Musulmán o biopoética

Si no hay justicia hay poesía”:
musulmán o biopoética de Julián Axat

musulmán o biopoética (2013) es el nuevo poemario de Julián Axat. Defensor de Menores de la ciudad de La Plata, hijo de desaparecidos, ha investigado junto al Juez Arias la cifra exacta de muertos en el último temporal. Es un luchador incansable de nuestras causas y conocedor, como pocos, del horror y el canibalismo de una Ley fundada por la ciudad amurallada.

Los intramuros de la escritura
La literatura argentina tiene dos movimientos. Una nace el 3 de febrero de 1536 cuando el adelantado Pedro de Mendoza funda Santa María del Buen Ayre. Por primera vez se levanta Buenos Aires y se cifra la imposibilidad de construir la civilización occidental en nuestro territorio; se la intentó recrear en una orilla baja, barrosa, infestada de mosquitos y epidemias. Quienes conquistaron la tierra americana, la desconocían. Sus leyes la nombraban sin poseerla: conquistaron un mundo con las palabras. Luego, lo dominaron con el trabajo ajeno a través de leyes y ejércitos. Los indios, los criollos y los negros fueron el cuerpo de América; Occidente fue un discurso, una usurpación.
Hacia junio de 1536 los españoles prepararon una expedición al río Luján buscando esclavizar a los indios querandíes; sin embargo fracasan. Los originarios que hasta entonces habían proveído comida y consejo, comienzan a hostigar la ciudad hasta lograr sitiarla. Intramuros el hambre se propaga. Los españoles se comen entre ellos, enloquecidos. Se roban, se matan vilmente por una porción de pan. Algunos intentaron comer cueros. Los animales salvajes infestan la ciudad atraídos por el olor a carne pútrida. Las enfermedades aplacan a los hombres más fuertes, les proveen de muertes lentas. Escribió entonces el poeta español Luis de Miranda describiendo su experiencia: “Pocos fueron, o ninguno / que no se viese citado, / sentenciado y emplazado / de la muerte. // Más tullido, el que más fuerte; / el más sabio, más perdido; / el más valiente, caído / y hambriento” (“Romance”). La destrucción de Buenos Aires, en 1541, hace proliferar la paranoia del poder; las clases dominantes conjuran, a través de la literatura, el miedo por su civilización trunca: el Facundo, Amalia, “Casa Tomada”. Una escritura intramuros: afuera están los indios, los negros, los villeros, los cabecitas negras.
El otro movimiento de la literatura argentina nace con Bartolomé Hidalgo durante la revolución de Mayo. Es el primer poeta argentino porque escribe más allá de los moldes europeos, más allá de la poesía insípida de Juan Cruz Varela y el neoclasicismo: “Roba un gaucho unas espuelas, / o quitó algún mancarrón, / o del peso de unos medios / a algún paisano alivió; / lo prienden, me lo enchalecan, / y en cuanto se descuidó / le limpiaron la caracha, / y de malo y saltiador / me lo tratan, y a un presidio / lo mandan con calzador...”. Reescribe la tradición oral del pueblo, se hace cuerpo de indios y gauchos, pone a la revolución como sustancia de su poesía. Los cielitos eran el tipo de poesía que se cantaba entre el pobrerío, en las pulperías, en las estancias, en los fortines. Hidalgo los compuso para que circulen en los ejércitos patrios como durante la Guerra Civil Española los escritores republicanos hicieron coplas para que circulen en las trincheras. Son versos de guerra: “Cielito, cielo que sí, / guardensé su chocolate, / aquí somos puros Indios / y sólo tomamos mate”.
Hidalgo explora la voz de la campaña para hacer una poesía original. Son los gauchos, indios y negros quienes hacen posible la revolución; es el primero en encontrar en la ley (la escritura) el problema de la revolución; hay otra justicia y otra literatura que no es ni la Ley ni la Escritura. La ley es el conflicto por la propiedad de la voz: quién es el yo de la escritura. Hidalgo explica: “hemos de ser libres cuando hable mi mancarrón”.
Julián Axat en musulmán o biopoética (Libros de la talita dorada, 2013) se inscribe en la tradición abierta por Hidalgo sin repetir el recurso gauchesco de mimetizar la voz: discute la propiedad de la escritura; es decir discute las maneras de nominación que establece la Ley. Disloca el lenguaje, revisa los diarios, los discursos dominantes, ingresa la voz de los campana de palo y escribe desde afuera de la ciudad amurallada; entre el pobrerío que no tiene ley, ni voz en el mundo intramuros que le dio a Axat un título de Defensor de Menores.

Los campana de palo
Axat construye su poemario en un contrapunto de 33 poemas y 33 fragmentos de una etnografía personal: notas de diarios y agencias de noticias, apuntes propios, citas literarias, registros de audiencias judiciales. Cada poema tiene “un nivel de correspondencia” con los fragmentos. En el discurso de los medios (poco importa, en este caso, sus circunstanciales posiciones ideológicas) los pobres son siempre la tercerca persona (él, ella, ellos) o, como dice la lingüística, la no-persona. En estos casos el poeta busca volver a la persona borrada. En otros momentos los fragmentos son lo contrario: las voces que el poema no pudo encauzar, por ejemplo, una madre explicando por qué su hijo delinquió.

El poemario tiende, busca, intenta (asumiendo, inclusive, la imposibilidad de hacerlo) recuperar esa otra voz, inscribirla en primera persona. Para que la escritura sea otra ley; una ley que otra Ley (de escritor / abogado) no termina de poder decir: “Nadando en el exterminio / hallarás “la palabra exterminio” / debajo otra vez la hallarás / y así / en todas las capas del exterminio... (”el futuro no / un osario agusanado”).

Cuando los hechos hablan
en la impotencia que estremece

Sacrificio

La garganta anuda el verso
quizás una forma de supervivencia

Si no hay justicia
hay poesía

Rueda la cabeza del verdugo hasta el zócalo /donde
los pequeños fantasmas van a alimentarse
(“Vindicación imperceptible”)

Acá está la clave: si no hay justicia / hay poesía. Lo dijo ya José Hernández en El gaucho Martín Fierro (1872): “Que son campanas de palo / Las razones de los pobres”. Axat, como Maiakovski, no acepta ser “un burócrata de los versos”. Su poesía retoma a los poetas rusos, pero también a Leónidas Lamborghini: su método de dislocar las oraciones para ir desentrañando la ideología burguesa.
En el poema “Villas” (Partitas, 1972) Lamborghini comienza su poema con “los chicos mueren como moscas” para terminar con “las moscas mueren como chicos”, ya que son los chicos de las villas lo que significan la muerte espuria, molesta, de un sistema de mierda, y por lo tanto chicos y moscas invierten sus sentidos. En “Villas” sintetiza este recurso con la dislocación del adverbio malamente en mala / mente; ahora Julián Axat reescribe al destacamento, que provocó la desaparición de Luciano Arruga, en destaca / miento y su repetición, como el mala / mente, vuelve a golpear con la pesadez de este mundo podrido. Con la misma intención de incorporar el salvajismo que esconden las frases hechas recupera el “encabalgamiento trunco” de Lamborghini (Mezcolanza, 2010:119-120), dejando palabras sueltas que violenten por lo no dicho. Así la detención y tortura al joven apodado “chonono” se sintetiza en:

accidentalmente /lo
encontraron sin

Hay algo que es lo definitorio de la (bio)poética de Julián Axat y no es, justamente, ninguna lectura en particular sino todas las lecturas en particular: musulmán o biopoética es la voracidad de escribir todo con todas las voces posibles, con todos los registros posibles, con todo lo no dicho posible, para cerrar algo que no puede cerrar, o acaso no se puede cerrar, que es, según la dedicatoria que abre el poemario, “la voz que mi voz no puede reemplazar”.
Su escritura no puede destruir la escritura del mundo intramuros que es una máquina discursiva de inventar exclusión pero tampoco puede (como Hidalgo, como Hernández) diseminarse en la otra voz. Los jóvenes, a los cuales protege como abogado y a los cuales (re)escribe donde la Ley no llega, el poder los sigue matando, encarcelando, excluyendo:

Cuando nos saludamos la misma intuición nos despidió
para siempre
(“Apuntes sobre posible identikit de 'El Baby'”)

Axat hace de su imposibilidad un recurso político-estético que permite escribir / registrar el canibalismo político-jurídico de las clases dominantes. Así una secuencia de sentidos se entrama en los cuerpos de los menores muertos, mutilados, heridos, torturados por la policía que se replican en los gulags, en el etnocidio qom, en una guerrillera muerta, en un poeta suicidado para no ser un burócrata (digamos: Maiakovsky), en la Masacre de los Santos Inocentes, en los niños palestinos...
Musulmán o biopoética frente al límite del no poder decir o de un decir que siempre se está perdiendo no cae en las comodidades burguesas de la poesía de los ´90:

El poeta testimonia / luego
es Nadie
(“La poesía es / la boca”)

No se cree que la literatura no sea parte de la verdad, del compromiso, de la panza que cruje o de eso de “hemos de ser libres cuando hable mi mancarrón”.

- Ey! -me dijo- me aconseja que declare o no?
(“Cavilación ante el puente generacional”)
Y en esa imposibilidad de reescribir (o mejor: inscribir) la voz del otro, en salir de la ley intramuros que se traga a los pibes, en esa violencia, está la escritura de Julián Axat. Porque si no hay justicia / hay poesía.

publicado originariamente en el número 1 de Las patas en la fuente.

No hay comentarios: