Lo que dejó el cacerolazo

Hace unos años publiqué este artículo en Oveja Negra; hoy viendo a tantas rubias estreñidas y abogados desesperados porque no seamos Venezuela, poder comprar dólares, y otros berretines de chicos que comen todos los días, lo vuelvo a postear. Esa gente me sigue haciendo peronista.


Cuando el miedo se hace oligarca
Las clases dominantes conjuran a través de la literatura gran parte de sus miedos frente a la irrupción del Pueblo en la historia. No hay cuestión más aterradora que la barbarie que amenaza sus privilegios.
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Hay miedos que se repiten. La literatura pudo encauzar o promover muchos de ellos. Hay uno que recorre todo el siglo XIX y XX: el de las clases altas por la ocupación de las clases populares del espacio urbano. El control de la calle es finalmente el control del poder y ese miedo por lo tanto no es un miedo más: es el de perder los privilegios con que se constituyó una clase. En el siglo XIX el miedo se propagó a través de los carnavales de los negros, en la insolencia de gauchos e indios frente a las formas pautadas de la civilización, en la ocupación de las ciudades por la “barbarie rural”. Proliferó cierta literatura basada en la paranoia: Amalia, Facundo, El matadero. En todas ellas la paranoia del poder funda un tema: la invasión. En el siglo XX, el peronismo actualiza el miedo. Primero el 17 de Octubre y después los actos oficiales del peronismo inauguran una época: la ocupación de las ciudades por la clase obrera. Del 17 de octubre proliferaron muchas imágenes: la de la plaza llena, la de la clase obrera abandonando las fábricas, la de la primera espera a Perón. Hay una, acaso la más famosa, que nos interesa: la de las gentes remojándose sus patas en la fuente de Plaza de Mayo. Es el desdén de los pobres a la “civilidad” burguesa, a la buena forma de circular una ciudad; es el vivir de los barrios en el centro; una fuente finalmente es simplemente una provisión de agua. Ese acto mínimo atenta a las verdades con que una clase construyó una ciudad: atenta políticamente porque ocupa un espacio céntrico que no le es permitido; atenta culturalmente porque profana un objeto y un espacio que el liberalismo fetichizó: la plaza y la fuente. La fuente es la cultura occidental y para el poder no tiene más uso que el de significar una pertenencia de clase: “somos Europa”, es decir, “no somos Latinoamérica”. El desprecio acaso ingenuo de poner las piernas a remojar en el agua es potencialmente la integridad de las clases populares frente al poder. Es la política que se torna identidad y una identidad que se torna política: es la apropiación popular de los objetos del poder. En las clases altas y medias, la invasión fue también sobre la identidad y actualizó la literatura de la paranoia que Sarmiento canonizó con su Facundo. Los blancos se escandalizaron de que los negros bailen (“Las puertas del cielo” de Cortázar) o de que los negros hagan política (“La fiesta del monstruo” de Borges y Bioy Casares) pero ese terror se sintió esencialmente como la pérdida de un espacio, como una “casa tomada”. En el cuento de Cortázar el protagonista afirma que desde 1939 ya no llegan libros desde Francia. En la frase se cifra la pérdida del control de la ciudad por las clases altas; la cultura europea es la fórmula de escapar del miedo. En el final de Amalia (1851) de José Mármol, por ejemplo, los personajes Eduardo y Daniel, unitarios provenientes de las clases ociosas, antes de ser atrapados por la barbarie hablan en francés ya que suponen el idioma secreto de su clase los podrá liberar. Para el liberalismo la lengua francesa (la cultura occidental) era la fórmula de inventar su clase. Ellos son occidente, las instituciones, la civilización. Lo demás, como lo describió Echeverría en La Cautiva es desierto, barbarie. Fuera de la civilización no hay nada: On ne tue point les idées escribió Sarmiento en el desierto sanjuanino. La invasión es el tema predilecto de la literatura argentina porque se intuye que en el desierto, en la nada, está la desaparición de la civilización. Que en el cuento “Casa tomada” se escriba que no llegan libros desde 1939 significa que el protagonista (un señor bien que vive de rentas del campo) ha perdido la fórmula con que convertía al mundo ajeno a la civilización en “nada”. Así cuando el pueblo se subleva, como en las revueltas federales o en el 17 de Octubre, destruye todas las ilusiones del poder (occidente, la lengua extrajera, etc.) Para la burguesía todo lo sólido se desvanece en el aire. Vive atemorizada por el temor de perder su condición. Ese temor se vive hoy: en cada movilización, en cada piquete, en cada acto de trabajadores se resiente la paranoia del poder.



publicado en Revista Oveja Negra, número 6.-

1 comentario:

Yael dijo...

Querido mariano quiero decirte que es un deleite para mi leerte y la verdad una gran satisfacción tener tal compañero bloguero. Te leí en " el ultimo día del verano" y desde allí comencé a leerte por acá. También soy escritora y como dije anteriormente un placer Ud. como colega. Le dejo mi blog por si le interesa chusmearhttp://revueltaylibertad.blogspot.com.ar

Abrazo cordobé!