Elogio a la violencia

No sé si tantos días con las patas en la pelopincho mirando pasar caranchos y teros; no sé si el petróleo quemándose en las chimeneas; no sé si porque pienso que en cada casilla que cruje por una cumbia se anuncia otro 17 de Octubre.
Esto sucedió un 20 de Diciembre, a la noche. A la mañana había rendido un parcial de literatura española medieval. Afuera, los redoblantes, los gritos, los cohetes, los bombos. Confundí a un Mio Cid perdido en tierra araucana, donde sus hijas fuesen ultrajadas en un malón pampa, mezcladas entre vino malo, cruces y lanzas. Cuando salí, sin embargo, nadie había declarado la patria socialista.
Corté calles, putié, grité. Poco lugar le di a mis reflexiones. No obstante, la imagen de mi padre me surgió repetidas veces. Él siempre había añorado esto: el pueblo en la calle, con rabia guardada insensatamente y hoy derramada por cada bocacalle, esquina, cuadra, avenida. Lo imaginé también allí, en alguna de ellas cumpliendo los croquis mentales que se había impuesto en sus viajes diarios al trabajo.
No me sorprendió cuando me contó que ni bien terminó de trabajar en el hospital fue a la Plaza de Mayo. En algún lugar perdió el saco y llegó. Sin embargo, su cara ofuscada me confundió. Pensé en los heridos de la revuelta. Pensé en la muerte derramada en las escalinatas de un banco, en el pus de los policías reprimiendo. En el humo y la pólvora.
- No me lo puedo perdonar –fue lo primero en decir y quedó callado largo rato.
- ¿qué pasó, papá?
- No me lo puedo perdonar – repitió y observé cómo apretaba sus manos, anudándolas.
- Pero contá, tranquilo. ¿Cómo fue?
- Había mucho humo y disparos. La gente se iba agrupando para aguantar. Los milicos te daban con todo. Yo me sumé a un grupo de jóvenes que había. Tiramos abajo un kiosco de revista y armamos una barricada. Allí juntamos piedras, ladrillos, palos, metales. Cualquier cosa para darle a los milicos de mierda…
- …
- … nos habían corrido de la plaza. Había que volver. Estábamos en una diagonal a unos treinta o cuarenta metros. Los milicos tiraban balas y gases lacrimógenos. No se veía nada. Pero nosotros queríamos avanzar, sí o sí…- se calló nuevamente, buscando palabras para contarme algo que lo avergonzaba, le dolía.
Yo me mantuve en silencio y él continuó:
- Ahí pensamos en una movida para llegar nuevamente a la plaza. Había sólo una línea de milicos, la pasábamos y lo lográbamos. Resistíamos con pedradas continuas. Ellos disparaban a matar, los hijos de puta. Entonces, pensamos en una movida…los dejamos avanzar. Nos escondimos bien detrás del kiosco… y avanzaron. Sus pisadas embotadas se mezclaban con los gritos y disparos de más acá o más allá. Cuando llegaron nos tiramos encima; el aire era denso por el humo y los ojos ardían por los gases; pero pudimos tomar la ofensiva. Éramos más, los podíamos controlar. Empezaron a correr los maricones. Entonces…-mi papá baja la cabeza y no recuerdo haberlo visto así.
- Entonces…
- Entonces – duda al pronunciar la primera palabra- uno de estos hijos de puta se viene a caer a un metro mío. Sin casco, ahí, a un metro y medio mío, mostrándome desnuda su nuca. Nunca me lo voy a perdonar. Yo que soy médico. Pero entonces actuó la rabia, el odio. Yo tenía una piedra maciza con un metal cruzado en el medio. La apreté fuerte -entonces mi papá me miró buscando algo que yo diga, pero yo no dije nada-, la apreté fuerte y medí su cráneo para que reviente su cerebro y recorra el empedrado. Apreté fuerte y le tiré. Nunca me lo voy a perdonar, Mariano. Le tiré a matar. – Bajó nuevamente la mirada y me confesó: y le erré, Mariano, le erré. Ese hijo de puta se me fue corriendo.

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