Presento el texto La plegaria por mis santos del escritor jujeño Ricardo Dubin, de paso cañazo otro gaucho judío como yo, y además primo y amigo. En el blog, más abajo aparece una foto de él, que si la clickeas aparecen varios escritos. Sin embargo recomiendo su página web que es una exploración de la cultura quebradeña: http://www.intuiciones.com.ar/


1.

Desconfía de aquellos que no matan para comer
y tienen siempre una respuesta clara que los satisface.
Aunque se trate de vos mismo:
desconfía.

2.

El camino de los héroes por quienes alzo mi oración
se refleja en profecías que evocan nuestras sombras,
quiebran la carne y el dolor de vivir los excita.

Son tan sinceros que nunca escucharon al Señor
ni aconsejan lo que no sabrán hacer.
Invito a las almas que se creen puras
a desentenderse de este canto.

3.

Todos los héroes de esta gesta
reclaman con dignidad pero con lágrimas
que la rueda vuelva a girar pero no vuelve.

¡Vengan a reír conmigo de ese gesto burdo!
Los héroes de esta gesta
se ríen de su reflejo decarnado.

4.

Hay Santos anónimos cuyo brillo es ignorado
por los mismos que lloraron su muerte,
demasiado obscenos para la estampita,
demasiado honestos para el milagro.

Hay Santos que a la santidad dan contornos nuevos
acaso para que el silencio de Dios
pueda alcanzar también a los quebrados.

5.

Hay Santos que hubieran escupido sobre su propia fama
pero que con la caridad de quien otorga
se desnudaron en consuelo por el hambre.

Hay Santos que sólo son un ritmo de vivir la vida
incapaz de reconocerse porque no hay tiempo.

6.

Mis héroes embriagaron su lucidez
y hablaron hasta volver su voz insoportable.

¡Por los que soltaste de la mano en tu silencio
te pido, Señor, con este canto!

7.

Hubo un héroe en Sucre que desbordaba carnavales.
Sabio, lúcido, inmenso.
Tras él esquivamos todo lo que de recto había
por calles que fueron coloniales y ensució el asfalto.

Por la mañana reclamaba más ardor
cuando la resaca quiso asentarse en el altar.
¡Señor, no le tengas en cuenta
el sudor ya seco en su camisa!
¿No fue él quien me entregó un sándwich
cuando alcohol me destruía?

¿Es posible retenerlo en la noche eterna
de un suburbio que se ensució en la vía?
¿O es que fue su bienaventuranza la ignominia
de esa mujer que le gritó: ¡borracho inútil,
sacá a estos gringos sucios de mi casa
y abrí el negocio!?

8.

No es esta una apología de marginales
pero los hay entre mis imágenes de yeso
con la camisa salida sobre el vientre
y los dientes carcomidos de desidia.

Hablo de ellos para que se entienda
que el grito parte del reclamo humano:
¡Señor, si encarnaste en gente
debés saber que el tedio ensucia
y el deseo anida donde se satisface impago!

Hay escenas de mis héroes que son indecorosas
como metáfora de esta enfermedad que llaman vida
y desde la que alzamos los brazos temerosos
de que no haya más respuesta
que la cerrazón que humilla.

¡Porque cuando quise decirme que el viento era otra cosa:
un mensaje, un celo divino, la espada que todo lo termina,
o que la flor del duraznero señalaba la eternidad del alma,
o que el trino era oración hacia la gracia recibida,
no pude sino saber que eran viento, trino, flor,
insaciado deseo de revelación y de mentira!

9.

Seamos honestos. Dios se muere
cada vez que nos creemos a su lado,
cada vez que hablamos su razón no dicha.

Si somos algo, lo ignoramos.
Sólo podemos narrar nuestra memoria
de peregrinos que florecen
en un instante que termina.

¡Por nuestra soledad te pido compasión, Señor!
Y has dicho: teje tu propia compasión,
haz tu templo. Eso intento
porque no soy capaz de consolarme
sino con relatos de la vida.

10.

Yo fui de los que labraron el becerro
con el oro en el desierto.

Yo fui quien no aguantó
la eternidad de tu silencio.

¿Dónde estabas cuando derretíamos el oro en el molde?
Sabíamos que no era Vos pero, ¡¿dónde estabas?!

11.

Hubo uno que tuvo miedo
cuando todo el ejército de Chile
se le vino encima
y allí dejó su mujer, sus hijos
y sus dientes
y desde entonces vagó muerto
con la misma ropa rota
por las calles de La Paz
hasta volverse olvido
y se corrompió con todas las miserias,
y vivía en la pobreza,
incapaz del consuelo de televisores,
y cuando el alcohol le embotaba la cabeza
en peñas universitarias
les vomitaba que todo es una mierda
y esperaba el amanecer
para robarle un desayuno
a cualquier mentira de poeta.

¡Y fue incapaz de pedirte la misericordia
que por él te pido, Señor,
porque la hubiera enviado
en una postal anónima
a esa mujer y esos hijos
que olvidó cuando temía!

12.

O cantaron con voz cascada al son de una guitarra
cuando la luna caía sobre el mar entrelazando
canciones llenas de esperanzas defraudadas
y hoy las repiten como una burla de si mismos
impiadosos porque ya no son los jóvenes de ayer.

¡Señor!, ¿sos vos el que guarda tanto deseo
y amores que nunca salieron de la boca?
¿Están en el Reino?

13.

¿Y aquel que se llamó Fernando?
Lo recuerdo recorriendo los cariocas días
siempre robando en kioscos de revistas
enloquecido por una aventura sucia
y mucho antes a una niña hija de exiliados en Lima
escribiéndome con letra tímida en papel aéreo:
me miro en el espejo y me veo verde.

Quisiera saber si cada una de esas memorias
están en tu seno, si las compartiremos con María
en la cena de los divinos esponsales.

Quisiera saber de aquella que se encerró en el cuarto de un hotel
llena de novelas policiales y pastillas
para que ya no hubiera años nuevos en que a las doce
en punto de la noche eterna volviéramos a escuchar a los Beatles.

¿Hay uno sólo de esos gestos que no haya sido en vano?
¡Señor! ¿Sos vos el que sostiene la memoria?

14.

Tres adolescentes que se lanzaron a devorar las rutas
hacia un sur que entonces era Santo
durmiendo en una escuela junto al mar
o ebrios en un bosque junto a un lago
creyendo que eso era la eternidad.

¿Era eso, Señor? ¿Dónde está el eco de sus risas?

15.

Todas las chicas que quise entonces
ya pasan los cuarenta y tratan de no engordar
o tienen los ojos tristes de años.

Pero todas las chicas han surcado el mismo rumbo,
Señor, ¿o acaso vas a desmentirme?

¿Qué fue de cada noche en esa casa de Flores
cuando le coqueteábamos a la angustia creyéndola bendita?

16.

No digas que te lo pregunto por estar ebrio, Señor.
Vos y yo sabemos que no es sólo eso
y mi plegaria es tan vital como si estuviera sobrio.

Vos bien sabés que me he preocupado siempre por mis héroes
aún de aquellos que evocaban la Guerra Civil Española
y que ya son tan lejanos
y discutían clandestinos con mis padres.

Vos bien sabés que no hago cuestión de fe.
Te pido, Señor, en esta plegaria
que tengas en cuenta toda pasión
que haya brotado como una flor de aquellas
que veo en la rama del duraznero.

17.

Pero ni siquiera es eso lo que digo.
Jóvenes bailando enloquecidos de bruma
eufóricos en una discoteca que llevaba el nombre
de aquella que murió desnuda entre barbitúricos,
¿y qué me vas a decir, Señor,
de los que se perdieron en la selva contra un dictador
si no hay palabras para la amante de los presidentes norteamericanos?

18.

Entonces, si el silencio es tu última respuesta,
¿no aprendimos a cantar
para decir el nombre
de tanto endemoniado pordiosero?

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