Alcides Gandolfi Herrero, uno de los bardos en los que Dubin dice encontrar la huella que me explica, tituló a su poemario Nocau lírico. La contundencia y la sorpresa de tal imagen tendría su correlato en la biografía del poeta: boxeador durante 14 años, campeón de la categoría liviano. A Dubin no se le conocen antecedentes pugilísticos. ¿Se tratará de un peleador callejero? Su nariz no parece de las que han aguantado muchas piñas. Pero en sus versos se suceden las relaciones de combates sin cuadrilátero, cuerdas ni jurado. De puro guapo. Contra una gorda enrulada, contra la mujer que lo llama vago porque no entiende su necesidad de mate, pantuflas y quien le caliente las piernas, contra guachos bravos en serio que le dan sin asco. Pero sobre todo, y no sin humor, Dubin la emprende a poéticos trompazos con las contradicciones que lo atraviesan. Un santo en un malón dantesco, un burgués triste, un héroe de la clase obrera, el héroe de las trolas tristes, uno que quiso ser Rimbaud se suceden, entre otros, por los versos. ¿Y cuál de todos era yo?, se pregunta el poeta. Un judío errante no sólo de los territorios -el centro, la academia, los barrios, la Isla Paulino, la zona roja, las niñas putas de la alta clase universitaria-, sino sobre todo un errabundo del lenguaje. Los cielitos patrióticos, la gauchesca, el lunfardo, el Siglo de Oro, el tango, la cumbia villera. No hay fusión entre esos vocabularios, hay puro choque. Y los versos son las batallas en las que el poeta ha combatido. Él es esas luchas, esas palabras insumisas, este Bardo.

Juan Bautista Duizeide

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