Escribir después de Chernobyl



A cuento de unas palabras que dije en la presentación de Cae Repelente de Pablo Castro, y ahora emprolijo. 

Cuando escribo sobre un libro, o leo poemas, o presento la obra de un amigo no puedo dejar de pensar que estoy haciendo a mi manera lo que me enseñaron mis amigos tolosanos, con quienes curtimos los arrabales de los ' 90, en la Plaza de Tolosa: plantarme de manos. Ellos, los héroes del rioba, me enseñaron a calzarme los guantes. En verdad, dicho sea de paso, aprendí poco en cuanto a dar un buen cross, un gancho, un rodillazo a la nariz, el que pega primero pega dos, y otros tecnicismos de esta técnica profana. (Como dice el Martín Fierro: “Porque esto tiene otra llave / y el gaucho tiene su ciencia”). Pero si no pude aprender a pelear como la gente, me quedó la manía de pensar la escritura como una de las formas de la pelea callejera.
Algún día deberé escribir todo lo que me enseñó la Plaza del Carmen. (En realidad, ese croquis de la vida popular que se prolonga por la Plaza, los galpones ferroviarios, el Churrasco, la villa de 122). Hoy, hablar de literatura, más presentar un libro, es bancar la parada, con los guantes puestos. Uno se entrena, lee el broli, es una buena excusa para no bañarse, cancelar citas. Se encierra a pensar qué tiene ese libro que vale la pena presentarlo en público. Por qué no dejarlo en el disco rígido de una PC, o en los bocetos manchados con mate en un cajón. Escribir, a mi entender, como en la riña callejera, puede hacer terminar a uno con la cabeza abierta por una baldosa rota. En todo caso, no estoy inventando nada, la amistad y la literatura siempre se forjaron a los bifes, desde La Ilíada hasta El Atravesado de Caicedo. Ahora sí, vamos a los bifes.


Escrituras platenses: entre la Isla Paulino y Pripyat
Para hablar de Cae repelente de Pablo Castro es necesario reponer el diálogo que se entabla entre algunos libros publicados recientemente en la ciudad de La Plata. El primero que quiero señalar es Bardo de Facundo Arroyo y Nacho Babino: un libro de crónicas sobre Gabo Ferro, Pablo Marchetti y Fabián Casas. Es una reflexión sobre el lugar del crítico cultural en el capitalismo tardío y específicamente, en el Río de la Plata. O dicho de otro modo: cómo escribir sin caer en las trampas del discurso hegemónico; cómo escribir sin ser un engranaje más del Mercado. Además, ciertas crónicas de Bardo muestran cómo el crítico cultural puede devenir en un dispositivo más del sistema; tomemos el caso de Fabián Casas.
Casas es, sin duda, uno de los mejores poetas recientes. Sus Ensayos bonsai nos enseñan en la mejor tradición crítica escaparnos de los lugares comunes que nos ubica el sistema. Mezcla de cultura zen, Escuela de Franckfurt y anti peronismo, Casas se desespera por no quedar atado a la reproducción de la ideología dominante. Muchas veces, para lograr esto, repite el gesto adorneano de considerar la cultura popular como fácilmente permeable a ser convertida en mercancía. Es ante todo un crítico conservador de los movimientos de masas. Pero hay algo más evidente de su gorilismo pop: Casas siempre atento a escapar al sistema es director de la revista El Federal, órgano ideológico de los pooles de siembra. No creo que haya que llegar al extremo de este poeta para preguntarnos qué lugar ocupamos, en nuestra crítica cultural, en el engranaje capitalista.
El segundo libro es Cuaderno de Pripyat de Carlos Ríos, un escritor costero que hoy vive en la ciudad de La Plata. La novela presenta el problema de cómo escribir después de Chernobyl: cuál es el lugar de la escritura después de la caída del mundo soviético, después de la dictadura militar argentina, después del mundo arrasado por el neoliberalismo:

En las paredes de la ciudadela se escriben los apellidos de los jóvenes disueltos por la garra radioactiva: Hodiemchuk, Kordyk, Yuszczuk y Telyatnikov. Todos en Ucrania los conocen, saben cada detalle de sus vidas, a pesar de los mármoles sustraídos de plazuelas y mercados (…) Que estén fuera de los manuales de historia no significa la clausura de su ejemplo.”

Hay que leer a Carlos Ríos en diálogo con Juan Gelman. Tomemos de Valer la pena (2001) el poema “Allí”: “Mataron y mataron compañeros y / nadie te enseña a hacerlos de nuevo. ¿Hay / que romper la memoria para / que se vacíe?”. O como escribió el mismo Ríos en su poemario Nosotros no: “¿Qué fue eso que arrasó con lo poco que teníamos?” (”Eso que fuimos”). Cómo volver a hacer de la literatura, de la escritura, algo político cuando las grandes revoluciones del siglo XX fueron derrotadas pero “que estén fuera de los manuales de historia no significa la clausura de su ejemplo”.
Este entramado de escrituras se complementa, en principio, con Crónicas con fondo de agua (2010) de Juan Bautista Duizeide que, entre muchas cosas, es una búsqueda de las voces de la ribera, de esos personajes anacrónicos que viven en el mundo perdido del Río de la Plata, en la Isla Paulino, la Isla Santiago y otras orillas ribereñas. Duizeide recupera el elemento fundante de cualquier estética popular.
Los tres libros expresan tres problemáticas del mundo cultural platense pero que podrían ser extendidas a otras geografías: qué lugar ocupa el crítico cultural en el engranaje capitalista; cómo escribir después del neoliberalismo y de las derrotas de las luchas revolucionarias; cómo escribir desde las voces de las orillas. Si no ponemos estas tres preguntas en el centro no queremos escribir para cambiar el mundo, queremos escribir para ganar un puesto en el Estado, una prebenda de un organismo financiero, para caerle simpático a los alumnos. Si queremos cambiar algo, vamos a los bifes.

Una farmacología de la escritura
El tema central de Cae Repelente, la última novela-poema de Pablo Castro, es la escritura o los contextos de escritura; o las peripecias de la escritora / narradora / personaje principal de la novela, Oia, para escribir (y sobrevivir) contra la Cruzada de Conni Mándelez quien roba cuerpos para su corporación editorial, mística y berreta. Como la Interzona de William Burroughs, el Mundo Editorial es una gran maquinaria que roba y reencarna cuerpos a través de libros berretas de autoayuda, misticismo y ocultismo. Sí, como en Burroughs, el lenguaje es un virus. Pero si las empresas farmacológicas son el monopolio de las enfermedades, en Cae repelente la industria editorial es el monopolio de este virus. En la novela-poema hay algo de Kafka, de Barletby, el escribiente de Melville, de ese sentimiento de estrechez frente al funcionamiento automático, extraño, del mundo capitalista. Un informe sobre la paranoia, dijo el editor Pablo González. Pero, agregaría, con una mirada criolla, que se ríe de la Corporación de la Paranoia. En ese sentido, Cae repelente parece una película de Polanski dirigida por Carpenter o una de Cronenberg dirigida por Hill. La paranoia, también, es un simulacro. Una mirada que le debe mucho a Alberto Laiseca. Es una novela que propone el cruce de géneros, el desborde formal. Donde la mutación de la narradora le permite sortear la Cruzada Editorial y el texto pasa de la prosa a la poesía. En todo caso, después del siglo XX, de todas las exploraciones relacionadas a la vanguardia, nadie se va a sorprender con esto. Lo que sorprende, y ha sorprendido a varios, es que un militante de izquierda escriba una novela así. Mejor: ¿por qué nos sorprende que un “escritor de izquierda” no escriba literatura “más comprometida”?

Ante todo, las buenas intenciones
Hay una película de Vittorio de Sica, Dos mujeres, donde Jean Paul Belmondo hace de partisano. Todos quisimos ser el Belmondo duro y tener nuestra Anna Karina. Pero acá hace de otro tipo de personaje. Uno más ingenuo y romanticón. En una escena una niña, que escucha que él es comunista, le pregunta a la madre qué son los comunistas. Ella le responde que es gente con buenas intenciones pero que no le gusta trabajar. Creo que la izquierda ha escrito muy mala literatura, justamente, por buenas intenciones. Extendamos el concepto: no salir del dispositivo cultural obvio que le impone el sistema a la izquierda y a la crítica cultural, le impide ser disruptiva, nueva, original. Una versión corrompida del neorealismo italiano es la habitual muestra de niños pobres con mocos en los post de facebook. En el fondo parte de la izquierda siente que los pobres son menos que ellos, y entonces su crítica cultural es reponer la voz acallada de personas más o menos ignorantes. Cae repelente resalta la necesidad de renovar el lenguaje crítico, literario o no, de la izquierda.

¿Dónde están los negros?
La ciudad de La Plata ha tenido una explosión artística. Al menos en el plano más evidente de su circulación: nuevas editoriales, revistas, exposiciones1. Algunas presentaciones de libros, por ejemplo, han revestido un carácter relativamente masivo, tal como la antología El último día del verano co-editada por el Club Hem y Píxel. Hubo más de cien personas para escuchar a distintos escritores leer sus relatos y poemas. (Pensemos que en la ciudad de Buenos Aires presentaciones con no más de veinte personas ganan notas encomiásticas de diarios y revistas.) En todo caso no es esto una apelación al amontonamiento. Ahora bien, quisiera introducir una reflexión de David Viñas en sus discusiones con sus pares progresistas; en algún momento áspero de las charla los paraba en seco y repetía: todo bien, ¿pero dónde están los negros?. Repitamos la pregunta entonces: todo bien, ¿pero dónde están los barrios?. No intenta ser esta indagación parte de una crítica pulcra e impoluta que dice “el mundo está mal”, ergo “yo me hago cargo del sufrimiento del mundo”. Por el contrario, parte de una limitación de mi propia experiencia. Duermo en los arrabales del zinc del Puerto de La Plata y sin embargo, mi participación como escritor en Berisso es casi nula. Avancemos con los compañeros que han publicado la obra de Castro y, también, la de muchos escritores platenses: ¿cómo piensa Píxel su militancia barrial y su empresa editorial? ¿Son mundos ajenos? ¿Es la militancia el momento de ir a los barrios y la editora el momento de ir al centro? Siendo más burdos: ¿Alpargatas para algunos, libros para otros?

Volver a un arte político o quién de nosotros escribirá el Martín Fierro
Hay un agotamiento de la crítica cultural y la literatura política. En principio, porque dejaron de ser disruptivos, molestos y son un módulo más del sistema. Si el Mercado funciona, tomemos la metáfora de Cae repelente, con escritores confiscados en cuerpo y alma por la Santa Cruzada Editorial de Conni Mándelez: ¿qué mutación deberíamos atravesar para escribir fuera de su órbita? Digámoslo más claro: ¿cómo escribir, nuevamente, con una estética que discuta la hegemonía? Es decir, ya no es tan importante quién de nosotros escribirá el Facundo sino, por el contrario, quien escribirá el Martín Fierro, poema que supo ser en 1872, la revolución estética que acompañó la revolución política jordanista. No se puede pensar un cambio político sin una operación estética y, asimismo, toda operación estética supone un cambio político. Creo que los movimientos revolucionarios de los años setenta tuvieron muy en claro el lugar de la estética como posicionamiento ideológico. Tomemos el caso de aunar los retratos de San Martín y el Che en un mismo salón como realizó el ERP. Hoy es hasta obligatorio unir las dos figuras pero entonces fue una lectura salvaje juntar al héroe de la historiografía oficial con el héroe popular. Los ejemplos abundan: Montoneros que insertó en el lenguaje político contemporáneo la iconografía federal del siglo XIX; la resistencia peronista que robó el sable corvo de San Martín para sacarlo de las vitrinas militares y devolverlo a su legítimo dueño: el pueblo argentino. Esas experiencias no están para ser repetidas en su gesto evidente sino como dice Julián Axat en Neo (2012), otro libro indispensable para armar este entramado de lecturas / escrituras platenses: “Los padres son los huesos / la ausencia del hueso y su búsqueda / perdidos o hallados / Los padres son los huesos / donde afilamos los dientes” (“Nosotros 2012 – Equipo forense de sí”).
Hoy las prácticas culturales están más preocupadas en poder insertarse al sistema que en destruirlo. No sólo podríamos rastrear cómo Contorno o Crisis ponen en discusión los lugares comunes de la cultura oficial de sus respectivas épocas, sino pensar hoy cómo volveríamos a ponerlo en crisis; cómo haríamos jugar las armas de la crítica para intervenir en la política cultural argentina, o más discretamente, platense. Retomo Crónicas con fondo de agua de Juan Bautista Duizeide: por qué en las representaciones de la ciudad de La Plata aparecen tan poco el Astillero Río Santiago, la Nueva York, el Churrasco, Altos de San Lorenzo; por qué estos espacios no aparecen en la discusión de cómo / dónde / quién escribe hoy. No podríamos pensar una estética que discuta la cultura oficial sino se pone en el centro de la reflexión la cultura popular. No hay vuelta con eso.
La aparición de nuevas editoriales, revistas y libros repone la necesidad de discutir la hegemonía. Retomo las tres preguntas cruza la literatura reciente de la ciudad: qué lugar ocupa el crítico cultural en en el engranaje capitalista; cómo escribir después del neoliberalismo y de las derrotas de las luchas revolucionarias; cómo escribir desde las voces de las orillas. Estas tres preguntas son apremiantes para todos los que estén escribiendo para cambiar algo, dentro o fuera del gobierno actual, más allá de posicionamientos tácticos, más allá de las propias tradiciones políticas. Todo en caso, más vale, de querer cambiar algo de este mundo de mierda. Otro cuento es si esperamos lograr el beneplácito de una agencia de investigación o noticias, un lindo reportaje, una copa de vino en una exposición. Por eso: todo bien, ¿pero dónde están los escritores?.


1 Al menos dos periodistas resaltaron el tema y tienen análisis interesantes en sus respectivos blogs: Daniel Badenes en oficiodeblasfemar.blogspot.com.ar y Matías López en hartoandar.wordpress.com.

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