Bicentenario en Tilcara

Ya que estamos en épocas de fastos, quisiera compartir una nota de mi primo Ricardo Dubín para el Diario El tribuno de Jujuy, sobre lo sucedido en su pueblo, Tilcara.

Cerca de las diez de la víspera, el valle tilcareño floreció hacia al sur en estruendos que dieron largos minutos de fuegos artificiales con ecos que repitió la piedra. Hacia medianoche, el Himno Nacional enmudeció los huaycos de la falda, y en la sugerencia del millar de estrellas sobre los recovecos que son playa y sendero, acaso pudiera responderse lo que es la pertenencia. La Quebrada de Humahuaca, que aportó la mayor cuota de sangre para la causa de la Independencia, y que recogió muy corto pago, saludaba así, desde Tilcara, al bicentenario de una patria que es sólo una parte de su historia milenaria.


En la mañana del 25, una gran cantidad de banderas de ceremonia cerraba el círculo en torno a los bustos del poeta, del guerrero y del pintor, próceres en los que queda la custodia de esta memoria. Su intendente, Félix Pérez, llamó a la inclusión de todo el país en la idea de la Patria que se festeja, y el diputado Pablo Baca agradeció el honor de haber sido invitado. Al fin, los docentes del área de música de los Talleres Libres de Artes y Artesanías ejecutaron un feliz cumpleaños con los instrumentos heredados de sus abuelos.

Entonces, el rostro quebradeño comenzó a desfilar su orgullo a lo largo de la calle Belgrano, bajando del cerro al valle. Los abuelos con la experiencia tallada en la piel, los niños con los pómulos brillantes de esperanza, desde las escuelas rurales que se yerguen en el horizonte vallisto hasta el club de fútbol, desde la antigua sangre gaucha hasta el moderno transporte del remis, cuerpos de kung fu y de tinku, con el pañuelo de la zamba y con el arma que el Estado le confía a sus soldados, con el uniforme de la enfermera y la arrogancia juvenil de la nueva promoción de la Escuela Normal.


Para quien vea estos rostros desde la distancia, sin duda dirá que es el otro rostro del bicentenario. Para Tilcara, para Humahuaca, para cada pueblo y cada caserío quebradeño, para los caminos de herradura de los valles, esa magia que heredó el color de los cerros, esos cabellos que tienen el brillo de la vertiente, ese mirar tan blanco como la nieve, dibujan el único rostro posible. Por eso será que el desfile estaba perfumado con el incienso del misachico, por eso las marchas de la banda tenían el son de los sikuris.


Otro artículo desde el Altiplano.

Bajando de La Quiaca, un gendarme le pide documentos a una señora que usa su pollera de colores vivos. Ella le dice que viene de los valles, no de Bolivia, pero que no lleva documentos. ¿Cómo puedo saberlo?, le pregunta el uniformado. ¿No ve mi pollera?, le dice la mujer. Creo que me reí, como tantos otros que viajaban en ese mismo ómnibus, y acaso lo hicimos porque no se trataba sólo de una situación cómica. Podría decirse de muchas maneras distintas. Esta es así: para el gendarme, la identidad estaba ligada a la legalidad de los documentos; para la mujer, como lo fue para nuestros abuelos y lo sigue siendo en muchos sitios de nuestra provincia, la identidad se posa en la vestimenta y también en la tonada. Para algunos, que lamentablemente no son pocos, está impresa en un tipo de rostro, en una forma del cabello, en un color de piel. La Argentina del bicentenario no es el todo homogéneo que imaginaron los hombres que nos gobernaron hacia fines del siglo XIX, aquellos que, de alguna manera, fundaron la república que hoy nos toca. 1810 es un hito anterior, casi más perteneciente a la mitología que a la historia. Allí, cuando el 25 de mayo originario, la cosa comenzó con algunos que pensaban que el indio era el buen salvaje de Rousseau, y que alcanzaba con nombrar al Inca y hablarles en quechua para que los siguieran en sus ideas que, al fin de cuentas, eran francesas.


Estaban ellos, digamos: la izquierda de la revolución de Mayo, los que alzaban ideas tan atrevidas que ni en Europa se pudieron llevar a cabo, y estaban los contrabandistas que querían legalizar su contrabando rompiendo con el monopolio que imponía la corona española. Como suele suceder, la izquierda fue rápidamente marginada y quedaron en el poder los otros, los que querían legalizar su contrabando de mercaderías inglesas. Quedaban en pie, no ya las ideas europeas, sino las realidades americanas y los intereses europeos: un puerto que reemplazó a la metrópoli del imperio español, y que como éste en su decadencia, estaba atado a los intereses ingleses, y una serie heterogénea de caudillos, más o menos sensibilizados con la situación del gaucho, que defendieron una economía y una organización no del todo acorde con el mundo como se dibujaba desde Londres. Que esta contradicción no fue menor, lo muestra la larga guerra civil que se sucedió desde la de la Independencia. Para nosotros, fue un derrame de sangre que no se detuvo desde los primeros combates del Ejército del Norte hasta prácticamente terminado el siglo XIX, y cuya desazón se expresa en las dos manifestaciones más populares de nuestra religiosidad: la Difunta Correa y la Virgen de Punta Corral, consuelos divinos, ambos, del mismo período de guerra civil. Luego, los fundadores de nuestra república, desde Mitre y Sarmiento hasta Avellaneda y Roca, optaron por ahorrar trámites y aniquilar a lo que llamaban "barbarie" para dejar en pie los cimientos de la "civilización". Sarmiento fue el menos hipócrita, y nos lega una obra donde explica cómo hay que terminar con lo español y con lo indígena que nos queda para que la cosa empiece a funcionar. Lo anterior, lo de 1810, es sólo un boceto de república. Lo que viene después, es la república de la gente "decente", sólo ensombrecida, para ellos, en dos períodos posteriores: cuando los gobiernos nacionales de Irigoyen y de Perón, que no casualmente encarnarían, en Jujuy, bajo el apellido del mismo caudillo: Miguel Tanco. Fuera de esos dos períodos, cuando lo americano intentó participar de la república, el resto fue querer imponer una legalidad por encima de la identidad. Fueron doscientos años durante los que se quiso aplicar recetas de gobernabilidad sobre la vida de los más, quienes guardaron un silencio expectante y adhirieron masivamente cuando hubo esos gobiernos en los que se vieron reflejados.


Recordar el bicentenario de esta etapa histórica, que viene después de la colonia que viene después de las naciones originarias, que son también, ambas, historia nuestra, es releer un período en el que nos fuimos formando, no sin contradicciones, no sin dolor. Tras ello, en el 2000, alcanzamos la peor de las alternativas que vislumbró Perón: no nos encontramos unidos sino dominados. Acaso hoy podamos decirlo de un modo que la experiencia nos enseñó a ver de forma más completa: el futuro nos encontrará dominados si es que no logramos unirnos sin renunciar a nuestras diferencias. Y acaso entonces el gendarme comprenda lo que le decía la mujer de la pollera colorida.

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