Sr. dubin: ¡su obra lo saluda!

Sr. Dubín: su miserable vida de lumpen pendenciero, sus pequeñas frustraciones a las seis de la mañana, su anhelo de sudestada en el Río de La Plata. Su perro, su biblioteca, su novia, la cucaracha que le roza el dedo gordo a la madrugada. Sus deudas, los 33 para el envido, la modorra en la ribera un domingo a la tarde. Súmele unos pesos, unos versos. Lo que usted guste, Sr. Dubín. No voy a ingresar en detalles.
Escuche, que no poseo tiempo. Me permito informarle que lo que usted de manera pasmosa llama “vida” no es más que un detalle, algo oneroso pero también ocurrente, de mis pliegos. No le hablaré de su intrascendencia, de su finitud, de su entumecimiento crónico que confunde con la sensatez.
¡cállese y escuche, basura! No me distraiga… confórmese con que le digne la palabra. Su boca, su pútrida lengua, se agota en rememorar alguna futilidad que le emocione, que le permita nombrar alguna alegría; pero desaparecen como figuras que delinea con sus dedos en el aire. No se angustie, sr. Dubín, me desagrada su mueca de díscola afección. Conozco a todos los poetas frustrados, a todas las poetisas faltas de un te digestivo. No envidio su constipación, sr. Dubín.
Mientras sus huesos compartan los huesos de gordas ignotas, de pederastas brillantes, del triste festín de los gusanos, yo estaré vivo en cada una de las bibliotecas de barrio donde fatigó sus trémulas piernas de poco ejercicio. No se lo agradezco, sr. Dubín. No lo halago con tal misericordia. Tampoco cuando un pelado, tan frustrado como usted lo fue, sr. Dubín, abra el libro en la página 13 y copie unos versos terribles para apaciguar su angustia, su avaricia, su abulia. No envidiaré su cuerpo pudriéndose en un hospital. Pudriéndose por toda la comida apresurada, todos los cigarrillos apremiantes, todo el vino malo, que derrochó para crearme.
Yo ya estaré en mejores salas, más iluminadas y con niñas rubias de senos soberbios que me acaricien con la frugalidad de su sexo fácil cuando su cuerpo se sotierre en alguna fosa común. Un diario recordará que murió como vivió, sr. Dubín. Extraña parábola: yo estaré viviendo su muerte. Como un extraño que pronto se acostumbrará a las manos de mujeres que nunca lo han mirado, compartiendo la mesa con hombres que lo han despreciado. Cato dicho vino a su recuerdo, sr. Dubín. Pero no me compadezco. No tengo apuros. Festejo cada segundo de su vida que se asfixia. Espero el cigarrillo que le enturbia las madrugadas, cada pequeña desgracia que me libera del molesto detalle de ser usted. Soy las melifluas palabras con que se lo enterrará. Viva tranquilo, sr. Dubín, que una eternidad me espera.

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