíficamente, y así dejara de una vez ser bárbaro y salvaje, asimilándose a los usos y costumbres de los demás argentinos (…) sus hábitos de salvajes mal podían trocarlos por un nuevo sistema de vida que los obligara a trabajar y vivir decentemente, prefiriendo vivir tal como eran.
Juan Carlos Walther, La conquista del desierto (11-12)

En 1947 el coronel Juan Carlos Walther, docente del Colegio Militar, publica La conquista del desierto, donde analiza el avance de la civilización en nuestro territorio desde 1527, con la fundación del primer asentamiento europeo, hasta 1885, con la disolución de las comunidades originarias libres de la Patagonia y del Chaco. Lo considera el triunfo de Occidente frente al salvajismo indígena. El indio es ante todo el rebelde que no quiere aceptar las condiciones de la civilización y por lo tanto sólo le espera la desaparición. Texto obligatorio de la educación militar durante décadas exige un obvio paralelismo entre roquismo y videlismo que sintetiza David Viñas con una de las preguntas que abre su Indios, ejército y frontera (1982): “los indios, ¿fueron los desaparecidos de 1879?” (18).
En el año 2011 el Gobierno Nacional creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano “Manuel Dorrego” para reivindicar una historia nacional y popular. Para la tarea se convocó a Pacho O´ Donnell. Su biografía, por cierto, era poco nacional y popular y entre sus proezas federales se encontraba haber prologado las memorias del ex presidente Carlos Saúl Menem, Universos de mi tiempo (1999), donde considera al riojano “gran transformador”, “visionario”, de “elevada cultura”. El encargado por el Estado Nacional de revisar nuestra historia había escrito uno de los panegíricos más ridículos del menemismo, donde aseguraba que algunas de las pocas críticas que se le podrían hacer al ex mandatario respondían a problemas de “todos los países del mundo”, tal como el hambre y la exclusión.
Bueno, esto podría ser hasta una broma de mal gusto. Pero no. El libro está publicado. El Gobierno podría haber elegido a Norberto Galasso para presidir el Instituto, alguien a quien nadie le discutiría su huella nacional y popular. Pero no, se eligió un menemista. Sin embargo, es algo más compleja la decisión de que sea O´Donnell quien encabece este revisionismo oligárquico. Su primera apelación pública fue entonces reivindicar a Julio Argentino Roca. No es importante discutir sus argumentos, recortes de ideas racistas y reaccionarias ya desarrolladas por el liberalismo, porque exigirían remitir a sus palabras que consisten en una mediocridad medular. Diría un conocido: “de una pelotudez premeditada ya que nadie alcanza esos grados de ignorancia sin esfuerzo”. Lo esencial, por el contrario, es entender a qué responde su decisión de reivindicar la figura de Julio Argentino Roca a fines del año 2011.
Desde el 23 de noviembre del 2010, con la represión a la comunidad Qom de “La Primavera” en Formosa, hasta su denominación en el cargo público hubo distintos asesinatos por conflictos de tierra. La mayoría de ellos, indios o mestizos. En Santiago del Estero, Tucumán, Neuquén, Jujuy. También, en Buenos Aires, en un simbólico Indoamericano. Todos los asesinatos, cometidos por policías o sicarios, respondieron a proteger la propiedad privada y a recordarnos que el gran tema de la dependencia de nuestro país sigue intacto: en uno de los países más extensos del mundo no hay tierra para criollos e indios.
Al prologuista de Menem reivindicar la figura de Roca, el genocida del pueblo mapuche, tehuelche, ona, yámana, ranquel, de los pueblos pampeanos y patagónicos, no le dio ni un poco de vergüenza porque era su función pública. Mientras decía o escribía eso, sicarios y policías mataban campesinos y villeros por lo mismo que mató Roca: la tierra. En este país pesa más la soja o la especulación inmobiliaria que juntar muertos a los costados de la ruta. Esto poco le importa al historiador oficial porque posiblemente repita que son situaciones que responden a problemas de “todos los países del mundo”.
Tan federal resultó ser el O´Donnell que el diario de la oligarquía criolla, fundado por el unitario Bartolomé Mitre, no dudó en coincidir en su cruzada encomiástica. Uno de los fachos más new age de la Argentina, Rolando Hanglin, en su “Carta abierta a "Pacho" O'Donnell” (Diario La Nación, 20 de Diciembre de 2011) le propone argumentos para reivindicar a Roca. Se hace algunas preguntas para organizar el texto: “¿cómo eran los indios?”, “¿fue un genocidio o una limpieza étnica?”, “estos indios, ¿eran pueblos originarios?”. Con esas preguntas uno podría sólo decir: a confesión de partes, relevo de pruebas.

APARTADO/3
El fatalismo histórico
Jamás el corazón del pampa se ha ablandado con el agua del bautismo,
que constantemente ha rechazado lejos de sí (…) El argumento acerado
de la espada tiene más fuerza para ellos, y éste se ha de emplear
al fin para exterminarlos o arrinconarlos en el desierto.
Bartolomé Mitre

Nada ha de ser comparable con las ventajas de la extinción
de las tribus salvajes, o conservarlas tan debilitadas que
dejen de ser un peligro social.
Domingo Faustino Sarmiento

En el Sud de la República no existen ya dentro de su territorio fronteras humillantes impuestas a la civilización por las chuzas del salvaje. Ha concluido para siempre en esta parte, la guerra secular que contra el indio tuvo su principio en las inmediaciones de esa Capital el año de 1535
General Vintter (“Nota al jefe del Estado Mayor del Ejército”, 20 de Febrero de 1885)

Los que excusan a Sarmiento por ser un ideólogo del exterminio sistemático de indios, negros y gauchos arguyen que en su época no se podía pensar distinto. Sólo se podría afirmar eso con malicia o profunda ignorancia. Los Mitre, los Roca, los Sarmiento son parte de un proyecto político-económico de la oligarquía y el imperialismo inglés que consideró el genocidio como práctica necesaria y que se inicia con Bernardino Rivadavia, enemigo de Mariano Moreno y José de San Martín. Si el mestizo Sarmiento (sangre huarpe tenía el Gran Sanjuanino) pidió que se mate hasta el último argentino con sangre nativa, su opositor federal, el “Chacho” Peñaloza, tenía como lugarteniente a Santos Guayama, líder huarpe de las lagunas de Guanacache.
En su época (antes, durante y después) se pudo pensar distinto. No sólo lo explicita El plan de operaciones (1810) de Mariano Moreno, lo comprueba la práctica revolucionaria de Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo que festejaron el 25 de Mayo de 1811 en Tiahuanacu, haciendo una operación política–historiográfica de unir estado moderno y pasado precolombino, que repetiría doscientos años después Evo Morales. Es decir, 70 años antes del genocidio pampeano y patagónico, el Estado había establecido otras consideraciones sobre los pueblos originarios. Un contrapunto necesario se construye entre el 25 de Mayo de 1811 que el gobierno revolucionario celebra en Tiahuanacu, decretando la emancipación de los pueblos originarios, y el 25 de Mayo de 1879, en Choele Choel, donde Roca festeja la muerte de “razas abyectas”.
Cuando las comunidades originarias le pidieron al Museo de Ciencias Naturales de La Plata que restituyan los restos de los muertos durante el genocidio indígena, Héctor Pucciarelli, jefe de la división de Antropología Biológica, se excusó: “Sería un perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos comprobar cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas. Además, la principal función del museo es educar a través de la observación” (La Pulseada, Septiembre de 2006). Un museo de la memoria invertido, tal como dijimos, donde se celebra el genocidio.
Pero siempre se puede elegir. Hasta el último día. La derrota de los líderes mapuches y tehuelches es casi absoluta. Es 1879. El Estado decide humillar aún más a los vencidos. Elige hombres, mujeres y niños para exhibirlos en Buenos Aires. Los harán caminar con cadenas por las calles céntricas. La clase alta, sus antropólogos, sus museólogos, sus literatos, se apresuran a participar. Pero siempre se puede elegir. Los días antes se estuvieron organizando. Obreros, anarquistas, no van a permitir la infamia. Logran alcanzar el desfile con gritos de apoyo a los vencidos. El festejo no se puede realizar. Siempre se puede elegir. Siempre. Y en los oídos de los oligarcas están las puteadas de los obreros fabriles.


Mariano Dubin
1La ocupación final del territorio pampeano y patagónico, con la “Conquista del Desierto” concluida, significó 34.006.421 de hectáreas usurpadas, donde veinticuatro personas recibieron parcelas que oscilaban entre las 200 y las 650 mil hectáreas (Martínez Sarasola:266)
2Cuando se dice que la oligarquía gobierna no se asume que sea el partido gobernante. No son homologables poder, estado y gobierno.
3La sociedad de beneficencia fue fundada por Bernardino Rivadavia. En 1838 Juan Manuel de Rosas vacía de recursos a la Sociedad de Beneficencia y la hace desaparecer. Tres años luego, escandaliza a las señoras bien de Buenos Aires (organizadoras de dicha Sociedad) declarando a Juan Calfucurá coronel del ejército de la Confederación Argentina. La Sociedad resurge luego de la caída de Rosas y hacia la década de 1880 está en su apogeo. En 1946 el peronismo interviene tan funesta institución. Posteriormente, Eva Perón en La razón de mi vida (1951) fulmina la filantropía aristocrática: “Porque la limosna para mí fue siempre un placer de los ricos: el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres in dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuese aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres” (182).

4La crítica literaria y cultural debería poder sortear las premisas impuestas por la revista Punto de vista en las currículas universitarias, en los grupos literarios, en las discusiones editoriales. El triunfo de la visión occidental de esta revista, que surge en 1978, es posible porque el proyecto nacional fracasa, desde el bombardeo a plaza de Mayo a la última Dictadura Militar. Hacen ingresar una serie de autores (que les permite presentar una fórmula de modernización teórica que mezcla revisionismo marxista y sociología francesa) para negar la posibilidad de un proyecto emancipador, de la revolución, del lugar de la clase obrera en la historia. (En las corrientes historiográficas, con Tulio Halperín Donghi, sucede, previamente, un proceso similar: desaparece López Jordán, Felipe Varela, Solano López). Asimismo le asignan al intelectual básicamente un trabajo de bibliotecario y en los casos de que ese intelectual sea inquieto, de bibliotecario hermenéutico: lo dejan divertirse un poco con su regodeo postestructuralista. En todo caso, disocian práctica de lectura, procesos políticos de escritura. Hernández Arregui hubiera dicho que son un engranaje burocrático del imperialismo. No creo que sean tan importantes.

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