Introducción

Che reta hae camba cua


Las cosas que pienso no siempre las he pensado. Queriendo sopesar el río a vasos de agua indagué la verdad en bibliotecas, librerías, universidades. No alcancé, sin embargo, ni la fe de los que ponen marcapasos a los muertos ni la pasión de los eunucos por su pene castrado.
Aconsejado en la esquina de mi barrio partí hacia tierra adentro, a los pueblos más últimos de esta patria, a mi pasado, a esos recuerdos de peones rurales, tabas, payadores y potreros en las orillas del pueblo de mis ancestros, para volver, también, a los barrios, a mi barrio, a los recuerdos de la niñez cuando se mezclan con la épica. La carne se hizo idea. Me surgió, entonces, un pensamiento con el peso de todos los que han habitado esta tierra: Indoamérica.
Desde que los antiguos llegaron cruzando el estrecho de Bering, muchos otros pueblos han cruzado otros estrechos para continuar este continente. No obstante, los dueños del mundo, han escrito que en la escala evolutiva, nosotros los indoamericanos, estamos aún más cerca del mono que del hombre europeo y norteamericano. Agradecemos tal elogio: nunca hemos arrasado naciones, ni mutilado pueblos por el precio del cobre o del petróleo. Aún vivimos bajo la ingenuidad que el futuro es de quienes trabajan.
Millones de fantasmas guaraníes, incas, mayas, aztecas, caribes recorren nuestra sangre y engordan nuestras razones. Pero desde la Colonia hasta hoy se ha intentado implantar desde el centro de las grandes ciudades, con los comerciantes, y desde el casco de las estancias, con los oligarcas, los fazenderos, las nuevas de la civilización, la cultura de Occidente, el progreso.
De Sarmiento a Ingenieros, de los escritores liberales a los escribas universitarios, se ha dicho en esencia lo mismo. Algunos, los primeros, que el progreso era imposible con tantos negros. ¡Los negros, gracias a Dios, siempre desconfiamos del progreso que nos rifaban los intelectuales! Sin embargo, los últimos, los universitarios, han ido aún más lejos. Ya que sus patrones no pudieron matar a todos los negros, porque finalmente los necesitan para que limpien sus baños rebosantes de mierda, los escribas universitarios han pasado del genocidio al genocidio estadístico. Han asegurado que nuestro país es un país de inmigrantes europeos, una “periferia cultural” de ciertos centros occidentales y demás argumentos. Digámoslo: “somos europeos incompletos”. Dijeron que el gaucho, el criollo, había desaparecido, supongo que por eso en mi pago siempre la taba calló de culo, y al indio le dieron la vida de una vasija en un museo. Los ingleses, conocedores de todas las trampas, ya lo habían advertido con Disraeli: “existen tres tipos de mentiras: las verdaderas, las mentiras y las estadísticas”.


La historia de nuestro pueblo recorre coplas, cantos, susurros, silencios. Contaré, siendo parte más de todo Indoamérica, como los fantasmas de estas tierras engordaron mis venas. Justo, aclaro, es llamar a este continente Indoamérica y si no fuese engorroso Afroindoamérica, ya que nos recuerdan nuestras tres raíces culturales: la indígena, la afroamericana y la hispano – criolla y luso – criolla.
Durante años supuse a la Argentina como un país occidental. ¿Qué teníamos que ver nosotros con los negros brasileños o los indios bolivianos? Por otra parte nunca dudé de eso aunque mis ancestros se hayan criado entre mapuches en tierras sureñas, que hayan aprendido a curarse con los yuyos del monte, que madruguemos con mate a la mañana, que creamos que los males de este mundo están orientados por los gualichos y que uno debe derramar vino por los que no están. No olvido la cruz de sal que detiene las tormentas: un puñado de ella se guarda para protegerse de las goteras del puerto… La conciencia es una construcción social: ¿quién puede decir, entonces, de este pucho no fumé?[1]


Vuelvo a mi historia. Estando en Sucre, en aquella ciudad que convenció a Mariano Moreno que Sudamérica estaba preñada de revolución y que los indios serían ejército de la misma, tuve cierta revelación. Dormía, entonces, en un ranchito de barrio. Por un par de monedas uno podía echarse con mantas en el piso. Me habían advertido: no vayas a esos barrios que hay solo indios.
Acompañados con la primera luz, bajaban de los cerros, campesinos quechuas para armar una inmensa feria: hojas de coca, carne de llama, chicha. Permanecí algunos días en aquel barrio mas luego me dio la intriga de conocer el centro histórico. Caminé, entonces, varios kilómetros. Lo que encontré me sorprendió: “¿dónde estoy?”. Allí se encontraba el microcentro porteño, los rascacielos de San Pablo o el centro de cualquier capital indoamericana.
Era el país europeo. No por sus construcciones coloniales o por un par de bares “étnicos”, aclaremos, sino por los bolivianos que vivían allí. Todos vestían a lo gringo, hablaban a lo gringo, vivían a lo gringo: okey men. Orgullosos que Bolivia fuese un país “blanco” inscribieron en un azulejo medieval unos versos intitulados: “Sucre ciudad blanca”. Su ciudad era occidental, europea, bien blanca, muy correcta. El barrio donde yo me alojaba les era tan indiferente como para Guy de Mauppasant la torre Eiffel. Cuando le preguntaron al escritor francés porque permanecía largas horas allí, él aseguro: “porque es el único lugar de París donde uno puede estar y no ver la torre”.


Cuando volví al estrecho pasillo, donde dormía sobre la tierra limpia junto a varios paisanos más, en la oscuridad total del pasillo me vino, la luna pariendo entre los cerros, me surgió el pueblo de mis ancestros y mi barrio. Digo, mi tierra. Mi infancia con los vaguitos amigos conociendo los mundos que traqueteaban los trenes: los albañiles, los obreros, los peones, las mucamas. El santuario insomne al gauchito Gil y las brujas que en la madrugada se perdían entre las vías del tren. Las luchas ferroviarias que aún ajaban las pieles de los viejos. Los stud donde se ocultaba la pampa y el tango. Las noches de cumbia que amenazaban hacernos eternos por dos o tres días despiertos. Las carretas que cirujeaban las mismas historias en otras orillas de la patria. Digo: mi barrio entero.
¿Qué distancia había, entonces, entre mi barrio y el centro? ¿Qué había de mi tierra entre los diarios, la televisión, el microcentro porteño, los countries, los barrios cerrados para “gente bien”? ¿Quién era la argentina que aparecía a unas veinte cuadras de la Argentina? ¿Qué era la Universidad que enseñaba a hablar inglés, francés, griego, latín y ocultaba el quechua y el guaraní de los obreros que construían nuestras casas, la lengua de los albañiles y las mucamas, los idiomas de los peones rurales de Santiago del Estero, Corrientes y Chaco?
Concluí como quien desvaina un pensamiento: hemos debido vivir durante años escondiendo quiénes somos y caminar por el centro de las ciudades mirando para abajo. Hemos tenido que contar bien las letras que hablábamos cuando estábamos frente a una maestra o un policía. Una “s” de menos, en mi país, puede significar dormir en un calabozo. Hemos soportado que por comernos las “eses” nos digan negros brutos. Peor parte han llevado quienes hablan quechua o guaraní: un barbarismo, un anacronismo de un continente habitado por monos y caníbales. Pero hoy nos permitimos advertirles a maestros y policías: como caníbales podemos, también, comerlos a ustedes.


Recuerdo ahora cuando una persona me dijo: “piensa hijo, en la Argentina no hay indios, ya nadie anda en taparrabos”. Cuando yo le objeté que la “chica” que limpiaba su casa hablaba en guaraní, se quedó pensado y concluyó: “pero reconocé que también es educada…”
La Argentina “blanca” ha cartografiado al país de negros. Encontramos así a negros de alma, a negros villeros, a negros de adentro, a negros con olor a negros y a demás negruras inflamables. La negrura es la condensación de las identidades de todos los pueblos argentinos: de los originarios, de los criollos, de todos los que silban sin dientes. Para poder justificar quinientos años de saqueos e injusticias nos han llamado negros. Nuestra inferioridad social supuestamente ha provenido de nuestra negrura de piel o de nuestra negrura de alma: ¿Qué es eso? Bien, simplemente ser argentino. Tener un antepasado originario, tener las tradiciones de estas tierras, hablar el guaraní o el español criollo, digamos: el argentino, ha sido la justificación de que seamos pobres.
Pero en un micro para veinte personas, advirtamos, no van a entrar cien. Aunque neguemos nuestra cultura, nuestra identidad, surgirá otra excusa para oprimirnos: la norma siempre es lo que no somos. Hemos visto a originarios que han negado su origen y han dicho “bueno, mira, esta bien hermano, tengo un antepasado europeo”, entonces le objetan, “pero seguís negro”. Ha intentado luego “bueno no me comeré las “eses” y aprenderé inglés”. “Ah”, dicen entonces, “ese negro quiere cagar más alto que lo que le da el culo”. ¡¿cuál es la próxima objeción?! ¡¿Qué nos pintemos la cara de blanco?!
Ya aprendimos a donde nos lleva negar nuestro origen y, por el contrario, debemos saber que en nuestra historia, en nuestro origen como patria, como pueblo, están muchas de las respuestas que buscamos. Ho Chi Ming, un revolucionario vietnamita, había asegurado a sus compatriotas que la revolución de su país, su triunfo frente a las fuerzas extranjeras, era imposible si no se conocían los miles de años de historia nacional. Camaradas argentinos siguiendo el ejemplo comenzaron a estudiar… los miles de años de historia del Vietnam. Sigamos el primer ejemplo: sepamos quiénes fuimos, quiénes somos, quiénes seremos, mejor dicho: quiénes queremos ser… porque ya nos advirtió el Cholo San Martín: Seamos lo que debamos ser o no seamos nada…


[1] Los inmigrantes europeos, ¡hay que avisarles a los que les da cosita decirse indoamericanos!, no se quedaron dormidos en los barcos: cuántos ucranianos andan por las selvas con sus manos ajadas por el chamamé, vascos en la Pampa mezclados con el criollo en un truco endiablado, turcos en el Tucumán enseñando la cifra de la chacarera y de las empanadas. ¿Qué es el tango sino una solución sinfónica y canyengue al diálogo babélico de inmigrantes y criollos? Escuchamos confundidos a los Discepolo y al indio Epumer, a las danzas africanas y al criollo Rivero, ensayando la patria lunfarda entre el puerto y la pampa, y a Carlitos indeciso de nacer en Tacuarembó o en Tolousse. Los inmigrantes, como Eneas, rodaron para ser la tierra que pisaron y no la herrumbre de los barcos en que llegaron.

2 comentarios:

marina dijo...

Sin duda pude percibir la aptitud de puente humano del escritor. Un puente entre lo que estamos siendo y lo que nos dicen que somos, un puente por el que se va y se viene, muchas veces hartos de sufrimiento propio y ajeno (que es el propio tambien). La calidad de lo escrito recide tanto en las palabras como en el estatuto que las inspira. Me siento mas negra que nunca al leer. Sin duda, lo vivido trasciende y se filtra. Mi agradecimiento al autor por ensanchar la grieta que se abre a lo originario. Marina Melo

Milenrama_Descalza dijo...

Me gusta la versatilidad con la que conjugás historia y vida cotidiana, como si pasado y presente fueran una sola cosa, como si la rueda que nos contiene girara una vez más para mostrarnos la cara que ya habíamos visto. Te felicito Mariano, tu escritura se instala desde la erudición a la vez que del barro de la calle. Me gusta la combinación.

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