A Lacan le faltaba Berisso

Estaba en el patio bajo la parra entre Lacan y los perros del rioba que hacían un justo contrapunto. Sigo creyendo que Lacan no dice nada o dice las cosas tan obvias que dicen todos los franceses (yo soy dubin, es eslavo aclaro, no duben como Dupin, soy un criollo que por una atávica equivocación nos vienieron rajando de Ekatherinoslav.) Como poeta no lo niego, pero con este sol. Entonces desde el campo que se encuentra a unas cuadras se escucha un payador. Un payador. Me bajé de la hamaca paraguaya, me puse una visera que en vez de confundirme con los vagos del rioba me da una extraña imagen de croto turista de algún país lejano.
Me caminé las cinco o seis calles de tierra que me separan del campo; me había olvidado que había tantos ranchos de chapa. Cada vez que salgo del rancho (debo escribir una apología a la siesta y la cama) me enamoro nuevamente de ser un criollo poeta del canondelarrabal. Si el Borges de los fervores hubiera visto este rioba… me mandé a ver la jineteada, hace años que no veía una jineteada y seguro que los fundamentalistas que odian las corridas de toros odian las jineteadas. Me cago en ellos, esto es pasar un domingo con estilo arrabalero. Me compré un chori y me acomodé entre un viejo y una criollita a pispear los pingos. Además de los gauchos de siempre, había muchos de los vagos que uno se encuentra en las bailantas o esquinas de Berisso. Había mucho tatuaje tumbero. Los pibes le metían al vino y gritaban a los caballos más redomones. Otros, con más pinta de chacareros vascos se arrimaban al alambrado. Muchos vagos, paisanos. Finalmente también me tomé unos vinos y los payadores me mintieron grandes homeros. Creo que deberé alejar mi rancho y mis libros de la ribera. Acá no se puede leer. Si no es una fiesta boliviana, es una esquina, una fiesta de los gringos inmigrantes, una peña de chaqueños. A Lacan le faltaba un poco de Berisso.

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