Apología a la violencia
En 1541, nace la forma popular de nuestra política: arrasar la ciudad. Luego de los genocidios de Río Matanza, la expropiación de tierras y esclavización de indios, no hubo solución mayor que la absoluta destrucción de la ciudad de Buenos Aires, que fue cercada; intramuros el hambre se propaga. Los españoles se comen entre ellos, enloquecidos. Matan a sus hermanos, a sus hijos; comen el cuero de la ropa. Las enfermedades pudren los cuerpos y los animales salvajes infestan la ciudad atraídos por el olor a carne pútrida. Escribió entonces el poeta español Luis de Miranda describiendo su experiencia:
Pocos fueron, o ninguno
que no se viese citado,
sentenciado y emplazado
de la muerte.
Más tullido, el que más fuerte;
el más sabio, más perdido;
el más valiente, caído
y hambriento.
La desaparición de la ciudad cifra las dos caras de nuestra historia. Por un lado, la ocupación de la ciudad, la resistencia; por el otro, la imposibilidad de la civilización, la paranoia intramuros a todo lo que se mueve más allá de ella.
Desde 1541 hubo otras destrucciones de las ciudades porque no hay práctica política mas usual de nuestro pueblo que hacer cautiva la civilización. Los intrusos (indios, negros, villeros, obreros, gauchos) se toman la insolencia, de vez en cuando, de entrar y romper todos los fortines imaginarios y reales de la burguesía. La invasión son ciclos constantes de nuestra historia: en 1820 Pancho Ramírez y Estanislao López vencen a Buenos Aires; los constantes malones sobre las ciudades, donde todo lo sólido de la civilización se desvanece; las sublevaciones de López Jordán, de Juan Saá, de Felipe Varela, de Facundo Quiroga; la cultura nativa, criollos e indios, invadiendo a la civilización occidental.
No hay entonces mayor expresión de nuestra cultura popular que la ocupación de la ciudad, de la turbamulta sobre la ciudad invadida; los invasores hacen de la ciudad su ciudad. El 17 de Octubre es síntesis de esa historia. En La Plata, por ejemplo, los obreros apedrean e insultan a los estudiantes de la Universidad de La Plata, la casa de gobierno, algunos diarios. No se olvidaron de apedrear el Jockey Club.
En Buenos Aires se dio la mejor imagen de la ocupación del campo sobre la ciudad, de la barbarie sobre la civilización, del negro sobre el blanco: las patas de los obreros refrescándose en la fuente de Plaza de Mayo. Fue el desdén de los pobres a la “civilidad” burguesa, a la buena forma de circular una ciudad; fue el vivir de los barrios en el centro. Una fuente finalmente es simplemente una provisión de agua. Ese hecho mínimo atenta a las verdades con que construyó una ciudad una clase: atenta políticamente porque ocupa un espacio céntrico que no le es permitido y atenta culturalmente porque profana un objeto y un espacio que el liberalismo fetichizó: la plaza y la fuente. La fuente es la cultura occidental y, por lo tanto, para el poder no tiene más uso que el de significar una pertenencia de clase.
El miedo a la invasión encierra al poder, hace que su cuerpo se aleje del mundo: allí está el enemigo, el peligro, su fin inminente. En los `90 la ciudad burguesa se amura; nace una arquitectura que borra los balcones, los patios delanteros. Nacen los edificios bunker, los fortines country, las cámaras de seguridad, inventan su Puerto Madero. El fantasma del malón, de la religión o muerte de Quiroga, de los gauchos sin dientes con hambre, de los patriotas federales, de los villeros piqueteros los acorrala. Sabe la burguesía que la tiene contada (y encima la cuenta en manos prestada); entre su paranoia intramuros y la violencia revolucionaria de nuestro pueblo, nace nuestra historia.

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