Bardero

pego una nota sobre Bardo del diario Diagonales :


“Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio” aseveraba García Lorca. En Bardo (2011, Editorial Pixel) las palabras se unen, asocian y disocian caótica e irreverentemente, honestas y brutales; meten púa en el estómago del verbo, disparan como chumbo caliente, punguean versos a la calle, se agitan como ríos de sueñera y barro, de barrio y pampa. En Bardo, el primer misterio a desentrañar es cuál de todos es su autor, Mariano Dubin: ¿el judío errante o el púgil tolosano? ¿El gaucho perseguido o el villero de clase media? ¿el “blanquitogordo” que usa anteojos o el Enrique Santos Rimbaud de mostrador?
“Qué divertido es ser un rato quien no soy”, escribe este profesor en letras y autor de Con los pasos de la mala vida (2006) y La razón de mi lima (2009), que al completar la trilogía decide divertirse -no sin sangre y pluma- siendo todos a la vez: como el bardo, lleva y trae elementos de diversos universos, cambalacheando sin perder coherencia versos que destilan urgencia y éxtasis, ideología y heterodoxia. “San Martín/ escribió en el paredón/ declaró la guerra a todo el Imperio/ era otra vez correntino y villero./ compañeros la guerra se la haremos/ así curtidos/ sin dinero/ si no tenés pelotas para curtirte/ por tu patria/ tómatela/ que vienen los tiempos/ de los que tienen el/ odio engordando/ sus venas.”Bardo comienza así: tras la primera campanada, golpea frenético con el ímpetu del retador por el que nadie da un mango y con el orgullo del que se para de manos en una esquina. Como bardo, Dubin bardea y si “los libros no mienten”, se la banca. 


-La palabra bardo asume en tu libro más de una acepción, ¿no? 
-Bardo sintetiza mi manera de pensar la poesía… por un lado yo busco una poesía épica, que cante y cuente; que se relacione a la narración, a breves historias. Ahí están los poetas que me gustan: José Hernández, Leónidas Lamborghini, Atahualpa Yupanqui, Enrique Santos Discépolo… obviamente, los letristas de tango, de chamamé, de cumbia villera… los grandes cronistas de nuestro mundo popular. Por eso la idea de bardo, la de los antiguos juglares que iban de pueblo en pueblo contando las nuevas… pero también bardo porque la poesía, inevitablemente, tiene que hacer ruido. No es una descripción, como el noticiero o el paper universitario, que establece un estado de la cuestión; la poesía, antes que nada, como entendió Bartolomé Hidalgo hacia 1810, tiene que ser políticamente revulsiva, tiene que ser la voz del pueblo hecha trinchera, tiene que ser bardo al estado de la cuestión; no tiene que definir sino todo lo contrario, destruir las categorías con que nos enseñaron a ver el mundo. 

-La obra se alimenta de los recursos verbales totalmente coloquiales, suburbanos, orilleros y villeros. ¿Eso nace de una familiaridad, de una fascinación o un manifiesto? ¿Las tres cosas quizás?
-Mi poesía tiene un origen geográfico claro: de la plaza del Carmen en Tolosa al Churrasco. En ese pequeño radio descubrí la originalidad, digámosle para ponerle un nombre, de la lunfa villera. Ahí descubrí a los letristas de cumbia, que cambiaron mi percepción de la poesía: Pibes Chorros, Meta Guacha, Flor de Piedra… algunos poetas hacen, de cierta manera, un trabajo antropológico; investigan la voz del pueblo: Atahualpa con la voz andina, Lorca con la andaluza gitana, Discépolo con la rioplatense, Nicomedes Santa Cruz con la afro peruana… pero a diferencia del académico que todo ese mambo lingüístico y cultural lo busca traducir a categorías burguesas, occidentales, el poeta lo regresa a la calle, mezcla su voz con las voz del resto, no lo convierte en algo muerto para ser leído en las morgues del conocimiento, le da vida para ser parte del mambo. 

-Ocupa un lugar importante el humor, como un recurso para abordar tópicos densos… 
-Totalmente. La izquierda la pifia con el realismo socialista, el neorrealismo y otras formas del aburrimiento. Uno aprende el humor en la calle, en el barrio. Yo no voy a regalar mi risa, porque no es una risa idiota, es la risa que se quiere comer al mundo, que se burla de lo que dicen que es la cosa seria: la propiedad privada, los héroes de salón, la academia... Con la risa nos vamos a comer al mundo y cuando un chamamé sea himno nacional me voy a reír mucho de que todo haya sido una gran broma criolla… 

-“Me dijo/ que era el mundo poco redondo/ dentro de sus ojos,/ y conoció/ en un vino de cartón/ todo el amor a nuestra nación.” La Patria es uno de esos tópicos y tu intención parece ser la bajarla del cuadrito del aula, de la bandera planchadita: es un territorio conflictivo, complejo y apasionante ¿no?
-La patria, en general, es lo que queda por fuera de la escuela. Hay más patria en Sentimiento villero de los Pibes Chorros que en un paquete que va a hablar de Rosas o Belgrano a la televisión. A mí me interesa la patria donde se habla toba y guaraní, la patria de la esquina, la patria de los laburantes. Yo me eduqué ahí; ahí tuve los grandes maestros de mi vida. Entre ellos mi abuelo Rogelio, un criollo viejo, que tuvo la salud de no haber tocado un aula en su vida y morir a los 94 años sin saber leer ni escribir pero con él, en caminatas largas por los campos, entrando al monte para cazar una vizcacha, aprendí la sabiduría de mi pueblo: coplas, refranes, cuentos. Esa es mi patria. 

-Con Bardo cerrás una trilogía. ¿En qué se asocian esos tres libros? 
-Hay gente que habla del siglo XIX y dice Balzac, la Modernidad, la ratio occidental pero para mí el siglo XIX es José Hernández escribiendo contra la guerra del Paraguay; la resistencia mapuche contra el Estado oligarca. Yo creo que ahí está lo original nuestro, en esa búsqueda de la palabra propia que nace con Bartolomé Hidalgo que postula que en las voces de indios y criollos está lo nuevo. La estética es la manera propia de los pueblos de sentir el mundo. No hay estética universal, porque no hay una forma única de sentir la muerte, la envidia, el dolor, la traición… 

-Decís que la poesía es una experiencia. ¿es una de ellas en las que no se sale ileso? 
-Leer es siempre comprometer el cuerpo. En Bardo están mis preferencias: los poetas lunfardescos (Carlos de la Púa, Gandolfi Herrero); Marcial, Catulo, también otros poetas antiguos; Villon, Quevedo; también Lorca, Nicomedes Santa Cruz, la gauchesca; no sé, son un conventillo de influencias… bueno, uno escribe, también, para digerir esas influencias, para que no lo destruyan, para no convertirse en un Quijote de esas lecturas; como uno no puede ser todos, escribe, para incorporarlos, en una práctica chamánica, antropófaga, que es inventarse la voz propia con la voz de los muertos, de los otros, de los que envidia por fuerza, por poder, por inteligencia… de este asunto nunca se sale ileso, y si se sabe eso, ya se tiene lo mínimo para empezar a patear el camino.




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