Molfino


Un tal Molfino
Durante casi diez años Miguel Ángel Molfino (1949) escribió Monstruos perfectos. (México, Buenos Aires, Resistencia son algunos de los lugares donde pulió su mejor obra hasta que finalmente la publicó en 2010.) Yo me atrevería a decir, sin embargo, que Monstruos perfectos empezó a ser escrita mucho antes: mientras Miguel gastaba sus días en una cárcel de la ciudad de La Plata y su mundo cotidiano se estrechaba dentro y fuera de los barrotes. Pero me adelanto; por lo pronto me alcanza decir que Monstruos perfectos es uno de los policiales negros más cerrados del género.
Mempo Giardinelli señaló con justeza que Molfino es el escritor más norteamericano que tenemos. Agregaría: es, además, el más chaqueño de los escritores norteamericanos. Las uvas de la ira, Las palmeras salvajes y El largo adiós son tres de las tantas lecturas que uno comparte con Molfino mientras lo lee. No sólo posee las metáforas conceptistas del mejor Chandler, el desorden poético de Faulkner y la narración desesperada de los desesperados de Steinbeck; suma, también, el ritmo del Chaco. Uno lo huele; ese Chaco que va desde el Paraná hacia el impenetrable, con toda su violencia soterrada en las siestas de provincias, donde mal conviven gringos e indios y milicos acostumbrados a ser los patrones de los pueblos.
No es su primera obra: Versiones y per-versiones (1986), Nueve cuentos nuevos (1987), El mismo viejo ruido (1994), Prosas escogidas (2006), para nombrar algunas. Seguramente otros lo conozcan por sus artículos en Página/12 o Miradas al sur. No obstante, ya no hay mejor presentación para el autor que su última novela.

Un crimen en el Chaco
Monstruos perfectos comienza en un punto definido del Chaco: Puerto Barranqueras. El término, acaso, sea algo pretencioso: pocos sabrán de ese pequeño pueblo a la orilla del río Paraná. Pero pronto ese punto medianamente definible, perdido en el mapa provincial, se extiende en otro Chaco, que no se encuentra en las rutas y que sin embargo es una condensación de la llanura chaqueña, donde gringos, indios y criollos alargan sus días bajo el sol inmenso y el trabajo bruto de la tierra seca. En aquel mundo algodonero, hay un pueblo que se desarrolla como Macondo o Santa María: Estero del muerto.
El primer capítulo de la novela es (casi) un largo verso en prosa donde se presenta la parsimonia interminable del pueblo, sus siestas largas, el trabajo embrutecedor, las fiestas tristes de una buena cosecha. Todo, el espacio y el tiempo, parece prolongarse en la llanura chaqueña hasta que, finalmente, comienza la narración:

Hasta ese marzo fatídico, Estero del Muerto, para los ocasionales automovilistas o camioneros, no era más que un cartel rutero destartalado. Era un lugar de paso, vacío de historia alguna. Pero faltaban sólo horas para que eso terminara.

Monstruos perfectos es un policial negro: policías corruptos, violaciones, traidores de poca monta, armas, traficantes paraguayos, drogas… pero también es una novela de aprendizaje. Miroslavo Hordt, un hijo de gringos, un embrutecido por el trabajo, violentado por su padre y por su tierra, comienza un lento aprendizaje criminal.
Miroslavo se crió con la resignación de malas cosechas, los ranchos apartados, con la única amistad de un toba sordo; alguna vez le preguntó a su padre, cuando sólo tenía seis años, si la vida siempre era así y éste le contestó (mientras recién amanecía aunque el día ya había comenzado hace horas): la vida siempre es así. El mundo de Miroslavo había sido esa chacra pobre.
El pueblo hubiera seguido esa rutina interminable, un cartel rutero destartalado, sino se hubiera cometido un crimen. Ese crimen es el asesinato de los padres de Miroslavo; el joven deberá huir de Estero del muerto y la policía aprovechará su ausencia para culparlo e imponer el terror. Desde entonces, por la casualidad de hacer dedo en medio de una ruta, Miroslavo sigue a un viejo ladrón, Hansen, que le enseña los pormenores del oficio, y también, de la vida. Se compromete, tal como expresa la novela, en pulir en la malicia a su inexperto socio.
Un crimen no resuelto, policías enfermos de impunidad, Miroslavo huyendo, el mundo criminal, mostrarán un Chaco de monstruos perfectos, oxímoron que Molfino toma prestado de Truman Capote, no sólo para titular la novela sino también para su epígrafe:

 “He buscado uranio, rubíes, oro y, por el camino, he observado a otros que buscaban lo mismo. Y escúchame, Florie, ¡he encontrado monstruos perfectos!”

Una carta de Onetti
Estero del muerto. Tuve más de una vez la frustración de buscarlo en el mapa provincial. Recordar que en un viaje de Saenz Peña a Pampa del indio lo había cruzado, pero nada. Ese pueblo no existe, dije casi desilusionado. Sin embargo, es el Chaco y de cierta manera, empieza a crecer como cualquier pueblo chaqueño.
Antes dije que Monstruos perfectos empezó, acaso, en una cárcel de la ciudad de La Plata. Allí Molfino convivió con militantes y ladrones durante cinco años. Si alguien conoce su historia, sus declaraciones en los juicios a los militares genocidas, poco podré agregar: familiares muertos, compañeros perdidos, una vida trunca.  En 1979, su hermana es secuestrada y desaparecida.
Otro artículo merece la actitud militante de Molfino, hoy bien defendida en su Chaco, donde inclusive se puede encontrar su rostro estampado por un esténcil en alguna pared baldía de Resistencia. Pero quiero señalar otra cosa, aún temiendo pecar de atrevido (a veces las “hipótesis de lectura” son un resto de baba en una botella casi vacía): en el momento que Molfino perdía su mundo, su familia inscripta en su hermana, desde España llegaba una carta. Era una carta de Juan Carlos Onetti. También era 1979 y Onetti, para que la carta pueda ser leída por Molfino, la debió escribir como si fuese su hermano; en las cárceles sólo se aceptaban cartas de familiares. Creo que entonces, en Molfino, empezó a crecer ese otro Chaco, real y ficcional, ese Estero del muerto que condensaría al otro Chaco de Molfino, el que perdía finalmente en una cárcel de la ciudad de La Plata.

Molfino narrador
Hay pocos narradores como Molfino. Por eso, no voy a seguir usurpando su voz, y transcribo el primer párrafo de la novela:

Quien haya viajado alguna vez desde Puerto Barranqueras hasta Noguera pasó por Estero del Muerto, una zona solitaria de calurosas llanuras algodoneras. Bordada de árboles de ramas dramáticas, palmeras cobrizas y arbustos, Estero del Muerto, desde la ruta de macadam, muestra una extraña belleza quieta. Tiene una atmósfera simple y su aire apenas es cruzado por hombres y mujeres perseguidos por sombras nítidas y duras. La vista se extiende hasta muy lejos y crea una sensación de irreparable infinito. Todo parece dormir bajo el sol: el caserío, los campos, los animales, el rictus reseco de los arbustos y el aire que flota aletargado. En época de cosecha, los campos blancos se ven asaltados por esporádicas espaldas que avanzan curvadas entre el lento oleaje del algodón, como si fueran los caparazones de enormes insectos, una plaga incansable que lo devora. Ya en marzo, cuando la tierra y los tallos fueron removidos hasta parecer viejas heridas de carne oscura y mortificada, los cielos cambian, se tensan y reciben las primeras nubes coléricas del otoño. Los soles se debilitan y la luz cae como chorros de acero derretido. Así es el principio de la primera helada del año. La mayoría de los habitantes son gringos, europeos que llegaron a Estero del Muerto para hacer más fácil el camino del infortunio. Altaneros, secos y con las bocas infectadas de silencio, crearon el pueblo y las chacras.

La novela se puede leer de un tirón, sin preocuparse de las casi trescientas páginas que lo conforman. Cada párrafo se cifra con una reacción del lector: la risa suelta en el humor bruto de los hampones, la imagen clara en las descripciones chaqueñas, la ansiedad en las balaceras interminables. Alguna vez Josefina Ludmer afirmó que en Estados Unidos La ciudad de los locos de Juan José de Soiza Reilly sería un clásico. En Estados Unidos, es claro, hay un canon de lectores. En esa literatura que se preocupa más por el lector que por la crítica literaria está Miguel Ángel Molfino.
Siempre he admirado (es buen momento asumirlo) a mi abuela y tantas abuelas que sentadas (digamos: enterradas) en una silla se emocionan, gritan, lloran frente al televisor por las pasiones cruzadas de una telenovela. En esa admiración está el simple razonamiento de que la buena literatura deber ser parte del cuerpo de uno. Otra traducción sería falsa, una impostura: no se puede traducir con palabras lo que se siente con el cuerpo.
Por eso cada vez que asumí, mientras leía una novela, un sentimiento similar al de mi abuela frente al televisor me dije: acá está la literatura. Cuando uno lee Monstruos perfectos cada punto y coma parece preciso, cada cambio de registro parece natural; el lector suele olvidarse de que está leyendo literatura para poder enfadarse, amigarse o entristecerse con cotidiano desenfreno. No hay más razón por la cual, cuando cerré el libro, me dije: acá está la literatura.


"Monstruos perfectos: la educación criminal de Miroslavo Hordt" es un artículo publicado en la revista virtual "El toldo de Astier", la cual se puede leer en:

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